"gato rojo" me arruinó, no puedo dejar de verlo así ahora. javier se fue de la mejor manera posible 💀
El mejor ingeniero del mundo y diferentes rutas.
(Advertencia: El contenido es bl "love boys" si no te gusta este contenido por favor no lo recomiendo ver, gracias por su atención y disfruten su historia)
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"gato rojo" me arruinó, no puedo dejar de verlo así ahora. javier se fue de la mejor manera posible 💀
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CAPITULO 2:
En el capitulo anterior, Lloyd Frontera. Estaba intentando entender un libro de magia, que un zorro astuto llamado Mitordi, un príncipe demasiado astuto, pero el no se dejara ganar fácilmente.
-Maldicion...no entiendo ni un carajo. Aparte que esta habitación de invitados las paredes echas de papel, se escucha todo del exterior, lo bueno que la cama es suave. Pero no dormiré, dejare en ese lugar a ese estúpido zorro.
Lloyd estaba tirado sobre el escritorio de roble, rodeado por montañas de pergaminos, frascos de tinta vacíos y tres tazas de café frío. El candelabro a su lado apenas proyectaba una luz tenue, pero sus ojos, inyectados en sangre por el cansancio, no se despegaban de las primeras páginas del maldito libro.
—¡Es que no tiene ningún sentido! —gruñó entre dientes, dándole un puñetazo flojo a la mesa para no despertar a medio palacio por culpa de las delgadas paredes—. "La luz refleja la intención, no el color". ¡Eso no es una instrucción mágica, es una frase cursi de poeta barato!
A través de la pared, la voz serena pero exasperante de Javier resonó con absoluta claridad:
—Señor Lloyd, si sigue murmurando como un loco a las tres de la mañana, no solo no descifrará el libro, sino que mañana tendrá una cara tan espantosa que el príncipe le reducirá la tarifa solo por daño visual.
—¡Tú cállate, Javier! —susurró Lloyd furioso, pegando la cara a la pared—. ¡Vuelve a dormir y déjame concentrarme! ¡Hay un contrato multimillonario en juego!
Lloyd volvió a clavar la mirada en los trazados. Sin embargo, algo en su cerebro de ingeniero hizo un "clic" repentino. Dejó de intentar leer las runas como palabras y empezó a mirarlas como diagramas de flujo de masa y energía.
Espera... pensó, acercando la vela al papel. Si la tinta refleja mana y la refracción necesita luz solar... no se trata de leer el texto, ¡se trata de la densidad del trazo! El grosor de la tinta altera el paso de la luz para formar un código métrico.
Una sonrisa desquiciada, amplia y aterradora comenzó a dibujarse en el rostro de Lloyd. Sus manos se movieron como poseídas, anotando fórmulas, convirtiendo la "magia avanzada" en simples matemáticas aplicadas y geometría pura. Para cuando los primeros rayos del sol atravesaron el ventanal de su habitación, Lloyd tenía diez hojas perfectamente redactadas con la traducción exacta, paso a paso.
—JA... JA... ¡JAJAJA! —se reía sofocado, levantando los pergaminos al aire con ojos de maniaco—. ¡Te tengo, zorro estúpido! ¡Prepara las arcas reales porque hoy te quedas en la quiebra!
Un par de horas más tarde, Lloyd caminaba por los pasillos del palacio con un andar pesado pero lleno de orgullo. Las ojeras le llegaban prácticamente a los pómulos y su cabello era un desastre completo, pero llevaba la carpeta de apuntes como si fuera la mismísima corona del reino.
Al entrar al jardín privado, encontró a Mitordi sentado en el mismo banco de mármol, tomando té con la tranquilidad de quien no tiene una sola preocupación en la vida.
—Llega temprano, señor ingeniero —dijo el príncipe sin volverse, sirviéndose un poco más de té—. Pensé que estaría durmiendo su derrota.
—Lamento decepcionarlo, su alteza —soltó Lloyd con voz ronca pero cargada de victoria, arrojando la carpeta sobre la mesa de té con un golpe seco—. Páginas uno a la diez. Traducidas, desglosadas y simplificadas. Resulta que su "magia incomprensible" no es más que un sistema hidráulico de mana bastante mal diseñado. Le corregí tres errores de cálculo en la página siete, por cierto. De nada.
Mitordi hizo una pausa. Estiró la mano, tomó los papeles y los pasó lentamente entre sus dedos. A pesar del vendaje en sus ojos, la ligera rigidez en su postura delató que, por primera vez, el príncipe no se esperaba ese resultado.
—Sorprendente... —murmuró el rubio, esbozando una sonrisa tenue pero intrigada—. De verdad lo hizo.
—Así es. Ahora, tal como acordamos... —Lloyd se inclinó sobre la mesa, apoyando los puños y mostrando una cara de ambición desmedida que daba miedo—. Hablemos de mi salario. Y quiero mi primer adelanto en monedas de oro puro, nada de pagarés reales.
Mitordi dejó los papeles sobre la mesa, ladeó la cabeza y soltó una pequeña risita que hizo que a Lloyd se le erizaran los pelos de la nuca.
—Muy bien, Lloyd. Un trato es un trato —dijo el príncipe, poniéndose de pie con elegancia y dando un paso hacia él—. Pero olvida las monedas por un momento. Como mi nuevo ingeniero exclusivo... su primera orden oficial empieza ahora mismo.
—¿Eh? ¿Qué orden?
—Acompáñeme al ala oeste del palacio —dijo Mitordi con una voz suave pero imperiosa—. Hay un problema estructural en mis aposentos privados que requiere a alguien de su... peculiar talento. Y créame, el pago será mucho mayor de lo que imagina.
Lloyd entornó los ojos, sintiendo que acababa de morder el anzuelo de una trampa aún más grande, pero la mención de "un pago mucho mayor" fue suficiente para hacerle olvidar todo el cansancio.
-Sabes...tengo muchos caballeros y guerreros que entrenan, pero...hay falta de un pozo de agua, ellos necesitan beber agua, eso no debo ponerlo de alto, me preocupo por mi gente. Y dime, ¿Cuanto quieres por ese trabajo? Verdad el pozo debe ser profundo y grande, sabes...Son como un total de 500 soldados, aunque eso es sola la minúscula, los otros están en el palacio central.
-Se directo, dime la cifra.
Los ojos de Lloyd se iluminaron con un destello casi demoníaco. La fatiga desapareció de su cuerpo como por arte de magia, reemplazada por la pura y absoluta codicia de un ingeniero que acaba de ver la oportunidad de su vida.
¡500 soldados! ¡Y es solo la minúscula parte!, calculó en un milisegundo. Un pozo de gran profundidad con filtración avanzada y capacidad de flujo continuo para un ejército pequeño no es un trabajo cualquiera... es una obra pública de alta prioridad.
Lloyd se cruzó de brazos, esbozando una sonrisa calculadora mientras daba un paso alrededor del príncipe, observándolo como si fuera un cofre del tesoro con corona.
—Aprecio que piense en la hidratación de sus tropas, su alteza. Un ejército deshidratado no rinde, y la logística de agua suele ser el talón de Aquiles de cualquier fortificación —comenzó Lloyd, adoptando su tono más profesional y persuasivo—. Pero un pozo de esa magnitud, capaz de abastecer a más de medio millar de hombres diariamente sin secarse en época de sequía, no es cavar un simple hoyo en la tierra. Requiere estudio de suelo, canalización de napas subterráneas, revestimiento de piedra reforzada y un sistema de poleas asistido por magia fluida para que no tarden horas en sacar un solo cubo.
El pelirrojo se detuvo frente a Mitordi y levantó la mano, mostrando tres dedos con total descaro.
—Mi cifra son tres mil monedas de oro. Quinientas por adelantado para materiales y contratación de mano de obra local, mil quinientas al terminar la estructura base, y las últimas mil tras probar el caudal. Y eso incluyéndole un "descuento real" por ser mi nuevo patrón exclusivo.
Javier, que había estado observando la escena desde la sombra de un arco de piedra cercano, se cubrió la cara con la mano. Tres mil monedas de oro por un solo pozo... Este hombre no tiene escrúpulos, pensó el caballero, esperando la inminente decapitación o el arresto de su amo por semejante asalto a mano armada.
Sin embargo, Mitordi no pareció inmutarse. Al contrario, la sonrisa en su rostro se volvió aún más enigmática mientras jugueteaba con el dobladillo de su carísima manga.
—Tres mil monedas de oro... —repitió el príncipe en voz baja, sopesando la cifra—. Es una suma considerable para un simple pozo, señor Lloyd. Pero me gusta la gente confiada que sabe lo que vale su trabajo.
—No es un simple pozo, su alteza, es una obra maestra de la ingeniería moderna —corrigió Lloyd de inmediato, inclinándose con una reverencia que rozaba la burla—. ¿Tenemos un trato, o prefiere que sus 500 soldados sigan bebiendo agua estancada del río?
-No materiales no son necesarios, en el palacio tienes todos los materiales necesarios, ya que yo tambien construyo, solo que soy un poco perezoso. Y sobre la cifra...bien, incluso le pagare el doble, el trato esta hecho. Haga su trabajo como debe ser, ojala no me decepcione.
Me retiro del lugar, caminando mas adentro del palacio, a un lugar que solo pocos pueden etrar por el estatus.
El cerebro de Lloyd se cortocircuitó por un segundo. La palabra «el doble» resonó en su mente como un coro celestial compuesto exclusivamente por monedas chocando entre sí.
¡Seis mil monedas de oro! ¡Seis mil!, calculó en bucle, sintiendo que el cansancio de la noche anterior se evaporaba por completo para ser reemplazado por una inyección pura de adrenalina y codicia. ¡Este zorro no es solo un príncipe, es una mina de oro con patas y vendaje!
—¡No se preocupe en lo más mínimo, su majestuosa alteza! —gritó Lloyd hacia la espalda de Mitordi, alzando la voz mientras el rubio se alejaba con elegancia por el pasillo restringido—. ¡Le construiré un pozo tan perfecto que sus soldados no solo beberán agua, sino la mismísima gloria filtrada! ¡Tendrá su obra maestra en tiempo récord!
En cuanto la figura del príncipe desapareció tras los arcos del pabellón privado, Lloyd se dio la vuelta bruscamente, mostrando una sonrisa maniática a Javier, quien caminaba hacia él con una mirada llena de escepticismo.
—Dime que escuchaste eso, Javier —dijo Lloyd, agarrando a su caballero por los hombros y sacudiéndolo con entusiasmo desbordante—. ¡El doble! ¡Seis mil monedas! ¡Y con materiales gratis del propio palacio! ¡Es la estafa... digo, el contrato del siglo!
—Señor Lloyd, le sugiero que mida sus palabras antes de que los guardias reales lo escuchen —respondió Javier suspirando, liberándose del agarre de su amo con extrema facilidad—. Además, dijo que él también construye pero que es "perezoso". Un príncipe que sabe de construcción y maneja esa cantidad de dinero sin pestañear no es ningún tonto. Si falla o intenta ahorrar costos con materiales mediocres, su cabeza no valdrá ni una sola de esas seis mil monedas.
—¡Bah! ¿Fallar yo? —Lloyd se acomodó el cuello de la camisa con autosuficiencia, aunque una ligera gota de sudor frío le bajó por la nuca al recordar la mirada serena del príncipe—. Sé perfectamente lo que hago. Si ese zorro cree que me intimidó con su riqueza, está muy equivocado. Voy a usar sus propios materiales de lujo para hacer el pozo más ridículamente eficiente de este reino.
Lloyd caminó a pasos agigantados hacia el patio de entrenamiento de los soldados, frotándose las manos.
—Ven, Javier. Tenemos un terreno que inspeccionar y seis mil razones para trabajar hasta quedar exhaustos.
Mientras tanto con Mitordi:
-Hermana mía ja...mira lo que tengo- dije de manera infantil y juguetona.
-Que es?- Pregunto la Reyna, viendo la hoja que tengo en mis manos.
-En como un resumen de la pagina uno hasta la diez del libro de magia volumen IV, lo hizo ese tal Lloyd.
La Reyna lo mira, luego pone cara de decepción.
-Tiene una gran excelencia de expresión pero todo esta bien...¿Por que no le corregisteis?
-Le dije que si lo lograba, iba ser mi ingeniero personal, y cayo redondito. Pues le subí el precio el doble. Sabes soy muy astuto, el piensa que gana, pero el precio que el da es muy poco, tenerlo a el beneficia en mucho.
-Eres un gran cerebro, y por el dinero es atendible que el cayera, no creo que nunca se de cuenta por estar cegado que el gano.
Mientras tanto Lloyd:
Lloyd estaba arrodillado en medio del patio de entrenamiento de la guardia real, rodeado de planos desplegados sobre la tierra y con la cara manchada de hollín y polvo. Tenía una vara de medir en una mano, un nivel de agua en la otra y una sonrisa tan ancha y desquiciada que los soldados que pasaban por allí preferían dar un rodeo para no cruzarse con su mirada.
—¡Ja! ¡Pobre príncipe iluso! —exclamó Lloyd, dándole un manotazo de pura euforia a uno de los pergaminos—. ¡Se cree muy listo con su porte elegante y su seda costosa, pero le acabo de sacar seis mil monedas de oro por un trabajo que me va a tomar tres días! ¡Seis mil! ¡Con esto me alcanza para comprar la mitad de las herramientas del reino y aún me sobra para vivir como un rey!
Javier, parado a su lado sosteniendo una pala pesada como si fuera una simple pluma, lo miraba con una mezcla de lástima y profundo cansancio mental.
—Señor Lloyd —intervino el caballero, ajustándose el guante de cuero—, permítame recordarle que el príncipe aceptó doblarle la cifra sin siquiera negociar un solo segundo. Alguien con ese nivel de riqueza y estatus no regala dinero por pura generosidad. ¿No se le ha ocurrido pensar que, tal vez, para el presupuesto real seis mil monedas son cambio de bolsillo y que el verdadero beneficiado en todo esto es él?
—¡Por favor, Javier! ¡No arruines mi momento de gloria financiera con tu lógica aburrida! —protestó Lloyd, levantándose de golpe y limpiándose las rodillas con rabia—. ¡Un contrato es un contrato! Él quería un pozo, yo le doy un pozo. Él paga el doble, yo me vuelvo rico. ¡Aquí no hay truco, solo un genio de la ingeniería derrotando a la realeza en su propio juego de dinero!
Lloyd se ajustó las mangas, levantó la barbilla con orgullo desmedido y señaló el suelo con firmeza.
—¡Ahora deja de hablar y empieza a cavar! Voy a diseñar un sistema de filtración por capas de grava y carbón con conductos de ventilación mágica. Cuando ese zorro rubio vea la calidad del agua, va a llorar lágrimas de oro... ¡y yo voy a estar ahí con las manos abiertas para recogerlas todas!
Lloyd trabajo y trabajo sin parar, al final, el sabia lo que le iban a pagar.
Después de una semana, el trabajo estaba listo, yo que andaba pasando por ahi lo vi trabajar su trabajo.
-Bien...Excelente, y tu pago ¿Lo quieres en moneda o a billete? solo dígame, directo y franco.
Lloyd se enjugó el sudor de la frente con la manga, luciendo una cara de cansancio absoluto, pero con un brillo de euforia desquiciada en los ojos. Frente a él, el nuevo pozo de la guardia real se erguía como una obra de arte mecatrónica: piedra pulida impecable, canales de infiltración secundaria y una bomba de palanca balanceada que extraía agua cristalina a una velocidad ridícula.
Al escuchar la voz de Mitordi, Lloyd dio un brinco, enderezándose al instante con una postura estirada y una sonrisa que pretendía ser profesional, pero que rozaba la ambición pura.
—¡Su alteza! Como era de esperarse de un servidor de mi calibre, la obra está terminada a la perfección, dentro del plazo y superando cualquier estándar de este reino —comenzó Lloyd, señalando el pozo con orgullo exagerado antes de frotarse las manos sin disimulo—. Y respecto a su pregunta... ¡billetes, por supuesto! Los billetes de alta denominación del palacio son mucho más ligeros de transportar y ocupan menos espacio en mi caja fuerte personal. Nada de monedas pesadas que me lastimen la espalda, directo y franco como a mí me gusta.
Al fondo del patio, Javier observaba en silencio cómo su amo prácticamente babeaba al imaginar la pila de papel moneda con la firma de la tesorería real.
Mitordi, impecable y envuelto en su bata de seda, caminó hacia el borde del pozo, pasando sus dedos por el pulido contorno de la piedra.
—Billetes será, entonces —dijo el príncipe con una sonrisa serena y ladina—. Seis mil monedas convertidas en certificados de la tesorería real a su nombre. Aunque... debo admitir que me da un poco de lástima ver que un talento como el suyo se conforma con tan poco.
Lloyd se congeló de golpe. Su sonrisa triunfal se deformó en una expresión de pura sospecha.
—¿P-poco? —tartamudeó el pelirrojo, dando un paso adelante y entornando los ojos—. ¡Fueron seis mil! ¡El doble de mi tarifa original! ¡Es una fortuna!
—Para un noble común, tal vez —respondió Mitordi con ligereza, dando media vuelta para encararlo con esa gracia exasperante—. Pero para el pozo central de entrenamiento de la guardia de élite, la corona tenía asignado un presupuesto de quince mil. Se ahorró a la tesorería noventa monedas de oro en materiales y mano de obra externa, y me entregó un trabajo de primera categoría por menos de la mitad del precio de mercado.
El mundo de Lloyd pareció romperse en mil pedazos. En su mente, los números flotaron trágicamente: ¿Quince mil? ¿Pudo haber cobrado quince mil y solo pidió seis mil?
—Usted... usted me estafó... —murmuró Lloyd, mientras su rostro pasaba de la palidez al rojo vivo de la rabia.
—Yo no lo estafé, señor ingeniero. Le pagué exactamente el doble de lo que me pidió —corrigió el príncipe con una risita suave y victoriosa, extendiendo un sobre sellado con el escudo real—. Aquí tiene su pago. Y prepárese, porque como mi ingeniero exclusivo, tenemos muchísimos proyectos más por delante.
En ese momento exacto, que comprendido que el príncipe no era un tonto, solo fingía serlo para capturar a mas presas, y el cayo redondito.
Las palabras de Mitordi retumbaron en los oídos de Lloyd con el impacto de un mazo de demolición. Su mente, que siempre se jactaba de ser la más rápida y calculadora del continente, se congeló por completo. Las ecuaciones de oro, el orgullo de haber sacado "el doble" y la ilusión de ser un estafador genio se desmoronaron frente a una verdad aplastante.
No era un zorro ciego... ¡Era un depredador con corona!
Lloyd se quedó petrificado, mirando fijamente el sobre sellado que el príncipe sostenía con elegancia. Toda esa fachada de chico lindo, misterioso, que le acariciaba el pelo y le hacía comentarios provocativos en la biblioteca no era más que una carnada fríamente calculada. Mitordi había detectado su avaricia desmedida desde el primer segundo en el balcón y la había usado para encadenarlo a la corte por una fracción de su verdadero valor.
Detrás de él, Javier no pudo contenerse más y dejó escapar un leve resoplido de diversión, cruzándose de brazos.
—Se lo dije, señor Lloyd. Le dije que ese zorro no era ningún tonto —murmuró el caballero con una satisfacción apenas disimulada.
—¡TÚ CÁLLATE, JAVIER! —bramó Lloyd, sintiendo cómo las mejillas le quemaban de rabia y vergüenza acumulada.
Se volvió hacia Mitordi, arrebatándole el sobre de billetes de la mano con un gesto rápido. Apretó el papel con fuerza, debatiéndose internamente entre tirarle el dinero en la cara por puro orgullo o guardárselo porque, al fin y al cabo, sigue siendo una fortuna. Obviamente, ganó la codicia y se guardó el sobre en el saco de inmediato.
—Es usted un... un manipulador de lo peor, su alteza —escupió Lloyd, dando un paso agresivo hacia el príncipe mientras temblaba de indignación—. ¡Aprovecharse así de un profesional honesto y trabajador! ¡Fingir demencia solo para conseguir mano de obra barata!
Mitordi ladeó la cabeza, manteniendo esa sonrisa angelical y serena que ahora a Lloyd le parecía la cosa más diabólica de todo el palacio.
—No es mano de obra barata, querido Lloyd —dijo el príncipe en un susurro divertido, dando un paso tan cerca que Lloyd pudo sentir su aliento—. Es asegurar al mejor talento del reino bajo un contrato exclusivo. Y debo decir... valió cada una de las seis mil monedas ver esa cara que está poniendo justo ahora.
—¡Esto no se va a quedar así! —sentenció Lloyd, apuntándolo con el índice con los ojos inyectados en sangre—. ¡La próxima vez que me pida construir algo, le voy a cobrar hasta el aire que respiren sus trabajadores! ¡Voy a desplumar a la familia real entera!
Mitordi soltó una risita suave y victoriosa, dando media vuelta para adentrarse de nuevo en los pasillos del palacio con el andar de quien acaba de ganar una guerra sin despeinarse.
—Espero con ansias su próxima cotización, mi estimado ingeniero. No llegue tarde mañana, tenemos un puente que diseñar.
Lloyd se quedó parado en medio del patio, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula, viendo cómo su nuevo y aterrador patrón desaparecía en la penumbra. Había caído en la trampa como un principiante, pero en su pecho, una mezcla peligrosa de rabia, desafío y una extraña emoción comenzaba a quemar con fuerza.
Al día siguiente, Lloyd le cobro un precio mas alto, pero el príncipe le subí el precio el triple, algo que ciega Lloyd y acepta. Algo que Javier observa, dándose cuenta que yo aprovecho de la debilidad de Lloyd para encerrarlo, pero sospecha algo. Si es tan inteligente...¿Acaso ya pensó que el lo descubrió o acaso ya lo se pero oculto algo mas que el aun no sabe?
Javier permanecía inmóvil junto a la gran columna de mármol del estudio real, con la mano posada serenamente en la empuñadura de su espada. Sus ojos afilados no perdían detalle de la grotesca escena que se desarrollaba frente a él: Lloyd, con los ojos transformados en auténticos símbolos de monedas de oro y una baba casi visible en la comisura de la boca, firmaba compulsivamente un nuevo contrato que le triplicaba el pago anterior.
El patrón se repetía con una precisión ridícula. Lloyd intentaba inflar los precios para "vengarse", pero a Mitordi le bastaba con multiplicar la cifra por tres para que el genio de la ingeniería perdiera cualquier rastro de juicio, cayendo ciegamente en la trampa una y otra vez.
Sin embargo, mientras Lloyd festejaba en silencio abrazando el pergamino como si fuera un recién nacido, Javier desvió la mirada hacia el príncipe.
«Aquí hay algo que no encaja», pensó el caballero, entornando los ojos.
Javier conocía a Lloyd mejor que nadie. Sabía que su amo era un maniático de la codicia, sí, pero también un estratega brillante. Era imposible que Lloyd no hubiera comprendido ya la jugada. La pregunta rondaba la mente de Javier como un eco molesto:
¿Lloyd estaba tan profundamente cegado por la avaricia que realmente no se daba cuenta de cómo el príncipe lo acorralaba? ¿O acaso Lloyd ya sabía que el príncipe lo estaba manipulando y simplemente dejaba que ocurriera porque ganar una montaña de oro superaba a su propio orgullo?
Peor aún... Javier observó la ligera curva en los labios de Mitordi.
El príncipe, tras esa venda blanca y esa sonrisa celestial, emanaba una calma demasiado absoluta. Si Mitordi era el genio táctico que demostraba ser, era imposible que no hubiera previsto la astucia de Lloyd. ¿El príncipe simplemente disfrutaba acorralar a un ingeniero avaricioso, o había notado algo más en Lloyd? ¿Acaso el príncipe ocultaba una segunda intención, un secreto mucho más oscuro sobre por qué necesitaba tener a un hombre como Lloyd encadenado al palacio a cualquier precio?
—Firme aquí también, señor ingeniero —la voz suave de Mitordi interrumpió los pensamientos de Javier.
—¡Firmado y recontra firmado, su generosísima alteza! —exclamó Lloyd con una risa maniática, estampando su sello sin leer la letra pequeña del reverso—. ¡Nos vemos en el terreno! ¡Javier, vámonos, hay un imperio que financiar!
Lloyd salió del estudio a grandes zancadas, radiante de victoria fingida. Javier dio un paso para seguirlo, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo un segundo y miró de reojo al príncipe.
Mitordi no se había movido, pero hizo un sutil movimiento de cabeza en dirección al caballero, como si supiera exactamente que los ojos de Javier lo estaban juzgando.
—Tiene un caballero muy observador, Lloyd... —murmuró Mitordi para sí mismo una vez que se quedaron solos, pasando sus dedos sobre el reverso del contrato que Lloyd no se molestó en leer—. Lástima que ninguno de los dos esté mirando donde realmente importa.
Otro día, una sirvienta mía, pago el trabajo de Lloyd, el dinero era mío, pero por asuntos personales no pude asistir.
-Señorito Lloyd, usted es astuto, pero no debe arriesgarse mucho con el príncipe, si no resultara como el Reyno pueblerino- La sirvienta se retira, adentrando al palacio.
Lloyd comprende, ya que escucho que ese Reyno, se quedo con una gran deuda, una deuda que ni el mismo con el dinero que le di el podrá pagar.
El impacto de esas palabras cayó sobre Lloyd como un balde de agua helada en pleno invierno. La bolsa de dinero que acababa de recibir, repleta de certificados reales y billetes de alta denominación, de pronto se sintió horriblemente pesada en sus manos.
El Reino Pueblerino.
Lloyd conocía bien ese nombre. Había sido un estado próspero a pocos días de camino, famoso por sus feraces tierras agrícolas... hasta que hace tres años entró en un colapso financiero tan catastrófico que la corte entera tuvo que ceder sus títulos nobiliarios para saldar las cuentas. Nadie entendía cómo un reino entero había caído en la bancarrota de la noche a la mañana. Los rumores hablaban de "malos contratos" y una "deuda invisible" con la corona central.
«Una deuda que ni con todo el dinero que le dio podrá pagar...»
Lloyd apretó los dientes, sintiendo cómo un sudor frío le recorría la espalda. Sus dedos desdoblaron a toda prisa las copias de los contratos que había firmado compulsivamente en los últimos días. Pasó la primera página, la segunda... hasta llegar a la letra pequeña del reverso, esa que su ceguera por el oro le había impedido revisar con atención.
Ahí estaba. Oculto entre cláusulas de rendimiento, plazos de entrega y tecnicismos legales de la corte real:
«En caso de que las obras presenten cualquier margen de desviación técnica, retraso operativo o mantenimiento preventivo no estipulado, el costo de reparación será penalizado con una tasa de interés compuesto diario asumida íntegramente por el contratista... calculada sobre el valor total del patrimonio real.»
—Ese maldito zorro... —murmuró Lloyd con la voz temblorosa de rabia y pánico—. No me estaba pagando el triple... me estaba vendiendo una soga chapada en oro para que yo mismo me la pusiera al cuello.
Si cometía el más mínimo error en cualquiera de las construcciones, si un solo ladrillo del pozo o del puente fallaba, la penalización se activaría al instante. Una tasa de interés compuesto respaldada por la corona. No importaba si ganaba seis mil o treinta mil monedas de oro; la deuda crecería exponencialmente hasta dejarlo no solo en la miseria, sino como un sirviente de por vida para la familia real.
Al lado de Lloyd, Javier miró los papeles sobre el hombro de su amo, soltando un largo y pesado suspiro.
—Se lo dije, señor Lloyd. Ese príncipe no regala nada —dijo el caballero con un tono serio, aunque sin sorpresa—. El Reino Pueblerino no cayó por mala suerte. El príncipe Mitordi los ahogó en papel sellado hasta que no les quedó más remedio que entregarle el reino entero. Y usted acaba de firmar tres contratos iguales.
Lloyd apretó los puños, arrugando las esquinas de los pergaminos. La sonrisa desquiciada de ambición había desaparecido por completo, reemplazada por una mirada oscura, afilada y peligrosa.
—Pensó que por ser un apasionado del dinero no leía las consecuencias... —susurró Lloyd, levantando la vista hacia la ventana del ala oeste donde los aposentos del príncipe se erguían impecables—. Creyó que me tenía acorralado como a los nobles del Reino Pueblerino.
Lloyd soltó una risa baja, no de pánico, sino de desafío puro.
—Si ese príncipe zorro quiere jugar a la bancarrota con cláusulas invisibles, le voy a entregar construcciones tan ridículamente perfectas que ni en mil años podrá aplicar una sola penalización. Y mientras tanto... voy a encontrar la falla en su propio sistema. Prepárate, Mitordi. Acabas de meter a un ingeniero obsesivo en tu propia trampa.
Un día estaba tomando un te tranquilamente, mientras como un pastel de fresa tranquilamente, el jardín era tranquilo, hasta que Lloyd llega molesto hacia mi.
El crujido de la vajilla de porcelana al chocar contra la mesa de mármol rompió la paz del jardín. Mitordi ni siquiera se inmóvil; masticó despacio su trozo de pastel de fresa y dio un sorbo a su té, disfrutando del contraste entre el dulzor de la fruta y la densa aura de furia que se acercaba a pasos agigantados.
—¡Usted! ¡Maldito zorro manipulador con corona! —bramó Lloyd, estampando una pila de pergaminos arrugados justo al lado de la tetera.
Sus ojos inyectados en sangre y las marcadas ojeras delataban que había pasado la noche entera analizando cada punto y coma con una lupa. Detrás de él, Javier se mantenía a una distancia prudente, apoyado contra el tronco de un cerezo con los brazos cruzados y una expresión que decía "se lo advertí".
Mitordi limpió la comisura de sus labios con una servilleta de lino, ladeando la cabeza con esa calma exasperante que ponía a Lloyd al borde del colapso nervioso.
—Buenos días, señor ingeniero —dijo el príncipe con voz melodiosa—. La mañana está sumamente agradable, aunque noto que su tono de voz amenaza con espantar a los pájaros del pabellón. ¿Sucedió algo con el té de la cocina o es que no le gustó el relleno del pastel?
—¡Deje de hacerse el inocente! —Lloyd se inclinó sobre la mesa, señalando con un índice tembloroso la letra minúscula del reverso del contrato—. "Tasa de interés compuesto diario asumida íntegramente por el contratista en caso de desviación técnica". ¡¿El Reino Pueblerino?! ¡Intentó venderme la misma soga chapada en oro que le puso a ese lugar!
Mitordi esbozó una sonrisa tenue, casi imperceptible, y volvió a tomar su taza con una elegancia impecable.
—Vaya... así que finalmente leyó la letra pequeña. Admitiré que tardó un poco más de lo que esperaba, considerando su proclamado "intelecto superior".
—¡¿Ah, sí?! —Lloyd soltó una risa desquiciada, apoyando las manos en la mesa y mirando al príncipe con un destello de pura terquedad en los ojos—. Pues le tengo una mala noticia, su alteza. Esas cláusulas solo se activan si hay un fallo técnico. Y yo no cometo fallos. Le voy a construir estructuras tan perfectas, tan ridículamente indestructibles, que se va a tragar cada una de sus cláusulas mientras me paga hasta el último billete.
Mitordi dejó la taza sobre el plato, y por un segundo, la sonrisa juguetona de su rostro se volvió extrañamente fascinada.
—¿Una garantía de perfección absoluta perfección pena de bancarrota eterna? —murmuró el príncipe, inclinándose apenas hacia adelante—. Qué propuesta tan tentadora, Lloyd. Veamos cuánto dura su orgullo antes de que la primera grieta aparezca.
-Pero no te preocupes, no tendrás esa deuda tan grande, además solo quería asustarte un poco, pero en realidad no haría eso, ya que no me beneficiaria mucho la verdad.
-No hago eso con empleados míos, si no la mayoría de mis subordinados tendrían deudas, pero no lo tienen- Acaricio ligeramente su cabeza.
-tranquilo, no es necesario tanto escandalo, tu que crees...Javier.
Javier ajustó la posición de la espada en su cinto y dio un par de pasos hacia la mesa. Miró alternadamente la mano del príncipe que descansaba en la cabeza de Lloyd y la cara de su amo, que estaba congelada en una mezcla de indignación pura, shock y una inminente explosión de orgullo.
—Creo, su alteza —respondió Javier con una voz impecablemente neutral, aunque con un brillo divertido en la mirada—, que mi señor Lloyd prefiere calcular una estructura de tres mil toneladas antes que admitir que cayó en una broma de la realeza. Pero debo admitir que la estrategia para hacerlo trabajar al mil por ciento fue sumamente efectiva.
Lloyd se apartó de un brinco, dándose un manotazo en el cabello para despeinar la zona que el príncipe acababa de tocar, sintiendo cómo el rostro se le ponía tan rojo como su pelo.
—¡¿Una broma?! —exclamó Lloyd, señalando a Mitordi con la carpeta arrugada—. ¡¿Se burla de la salud mental de un profesional honorable por pura diversión?! ¡Casi me da un infarto calculando la resistencia al impacto de cada maldito ladrillo del palacio!
Mitordi soltó una pequeña risa, ligera y refrescante, mientras tomaba otro trozo de su pastel de fresa como si nada hubiera pasado.
—Un ingeniero estresado es un ingeniero meticuloso, Lloyd —dijo el príncipe con una serenidad encantadora—. Y como le dije, cuido bien a mis empleados valiosos. Las deudas son para los enemigos del reino, no para el hombre que me está construyendo las mejores obras de la provincia. Aunque... si tanta pena le da haber trabajado gratis en los controles de calidad, puedo añadir un bono de rendimiento al pago de la tarde.
La palabra «bono» resonó en los oídos de Lloyd, pausando de golpe su rabieta. Los engranajes de su cerebro procesaron la oferta en una fracción de segundo.
—¿De cuánto estamos hablando? —preguntó Lloyd de inmediato, cruzándose de brazos y tratando de poner su mejor cara de negociación dura, a pesar de que las mejillas aún le ardían.
Mitordi sonrió con picardía tras su vendaje.
—Depende... ¿Qué tan bien cree que sabe preparar este pastel de fresas? Porque mi cocina privada necesita algunas remodelaciones, y parece que usted estará muy ocupado a mi lado por un largo, largo tiempo.
-Javier...Usted debe tomarse un descanso, de seguro debe estar cansado de lidiar con Lloyd. No se preocupo yo me encargo de este gato rojo- Me rio suavemente.
Javier parpadeó, sorprendido por la inesperada oferta del príncipe. Por un instante, el caballeroso y siempre recto escolta miró a Lloyd, luego al príncipe, y finalmente a la cómoda sombra de los arboles del jardín.
—Su alteza... le estaría eternamente agradecido —respondió Javier, haciendo una reverencia impecable con una rapidez sospechosa—. Lidiar con los colapsos financieros y la avaricia de mi amo agota más que diez batallas seguidas. Se lo encargo, entonces.
—¡Oye! ¡Javier! ¡¿A dónde crees que vas?! ¡Eres mi caballero, no puedes abandonar a tu jefe con este... este zorro manipula-! —gritó Lloyd, pero fue completamente ignorado.
Javier ya le daba la espalda, caminando a paso ligero y relajado hacia el pabellón de descanso, disfrutando por primera vez en meses de un verdadero momento de paz.
Lloyd se quedó solo frente a la mesa de té, con la boca abierta e indignado. Cuando se volvió hacia Mitordi, se encontró con que el príncipe había apoyado la barbilla sobre su mano, "observándolo" con esa enigmática sonrisa tras el vendaje.
—¿Gato rojo? —escupió Lloyd, cruzándose de brazos y sintiendo cómo las orejas le quemaban de nuevo—. ¡Le recuerdo que soy un ingeniero respetado, no una mascota para su entretenimiento, su alteza! Y respecto al bono... si quiere que me encargue de la remodelación de su cocina privada y de sus pasteles, la tarifa por diseño gastronómico y reestructuración térmica se paga por separado.
Mitordi soltó una pequeña risa, extendiendo la mano hacia el plato para ofrecerle el último trozo de pastel de fresa.
—Trato hecho, gato rojo —dijo el príncipe con tono juguetón—. Coma un poco antes de empezar a dibujar los planos. A partir de hoy, pasará mucho tiempo a mi lado, y no quiero que mi ingeniero estrella se desmaye por falta de azúcar.
Lloyd miró el tenedor, luego la sonrisa del príncipe, y finalmente suspiró con resignación mientras tomaba el pastel. Sabía que había caído en la red de Mitordi para siempre, pero mientras hubiera oro de por medio... tal vez quedarse al lado de ese astuto príncipe no fuera el peor de los castigos.
-Come, come, si no, no tendrás energía.- Acaricio su cabeza suavemente.
Lloyd siente una gran calidez, pero no entendía el porque.
Lloyd masticó el pastel de fresa en silencio, sintiendo cómo el dulzor de la fruta se mezclaba con una extraña y desconocida sensación en el pecho. La mano de Mitordi se sentía inexplicablemente tibia sobre sus mechones pelirrojos, una calidez suave que contrastaba por completo con el tono frío, calculador y distante con el que solía tratar al mundo.
¿Qué demonios es esto?, pensó Lloyd, fijando la mirada en el plato de porcelana para evitar que el príncipe notara lo desarmado que estaba. Siento como si me estuviera descongelando... Es ridículo. Es solo un noble mimado que intenta domesticarme con comida costosa y gestos bonitos.
Sin embargo, por más que su mente de ingeniero intentara categorizar esa sensación como una reacción lógica a un estímulo externo o una trampa de manipulación psicológica, no podía ignorar cómo su pulso volvía a acelerarse, esta vez no por rabia ni por codicia.
—Si cree que con un trozo de pastel y un par de mimos me voy a volver dócil, está muy equivocado, su alteza... —murmuró Lloyd en un tono mucho más bajo de lo habitual, sin atreverse a retirar la cabeza de la mano de Mitordi—. Mis planos siguen siendo los más caros del continente.
Mitordi dejó escapar un largo y satisfecho suspiro, deslizando los dedos hasta la nuca de Lloyd con una delicadeza que terminó por romper las últimas defensas del pelirrojo.
—Lo sé, Lloyd. Y no esperaría nada menos de ti —respondió el príncipe con esa voz profunda y melodiosa que parecía resonance solo para él—. Pero por ahora, solo come. Mañana me cobrarás todo el oro que quieras, pero hoy la tarde es nuestra.
Lloyd suspiró con resignación, tomando otro bocado del pastel mientras la calidez en su pecho se extendía lentamente. Por primera vez en mucho tiempo, el gran ingeniero del reino no tenía una sola cifra, contrato o cálculo en la cabeza; solo la presencia constante de aquel príncipe misterioso que, sin que él se diera cuenta, se había adueñado de su atención por completo.
FIN DEL CAPITULO
Thoughts
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Permalinkese final tranquilo con el pastel y el acaricio en la cabeza me mató, yo también sentía ese calor en el pecho a través de la pantalla. pobre lloyd no sabe ni qué le está pasando
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Permalinkpregunta seria: lloyd se da cuenta que mitordi ya lo tenía planeado desde el primer té, o de verdad sigue creyendo que está manipulando al príncipe?
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Permalink"gato rojo" me arruinó, no puedo dejar de verlo así ahora. javier se fue de la mejor manera posible 💀
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Permalinkla inteligencia de lloyd es impresionante pero en romance es un bebé. mitordi juega 5d chess mientras lloyd juega ajedrez, si entienden
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Permalinklloyd está tan cegado por el dinero que ni ve lo que mitordi de verdad quiere. ese final con el pastel dijo más que todo el capítulo junto.
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Permalinkyo también soy una menso por dinero así que lloyd me tiene identificada. la tía del warning tiene razón, está cegado y ni se da cuenta
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PermalinkJAJAJA lloyd siendo un idiota avariento y cayendo redondito cada vez que mitordi le sube el precio es lo más relatable que existe, pobre gato rojo
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Permalinkay dios, ese final con la mano en la cabeza... me pasó algo en el pecho. aqui con el bebé a las dos de la mañana llorando por este príncipe zorro
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