Caramba, que exista un cementerio para animales desde 1996 me llama mucho. Cuando yo era muchacho al perro se lo enterraba en el fondo de la casa, al pie de un árbol, y nadie le ponía placa ni fecha. Se nota que algo cambió en cómo las familias los nombran.
El lugar que dejan
Chun, Sasha y Olivia llegaron a sus familias de maneras diferentes, pero terminaron ocupando un lugar parecido: el de un hijo. Entre la convivencia, el amor cotidiano y la despedida, sus historias…
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Pensamiento
Caramba, que exista un cementerio para animales desde 1996 me llama mucho. Cuando yo era muchacho al perro se lo enterraba en el fondo de la casa, al pie de un árbol, y nadie le ponía placa ni fecha. Se nota que algo cambió en cómo las familias los nombra
Contenido de la publicación
Chun, Sasha y Olivia llegaron a sus familias de maneras diferentes, pero terminaron ocupando un lugar parecido: el de un hijo. Entre la convivencia, el amor cotidiano y la despedida, sus historias revelan por qué la muerte de un animal puede dejar un vacío difícil de nombrar.
los últimos días de su calor. la última bocanada de aire. no se escuchará la pequeña y guiadora campanita del collar.
te extrañaré hoy
y mañana aún más.
seas tierra o alma, te recordaré.
Hay algo extraño en el vacío que deja alguien cuando ya no está. No siempre aparece de inmediato. A veces se encuentra en los pequeños hábitos: mirar hacia un lugar esperando encontrarlo, abrir una puerta por costumbre, preparar comida de más o escuchar un ruido que durante años significó que alguien estaba ahí.
Con los animales sucede algo parecido. Se acostumbran a nuestra presencia y nosotros a la de ellos. Aprendemos sus horarios, sus sonidos, sus gestos. Sabemos cuándo quieren salir, cuándo tienen hambre o cuándo simplemente buscan compañía. Sin darnos cuenta, empiezan a formar parte de una rutina que parecía exclusivamente nuestra.
Y quizás ahí es donde cambia la manera de mirarlos.
Ya no son solamente quienes viven dentro de nuestra casa. Son quienes esperan cuando volvemos, quienes se acomodan cerca mientras hacemos cualquier cosa, quienes aparecen en nuestras fotografías y terminan teniendo un nombre, un apodo y una historia propia dentro de la familia.
El cariño se construye así, en el amor incondicional.
Por eso, cuando llega la despedida, no desaparece únicamente una presencia. También desaparecen pequeñas partes de esa rutina. Queda un espacio que nadie ocupa de la misma manera.
Un lugar que, aunque permanezca vacío, alguna vez estuvo lleno de vida.
CHUN pt. 1
Se llamaba Tomás. Pero casi nadie le decía así.
Su nombre era Chun.
Durante quince años acompañó a Bea. Quince años de convivencia, rutinas y un amor que, para ella, lo convirtió en un integrante más de su familia.
Llegó cuando apenas tenía un poco más de 45 días de vida.
Una vecina lo llevó porque era el último cachorro que quedaba para adoptar. Era un golden, aunque Bea lo recuerda de una manera bastante particular: un “golden en bonsai”.
Pequeño, de pelaje dorado, tranquilo y cariñoso.
Su primera casa fue una caja de cartón. Adentro, una bufanda rosa hacía de cucha.
Así comenzó una vida que duraría quince años.
Con el tiempo, Chun fue dejando de ser aquel cachorro que había llegado en una caja para convertirse en una presencia constante dentro de la casa. Tenía sus propias costumbres y, entre ellas, una muy particular: para comer sus huesos necesitaba su mantelito.
Bea todavía conserva una imagen de esos momentos.
La mirada tierna de Chun. El hueso en la boca. Y él, esperando su mantelito.
Son recuerdos pequeños, pero quizás sean justamente esos los que más permanecen.
También estaban las fiestas de fin de año.
Mientras afuera sonaban los fuegos artificiales, Bea salía con Chun a mirar los destellos. A diferencia de muchos animales, él no tenía miedo a las explosiones de aquellos fuegos, por lo que podía acompañarla en esos momentos.
Y a medida que fueron pasando los años, aparecieron otras escenas que se volvieron parte de la rutina.
Ya más grande, Chun podía estar en cualquier lugar de la casa. Bastaba con que escuchara el ruido de un paquete de galletitas para aparecer.
(Bea recuerda entre risas cómo, apenas escuchaba abrir el paquete, Chun se acercaba desde donde estuviera.)
Era una comunicación que no necesitaba demasiadas palabras.
Él también había aprendido a reconocerla a ella.
Sabía distinguir cuándo Bea se vestía para ir a trabajar y cuándo se preparaba para salir a pasear con él.
“Había una comunicación muy clara. Entendía todo”, recuerda.
Quince años de convivencia alcanzan para aprenderse mutuamente.
Para reconocer sonidos, horarios, movimientos y estados de ánimo.
Para que dos vidas terminan organizándose alrededor de pequeñas señales que solamente quienes conviven llegan a comprender.
Para Bea, Chun era mucho más que una mascota.
Era familia. Era un compañero, un recuerdo largo, una rutina… un cómplice.
Y también fue, una enseñanza.
“Me enseñó a resistir, paciencia, tolerancia.”
Después hace una pausa.
…
Hay una palabra que resume todo lo que significó para ella:
“Resiliencia.”
Porque durante esos quince años también atravesaron situaciones límite. Y en medio de ellas, Chun permaneció como compañero.
Hasta que llegó el momento en que esa compañía comenzó a cambiar.
SASHA
“Bueno, hola. Hola, mi nombre es Andrés y soy un orgulloso padre de dos gatijas: Sasha y Olivia.”
Andrés se presenta así.
No como dueño, sino como padre.
Sasha llegó hace varios años. O quizás, como él prefiere pensarlo, fue ella quien los encontró a ellos.
Estaban en el Parque de las Naciones cuando la hija de Andrés la vio.
Quiso que fuera su hermanita.
Y entonces Sasha llegó a casa.
(La llegada fue sencilla. Lo que vino después fue aprender a convivir con ella y hacerle un lugar.)
La habitación de su hija humana tuvo que adaptarse a las necesidades de la nueva integrante de la familia. Y, con los años, también se fueron incorporando otras cosas que terminaron formando parte de la rutina.
La comida, por ejemplo, no es cualquier comida.
Desde que Sasha y Olivia fueron castradas, Andrés y su familia buscan un alimento de buena calidad que se adapte a sus necesidades. También prestan atención a las piedritas sanitarias, a las vacunas, a las pipetas y a los controles veterinarios.
Son decisiones que se repiten todos los meses, incluso cuando nadie piensa demasiado en ellas.
Hay que comprar el alimento.
Cambiar las piedritas.
Llevarlas al veterinario.
Acordarse de la próxima vacuna.
Mirar que estén bien.
Y si llega un viaje, aparece otra preocupación: que ellas también estén tranquilas durante la ausencia.
Para eso, alguna vez recurrieron a un dispenser de feromonas.
“Básicamente las drogamos... con feromonas.”
Andrés se ríe.
Pero entre el chiste y la exageración aparece algo que atraviesa toda su manera de hablar de ellas: cuidarlas es parte de la vida familiar.
No es una tarea extraordinaria.
Es simplemente lo que hacen.
Y Sasha tampoco se lo pone siempre fácil.
Andrés la describe con humor. Dice que tiene un “hermoso desprecio” por ellos, que no les trae nada de ningún lado y que, cuando puede, los muerde y los araña.
Pero después lo resume de una manera sencilla:
“Porque a los hijos se los quiere con el carácter que tienen.”
(La frase aparece entre risas, pero quizás explique más de lo que parece.)
Porque el cariño también está en eso.
En conocer sus mañas.
En saber qué necesitan.
En limpiar cuando hace falta.
En llevarla al baño cuando, después de hacer sus necesidades, no logra limpiarse bien.
En estar pendiente incluso de las cosas menos agradables.
Y también en celebrar.
La familia le arma un cumpleaños. Le hacen gorros. Le ponen ropa. La disfrazan.
“Sí, sí, nos ponemos pavos cuando hablamos de Sashita.”
Andrés lo admite entre risas.
Quizás porque hay algo inevitablemente tierno en todas esas pequeñas exageraciones que aparecen cuando queremos a alguien.
Comprarles algo que no necesitan.
Adaptarles un espacio.
Preocuparse por lo que comen.
Celebrar un cumpleaños.
Aprender sus gestos.
Cuidarlos incluso cuando nadie está mirando.
Sasha no necesita entender todo eso para ocupar un lugar dentro de la familia.
Alcanza con que esté.
La gata que apareció en el Parque de las Naciones terminó teniendo una habitación adaptada para ella, una alimentación elegida especialmente, controles médicos, cumpleaños y una familia que aprendió sus mañas.
Y, sobre todo, alguien que cuando habla de ella no dice que tiene una mascota.
Dice que tiene una hija.
Quizás querer a un animal tenga mucho que ver con acostumbrarse a su existencia.
A que esté ahí.
A que ocupe un lugar en el sillón, a que se acerque cuando escucha abrir una bolsa, a que se duerma cerca mientras la casa queda en silencio. A hablarle aunque no pueda responder con palabras. A reconocer lo que necesita antes de que lo pida.
Son gestos tan habituales que dejan de sentirse como gestos de cariño. Se vuelven parte de la vida.
Y en esa repetición se construye el vínculo. No hay una fecha exacta en la que una mascota se convierta en familia. Simplemente, un día, ya lo es.
OLIVIA
Pao también es mamá de Sasha y Olivia.
Habla de ellas con la naturalidad de quien habla de sus hijas: cuenta cómo las cuida, dónde duermen, qué hacen cuando ella trabaja y hasta cómo la esperan cuando vuelve a casa.
Pero cuando empieza a hablar de Olivia, hace una distinción.
No porque quiera menos a los gatos que tuvo antes. Al contrario. Los quiso, los cuidó y compartió su vida con ellos.
Pero con Olivia, dice, algo fue diferente.
“Desde que llegó la Olivia tuvimos una relación muy especial con Olivia.”
La historia comenzó un 4 de enero de 2025.
Olivia era apenas una cachorra. Había nacido aproximadamente un mes antes y una amiga de Pao la había encontrado junto a su madre y sus hermanos en un baldío.
Un día, Pao fue a visitar a su amiga a tomar mate.
Y ahí estaban los cachorros.
Pao alzó a Olivia.
Entonces pasó algo.
La gatita empezó a ronronear.
Su amiga se sorprendió.
Era la primera vez que Olivia ronroneaba con alguien.
(Quizás el detalle parezca pequeño. Para Pao, fue suficiente.)
“Necesito llevármela. Esta va a ser mía.”
Pero ya había una gata en la casa: Sasha.
Pao tenía miedo de que le dijeran que no. Que una gata más fuera demasiado.
Así que se quedó tomando mate con su amiga.
Y Olivia se quedó con ella.
Acurrucada.
Ronroneando.
Como si ya hubiera elegido dónde quería estar.
“Sea como sea, esta es mi hija. Esta me la tengo que llevar porque ya está, nos elegimos las dos.”
Y se la llevó sin duda alguna.
Desde entonces, Olivia empezó a ocupar un lugar muy particular en la vida de Pao.
Duerme con ella cuando quiere.
Pao la tapa con la colcha y Olivia se acurruca junto a su pierna.
Cuando Pao trabaja en la computadora, Olivia tiene su propia colchita cerca. Se instala ahí y se queda acompañándola mientras ella trabaja y la acaricia.
También salen juntas. Olivia incluso tiene una correa.
Son pequeñas escenas de una convivencia que, para Pao, ya no se parece a la relación que tuvo con sus otros gatos.
“Olivia está conmigo todo el tiempo.”
Y cuando Pao vuelve a casa, Olivia la espera.
Se acerca.
La saluda.
Le “conversa”.
(Al hablar de ella, Pao ya no busca demasiado las palabras.)
Dice que cuando viaja la extraña.
Que la necesita.
Que es su hija.
“La Oli.”
Hay algo diferente en la manera en que Pao cuenta esta historia. No habla solamente de lo que hace por Olivia, sino de lo que Olivia provoca en ella.
La necesita cerca.
La extraña cuando se va.
La busca al volver.
Y quizás ahí esté la diferencia que intentaba explicar desde el principio.
No es que antes no hubiera amor.
Pao insiste en que siempre amó a sus otros animales.
Pero con Olivia sintió que el vínculo había tomado otra forma.
Una que no sabe explicar del todo.
Una que empezó aquella tarde de mate, cuando una gatita demasiado pequeña ronroneó por primera vez entre sus brazos.
“Nos elegimos las dos.”
Y desde entonces, para Pao, Olivia dejó de ser una mascota.
Es su hija.
CHUN pt. 2
“Sentí un vacío.”
…
…
Bea lo dice sin demasiadas palabras.
Después, una pausa.
…
…
“Pasaban los días.”
(Bea vuelve por un momento a esos primeros días después de la muerte de Chun. Habla desde la memoria, intentando explicar una ausencia que todavía parece difícil de acomodar.)
“No podía entender en qué momento pasó. Sin lograr comprender lo rápido que pasó el tiempo.”
Quince años habían pasado…
Quince años en los que su presencia se había vuelto tan cotidiana que imaginar la vida sin él parecía casi imposible.
Bea estaba en su departamento y recorría con la mirada cada rincón en el que solía encontrarlo.
Pero ya no estaba.
La casa seguía siendo la misma.
Los muebles, las habitaciones, la mesa.
Todo permanecía en su lugar.
Menos Chun.
Sentada a la mesa para almorzar, ya no veía aparecer su cabecita, asomándose para pedirle un pedacito de lo que ella comía después de que él ya había terminado su comida.
Al salir para trabajar, ya no estaba en la puerta.
Esas pequeñas escenas que durante años habían sido parte de la rutina ahora eran solamente recuerdos.
Y quizás eso era lo más difícil: no solamente extrañarlo, sino encontrarse haciendo cosas por costumbre y descubrir que ya no había nadie esperando del otro lado.
Pero antes de ese vacío estuvieron sus últimos días.
El diagnóstico del veterinario fue fuerte.
(Bea baja el tono. Habla de ese momento como una de las partes más difíciles de la historia.)
Ya no se trataba de curarlo.
El objetivo pasó a ser otro: darle la mejor calidad de vida posible durante el tiempo que le quedara. Acompañarlo. Cuidarlo. Hacer que esos últimos días fueran lo más tranquilos posible.
Hasta que llegó una de las conversaciones más difíciles que tuvo con él.
Hubo charlas.
Bea le habló.
Le dijo que podía irse tranquilo.
Que todo estaba bien.
Como si pudiera devolverle, en unas pocas palabras, la tranquilidad que Chun le había dado durante quince años.
(Hay algo particularmente íntimo en esa escena: Bea sabía que estaba despidiéndose, aunque todavía no supiera exactamente cuándo llegaría el momento.)
Y llegó.
Chun cerró sus ojos para siempre.
Bea quedó frente a una ausencia que todavía no podía dimensionar.
“Sentí un VACÍO porque era mi compañero muy especial.”
No era solamente que Chun ya no estuviera.
Era que ya no iba a haber una mirada esperándola.
Ni un cuerpo en algún rincón de la casa.
Ni una cabecita asomándose durante el almuerzo.
Ni una figura en la puerta cuando saliera a trabajar.
Ni ese ruido particular que anunciaba que había escuchado abrir un paquete de galletitas.
(Bea no se queda solamente con la tristeza. También habla de lo que Chun le dejó.)
Resistir.
Paciencia.
Tolerancia.
Resiliencia.
Pero para Bea todavía quedaba una última decisión: cómo despedir a alguien que había sido parte de su familia.
En la veterinaria donde lo atendían había un cartel sobre un servicio para animales. Bea preguntó.
El veterinario se lo recomendó. Sabía que vivían en un departamento y, para ella, aquella alternativa era la más adecuada y prolija para una situación tan difícil.
Chun tuvo su despedida en el Cementerio Parque del Amigo.
El lugar se encuentra en Unquillo, sobre la ruta E-53. A simple vista, cuesta llamarlo cementerio. El verde y los árboles predominan entre las parcelas, donde nombres, fechas y placas recuerdan a los animales que descansan allí.
El Parque del Amigo nació en 1996 como una alternativa para quienes no tenían dónde sepultar a sus mascotas. Con el tiempo, se convirtió en un espacio de despedida y recuerdo.
Para Bea, el servicio significó algo más que un lugar donde dejar los restos. Fue una asistencia para atravesar una situación triste, una forma cálida de acompañar el duelo de quienes quedan.
Porque la muerte de Chun había dejado un vacío.
Pero también había dejado una historia.
Quince años de compañía que no desaparecieron cuando él cerró los ojos.
Quedaron en una caja de cartón.
En una bufanda rosa.
En un mantelito.
En una mirada tierna detrás de un hueso.
En una puerta donde ya nadie esperaba.
Y en la memoria de alguien que todavía puede recordar exactamente cómo aparecía Chun cada vez que escuchaba abrir un paquete de galletitas.
No todas las familias eligen la tierra como destino final. La cremación aparece como otra posibilidad para quienes buscan conservar algo de su mascota después de la muerte. Las cenizas pueden permanecer en una urna, guardarse en un lugar especial o incluso convertirse en parte de un objeto conmemorativo. Cambia la forma de despedirlos, pero permanece la necesidad de conservar algo de aquello que se fue.
Porque la pérdida de un animal no implica solamente dejar de verlo. También desaparecen las pequeñas cosas que durante años formaron parte de la vida cotidiana: una cama que queda vacía, un plato que ya no necesita llenarse, unas uñas que ya no golpean el piso o un collar que deja de sonar. Son esas ausencias las que hacen que la casa se sienta diferente. El duelo también consiste en aprender a habitar esos espacios nuevamente.
Y cuando la presencia física ya no está, algunos buscan otras maneras de mantener el vínculo. Hay quienes recurren al Reiki animal, una práctica espiritual y energética que sus practicantes utilizan para acompañar a los animales y, en algunos casos, los procesos de despedida y duelo. Para quienes creen en ella, puede ser una forma de sentirse cerca, incluso después de la muerte. No se trata necesariamente de olvidar, sino de encontrar otra manera de relacionarse con ese recuerdo.
La necesidad de recordar también aparece en otras culturas. En México, el 27 de octubre se ha popularizado como una fecha para recordar a los animales de compañía fallecidos, antes de las celebraciones del Día de Muertos. Fotografías, juguetes, comida y objetos que les pertenecieron pueden formar parte de pequeños altares. Durante ese día, quienes ya no están vuelven, de alguna manera, a ocupar un lugar dentro de la casa.
Quizás ahí esté una de las particularidades de despedir a un animal: aunque su cuerpo ya no esté, las personas siguen buscando dónde poner todo aquello que quedó. Algunos encuentran ese lugar bajo la tierra; otros, en una urna, en un árbol, en una fotografía o en un ritual. Otros simplemente lo encuentran en la memoria.
Porque cuando un animal muere, no desaparece solamente un cuerpo. Desaparece una rutina, una compañía, una presencia que durante años formó parte de una casa. Y aunque ya no haya nadie esperando detrás de la puerta, aunque el plato permanezca vacío y el collar deje de sonar, queda algo que la muerte no puede llevarse: el lugar que dejó.
Nuestra pequeña y grande rutina la añoraré
lo haré porque recordarte me siento acompañada
aún en días tensos y grises más tu ausencia terrenal.
Tu presencia extrañaré y quisiera volver a ver.
Por lo qué te diré, gracias por compartir tu vida junto a mi.
Thoughts
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PermalinkSasha mordiendo y arañando a la familia que le organiza cumpleaños con gorrito es la gata más gata del mundo.
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PermalinkBea diciéndole a Chun que podía irse tranquilo es lo mismo que se dice al lado de muchas camas al final, con personas también. ¿Tienes más textos sobre Bea y lo que vino después?
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PermalinkMe quedé mucho más con Chun, Sasha y Olivia que con las partes generales sobre la cremación, el Reiki o el 27 de octubre en México. Cuando el texto se va a explicar el duelo en general yo me alejo un poco, y cuando vuelve a la caja de cartón con la bufanda rosa me tiene otra vez. Me pasa igual con las crónicas que leo en la universidad: lo que recuerdo meses después siempre es un objeto, nunca la reflexión. Apuesto a que lo que cualquiera recuerda de esto dentro de un año es el mantelito.
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PermalinkMira, lo que más me tocó fue que Pao sintiera la necesidad de aclarar que a sus otros gatos también los quiso. Esa aclaración la he oído mil veces en familias, con abuelas que tienen un nieto favorito y lo niegan, como si el cariño se repartiera en raciones. Da la impresión de que Pao volvía una y otra vez a lo de elegirse las dos, y a esa tarde de mate.
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PermalinkCaramba, que exista un cementerio para animales desde 1996 me llama mucho. Cuando yo era muchacho al perro se lo enterraba en el fondo de la casa, al pie de un árbol, y nadie le ponía placa ni fecha. Se nota que algo cambió en cómo las familias los nombran.
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PermalinkYa ves, lo de preparar comida de más me tocó de cerca. En casa pasé semanas sacando dos tazas del armario por la mañana y guardando una sin usar. Con un perro o una gata debe de ser igual, porque la costumbre no pregunta quién era. La puerta de Bea sin nadie esperando la entiendo bien.
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PermalinkLos versitos del principio y del final me removieron más que todo lo del medio, oye. Apuesto a que esos dos son tuyos y lo demás lo pusieron Bea, Andrés y Pao con su voz.
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PermalinkQue bueno tenerte por aca con esto! Partir la historia de Chun en dos, con Sasha y Olivia en el medio, me hizo pensar en como pasa en la vida real: mientras a una gata le hacen gorros de cumpleaños, en otra casa alguien sigue mirando la puerta. Apuesto a que mas de uno que lo lea va a mirar distinto el plato de su perro esta noche :)
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PermalinkUna casa de mi recorrido tuvo doce años un perro petiso y gordo que me esperaba sentado sobre el muro, siempre a la misma hora. Un invierno el muro quedó vacío y la señora siguió dejando el tarro de agua lleno al lado del portón por meses. Bea mirando cada rincón del departamento me devolvió ese tarro.
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