El interés no se va de un día para otro, te lo van quitando. Con cada mensaje que esperas y nunca llega, con cada conversación que tienes que iniciar tú, con cada promesa que se queda en palabras y con cada momento en el que necesitas sentirte importante, pero terminas preguntándote si realmente lo eres.
Porque al principio no te cuesta demostrar lo que sientes. Escribes porque te nace, preguntas cómo estuvo su día porque de verdad quieres saberlo y buscas cualquier excusa para compartir un momento con esa persona. No llevas la cuenta de quién escribió primero ni te preguntas si estás molestando. Simplemente disfrutas de tenerla en tu vida.
Pero algo empieza a cambiar cuando sientes que eres el único que intenta mantener viva esa conexión.
Al principio, justificas sus ausencias. Piensas que está ocupado, que tiene problemas, que quizá no sabe expresar lo que siente o que solamente está atravesando una etapa complicada. Y está bien comprender que todos tenemos días difíciles, porque el cariño no significa estar disponibles a cada segundo.
Lo que duele es cuando esa distancia deja de ser una excepción y se convierte en la forma habitual de tratarte. Cuando tienes que pedir atención, recordar que existes o explicar una y otra vez que también necesitas sentirte querido.
Entonces comienzas a cansarte. Ya no escribes con la misma ilusión, dejas de contar tantas cosas y poco a poco aprendes a guardar para ti aquello que antes compartías sin pensarlo. No porque hayas dejado de sentir de repente, sino porque cada intento empieza a pesar más que la alegría que antes te daba.
Y un día, esa persona te pregunta por qué has cambiado, por qué ya no eres como antes o por qué dejaste de buscarla tanto.
Pero quizá nunca se detuvo a pensar en todas las veces que intentaste acercarte antes de comenzar a alejarte. En las pequeñas decepciones que acumulaste, en las conversaciones que trataste de salvar y en las ocasiones en las que necesitabas un gesto de cariño que nunca llegó.
A veces, alguien no pierde tu interés porque hayas encontrado a otra persona o porque hayas dejado de querer. Lo pierde porque, mientras tú intentabas demostrarle que te importaba, sus acciones te fueron enseñando a dejar de esperar lo mismo de su parte.
Y lo más triste es que, cuando finalmente dejas de insistir, puede parecer que todo ocurrió de repente. Pero tú sabes que no fue así. Sabes cuántas veces quisiste intentarlo una vez más antes de comprender que no podías seguir sosteniendo una conexión con tus propias manos.
Porque el interés también necesita cuidado. No basta con que alguien te importe; tienes que encontrar maneras de hacérselo sentir. Y aunque nadie puede estar siempre disponible ni hacerlo todo perfectamente, cuando existe un interés genuino, también existe la intención de comunicarse, de reparar los errores y de no dejar que la otra persona tenga que adivinar constantemente si todavía tiene un lugar en tu vida.
Al final, no siempre dejas de querer a alguien: a veces, simplemente te cansas de sentir que eres el único que todavía quiere intentarlo. 💔🥀