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El Hábitat Cronica de la pandemia zombie en Argentina

Moebius
Pensamiento

Pensamiento

HugoBarrientos

Servet disparando por los fusileros sin que lo noten, y callándose el tamaño de la explosión. No sé si cuida a la gente o la administra.

Servet disparando por los fusileros sin que lo noten, y callándose el tamaño de la explosión. No sé si cuida a la gente o la administra.

Contenido de la publicación

CAPÍTULO 11

COSECHARÁS TU SIEMBRA

Parte 1

Sección 1. Camaradas

El capitán de fragata Ezequiel Giachino era hijo de un héroe de Malvinas, Edgardo Giachino, muerto en combate antes de conocerlo. Cuando su padre partió a la guerra, su madre estaba embarazada de tres meses. Ezequiel creció escuchando sus hazañas, rodeado de fotografías y recuerdos de un hombre al que nunca había visto, pero cuya presencia parecía ocupar cada rincón de la casa.

A los trece años ingresó al Liceo Naval Militar Almirante Guillermo Brown. Desde entonces, la sombra de su padre acompañó cada etapa de su carrera. Debía ser el mejor, superar las pruebas, soportar las exigencias y demostrar que era digno de un héroe al que solo conocía por los relatos de los demás.

A los veinticuatro años egresó como buzo táctico. Había cumplido con las expectativas de todos, aunque todavía le quedaba una pregunta por responder: quién era él, más allá del apellido que llevaba.

Años después, cuando le ofrecieron participar en la misión MINUSCA, en la República Centroafricana, aceptó. Oficialmente, los argentinos eran veedores de la paz de las Naciones Unidas. En la práctica, los buzos tácticos de la Armada y un grupo de élite del Ejército custodiaban los camiones de la Cruz Roja que transportaban alimentos y medicamentos. Los líderes tribales querían apoderarse de aquellos suministros para revenderlos en el mercado negro.

Fue allí donde conoció a un granadero. Taciturmo pero terriblemente valiente y temerario. Se salvaron mutuamente la vida y construyeron una amistad que sobrevivió al fin del mundo.

Ahora, mientras sus hombres descargaban la munición y los recipientes de «El Perfume», los dos almorzaban en el comedor de El Hábitat.

Giachino se había quitado la armadura rusa Sotnik y llevaba puesto un mono táctico confeccionado con materiales especiales para reducir su firma térmica. La tela ceñida dibujaba su cuerpo trabajado, una circunstancia que no pasó inadvertida para las cocineras y las mujeres que almorzaban en el lugar.

—¡Qué quilombo armaste! Pocas veces vi a Torres tan nerviosa, y fue por tu culpa —dijo el buzo, apoyando la espalda contra la pared mientras comía un sándwich de pollo y verduras.

—Yo no hice nada. Solo defendí mi posición.

Ezequiel soltó una carcajada. Bebió agua y estuvo a punto de atragantarse con ella.

—Nunca creí que Torres fuera a mandar refuerzos —dijo Cabral.

—No lo hizo.

El granadero levantó la vista.

—¿Qué?

—Torres no nos mandó. Veníamos de Corrientes y escuchamos que había un granadero medio loco a punto de enfrentar una horda. Pregunté quién era. Cuando me dijeron tu nombre, recordé África.

Giachino hizo una pausa antes de recitar:

—«Por la Patria, por la Patria morir».

Cabral completó la respuesta:

—«Que nació con la Patria independiente».

Eran dos fragmentos de la Marcha de los Infantes de Marina y de la Marcha del Ejército Argentino. Los habían utilizado como santo y seña para reconocerse en la penumbra de las noches africanas.

Durante unos segundos, los dos volvieron a ser aquellos soldados que todavía podían imaginar un futuro.

—Torres se va a enojar —dijo Cabral.

—No creo. Si el pueblo se entera de lo que pasó en Corrientes, no le veo mucho futuro a su gobierno. Ya circulan rumores sobre lo que ocurrió acá. Un millón de argentinos no va a soportar muchas mentiras más: el Perfume, sus muertos, Corrientes... No sé cuánto tiempo más podrá mantener todo oculto.

Cabral dejó el sándwich sobre la mesa.

—Tenemos una inteligencia artificial. Creo que ya lo sabés.

Ezequiel asintió.

—Tenía información sobre los rastros térmicos de Corrientes, pero algo pasó. La mancha térmica se redujo a una cuarta parte.

El capitán pareció molesto. Apoyó los brazos sobre la mesa y bajó la voz, como si buscara un poco de intimidad en medio del comedor.

—¿Tenés tiempo?

—Algo...

—Escuchá entonces. Igual, voy a negar todo lo que te cuente.

Sección 2. Caballo de Troya

Lo que sigue es una síntesis de la conversación que mantuvieron aquella tarde. Servet conservó los fragmentos que consideró relevantes para comprender la operación, las decisiones de Giachino y las consecuencias que todavía pesaban sobre él.

«...Como sabrás, Córdoba y Corrientes decidieron independizarse. Somos soldados; la política no es nuestro trabajo. Pero creo que Torres se durmió. Como comandante de las fuerzas de élite, participaba en los consejos de guerra. La presidenta subestimó el problema y siempre lo consideró un asunto para el futuro.

Cuando el conflicto le estalló en la cara, optó por la solución más fácil: la guerra total. Sus asesores consiguieron que desistiera de un ataque frontal y eligiera otra estrategia. Se salvaron vidas, sí, pero también murieron muchos. Demasiados. Muchos de ellos, camaradas nuestros.

Corrientes fue una cuna de héroes. Lo que hicimos nos llevará al infierno, pero ya está hecho...

...De todas las casualidades que permitieron descubrir el Perfume podrían escribirse un par de libros. No voy a aburrirte con eso. Basta decir que tuvimos suerte.

Entre los refugiados del búnker de Neuquén estaba Nicolás Ferrer, una leyenda de la perfumería artística. En 2025 había ganado en Francia un concurso internacional: su fragancia fue elegida como la mejor del año.

La oportunidad apareció cuando un baqueano coya llegó a un puesto de control del búnker de Salta, golpeando la puerta. Había atravesado miles de trapitos sin que lo atacaran.

No entendíamos cómo había conseguido llegar vivo.

Hasta que lo escuchamos.

El hombre estaba embadurnado con una mezcla de bosta de llama y barro que utilizaba para proteger a su rebaño de los pumas. Había comprobado que los felinos no conseguían detectarlo y supuso que aquellos ajataj —el diablo temible de las historias que conocía en wichí— tampoco lo harían.

Y tuvo razón.

Ferrer consiguió reproducir el principio de aquel camuflaje. El resultado fue el Perfume, una mezcla basada en compuestos sulfurados, entre ellos metilmercaptano y sulfuro de dimetilo. Son sustancias de olor penetrante que se adhieren a distintas superficies y dejan un rastro persistente.

La fórmula final no se limitaba a tapar el olor humano con un hedor insoportable. Ferrer desarrolló una mezcla capaz de confundir temporalmente las señales olfativas que los trapitos utilizaban para reconocer a sus presas. No voy a fingir que conozco toda la química que hay detrás. Sé lo que hace porque tuve que recorrer media Argentina buscando sus componentes y terminé aprendiéndome de memoria sus nombres.

Pero hay una salvedad: una cosa es la persistencia de los compuestos en su estado puro y otra la duración del efecto protector. El Perfume auténtico apenas nos concede treinta minutos, con suerte...

...Tenemos diez de estos monstruos encerrados en celdas, en un búnker perdido en los Andes. Allí intentamos averiguar qué son. Todavía no terminamos los estudios, pero hasta ahora llegamos a varias conclusiones.

Una de ellas es que no están muertos, al menos no en el sentido que imaginábamos. El virus coloniza el cerebro y altera el funcionamiento del organismo. También parece comprometer el sistema inmunológico, aunque todavía no sabemos exactamente cómo.

Cuando sufren una herida, su sangre no coagula como debería. No cicatrizan y sus tejidos se deterioran. Su baja temperatura corporal parece reducir el gasto de energía, y eso podría explicar por qué entran en períodos de inactividad. Así se entiende que, después de un año, todavía haya corredores que parecen recién infectados.

Son hipótesis. Necesitamos más tiempo y más estudios.

En fin, probamos el Perfume con los cautivos y funcionó...

...¿Qué tiene que ver todo esto con Corrientes? Volvamos a eso.

Corrientes y Córdoba se proclamaron naciones independientes. Como tales, podían firmar tratados con potencias extranjeras. Y lo hicieron con los yanquis y la OTAN.

El Tío Sam seguía enojado con Sudamérica porque no había conseguido invadirnos. ¡Los hicimos correr con un buque escuela! No iban a olvidarlo tan fácilmente.

Armaron a Corrientes y prepararon una fuerza de tres mil marines sobrevivientes de la batalla de San Pablo. Habían huido hacia Uruguay y desde allí pasaron a Corrientes. El plan consistía en atacar Entre Ríos y Misiones y crear una república que controlara toda la Mesopotamia.

Cuando nuestros espías informaron de los preparativos, Torres quiso bombardear Corrientes con bombas sucias. Pretendía contaminar el agua y la tierra para obligar al entonces gobernador, hoy presidente Oyola, a pedir ayuda de rodillas.

Se calcula que entre Paso de los Libres y Curuzú Cuatiá quedaron unos cincuenta mil sobrevivientes. Los destacamentos militares habían conseguido crear zonas libres y hacerse fuertes en ellas.

Los asesores de Torres lograron convencerla de que había otra posibilidad. Así nació la operación Caballo de Troya.

De ahí venimos. Y ahí nos condenamos para siempre. Quizás por eso, cuando les propuse a mis hombres venir a El Hábitat, ninguno dudó. Es una forma de intentar redimirnos...

...El plan aprovechaba el descubrimiento de Ferrer. Ya sabíamos que el Perfume auténtico podía ocultar temporalmente el olor humano. Ahora necesitábamos convertir esa ventaja en una trampa.

Ferrer desarrolló una variante que, bajo determinadas condiciones, perdía el efecto protector y dejaba un rastro que los trapitos podían reconocer. El mecanismo dependía de una formulación química distinta, diseñada para cambiar al entrar en contacto con el sudor y el calor corporal.

En el recipiente, el producto adulterado podía pasar por una muestra del camuflaje auténtico. Una vez aplicado, el efecto cambiaba y dejaba de proteger a quien lo llevaba.

Era un marcador táctico. El enemigo creería estar oculto cuando, en realidad, estaría señalando su propia presencia.

Primero, nuestro espía en Paso de los Libres dejó un rociador con el Perfume auténtico en su casa. Después se aseguró de que la inteligencia enemiga descubriera su identidad. Cuando escapó, atravesó cientos de trapitos que estaban fuera de la muralla. Los perseguidores lo vieron llegar vivo y encontraron el producto en su casa.

La información hizo el resto.

Luego simulamos el aterrizaje forzoso de un Hércules que transportaba un cargamento de camuflaje olfativo destinado a Misiones. Solo una parte del cargamento era auténtica. El resto contenía la fórmula adulterada.

La trampa estaba preparada.

Acordate de esto: si alguien te entrega un perfume para cubrirte o escapar de los zombis, probalo antes. Si el olor cambia y se vuelve dulzón o amoniacal, no confíes en él. Puede que alguien quiera verte muerto.

El enemigo probó el producto auténtico y comprobó que funcionaba. Convencido de que tenía una ventaja decisiva, organizó un ataque contra Posadas, donde había establecido una zona libre en torno al comando de la XII Brigada de Monte del Ejército Argentino.

Hacia allí se dirigieron seis mil hombres: tres mil marines estadounidenses y tres mil soldados argentinos.

Al llegar a la entrada de Misiones encontraron una horda de miles de trapitos que permanecían invernando. Se aplicaron el falso camuflaje y comenzaron a avanzar entre ellos.

Al principio pareció funcionar.

Faltaba poco para dejar atrás aquel ejército de pesadilla cuando el engaño se desmoronó. No sé si viste cómo atacan. No avanzan en formación ni siguen un plan. Son miles de brazos y bocas que muerden, desgarran y mutilan.

En pocos minutos, el ataque se convirtió en una carnicería. Cuando ya no quedaron vivos cerca, los trapitos volvieron a mirar hacia el cielo, con los brazos a los costados y los dedos abiertos, como si olieran el horizonte.

Mientras esa fuerza se internaba hacia Posadas, nosotros ejecutábamos la otra parte de la operación.

Mis hombres y yo entramos por el arroyo Curuzú Cuatiá, que nace al noroeste de la ciudad y es uno de los principales afluentes del río Miriñay. Bucear en un río es como bucear en barro: hay poca visibilidad, obstáculos ocultos y, si avanzás contra la corriente, cada movimiento cuesta el doble.

Pero no encontramos resistencia.

Tomamos la residencia de Oyola. Cuando entré, pensé en mi padre. Él también había tomado la casa de un gobernador. Por un instante creí que había cumplido con su legado.

Torres se comunicó con el presidente de Corrientes y le ofreció dos alternativas: rendirse y aceptar la intervención, volviendo a formar parte de Argentina, o ser juzgado por traición a la patria. La segunda opción incluía la ejecución de Oyola, sus ministros y todos aquellos que hubieran colaborado con él. Su familia tampoco quedaba fuera de la amenaza.

Oyola aceptó la primera.

Esa mañana llegaron los Pumas y tres Hércules con armas y soldados del interventor, que se hizo cargo de la zona libre.

Las dos operaciones habían cumplido su objetivo. Pero el precio había sido demasiado alto.

...Por eso estamos acá, Cabral. Ayudamos a matar a buenos soldados. A muchos camaradas. Y, sobre todo, yo fui responsable. La idea fue mía. Yo convencí a Torres y yo ejecuté el plan.

No creo que me merezca una medalla.

Quiero salvar a tu gente y a todos los que pueda. No puedo devolverles la vida a los que murieron, pero todavía puedo intentar que todo aquello sirva para algo.

Eso es lo único que me queda.

Y quizás ni siquiera alcance para redimirme».

La conversación terminó cuando ya había oscurecido.

Se quedaron en silencio hasta que Kevin apareció con una carpeta y se la entregó a Cabral.

—Todo lo que le pidió a Servet.

Cabral la recibió y asintió. Después miró al muchacho y se volvió hacia el capitán.

—Te presento a Estévez Kevin, el que va a salvar El Hábitat.

Kevin saludó con un leve movimiento de cabeza. No parecía cómodo con aquella presentación.

—¿Sakura? —preguntó Cabral..

—Igual. Por lo menos no se convirtió —respondió Kevin, cabizbajo.

El buzo lo miró con curiosidad. Cabral le devolvió la mirada con una expresión que no necesitó palabras, como quien pasa la seña del as de espadas en el truco.

—Después te cuento. Tomá.

Le pasó la carpeta.

—Esta es la defensa que armamos. Leela y decime qué podemos mejorar.

Giachino abrió la carpeta y empezó a leer. Su expresión se volvió seria a medida que avanzaba por las páginas.

Afuera, los hombres seguían descargando municiones y preparando el equipo.

Por primera vez desde que había llegado, el capitán dejó de pensar en lo que había hecho en Corrientes.

Ahora tenía que ocuparse de lo que todavía podía salvar.

Tenemos un plan.

​Ezequiel, el buzo táctico, sacó la carpeta frente al grupo y, como si fuera un viejo integrante del Hábitat, habló, aunque hace tres días que había llegado.

​Su primera tarea fue, junto a Cabral, mejorar la cadencia de tiro de los fusileros, aunque en realidad fue Mora, la profesora de yoga, quien llevó la solución. La habían llevado para enseñarles ejercicios rápidos para cuando se acalambraran, pero se percató de que respiraban mal, de que lo hacían desincronizados. Llamó a Cabral y le pidió hablarles a los fusileros.

​—Les pido que tomen aire y, cuando expiren, disparen —les dijo.

​Y funcionó; la cadencia mejoró. La línea de fuego era una máquina compacta y muy efectiva, por encima del 98,5% de efectividad.

​Ezequiel abrió la carpeta y expuso su plan.

​—Con ayuda de mi amigo Servet... —miró al aire como esperando una respuesta que nunca llegó; luego sonrió y le guiñó un ojo a Mora, con quien había tenido química. Cabral carraspeó como pidiendo seriedad. El buzo se dio por aludido y, pidiendo perdón, continuó—: Tenemos al norte el Área 54, un grupo de galpones; al este, un descampado; al sur, la entrada, y al oeste, los barrios Esperanza y Malvinas. Ok, el plan es el siguiente: tenemos Santax suficiente para volar toda la ciudad, pero vamos a volar el Área 54 creando una barricada. Según Servet, las cloacas rodean el predio, aunque en los planos municipales figura que pasan por debajo del Hábitat, ¿no? —Miró a Matías, quien, apoyado en la mesa, miró a su padre. Cuando este asintió, habló:

​—Sí. Si pasaban por debajo, había riesgo de contaminar las napas subterráneas; rodean el Hábitat a tres cuadra a la redonda.

​—La segunda parte es volar la línea cloacal y llenarla de soda cáustica. Los trapitos van a venir y venir, van a caer en las fosas y a derretirse, hasta que los tapen y los de atrás pasen, pero los detendrá unos minutos y concentrará a la horda al frente. Ahí colocaremos el poder de fuego con los fusileros y los dos Pumas con sus 50 milímetros. Los contenedores del perímetro están bien. —Habían colocado una barrera de tres contenedores de alto a todo lo largo. Dentro armaron una especie de camastros donde los fusileros se acostaban boca abajo con sus armas. Los dispusieron en "M" para que cada uno tuviera un punto de visión único—. Son 20 fusileros por contenedor. Eran... —hacía la cuenta mental entrecerrando los ojos—: 540 defendiendo el perímetro, más los 200 del techo. 740 tiradores disparando al mismo tiempo. Deberían ser una barrera de plomo que ningún zombi debería atravesar. Y para terminar, los refugios de las cámaras frigoríficas, que ayer terminamos de acondicionar. Entrarán 750 personas en las cuatro: niños, mujeres que no puedan pelear y ancianos. Dentro de cada cámara están las oficinas de los encargados; allí no se sentirá el frío, mientras que afuera estarán a -20 grados. Si no los podemos detener, los que queden en pie deben entrar al Hábitat, subir a los racks donde están sus hogares y defender desde allí. Según las especificaciones, deberían soportar la presión de los zombis empujando las bases. Ya vimos a los mecánicos: tendrán sus defensas y están preparados. Espero que todos lo estemos. Este no es mi plan; Cabral lo tenía armado, yo solo di unas ideas. Solo queda hablarle a la gente y crear unión y espíritu de grupo.

​Terminó de hablar. Cerró la carpeta y, tamborileando los dedos sobre la mesa, dijo:

​—Se puede hacer.

​Los miembros del consejo se fueron. Antes de irse, Mora le pidió hablar a Ezequiel cuando tuviera tiempo, con una sonrisa pícara a la que el buzo no se negó. Cabral lo miró negando con la cabeza y con una sonrisa cómplice, diciendo:

​—No cambias más...

​—Mirá quién habla, y no sos tonto, tu propia doctora... —le dijo sonriendo—. Si olvidamos por qué peleamos, estamos condenados al fracaso.

​—¿San Martín?

​—No, me lo dijo un viejo borracho en Panamá.

​Los dos rieron.

​—No te vayas, hay algo más —agregó Ezequiel poniéndose serio.

​—¿Sí?

​—Nuestro amigo artificial me dijo algo que no te pudo comentar porque siempre estás rodeado de gente.

​—¿Qué? —le preguntó intrigado el granadero.

​—Servet puede tomar el control total de los fusiles. Puede hacerlo. No de los FAL, sino de los que acondicionaron; él podría apuntar y disparar. Tendríamos un 100% de efectividad, pero vio en otras batallas por el mundo que el triunfo debe ser de nosotros.

​—No entiendo...

​—Servet, explicalo vos.

​—Sí, señor Ezequiel —habló la IA, cada vez más omnisciente—. Vi en otras batallas donde la tecnología fue el factor principal que la humanidad se relaja y confía en ella. Y cuando esta falla, están perdidos. Por eso cayó Japón. La primera batalla de Tokio la ganaron con toda su tecnología, pero cuando una explosión en una central nuclear los dejó sin energía, cayeron por una horda casi mínima. Yo puedo disparar y tomar el control, pero todos deben creer que fue su triunfo. A lo sumo los ayudo a apuntar y, si siento una baja en la cadencia de tiro, tomo el control de ese fusil hasta que ese fusilero sea reemplazado.

​Los dos soldados se miraron sin saber si esto era bueno o no.

​—Gracias, Servet, confiamos en su criterio —dijo Cabral—. Vigila solo los puntos sensibles. Dale privacidad a los habitantes; a partir de hoy, cualquier momento será el inicio de la defensa, cuando tengamos viento en contra.

​—Como usted diga —dijo la IA sin entender en qué afectaría si ella solo vigilaba a todos todo el tiempo, como la habían programado. Los humanos y sus contradicciones.

​5 segundos para las doce en el Reloj del Apocalipsis.

​Kevin fue a buscar unos trípodes al taller de Cacho. Le dio un plano que le confeccionó Servet. Cacho no preguntó, pero sabía para qué eran. Los llevó a la habitación donde Zakura seguía dormida. El monitor cardíaco titilaba con terquedad, registrando el pulso acelerado de un cuerpo sumergido en un coma profundo; su sistema inmunológico estaba librando una guerra silenciosa y febril contra la infección, transformando su sangre en la única cura existente. No podían moverla. Desconectarla de los sistemas de soporte para evacuarla significaba matarla. Le apretó la mano con desesperación y corrió hacia el búnker de armamento en el subsuelo. No quedaba nadie más para defender el perímetro: o estaban en el techo, o con el soldado nuevo, o en la recicladora. O en el comedor con Mariela.

​Al abrir las compuertas de acero, las luces del arsenal se encendieron de golpe. En el centro de la sala descansaban dos ametralladoras de propósito general M240. Sus cañones, macizos y reforzados, terminaban en frenos de boca diseñados para canalizar la violencia de cada detonación. Junto a ellas, apiladas en cajas verdes de transporte, reposaban las cintas de munición eslabonada: hileras interminables de balas de calibre 7,62 mm unidas por ganchos metálicos desintegrables que permitían un fuego verdaderamente continuo. Con un carro y mucho esfuerzo las llevó a la habitación de Zakura. «Me va a doler todo mañana, si hay mañana», pensó.

​—En línea —anunció Servet.

​Con las manos temblorosas por la adrenalina, arrastró los pesados trípodes al interior de la habitación apuntando a la puerta, enterrando las garras de las patas metálicas en el suelo y asegurándolas con bolsas de arena para contener la brutal energía de torsión que estaba por desatarse.

​Siguiendo las instrucciones parpadeantes de la interfaz de Servet, abrió la tapa superior de la primera ametralladora. Acomodó el primer cartucho de la cinta directamente sobre el sistema de trinquetes y cerró la cubierta con un golpe seco. Hizo lo mismo con la segunda arma, entrelazando el final de la primera cinta con el inicio de la siguiente. Un suministro infinito. Mientras la máquina disparara, el brazo mecánico operado por los gases del disparo arrastraría la munición paso a paso, expulsando los eslabones metálicos como lluvia de hierro.

​—Cuando vea que entran, te pediré permiso para iniciar la secuencia de fuego cruzado —le avisó la IA a Kevin.

​—Dispara sin preguntar no tendremos tiempo Probá la movilidad.- dijo configurando algo en su tablet.

​Y las ametralladoras se movieron con un ruido robótico. Sacó dos Berettas con seis cargadores y pensó: «Modo caza zombis», como le había indicado su hermano. Y miró su obra. Sabía que la física de los amortiguadores hidráulicos internos de las culatas y el peso de los trípodes absorberían la patada, evitando que las armas perdieran el blanco. La máquina se encargaría de la precisión; él solo tenía que dar la orden de resistir.

​Miró la pantalla que mostraba el pulso estable de Zakura en la enfermería y le acarició la frente. La doctora Mariela entró y, alarmada, lo increpó:

​—¿Qué hacés?

​—Me dijo que no la podíamos mover. Bueno, la voy a defender.

​—Yo me voy a quedar.

​—No, usted tiene otros enfermos y debe organizar la defensa si entran. Yo puedo y lo tengo a Servet.

​A la doctora se le llenaron los ojos de lágrimas y, con un hilo de voz, le dijo:

​—Tengo noticias de lo que pasa. Tenías razón: es inmune...

​—¡Cómo! —Kevin la abrazó riendo ante la sorpresa de la doctora.

​—Creo que si alguien va a entender, sos vos. Sentate y escuchá. —El chico lo hizo y la doctora comenzó a explicar—: Sé que tenés miedo —comenzó la doctora, bajando la voz para no romper el silencio de la habitación—. Has visto lo que ese virus le hace a la gente allá afuera. En cuestión de segundos los destruye, les apaga el cerebro y los convierte en esos monstruos. Por eso pensás que la fiebre de Zakura y este coma son el principio del fin. Pero quiero que me escuches bien: lo que está pasando en su cuerpo no es la transformación. Es una guerra, y ella la está ganando.

​Mariela sacó su celular, le mostró complejos gráficos de ADN y apuntó a una estructura en forma de hélice.

​—Como vos descubriste, su familia proviene de los antiguos refugiados del Tíbet, ¿verdad? —Kevin asintió—. Bueno, resulta que sus antepasados le heredaron el mejor escudo biológico del planeta. Verás, para que el virus zombi controle a una persona, necesita una puerta de entrada específica en las células: una especie de cerradura molecular. En casi todo el mundo esa cerradura está abierta, pero en el ADN de ella la cerradura tiene una forma totalmente distinta. El virus entró por la mordedura, sí, pero se topó con un muro. No puede secuestrar sus células porque sus llaves no encajan. Está atrapado afuera.

​Hizo una pausa, agarrando las manos de Kevin.

​—Me preguntarás entonces por qué tiene esa fiebre tan alta y por qué cayó en coma. Es simple: su sistema inmunológico nunca había visto este virus del deshielo, pero sus genes guardan un manual de combate ancestral. Al detectar la mordida, su cuerpo activó una alarma ultrasónica: liberó una cantidad colosal de interferones, unas proteínas que actúan como un sistema de tierra quemada. La fiebre abrasadora no la está causando el virus; la está provocando su propio cuerpo para cocinar al invasor y frenarlo en seco. El coma es un mecanismo de defensa extremo. Su sistema inmunológico está redirigiendo absolutamente toda la energía del cuerpo a fabricar anticuerpos a una velocidad sobrehumana. Apagó el cerebro consciente para que los músculos y los órganos no consuman recursos. Mientras nosotros hablamos, su sangre está produciendo millones de misiles biológicos que están barriendo los restos del virus. Zakura no se va a convertir. No es una víctima del brote; es el primer ser humano en milenios que está destruyendo al virus zombi desde adentro. Solo dale tiempo. Su cuerpo sabe exactamente lo que hace. Ella es la cura.

​Entonces sonó el HT de la doctora, quien apretó un botón al costado. La voz de Cabral se escuchó con la fuerza de lo inevitable:

​—Es hora, cambió el viento.

Parte 2

Manos a la obra.

1- corazon valiente

​—Apágala...

​Cabral desenfundó su sable. El metal plateado rasgó el aire y apuntó directamente al abismo.

​—¡FUSILEROS! ¡PREPÁRENSE!

​Poco a poco el olor nausebundo fue desapareciendo y un murmullo comenzó en algún lugar del techo. No se sabe bien quién fue, pero contagió a todos...

​—Febo asomaba, ya sus rayos iluminan el histórico convento... —otras voces siguieron—:

Tras los muros, sordos ruidos,

oír se deja de corceles y de acero.

Son las huestes que prepara,

San Martín para luchar en San Lorenzo.

​Desde los contenedores, los fusileros yacían acostados, mirando por las ventanas por donde sacaban sus fusiles. Desde la puerta de entrada, donde la doctora Mariela y Suárez organizaron al personal de cocina y limpieza con lanzas improvisadas hechas con palos de escoba y fierros puntiagudos en la punta, aquel murmullo se transformó en un grito:

​El clarín estridente sonó,

y la voz del gran jefe,

a la carga ordenó.

Avanza el enemigo,

a paso redoblado,

al viento desplegado,

su rojo pabellón.

​Cabral, emocionado, miraba a sus hombres cantando la marcha insignia de su regimiento. Y sintió mucho más que un deber: debía cumplir un destino... por HT. Por el sistema de radio, desde cada rincón del Hábitat resonó:

​“Cabral, soldado heroico,

cubriéndose de gloria.

Cual precio a la victoria,

su vida rinde,

¡haciéndose inmortal!

Y allí salvó su arrojo,

la libertad naciente.

De medio continente,

¡HONOR, HONOR al gran Cabral!”.

​Desde afuera, un sonido gutural fue creciendo hasta convertirse en un bramido que helaba la tarde. Quedaban...

​El goteo inicial fue engañoso. Primero diez, después cien, y en cuestión de minutos una marea de miles inundó los accesos. El estruendo de los disparos se volvió continuo, un martilleo incansable que retumbaba en las chapas del techo.

​A los ocho minutos, la interferencia siseó en la radio. Desde la Recicladora, Servet se comunicó agitado: la presión sobre su perímetro aumentaba y necesitaban refuerzos urgente. Cabral no dudó: le dio la orden a Suárez, y este partió hacia el sector bajo con su grupo de apoyo.

​Mientras tanto, Servet operaba desplegando todo su poder de cómputo y su posibilidad de estar en cada lugar que estuviera conectado a la red , corregía los ángulos de tiro del personal a través del intercomunicador. Y cuando notaba que a algún fusilero le temblaba el pulso o vacilaba antes de apretar el gatillo, Servet activaba el disparo remoto y ejecutaba al blanco por ellos, tan rápido y preciso que los hombres ni siquiera llegaban a darse cuenta de que el tiro lo había ejecutado la máquina.

​Desde los contenedores llegó el primer reporte: la vanguardia enemiga estaba encima, pero la posición los tenía dominados. El problema brotó por donde nadie miraba. En la entrada al comedor, un grupo de infectados logró colarse a través de un punto ciego que las cámaras de Servet no llegaban a cubrir. Servet le advirtió de inmediato a Cabral, y este dio el aviso de alerta a Mariela. En el pasillo, las mujeres, junto a los comandos que no habían ido con Ezequiel, tuvieron que trabarse en un combate feroz y desgarrador. Fue una lucha casi cuerpo a cuerpo, a pura lanza improvisada y golpes secos. Lograron aplastar la brecha y derrotar al grupo, pero terminaron cubiertos de sangre y respirando con dificultad.

​Entonces ocurrió la explosión de los drones.

​2- la recicladora

" ... Apretar un perno de métrica pesada cuando sabés que cien mil cosas te están olfateando del otro lado de la chapa no es trabajo de mecánica; es alta cirugía a ciegas.

​Habíamos apagado la Valmet OptiSlush. El tipo que nunca pisó una papelera no sabe lo que es eso: es un edificio de hierro fundido y acero inoxidable de veinte toneladas que tritura y bate pasta de celulosa a tres mil revoluciones por minuto. Durante meses, el tufo a azufre, dióxido de cloro y lejía que escupían sus chimeneas fue nuestra cobija. Un humo químico, denso y podrido que ahogaba el aire y les quemaba las fosas nasales a los que estaban afuera. Para la horda, el complejo era una grieta apestosa e inerte en el mapa.

​Pero el parche que le había metido dos días atrás en el eje secundario no daba más. Era una soldadura de emergencia con electrodo de níquel sobre la carcasa y un suplemento de bronce fundido. Se estaba recalentando a más de ciento ochenta grados. Si el eje se engranaba a marcha plena, no solo nos quedábamos sin tufo: la vibración iba a reventar el rotor y a degollar el motor eléctrico principal. Adiós refugio.

​—Tenemos cuarenta y cinco minutos —dijo Cacho, clavando un cronómetro digital con cinta pisot en el tablero de control del convertidor de frecuencia—. Ni un segundo más. A los cuarenta y seis, el humo de las chimeneas se limpia del todo y la pluma de olor a carne humana que sale de este galpón va a ser una linterna en la oscuridad.

​El procedimiento de apagado fue una agonía de cinco minutos. Tuvimos que lavar las tuberías mandando agua a presión a la cavidad del refinador para que la pasta de celulosa no se secara adentro como cemento. Y entonces, el monstruo se durmió. Mientras se rociaban el perfume, debatieron mucho cuándo debían ponerse el camuflaje líquido; era el dilema de la manta corta. Si lo hacían antes de comenzar el arreglo, se les acabaría quince minutos antes de terminar. Si lo hacían a los quince minutos de empezar, ¿tendrían la templanza y la sangre fría de hacerlo sin que afectara el ritmo? Y lo decidieron de una forma que a Servet le pareció totalmente irracional y, por lo tanto, muy humana: tiraron una moneda.

​El rugido sordo que nos había ensordecido durante semanas empezó a caer de tono. Un wung-wung-wung grave, agónico, hasta que el rotor quedó en cero.

​El silencio que siguió fue peor que cualquier detonación.

​En cuanto el extractor de vapor dejó de zumbar, escuchamos el perímetro. El murmurar de afuera cambió. Hasta ahora no habían prestado atención; ahora el sonido gutural se levantaba y entraba por las rendijas de las chapas del enorme galpón. Miles de gargantas secas que antes estaban en estado de hibernación revivieron al sentir el olor "a vivo". Se escuchó un soplido colectivo, como de perros olfateando el aire helado de la noche.

​—Pistolas neumáticas en baja presión, no quiero golpes en falso —siseó Cacho—. Entrenamos treinta días para esto; ustedes son lo mejor que un mecánico puede esperar de un compañero. Vamos como saben.

​Los iluminaba apenas el resplandor rojo de dos linternas tácticas para no marcar silueta contra las chapas del techo.

​Éramos dos filas de cinco en el pit line. Pura coordinación militar, pero con grasa de grafito en las manos. A sus aprendices se les sumaron el arquitecto, un ingeniero, dos practicantes de electricista, dos albañiles y dos comandos que llegaron con Ezequiel que habían empezado su carrera militar en el escalafón de ingenieros. Cuando supieron el plan, no lo dudaron: no querían perderse ser parte de la hazaña que sería lograr su objetivo en cuarenta y cinco minutos. Respiraron hondo y Cacho apretó su cronómetro.

​Minuto ocho. Las llaves de impacto chillaron al aflojar los doce espárragos de la tapa de la caja de rodamientos. El metal todavía quemaba. Para no perder minutos esperando que enfriara, Cacho le tiró una ráfaga con el extintor de dióxido de carbono directamente a la carcasa. El chasquido del hierro dilatado helándose de golpe sonó como un tiro.

​Minuto catorce. Susy, la aprendiz de Cacho, junto al ingeniero, engancharon el tecle de cadena al puente grúa del techo. Le dieron al aparejo a mano. Un clank-clank-clank rítmico mientras los albañiles, acostumbrados a hacer fuerza, levantaban la tapa de fundición de doscientos cincuenta kilos. Ahí estaba el desastre: el parche provisional se había vuelto una plaste de metal derretido y la jaula del rodamiento de rodillos esféricos SKF estaba destruida. Los rodillos de acero estaban clavados en el eje por la fricción, soldados por la mugre y la acidez de la celulosa.

​Minuto veintidós. La pieza no salía. El extractor hidráulico de tres garras ejercía cinco toneladas de presión y las patas se zafaban por la grasa. El aire en el galpón ya no olía a químico; olía a su propio sudor, a miedo, a ropa sucia.

​Afuera, los primeros impactos sordos contra los portones del galpón empezaron a retumbar. Thump. Thump. Ya sabían que estábamos adentro.

​Los diez reparadores junto a los seis fusileros que tenían de custodia se miraron. Los trapitos habían entrado.

​

​—¡Fuego a la pista interior, rápido! —gritó Cacho en un susurro desesperado.

​El Pipa, uno de los electricistas, prendió el soplete de acetileno. La llama azul iluminó la penumbra del taller. Tuvo que calentar la pista interna del rodamiento gripado a cuatrocientos grados en tres segundos para que dilatara mientras yo le daba golpes secos a la barra de extracción con una maza de bronce. Un impacto, dos, tres... ¡CLAC! La pieza cedió y saltó hecha pedazos contra el piso de cemento.

​Los fusileros y sus ayudantes —que llevaban otro fusil y una mochila con cargadores y munición de repuesto— rodearon la enorme máquina. Sabían que podían entrar por cualquier lugar. Se empezaron a escuchar cómo una a una explotaban las minas antipersonales enterradas; eso les daba unos minutos, pero sabían que las chapas del galpón no iban a soportar mucho.

​—¡Servet! —gritó el jefe de la escuadra—. Avísele a Cabral: estamos siendo rodeados. Necesitamos refuerzos, son cientos.

​—Imagen satelital: mayoría de intrusos en el lateral sur. Concentren el fuego allí —avisó Servet, y dio aviso a Cabral, quien llamó a Suárez y a su equipo de control de pérdidas que esperaban en la boca de embudo de la entrada al comedor. Suárez se persignó y saltó las barricadas con quince hombres..."

3-

Misión cloacas

Cuando Servet le pasó los mapas de las cloacas de Agua y Saneamientos Argentinos S.A( AySA), no hizo falta preguntar nada. La red troncal —un túnel de hormigón de 4,6 metros de diámetro que rodeaba al Hábitat y pasaba por debajo del Área 54 y los galpones logísticos— podía guardar la solución. Ezequiel le preguntó a Cabral si tenían explosivos. Este respondió afirmativamente, con un dejo de tristeza: contaban con doce kilos de Semtex-H. Después le pidió a Servet el inventario de tecnología para comprobar si tenían lo que necesitaba. Cuando se lo explicó a Cabral, este lo miró y asintió.

—Puede funcionar.

El subsuelo del Área 54 no era simplemente tierra: allí se encontraba el Colector Primario Interceptor, una de las arterias más importantes de la infraestructura hídrica de la provincia. Una garganta de 3900 milímetros de diámetro interno, construida con anillos de hormigón pretensado de alta densidad. Doce metros por encima de ese techo de cemento, los galpones logísticos crujían bajo el peso de miles de toneladas de cubiertas hoy el Área 54 funcionaba como galpón de acopio de Firestone ; doce metros más abajo, las aguas negras de Esteban Echeverría corrían en una corriente densa, liberando metano y sulfuro de hidrógeno. El ambiente era hostil para cualquier equipo electrónico que no estuviera preparado para soportarlo.

Para explorar aquel laberinto sin luz, Ezequiel y Pérez, su jefe de ingenieros, no buscaron juguetes de fotografía. Revisaron el depósito de tecnología donde Soto guardaba celulares, smartwatches, notebooks, tablets y otros equipos. En un rincón descansaban diez drones FPV de carreras, clase Cinewhoop de siete pulgadas. No tenían plásticos estéticos ni luces LED. Sus chasis eran placas desnudas de fibra de carbono, protegidas por una jaula esférica del mismo material, diseñada para que las hélices pudieran rozar las paredes del conducto sin perder sustentación.

Los equipos habían llegado por un pedido de AySA, que los utilizaba para el mantenimiento de la red cloacal. Soto se los había provisto, aunque también había solicitado que el trazado no pasara por debajo del centro logístico.

Los drones estaban preparados para trabajar en espacios confinados, pero el ambiente del colector planteaba un riesgo adicional: cualquier chispa en una atmósfera con una concentración peligrosa de gases inflamables podía desencadenar una explosión. Los ingenieros revisaron los equipos y sus sistemas de alimentación antes de prepararlos para la misión. Cada uno llevaría una carga de quinientos gramos de Semtex, conectada a un detonador electrónico con un temporizador digital que brillaba en un frío color azul.

Esa mañana, cuando Cabral le avisó que en una hora apagarían la Recicladora, Ezequiel llamó a diez de los hombres que habían venido con él, los reunió y les dio una charla técnica. Ya habían realizado misiones suicidas, pero aquella era la más peligrosa.

Debían atravesar la horda y llegar hasta la compuerta de acceso a la red troncal, a cinco cuadras de distancia. Cada hombre llevaría un dron a sus espaldas. Una vez allí, tendrían que levantar los pesados chapones de hierro y hacer volar los aparatos hacia los puntos previstos, donde se encontraban las antenas receptoras que AySA había instalado para sus propios drones de mantenimiento. Los equipos debían alcanzar las posiciones asignadas y detonar. La idea era provocar el derrumbe de los galpones y crear obstáculos que retrasaran el avance de los infectados. No detendrían a los trapitos, pero ganarían tiempo y obligarían a concentrar la defensa en las barricadas y el techo del frente.

Cabral fue a desearles suerte a los once buzos tácticos, convertidos ahora en comandos de demolición. Abrazó a Ezequiel. Se miraron a los ojos y no se dijeron nada: entre soldados no había despedidas, era de mala suerte.

Se acercaron cuatro soldados con mochilas de fumigador cargadas con el «perfume» y los rociaron como si los estuvieran desinfectando. Ya tenían puestas las armaduras y llevaban los fusiles de asalto preparados. Se formaron en dos filas, con Ezequiel al frente.

—¡Soldados! Ya hicimos esto antes. ¡Mantengan la calma y recuerden que Dios nos envió a esta lucha porque somos los mejores! ¡Patria y Valor!

Los hombres respondieron al unísono:

—¡Siempre!

El portón se abrió y los soldados lo cruzaron corriendo.

4- incursión

A cien metros los vieron: una pared de muertos malolientes. Ezequiel levantó el puño y ordenó detenerse. Cada hombre buscó un espacio por donde pasar. Los muertos no podían olerlos, pero, si los tocaban, corrían el riesgo de despertarlos. Comenzaron a avanzar despacio, a veces de costado, otras agachándose. Parecía que estuvieran bailando una danza macabra.

La entrada al túnel troncal quedaba a doscientos metros. Debían recorrerlos casi en cámara lenta, midiendo cada movimiento para no rozar a los cadáveres.

Baigorria, un chaqueño rudo y disciplinado, quiso esquivar a uno de los muertos, pero enganchó el guion del fusil en los harapos del infectado. Levantó la mano con los dedos separados para advertir que tenía un problema. Ezequiel lo vio y les hizo señas a los demás para que continuaran.

Les quedaban veinte minutos de protección.

Se acercó en silencio a Baigorria y sacó su cuchillo de comando. Según el armero que se lo había fabricado, era «capaz de cortar el viento». Ahora lo comprobarían.

Despacio, apoyó el filo contra la tela. El muerto tuvo un espasmo y a los dos soldados se les cortó la respiración. Ezequiel siguió cortando sin apurarse, hasta que consiguió liberar el fusil.

Respiraron aliviados y continuaron hasta alcanzar a los otros hombres, que los esperaban junto a la entrada del colector.

Las compuertas eran dos chapones de tres metros cada uno, pero había un problema: doce zombis estaban parados encima. Uno a uno, los soldados les clavaron los cuchillos en la sien. Sin dejarlos caer, los trasladaron hasta un lugar apartado y los amontonaron allí. Mientras unos levantaban los chapones, otros preparaban los drones.

Al abrirse el acceso, el hedor de las cloacas golpeó el ambiente como una bofetada física.

Una vez preparados los equipos, Ezequiel apretó tres veces el botón de su HT para avisar que estaban en posición. Como respuesta, llegaron tres breves chasquidos de interferencia.

Debían hacer entrar los drones.

5- entre los muertos

Tres soldados se colocaron frente a la boca del colector, con las lentes FPV ajustadas y las frentes empapadas de sudor. El resto esperaba las indicaciones.

—Drones en línea. Motores armados. Navegación por flujo óptico activada —anunció Ezequiel con voz pastosa.

—En línea, conectado con las antenas de AySA —respondió Servet.

Los diez cuatricópteros se elevaron de a uno, con un zumbido agudo, similar al de un enjambre de avispones enfurecidos, y se internaron en el pozo negro.

Al traspasar el umbral de hormigón, la señal de radiofrecuencia comenzó a degradarse. En los anteojos de los pilotos, las imágenes de las cámaras de baja luminosidad se llenaron de estática digital. Las pantallas parpadearon en gris y la telemetría desapareció.

A partir de ese momento, los drones dependían de sus sistemas autónomos y de la navegación preprogramada para avanzar por la oscuridad, esquivando las paredes y las salpicaduras del caudal cloacal.

Servet supervisaba el recorrido con los datos disponibles y los planos de la red. Los equipos debían alcanzar los puntos previstos bajo los galpones logísticos. Una vez allí, los temporizadores internos comenzarían la cuenta regresiva en la oscuridad.

Cabral anunció:

—Recicladora apagada.

A los hombres de Ezequiel les quedaban cinco minutos de protección.

Ezequiel hizo la señal de correr. Cuando los zombis despertaran, no irían detrás de ellos: ya lo habían visto en Corrientes. El olor a vivo los cegaba.

El cronómetro general marcaba noventa segundos.

Al principio fue un murmullo. Después, el rugido de la horda zombi en el Camino de Cintura se convirtió en un terremoto sónico que hacía vibrar las chapas de los tinglados.

Entonces, el tiempo se detuvo.

La detonación bajo tierra no fue un estallido aislado. Una onda expansiva sacudió el colector y se propagó por la red subterránea. Los anillos de hormigón se fracturaron en varios puntos; al perder el soporte, algunos tramos cedieron bajo el peso de la estructura superior.

Pero la explosión no terminó allí. El gas inflamable acumulado en sectores del colector se encendió, y nuevas detonaciones recorrieron parte de la red.

El suelo bajo los galpones logísticos se abultó y se quebró. Las columnas que sostenían el Área 54 perdieron parte de sus apoyos y las losas comenzaron a desplomarse. El hormigón de las pistas de carga se fracturó en grandes bloques y, con un crujido metálico ensordecedor, las estructuras de los tres galpones —techos de chapa, vigas de acero, estanterías industriales y autoelevadores— cedieron sobre el colector destruido.

Una gigantesca cortina de polvo gris, humo y vapor fétido emergió del suelo, ocultando el sol por unos instantes. Cuando el viento comenzó a dispersar la nube, el Área 54 había dejado de ser un predio abierto. En su lugar había quedado una extensa zona de derrumbes, con profundas grietas, bloques de hormigón y hierros retorcidos que sobresalían de las aguas negras del colector.

La horda zombi, que avanzaba en una masa compacta por los flancos, comenzó a desbarrancarse en los hundimientos. Los que venían detrás no alcanzaban a detenerse y caían sobre los primeros. El perímetro ya no era el mismo. Los obstáculos habían cerrado varios sectores del paso y los infectados supervivientes no tuvieron más opción que desviarse, apretándose en un cuello de botella brutal hacia el único puente de asfalto que quedaba intacto: la rampa de la entrada principal.

Detrás de las barricadas de camiones, los sobrevivientes alinearon las miras de sus fusiles hacia el embudo.

La defensa activa acababa de empezar.

Quizás los humanos no habían calculado bien la potencia. Servet no sabía si habían previsto aquellas consecuencias. Supuso que, si habían aceptado el riesgo, sabían lo que hacían. Como nadie le había preguntado por la magnitud de la explosión, no dijo nada.

Los once soldados corrían en busca de refugio, pero no había ninguno capaz de protegerlos de los bloques de concreto y las explosiones secundarias. Tanques de combustible, garrafas de gas y todo lo que podía estallar explotaron a su alrededor.

Ezequiel se agazapó detrás de un bloque de concreto que dividía una avenida. La onda expansiva lo arrojó por los aires y, cuando cayó, un hierro le atravesó el costado izquierdo.

Se levantó como pudo e intentó correr, pero cientos de muertos que venían desde la retaguardia lo rodeaban.

Sacó su Glock y comenzó a disparar.

Cuando se quedó sin balas, pensó que hubiera sido bueno guardar una para él.

Sintió varias manos que intentaban desgarrarle la armadura.

Y todo se hizo oscuridad.

​6 -con los minutos contados

Minuto treinta y cuatro. Manos temblando. Limpiamos el muñón del eje con lija de esmeril y solvente. Sacamos el repuesto nuevo del embalaje sellado de fábrica: un SKF 22220 de centro cónico, nuevo, resguardado en su papel manteca desde antes del fin del mundo.

​Para meterlo sin golpear los anillos rectificados, usamos el calentador de inducción portátil conectado al generador auxiliar. La bobina hizo zumbar el aro de acero hasta expandirlo unas milésimas de milímetro. Lo calzaron de un solo tiro sobre el eje. Deslizó perfecto. Ajustamos la tuerca de fijación con la llave de gancho hasta el torque exacto. Si quedaba flojo, el eje cabeceaba; si quedaba apretado, se reventaba en diez minutos.

​Cacho iba y venía, miraba a sus mecánicos trabajar y sudaba, pero ya lo tenían. Ya casi. Los fusileros disparaban a todo lo que se asomaba en los agujeros en las chapas: sangre, cerebros y cráneos volaban. Suárez y los que quedaban de control de pérdidas arriba de los tráileres disparaban sin descanso. Pero de pronto lo vio: una marea de miles de zombis atravesó los portones. Ni diez mil fusileros los hubieran detenido.

​—¡CACHO, APURÁ! —gritó...

​El mecánico iba a contestar cuando lo vio: era el arquitecto, que se desplomó agarrándose el pecho, para revivir a los cinco segundos y morder a un fusilero que estaba a su lado. Iban directo a la válvula recién arreglada. Los fusileros no llegarían a apuntar a tiempo y no lo dudó: agarró una granada, miró a su aprendiz y le dijo: «Vos podés». Corrió hasta los muertos, los tacleó y los arrastró casi quince metros lejos de la recicladora mientras los trapitos lo mordían, y con su última gota de razón soltó la granada a sus pies. La explosión hizo retumbar el galpón.

​Susy, llorando, tomó el mando.

​—¡VAMOS QUE YA LO TENEMOS! —gritó sin tiempo para sollozos.

​Minuto cuarenta. Bajaron la tapa pesada con el tecle. Los portones laterales del taller crujían por la acumulación de cuerpos. Escuchábamos las uñas de calcio raspando la pintura y las chapas cediendo unos milímetros entre los remaches. Tenían las manos ensangrentadas, cortadas con los bordes de chapa y manchadas de litio negro.

​Pusimos los doce espárragos. Torque en cruz. Uno, siete. Tres, nueve. Ajuste cruzado para que la empaquetadura de teflón quedara sellada de forma pareja y no filtrara vapor hacia el interior.

​Y entonces escucharon los aviones acercarse. Y la serie de explosiones; todo era estruendo y detonaciones, luego silencio. Ya no se escuchaban rasguños, pero sí disparos y unos aviones volver a pasar.

​7- saludos desde el aire

La detonación superó cualquier cálculo. La onda expansiva fue tan bestial que hizo crujir la estructura del Hábitat; las chapas temblaron fuertemente y el sacudón desarticuló a los fusileros en el techo, haciendo que varios perdieran el equilibrio. Un silencio denso cayó sobre la posición, envuelto en una nube espesa de humo y polvo.

En ese instante, las pantallas de Servet se apagaron de golpe: el generador principal había colapsado por el impacto.

Suárez, que acababa de posicionar a sus hombres sobre un tráiler en el patio interior, se ofreció al instante para restablecer la energía. Dejó a su tropa cubriendo el perímetro y bajó corriendo hacia el sector técnico. Un comando se le unió en el trayecto. A paso firme, abriéndose paso a tiros y derribando a cuanto infectado se les cruzaba, lograron abrirse camino hasta la sala del generador. Suárez accionó la palanca, el motor rugió de nuevo y la señal de Servet volvió a estar en línea.

Pero el panorama que devolvieron las cámaras era aterrador.

La explosión de los drones había levantado una muralla artificial de escombros en el Área 54 y dejado una fosa profunda al colapsar la trama de las cloacas. Sin embargo, lejos de detenerlos, la barrera desvió el torrente: toda la horda se encajonó directamente hacia la entrada principal. Ya no eran miles; eran decenas de miles. Un mar ciego de cuerpos marchando al frente.

Los fusileros disparaban hasta recalentar los cañones, pero no daban abasto. Servet tomó el control automatizado de los fusiles para maximizar la cadencia, pero la masa era ininterrumpida. Los hombres de relevo y hasta los ayudantes de fusileros agarraron armas para tirar desde los parapetos. Inútil. Por cada diez que caían, diez más pasaban corriendo o arrastrándose sobre los caídos.

Suárez volvió a subir con sus hombres sobre el tráiler, pero al mirar el perímetro entendió la gravedad: la masa ya no era un grupo de ataque, era un tsunami que arrasaba con todo a su paso. La fuerza del choque embestió el tráiler con una violencia descomunal hasta darlo vuelta. La tropa quedó atrapada debajo. Uno a uno, los hombres fueron cubiertos por la masa. Suárez, malherido entre los hierros y viendo a los infectados lanzarse sobre él, buscó con mano firme el chaleco, le quitó el seguro a una granada y apretó el cuerpo contra el suelo antes de volarse por los aires junto a la marea que lo rodeaba.

Desde lo alto del techo, con el corazón en la garganta, Cabral le habló a la radio: —Servet, usá la última línea de defensa. ¡Ahora!

A cien metros del Hábitat, la secuencia de cargas de Pentrex y granadas enterradas detonó en cadena. La explosión limpia incineró la primera línea y dejó un cráter de contención, pero la masa era interminable. Ya no marchaban sueltos: era una masa compacta que avanzaba con dificultad sobre los restos, pero avanzaba sin detenerse.

Cabral sintonizó el canal de la Recicladora. Del otro lado, la voz agitada de Susi tapó el ruido de fondo: —¡Faltan cinco minutos! ¡Necesitamos cinco minutos más!

Cabral miró hacia abajo, a las puertas cediendo, y dudó de si les quedaban cinco minutos de vida. En el comedor, la gente peleaba casi sin fuerzas, aferrada a lo que tenía a mano. Y justo cuando la horda se disponía a traspasar lo que quedaba del portón principal y Cabral le dio a Servet la orden de repliegue general y pelear desde el interior habitación por habitación, cuando un silbido agudo cortó el aire.

Cuatro aviones Pucará aparecieron desde el cielo, tan bajos y veloces que nadie los escuchó llegar.

Las aeronaves soltaron sus bombas incendiarias sobre el acceso, levantando un muro de fuego instantáneo. Mientras viraban para ganar altura, la voz de uno de los pilotos restalló por la frecuencia abierta de radio: —La presidenta Torres le manda saludos, Cabrall.

8 - guerreros

Minuto cuarenta y cuatro.

​—¡Cierren válvulas de purga! —ordenó Susy, saltando por encima de las mangueras hidráulicas hasta la consola de mando.

​Corrió la tapa de acrílico del panel Valmet. Los LED de alarma titilaban en rojo por baja temperatura de masa. Resetear los errores del software nos llevó tres segundos que parecieron tres siglos.

​Susy miró a sus compañeros sucios de grasa y aceite, transpirados y exhaustos. Los fusileros, ya sin balas en sus fusiles, apuntaban con sus Glock a los tramos con chapas caídas. Respiró hondo y hundió el botón verde de arranque.

​El contactor de alta tensión adentro del armario eléctrico pegó un chispazo y un chasquido seco: ¡TAK!

​El motor de doscientos caballos gimió. Las poleas de la correa trapezoidal patinaron un segundo chinchando goma quemada... y entonces el refinador enganchó.

​Los discos centrales volvieron a triturar la pasta de madera. El agua de lavado golpeó la caldera de vapor, los calentadores de la etapa húmeda se encendieron y, en menos de diez segundos, un disparo masivo, fétido y bendito de gas de azufre volvió a salir a presión por la chimenea principal, inundando el techo del complejo y bajando como una niebla ácida y espesa sobre los perfiles del galpón.

​Nunca un olor tan fétido le pareció hermoso.

​—Servet, avísele a Cabral: tarea cumplida —dijo la joven casi con un hilo de voz.

​Y se dejó caer de espaldas contra el suelo lleno de grasa, con la maza de bronce todavía aprejada en la mano y el cronómetro clavado en cuarenta y cuatro minutos con cincuenta y dos segundos.

9 - heroes

El fuego devoró a todos los infectados en dos cuadras a la redonda, transformando el avance en un infierno de llamas y dándole al Hábitat el aire que desesperadamente necesitaba. El ataque aéreo contuvo la ola principal y dio el tiempo justo para que la Recicladora terminara el arreglo.

Sin embargo, cientos de zombies habían quedado atrapados dentro del perímetro del Hábitat antes de que el fuego cerrara la brecha.

—¡Bajen todos! ¡A limpiar el patio! —ordenó Cabral.

Los hombres descendieron a toda prisa del techo, formaron una línea de fusileros codo a codo y comenzaron a avanzar metódicamente, abatiendo a cada uno de los intrusos que merodeaban entre los contenedores. Y entonces, cuando el estampido del último tiro se apagó, el hedor rancio y podrido de la victoria volvió a meterse por las fosas nasales de los sobrevivientes, quienes estallaron en gritos y risas de desahogo.

​10- Modo caza zombies 2

Las Gatling (o la M240) apuntaban a la puerta. Le había colocado un servomotor y un mecanismo Pan-Tilt improvisado que permitían al arma girar horizontal y verticalmente, junto a unos sensores ópticos de unas cámaras de vigilancia rotas que contaban con visión por computadora y una cámara térmica, infrarroja o de video digital. Con la ayuda de Mariela, antes de irse, tiraron el colchón en el piso y pusieron delante la cama de hospital.

​Tenían un rociador con el perfume y, ante el dilema de la sábana corta (la protección duraba 30 minutos y el ataque duraría 45; ¿cuándo se pondrían el perfume, antes o durante el ataque?), él decidió que solo se lo pondría a Zakura. Aunque esto traía otra paradoja: si él no se ponía la protección, ¿no atraería a los zombies si entraban? Contaba con que no. Tirarse al suelo y abrazar a Zakura, esperanzado de que no los oliera. Cualquier cosa que se acercara sería partida al medio por las ametralladoras.

​Cuando por el HT escuchó a Cabral decir «apagala», todo fue silencio. Con la cama cubierta por sábanas no tenía visión directa de la puerta; desde una tablet controlaba las armas y tenía visión por una cámara de seguridad que apuntaba a la entrada. Una Beretta .45 en la cintura, abrazando a Zakura, sentía su respiración leve y pausada.

​Durante quince minutos todo eran gritos y disparos; sentía cómo combatían cerca, muy cerca. Habían reforzado todo el Hábitat, pero ¿cómo reforzar algo que no sabían que existía? Fabián Soto había construido decenas de cámaras secretas, de esas que ya aparecieron en este relato, y fue por una de ellas que una docena de "trapitos" entraron.

​Los zombies hacen presión donde se apoyan, no con las manos, sino con el cuerpo. Y cuando una puerta o pared débil cede, son como agua y se filtran por ahí. Una de estas salas estaba cerca de la enfermería. Las ametralladoras se activaron disparando dos ráfagas de decenas de balas como un zumbido, partiendo a los zombies en dos y destrozando sus cuerpos; cuando cayeron, los doce no tuvieron oportunidad. Primer ataque repelido.

​Pero de pronto el Hábitat pareció temblar. Polvo y escombros pulverizados cayeron sobre Zakura y él.

—Servet, ¿qué fue eso? —preguntó Kevin.

Y cuando Servet comenzó a explicarse, se cortó la luz. Los cabezales de las ametralladoras hicieron el ruido de un robot deteniéndose; en su tablet, un offline titilaba. Contó hasta cinco, y nada; la batería de respaldo debía encender los aparatos y así sucedió, menos las armas. Soltó a Zakura y, gateando, se acercó por un costado de la cama y vio horrorizado que no había conectado las armas a la toma de la batería de emergencia.

​Escuchó un sonido de pies arrastrándose, arrastrando grava y polvo del piso. Por el ruido eran varios. Tomó el perfume, lo pensó un segundo, roció todo lo que quedaba sobre Zakura y le acarició la frente diciendo: «Te amo». Tomó su Beretta, la amartilló diciendo «modo caza zombies» y comenzó a gatear cuando los pasos se hicieron más rápidos, transformándose en el ruido de pies corriendo y gritos.

​Gateó rápido hasta el enchufe y, cuando lo iba a enchufar, sintió unas manos como garras tomándolo por el hombro. Se zafó como pudo, se apoyó en la pared —medio caído, medio erguido— y disparó sin apuntar una, dos, tres veces: el zombi fue lanzado hacia atrás y el cuarto disparo le voló la cabeza, al mismo tiempo que entraban dos más. Volvió a disparar hasta que se quedó sin balas; los dos monstruos cayeron ante esta ráfaga, al mismo tiempo que seis zombies querían entrar pero se chocaban entre ellos.

​Kevin respiró hondo, miró a Zakura como despidiéndose y cerró los ojos.

​Cuando la luz volvió, las ametralladoras revivieron, haciendo pedazos a los zombies. Kevin se arrastró con Zakura, agarró un cargador, recargó su arma y tomó la tablet.

​Cuando Zakura despertó, Kevin la miró diciendo:

—Ahora no.

—¿Qué pasa?

Las ametralladoras volvieron a disparar. Inesperadamente, Kevin besó a Zakura diciéndole:

—Es el día más feliz de mi vida...

​Cuando el olor a podrido volvió, gritos y vítores se escuchaban, acompañados de disparos cada vez más aislados.

10- Jeremías 6:16

En una de las cámaras frigoríficas,que a su vez tenían dentro las oficinas de personal y de encargados —amplias cabinas ambientadas por la empresa que hacía las estructuras del ejército en la Antártida—, se encontraba una parte de los ancianos, los niños y la comunidad de la pastora Martina. Ellos no pelearían, porque nadie podía asegurar que los zombies estuvieran muertos, hasta que un iluminado trajera la revelación de que estos eran engendros del infierno; no podían matar, solo pedir a Dios por sus almas.

Ya Martina había discutido con Mariela cuando uno de sus feligreses necesitaba una transfusión y ellos se negaron por razones religiosas. Cabral tomó la decisión de hacérsela y asumir el costo político, pero para su sorpresa la comunidad aprobó la medida. Eran 25 adultos y 16 ancianos y niños que habían pedido rezar en el centro del Hábitat, donde todos los días se reunían a dar testimonio, pero otra vez se lo negaron: si había una instrucción, eran blanco fácil. Por eso el pastor Abel estaba vomitando una sarta de improperios contra los defensores, pero Martina sintió que su comunidad estaba en desacuerdo. Vio a los adultos molestos por estar escondidos mientras los demás defendían lo que hoy era su hogar.

Mientras su marido gritaba levantando el dedo y llamando a la furia de Jehová, ella le tocó el hombro. El pastor Abel la miró y calló; sabía que no era bueno no hacerle caso a su mujer si le lanzaba esa mirada, si al fin y al cabo la mayoría seguía a la pastora y no a él. Martina se adelantó, le acarició la cabeza a un niño y habló:

— Dice Jeremías 6:16: «Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma». Hoy nos pusieron en una disyuntiva, en poner en riesgo nuestras creencias. Pero el Salmo 144:1 nos dice: «Bendito sea Jehová, mi roca, quien adiestra mis manos para la batalla, y mis dedos para la guerra». Hay que elegir, y yo elijo pelear bajo la mirada de nuestro Señor.

Martina llamó a una anciana y le pidió su ropa, un jogging y un buzo de una universidad muy lejana de Estados Unidos. La pastora se sacó su pollera tubo y su blusa blanca de seda ante la mirada pícara de los ancianos que desconocían el cuerpo voluptuoso de Martina, quien solo sonrió porque un poco le exitaba. Se sacó los tacos aguja y se colocó unas zapatillas Flecha de otra anciana. Miró a su comunidad y les dijo:

— Eclesiastés 3:1 y 3:8: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: (...) tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz». Es tiempo de pelear, ¿quién me sigue?

Todos los hombres y tres mujeres se pusieron a su lado y se iban a marchar cuando, sin mirarlo, le dijo a su marido ante su mirada aterrorizada: — Vos quedate, alguien tiene que seguir nuestra iglesia si nos pasa algo.

El pastor Abel asintió aliviado y vio cómo abrían la puerta de la oficina y aire helado y escarcha entraban.

Corrieron por los pasillos hasta llegar al comedor. Habían puesto las mesas frente a la puerta, una barricada con fierros como travesaño y otros hundidos en el piso sosteniendo chapones para soportar la presión de una horda intentando entrar. Tenían hasta lanzas improvisadas; Suárez con su control de pérdidas estaba de apoyo, porque Mariela sabía que si disparaban, por la acústica del lugar, los disparos aturdirían a los defensores y mermarían su capacidad de defensa.

Cuando llegó, vio a Suárez y a otros hombres saltar la barricada y correr hacia la salida. Los nuevos ocuparon su lugar y tomaron sus lanzas, que los defensores llamaron "chuzas", como las lanzas de los aborígenes pampeanos. Mariela miró a los nuevos situarse y vio cómo cada combatiente los recibía con una sonrisa y les explicaba el plan y cómo manejar la chuza. Mariela miró a la pastora y se dio cuenta de los hermosos ojos color miel que tenía. Con una sonrisa mirando al frente le preguntó:

— Pensé que ustedes no peleaban...

Martina tomó su chuza y la apoyó sobre la barricada como la doctora, y habló: — Durante una inundación, un pastor y sus feligreses subieron al techo de su iglesia mientras el agua subía. Una lancha de bomberos llegó y les dijo que debían irse, que la represa central iba a quebrarse y todo el valle quedaría bajo agua —mientras hablaba hacía mohines e imitaba las voces de los protagonistas de su historia—. El pastor se negó aludiendo que Dios lo protegería. Cuando faltaba un metro, llegó un helicóptero avisando que la represa se había roto y que debían evacuar; el pastor volvió a negarse. Ya con el agua tapando el techo, volvió otro helicóptero y el pastor volvió a negarse a irse: "Dios nos salvará", decían. Todos murieron ahogados. Cuando llegaron al cielo, Dios los recibió y el pastor lo increpó por haberlo abandonado, a lo que Dios le respondió: "Te envié una lancha y dos helicópteros, tenés que ayudarme un poco, ¿no?".

Mariela rió y su mirada se iluminó; Martina pensó qué suerte tenía el soldado. En ese momento, una explosión desde afuera hizo temblar los cimientos del Hábitat. Se escuchó algo caerse y quebrarse, y se cortó la luz. Todos miraron hacia las luces hasta que el equipo de emergencia encendió lo imprescindible.

Mariela gritó: — Servet, ¿qué pasó? — Estoy restringido a unos sectores; sin luz central no soy más que música ambiente —respondió la inteligencia artificial.

Entonces Cabral desde el handy gritó: — ¡Mariela, van para ahí!

Los defensores apoyaron sus chuzas en el borde de la barricada. — Recuerden: un centímetro a la derecha del entrecejo —gritó Mariela.

La pastora tragó saliva pensando: "Señor, mandame un helicóptero".

Primero fue uno, después dos, tres arrastrándose, lentos, pero de pronto una decena de frescos entraron corriendo, gritando, aullando con los ojos rojos y la cara desfigurada. Los defensores adoptaron la formación militar romana que se llamaba Testudo (en latín significa literalmente "Tortuga"), que emulaba a la perfección el caparazón blindado de un armadillo o una tortuga. Los trapitos no llegaban a tocar la barricada: se clavaban en las puntas y, cuando el defensor sacaba la lanza, los cuerpos caían, ahora sí, sin vida.

Llevaban diez minutos con esta danza macabra cuando la luz volvió y Servet avisó: — 100% operativo. Doctora, viene una oleada grande, prepárense.

Una docena de zombies apareció desde los racks. Los de control de pérdidas los vieron, pusieron pie en tierra y dispararon matando a la mayoría. Y sí, la doctora tenía razón: los disparos retumbaron como truenos. — ¡Servet! ¿Por qué entran? —preguntó Mariela. Servet tardó un segundo para responder: — Seis lugares parecen puertas abiertas que no tenían que estar ahí. — Las cámaras secretas de Fabián —acotó Matías, que había estado con su padre en una cámara, pero decidió pelear y dejar de tener privilegios por su apellido; además, pensó que nadie lo tomaría en serio si se quedaba escondido—. Yo sé dónde están, necesito tres Clark.

Miró a su alrededor y los vio: Ariel, el jefe de repositorio, y dos empleados de logística —ahora como control de pérdidas y fusileros—. — ¡Ariel! —gritó, y el aludido se acercó—. Trae a los dos de logística, tenemos que tapar las entradas de las cámaras con pallets de pintura y tierra fértil, es lo más pesado que tenemos.

Mariela asintió y siguió peleando contra los muertos que salían de entre los racks. Martina seguía en la barricada, pensó que no tenía experiencia en pelea cuerpo a cuerpo y que molestaría menos ahí. Matías y los tres hombres corrieron y subieron a los Clark; guiados por Matías, fueron tapando las entradas con pallets pesados mientras aplastaban y decapitaban a los trapitos con las uñas de los Clark. Se escuchaban los huesos partirse y la sangre salía esparcida por el aplastamiento.

Taparon cinco en tiempo récord; los móviles bajaban con su sonido eléctrico y robótico. Cuando se dirigieron al último, no fueron cinco ni 10, sino más de 100 que entraban como una masa informe. Matías los chocó de frente deteniéndolos, apretándolos contra la puerta; cientos de manos querían agarrarlo y más de una le rozó la cara. Aceleró a máxima potencia, pero la fuerza de los monstruos hacía girar las ruedas en el aire, y pensó que era todo, que si estos entraban todo sería el fin. Pero Ariel también estiró los brazos y gritó: — ¡Matías, saltá!

Este giró y vio cómo Ariel y los otros tres chocaban contra la base de un rack. Este cayó haciendo un efecto dominó, tapando la puerta de la cámara bajo toneladas de tierra fértil, tachos de pintura, heladeras y cocinas. Matías bajó, le tocó el hombro a su empleado y sonrió riendo; corrieron hacia donde Mariela y los defensores contenían a duras penas la invasión.

Mientras defendían la entrada, Mariela escuchó las metralladoras desde la enfermería; después del corte de luz no las volvió a escuchar y temió lo peor. Cuando la energía volvió y se escucharon las ráfagas desde allí, se quedó tranquila. Quizás esas metralladoras debían haber estado allí y hubieran sido de ayuda, pero a nadie se le ocurrió, solo al pibe genio.

Matías llegó corriendo con sus hombres diciendo "hecho...", cuando escucharon la explosión de la granada de Suárez que voló los ventanales de altura. Diez segundos después, Servet habló por los altavoces: — Por pedido de Cabral, todos a evacuar dentro del Hábitat, subir a sus Unidades Habitacionales y defender desde ahí... por pedido de...

Mariela miró a Martina y le dijo: — Llevate a todos, Matías ayudale.

Giró, llamó a Pedro —aprendiz de Cacho— y le pidió que trajeran las baterías. Este lo hizo y las conectaron a la pata de las mesas, y colocaron una manguera para que mojara la barricada y el piso subyacente. Pedro las conectó y todo el frente quedó electrificado. Y cuando corrían todos hacia el interior del Hábitat, se escucharon motores de aviones, se los sintió volando bajo y luego una serie de explosiones. Un grupo de zombies se acercó a la barricada, pero al llegar a la zona electrificada sufrieron convulsiones, se quedaron rígidos, empezaron a sacar fuego por la boca y los ojos, y cayeron humeando.

Cuando escuchó a Susi gritar por el Handy "¡Listo tarea cumplida!", a los segundos el edor de la recicladora volvió a llenar el ambiente. Todos se abrazaron y vitorearon. Mariela gritó: — ¡No terminó todavía!

Y era verdad, quedaban algunos trapitos que aparecían esporádicos. Cabral bajaba del techo con sus fusileros para limpiar el Hábitat, cuando vio a Mariela en medio del comedor, despeinada, ensangrentada y con su chuza en la mano; ella le levantó la mano sonriendo. Cuando vio la cara de horror de Cabral, que alzo su fusil apuntando hacia ella, Mariela sintió en su cara a unos centímetros el olor a podrido y el gruñido; quiso levantar su lanza y dio un paso atrás, pero creyó que ya no podía... cerro los ojos como esperando el mordisco. Un segundo y nada pasó, pudo voltearse levantando el arma para ver cómo Martina le había atravesado el cerebro con su lanza. Miró a la doctora y sonriendo le dijo: — Soy tu helicóptero.

Cabral corrió, la abrazó y se fueron a limpiar el exterior; Pedro desconectó las baterías. Mariela le pidió a Servet que le avise a Kevin que ya había pasado todo, que apague las armas. Así lo hizo, y la doctora corrió a ver a su paciente.

11- camaradas 2

​No habían pasado 30 minutos; los sobrevivientes estaban todos fuera del Hábitat, mientras los fusileros recorrían centímetro a centímetro su interior para corroborar que ninguno quedara dentro. Los demás limpiaban el exterior de escombros y cadáveres, y los rescatistas ponían en bolsas negras a los combatientes caídos para darles una despedida acorde a su sacrificio.

​El Ingenuero, junto con otros, levantaba un nuevo cerco mientras Susi y sus ayudantes soldaban el portón. Mariela revisaba y curaba heridas, y las cocineras repartían agua y comida. No había tiempo de descansar. Cabral se puso su armadura Sotnik y tomó un FAL. Se acercó a Mariela, la besó y, antes de que ella le dijera algo, él habló:

—Tengo que ir. Según Servet, su smartwatch sigue teniendo señal y hay actividad vital. Poca, pero hay.

—Los "trapitos" también tienen signos vitales, pocos, casi de un moribundo, pero los tienen. Andá mañana con una cuadrilla.

—Mañana vamos a estar rodeados otra vez; tengo que aprovechar hoy.

—Cabezadura —dijo ella con un hilo de voz.

Cabral la abrazó y la besó suavemente. Mientras la miraba a los ojos, le dijo:

—Él hubiera hecho lo mismo.

​Se puso la máscara de Kevlar y un comando lo roció con el perfume; ya no quedaba mucho. Se acercó al portón recién levantado y gritó:

—¡Abran!

Y, corriendo, se perdió en la noche.

​Mientras corría, veía la destrucción que habían causado; parecía una zona de guerra. Le recordaba cuando fue a rescatar a diplomáticos Argentinos a Ucrania, y esa zona de Esteban Echeverría se le parecía bastante. Cuando llegó a la fosa que había sido el troncal de la cloaca, contempló con horror que cientos de cuerpos destrozados estaban en su interior; y lo peor eran los torsos moviéndose, las cabezas queriendo morder la noche. Buscó un lugar por donde cruzar: un auto había caído dentro de la fosa, lo escaló y sintió cómo el cadáver de metal se hundía entre los cuerpos destrozados. Cuando cruzó, le preguntó a Servet por dónde:

—200 metros derecho y luego girá a la izquierda 50 metros.

Así lo hizo. La oscuridad lo envolvía todo, pero pudo adivinar la luz roja del smartwatch titilando. Cuando llegó, se le encogió el corazón; creía estar preparado, pero no lo estaba. Ezequiel estaba en hibernación, mirando al cielo con las manos abiertas a los costados y los ojos con cataratas blancas. Su costado estaba destruido; girones de carne caían sobre su armadura. No la había podido atravesar, pero fue herido de gravedad por un fierro que vio bien cuando se acercó. Se lo habían arrancado al querer matarlo.

​Lo miró triste, sacó su cuchillo de combate y, con mucho cuidado, se lo clavó en la sien. El soldado pareció una marioneta sin hilos y se desplomó. Cabral le cerró los ojos; no estaba dispuesto a dejar a un camarada allí. Le quedaban 15 minutos de protección. Se arrodilló junto al cuerpo inerte de su amigo y, con un movimiento rápido y ensayado mil veces, lo levantó con la carga de bombero, acomodando el peso sobre sus hombros para mantener una mano libre en el FAL por si lo necesitaba.

​Con el corazón latiéndole en la garganta y el cuerpo exhausto, corrió hacia la fosa, la cruzó despacio y luego corrió lo que le faltaba hasta que los reflectores del Hábitat iluminaron el portón. El portón se abrió; los fusileros y los comandos sobrevivientes salieron y se pusieron rodilla en tierra hasta que entró. Todos los sobrevivientes dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Le hicieron un camino hasta que Cabral bajó el cuerpo con mucho cuidado, lo acomodó, se paró y le hizo la venia, como todos los militares presentes.

​Mariela le apoyó la mano en el hombro. Cabral se dio vuelta, la abrazó y lloró.

Thoughts

  • HugoBarrientos

    Servet disparando por los fusileros sin que lo noten, y callándose el tamaño de la explosión. No sé si cuida a la gente o la administra.

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  • rgaray4116

    Giachino se crió con un padre que era fotos y cuentos, y termina como él: afuera, solo, lejos de los suyos. La diferencia es que a este alguien lo fue a buscar y lo trajo al hombro. Al padre nadie lo trajo. Para mí Cabral lo hizo por los dos.

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