El futuro es un niño, me dice sí
y después hace lo que quiere.
Le hablo fuerte para que me escuche,
pero mis palabras son burbujas de colores;
las mira,
las sigue por toda la casa,
intenta tocarlas,
pero explotan
y chau.
Jamás existieron.
Lo acuesto temprano
y aparece despierto a las tres de la mañana.
Le preparo la ropa y sale en pijama.
Y cuando finalmente se calla,
desconfío porque seguramente algo está tramando.
Probé de todo:
ruegos, gritos, sobornos,
para que de una vez por todas
me dé un poco de bola.
Hasta le dejé instrucciones
pegadas en la puerta de la heladera.
El muy desgraciado las despegó
y las hizo avioncitos de papel.
Últimamente
dejé de explicarle tanto.
De vez en cuando
todavía le preparo la ropa,
le marco los horarios,
le digo por dónde tiene que ir.
Él asiente.
Yo también.
Los dos sabemos
que mañana
va a hacer lo que quiera.