Hay algo que cada vez duele más en las aulas.
Intentas corregir una conducta y el alumno responde con groserías.
Le llamas la atención y te desafía.
Le pides respeto y la respuesta es que "no puedes decirle nada".
Parece que poner límites se ha convertido en un problema, cuando en realidad educar también significa enseñar respeto, responsabilidad y consecuencias.
Un docente no corrige por humillar.
Corrige porque le importa que ese alumno aprenda a desenvolverse en la vida.
Porque el día de mañana, un jefe, un cliente o la sociedad no siempre tendrá la paciencia que un maestro tiene.
La escuela no solo forma profesionistas; forma personas.
Y cuando un maestro deja de corregir por miedo a los conflictos, todos perdemos.
La autoridad no debería confundirse con autoritarismo, ni el respeto con miedo.
Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si realmente estamos preparando a nuestros jóvenes para el futuro... o solo evitando cualquier situación que pueda incomodarlos.