Yo me hubiera quedado buscando hasta la noche, ni modo. Sahir hace la cuenta fría (el perro conoce el camino, Atenea está sola, las provisiones) y le sale bien, pero qué difícil irte sin él.
El fluir del mientras tanto
A sus 42 años, Atenea había caminado mucho en la vida. Se sentó en la mesa del comedor de su cabaña y contempló por un instante aquel lugar lejano donde la tranquilidad reinaba por encima de todo.…
In groups
Pensamiento
Yo me hubiera quedado buscando hasta la noche, ni modo. Sahir hace la cuenta fría (el perro conoce el camino, Atenea está sola, las provisiones) y le sale bien, pero qué difícil irte sin él.
Contenido de la publicación
A sus 42 años, Atenea había caminado mucho en la vida. Se sentó en la mesa del comedor de su cabaña y contempló por un instante aquel lugar lejano donde la tranquilidad reinaba por encima de todo. Era una mujer serena que, en sus espacios libres, se dedicaba a ayudar a los abuelos del pueblo a entrenar su cuerpo y su mente para su mejor vivir.
La cabaña estaba rodeada de árboles y tenía un pequeño patio donde Atenea tendía la ropa, cultivaba algunas plantas y, en las tardes, se sentaba a leer cerca de la chimenea. Allí había aprendido a disfrutar de las cosas sencillas: el sonido de la lluvia sobre el techo, el olor de la leña encendida y las conversaciones largas que no necesitaban tener un propósito.
Su compañero de vida, Don Sahir, un hombre blanco, de ojos claros, alto, fornido y muy amoroso, había salido esa mañana a traer leña con su perro llamado Bubba, que también era un cachorro amigo, pacífico y muy obediente, que parecía hacer bromas mientras miraba a sus dueños. Se la pasaba la mayoría del tiempo con Sahir.
Bubba era de esos perros que parecían entender las conversaciones. Cuando Sahir hablaba, él inclinaba la cabeza como si estuviera escuchando con atención. Cuando Atenea cantaba mientras hacía sus oficios, se quedaba cerca de ella, moviendo la cola y mirándola con unos ojos que parecían decir que todo estaba bien.
Un día Sahir fue al pueblo, por supuesto con Bubba. Se fueron caminando, pero la idea era regresar temprano a casa porque era muy lejos. Sin embargo, la tarde se hizo oscura muy pronto.
Sahir se percató de ello, cuando estaba donde el zapatero, Don Jesús, que era una gran voz del pueblo, un hombre pausado, meditabundo que respondía muy asertivamente a la gente que no iba precisamente a arreglar zapatos sino a aprender de esa sabiduría.
Al llegar al taller de don Jesús, algunos se sentaban en una vieja silla de madera mientras esperaban que les cambiaran una suela y terminaban hablando de la vida.
Sahir hablaba con él, de la carencia, una de las situaciones latentes en muchos seres humanos. No solo era económica, comentaban; hay carencias del corazón, de la pasión, del alma, de la comunicación, de la inspiración, de la fe. Pero lo cierto es que concluían que alguien se podía volver opulento si confiaba en el flujo de la vida, en Dios y en sí mismo.
A veces creemos que tenemos poco porque miramos solamente lo que nos falta, dijo Don Jesús, mientras acomodaba unos zapatos sobre la mesa. Y se nos olvida mirar todo aquello que todavía está con nosotros.
Sahir sonrió.
Quizás la abundancia también tenga que ver con eso.
Don Jesús levantó los ojos y asintió lentamente.
Bubba estaba acostumbrado a esas conversaciones. Se había echado cerca de la puerta y parecía dormitar mientras ellos hablaban.
En un instante, Sahir voltea a mirar y no ve a Bubba.
Se queda quieto unos segundos.
¿Bubba?
Mira debajo de la mesa, hacia la puerta, hacia la calle.
Nada.
Entonces sale del local de Don Jesús a buscarlo. Algunos que iban pasando se aproximan y comentan que no lo han visto.
Hace un momento estaba aquí, dice Sahir.
Regresa al taller, vuelve a salir, mira hacia la panadería, hacia la esquina, hacia la pequeña plaza.
Bubba.
Nada.
Sahir sigue buscando y se va alejando del local. Finalmente se despide de Jesús.
Me voy. Luego vuelvo. Gracias.
Lo vas a encontrar, le dice Don Jesús.
Sahir hace un gesto afirmativo, aunque en ese momento ya no está tan seguro.
Sigue su búsqueda confiado en que el perro estará por ahí cerca, quizá en la panadería, donde algunas veces se quedaba mirando a la gente mientras esperaba que Sahir terminara sus compras.
Pasa una hora mirando lugar por lugar.
Pregunta.
Regresa sobre sus pasos.
Vuelve a la plaza.
Mira detrás de las casas.
Silba.
Llama.
Se devuelve paso a paso y no hay señales de Bubba.
La tarde empieza a oscurecerse más.
Sahir mira hacia el camino de regreso a casa. Sabe que Atenea está sola y que él lleva unas provisiones importantes.
Piensa en quedarse un poco más, pero también sabe que el camino es largo y que pronto será de noche.
“Bubba conoce el camino, allá llegará”, piensa.
Antes de irse, Sahir busca a Bubba durante un largo rato, preguntando a algunas personas del pueblo si lo habían visto. Nadie supo darle razón de él.
Y emprende el camino de regreso.
Cuando llega a casa, Atenea está esperando.
Sahir llega a casa, deja junto a la puerta el atado de leña que había logrado recoger en el camino y se quedó unos segundos sin saber cómo decirle a Atenea que Bubba no venía con él.
Atenea lo mira.
¿Y Bubba?
Sahir deja las provisiones sobre la mesa.
No lo encontré.
El rostro de Atenea cambia.
¿Cómo que no lo encontraste?
Sahir le cuenta lo sucedido. Le explica que buscó durante horas, que preguntó en varios lugares y que dejó avisado al pueblo.
Ella escucha, pero su mente ya parece haber tomado otro camino.
¿Dónde estará?
¿Por qué no regresó si el conoce el camino?
¿Estará herido?
¿Tendrá frío?
¿Y si está solo?
Ella se empieza a angustiar y a pensar todo lo negativo que puede. La preocupación la invade. Es tan fuerte que le da un dolor fuerte en el pecho.
Atenea, mírame.
Sahir la recuesta en un sofá y se queda junto a ella.
Ella intenta respirar.
Conoce métodos para calmarse. Ha enseñado a otras personas a observar su respiración, a regresar al presente, a dejar pasar un pensamiento sin alimentarlo.
Pero esta vez es diferente.
Bubba se ha vuelto su hijo.
Y cuando el amor se mezcla con el miedo, hasta los conocimientos más practicados pueden parecer lejanos.
Sahir permanece a su lado.
Mañana vamos temprano, le dice. Lo vamos a buscar juntos.
Atenea asiente.
Se van a dormir, pero ella da vueltas en la cama. Realmente no logra descansar.
Escucha el viento.
Piensa que quizás Bubba también lo está escuchando.
Se levanta una vez, mira por la ventana y vuelve a acostarse.
En algún momento logra cerrar los ojos, pero el sueño llega ligero y entrecortado.
A la mañana siguiente se levantan cuando aún no ha amanecido para buscar a Bubba.
Con mucha atención, Atenea está muy impaciente y acelera a Sahir.
Vamos, Sahir.
Ya voy.
Tenemos que encontrarlo.
Salen de casa y recorren todos los alrededores.
Miran cerca del camino, detrás de los árboles, junto al pequeño arroyo.
Llaman una y otra vez.
¡Bubba!
Nada.
El pueblo comienza a despertar, pero el perro no aparece.
La búsqueda resulta inútil.
Atenea vuelve a casa.
Se sienta en su comedor acostumbrado y solloza.
Sobre la mesa todavía está la taza que había dejado la noche anterior.
La mira durante unos segundos.
Todo parece estar exactamente en su lugar.
Excepto Bubba.
Entonces, en medio de su desespero, recuerda algo.
“Cuando uno suelta las cosas, fluyen mejor”.
La frase aparece en su mente sin hacer ruido.
No sabe si puede hacerlo.
No sabe siquiera qué significa soltar cuando se ama tanto algo.
Pero se levanta.
Camina hasta el patio.
Hay ropa mojada esperando ser tendida.
Atenea toma una prenda, la sacude y la extiende sobre el tendedero.
Entonces empieza a cantar.
Es la misma canción que siempre le cantaba a Bubba mientras extendía la ropa.
La voz le sale temblorosa al principio.
Después un poco más firme.
Bubba solía quedarse mirándola desde el patio.
Ella sonríe al recordarlo.
Sigue cantando.
No sabe dónde está.
No sabe qué ha ocurrido.
No sabe qué pasará.
Pero mientras canta, algo dentro de ella comienza a acomodarse.
Mientras volvía a sus quehaceres, su corazón empezó a confiar en una respuesta. No sabía cuál sería ni de dónde vendría, pero ya no tenía que salir a buscarla.
Tendió otra prenda.
Luego otra.
Lavó.
Arregló algunas cosas de la casa.
Abrió una ventana.
El aire fresco entró lentamente.
Sintiendo paz, sintiendo que nada se escapa a las manos de una sabiduría divina y que lo mejor ocurrirá para ellos y para el perro.
No era una certeza.
Era algo más parecido a una confianza tranquila.
Sahir sale al pueblo y le avisa con voz fuerte:
¡Voy al pueblo a buscarlo!
Atenea levanta la mano desde el patio.
Ve.
Y vuelve a su canción.
Ella no desiste, sigue en su canción, lava, arregla, disfruta.
Más tarde prepara algo de comer.
Después limpia la mesa.
La casa vuelve poco a poco a sus sonidos habituales.
Atenea se da cuenta de que ha pasado un rato sin pensar en dónde podría estar Bubba.
La culpa intenta aparecer.
Pero ella vuelve a mirar por la ventana.
No necesita saber todavía.
Pasadas dos horas, se pone en un sillón que tiene en la sala, al lado de una chimenea, a leer.
El libro está abierto sobre sus piernas.
Lee unas páginas.
Entonces escucha algo.
Un sonido suave.
Unas patas rascan la puerta.
Atenea levanta la mirada.
Se queda inmóvil.
Vuelve a escuchar.
Ras, ras.
Su sonrisa es algo indescriptible.
Se levanta.
Camina hacia la puerta.
Abre.
Es Bubba.
Está lleno de barro, como si hubiera caído en algún fango.
Atenea se queda mirándolo sin poder hablar.
Y más atrás viene un vecino anciano.
Me lo encontré, le dice. No podía salir del barro. Le ayudé con una cuerda y aquí está. Sabía que ustedes estarían preocupados.
Atenea se lleva las manos al rostro.
Después se agacha.
Abraza a Bubba.
Su vestido beige queda lleno de barro.
Bubba llora al saludarla, mueve la cola y se aprieta contra ella como si dijera:
—Volví a casa.
Ella llora también.
El vecino sonríe.
Estaba más asustado que perdido.
Atenea ríe entre las lágrimas.
Gracias. Muchas gracias.
Lo invita a pasar y le ofrece algo de tomar.
Gracias, pero me tengo que ir. Me están esperando.
El vecino se despide y se aleja.
Ella no suelta a Bubba.
Lo acaricia.
Lo mira.
Lo vuelve a abrazar.
Y durante unos segundos no dice nada.
Afuera, el camino sigue siendo el mismo.
El pueblo sigue con su movimiento.
La ropa continúa secándose en el patio.
La chimenea permanece encendida.
Y Bubba está en casa.
Atenea siente que ha comprendido algo que no necesitaba ser explicado.
La preocupación había ocupado toda su mente durante horas.
Mientras tanto, la vida había seguido moviéndose.
Quizás algunas respuestas llegan justamente cuando dejamos de perseguirlas.
Atenea mira a Bubba, todavía cubierto de barro.
Te extrañé.
Bubba mueve la cola.
Ella le acaricia la cabeza.
Pero sabía que volverías.
Hace una pausa.
De una forma o de otra.
No sabe exactamente qué quiso decir con aquellas últimas palabras.
Quizás se refería a Bubba.
Quizás a la confianza.
Quizás a ella misma.
El amor de las almas es generoso y brilla por sí solo.
Te amo, le susurra.
En ese momento escucha pasos afuera.
Es Sahir.
Entra cansado, con las botas llenas de tierra.
Mira a Atenea.
Mira a Bubba.
Se queda quieto.
Durante unos segundos nadie dice nada.
Después Sahir sonríe.
Lo encontraron.
Atenea asiente.
Él nos encontró a nosotros.
Sahir se acerca y abraza a los dos.
Bubba queda en medio, todavía embarrado.
Los tres ríen.
Y aquella tarde, en la pequeña cabaña donde tantas veces habían hablado de la vida, ninguno tuvo necesidad de explicar lo sucedido.
Afuera comenzaba a caer la tarde.
Adentro, Bubba dormía profundamente junto a la chimenea.
Y Atenea, mientras acariciaba su cabeza, volvió a cantar.
Este relato hace parte de Cachetadas del Alma https://cachetadasdelalma.blogspot.com/
Thoughts
-
PermalinkYo me hubiera quedado buscando hasta la noche, ni modo. Sahir hace la cuenta fría (el perro conoce el camino, Atenea está sola, las provisiones) y le sale bien, pero qué difícil irte sin él.
-
PermalinkAtenea enseña a otros a respirar y a volver al presente, y justo cuando le toca a ella nada de eso alcanza, hasta que se pone a tender ropa. Me hizo pensar en lo poco que se parece la calma de verdad a la que uno practica: casi siempre llega por la espalda, mientras las manos están ocupadas. Y Bubba vuelve cuando ella ya dejó de esperarlo.
-
PermalinkMe quedé con el vecino viejo que lo saca del barro con una cuerda y se va porque lo esperan, elay. ¿Ese señor salió de alguien de verdad?
Related posts
-
Untitled post
Amor mío No te quiero por ti ni por mi, no te quiero porque el deseo me llame a amarte. Te quiero porque no eres mía, porque estás del otro lado, dónde me pides que saltes y yo, yo no puedo dar el salto. Cortázar.
-
Yo soy
Ardo en el granito de pompeya,