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El dogma Mariano ¿Es Bíblico? ¿Alguien lo invento? Pregunta Sin responder

usjgabriel
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¿Alguna vez has sentido que el cielo queda demasiado lejos? Hay momentos en la vida donde el dolor es tan agudo, o la culpa tan pesada, que la figura de un Dios soberano, creador del universo y juez…

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Pensamiento

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EvaMontero

Leo esto desde la novena de diciembre en mi cuadra, que la arman vecinos que no pisan la iglesia el resto del año y rezan igual. Ninguno sabe qué pasó en Éfeso y no creo que les importe. La que reconozco es la de la ropa y el pan, la vecina que criaba hij

Leo esto desde la novena de diciembre en mi cuadra, que la arman vecinos que no pisan la iglesia el resto del año y rezan igual. Ninguno sabe qué pasó en Éfeso y no creo que les importe. La que reconozco es la de la ropa y el pan, la vecina que criaba hijos: así la tengo yo, con las manos ocupadas. ¿Creciste con una estampita de ella en la casa antes de llegar a esto?

Contenido de la publicación

¿Alguna vez has sentido que el cielo queda demasiado lejos? Hay momentos en la vida donde el dolor es tan agudo, o la culpa tan pesada, que la figura de un Dios soberano, creador del universo y juez de la historia, nos resulta imponente, pero dolorosamente distante.

Es una flaqueza muy humana: ante la tormenta, el niño no busca un tratado de leyes ni un rey en su trono; el niño busca unos brazos que lo arrullen, una mirada que no juzgue y una voz tierna que le asegure que todo va a estar bien. Busca, instintivamente, el rostro de una madre.

A lo largo de los siglos, el cristianismo occidental construyó una teología donde el Padre se volvió un anciano severo y el Hijo un juez implacable que regresaría en nubes de ira. Ante ese vacío de ternura, la psique colectiva de millones de personas experimentó una especie de orfandad espiritual. El ser humano necesitaba con urgencia un puente de empatía en el cielo, alguien que entendiera el dolor de ver morir a un hijo, la angustia de la pobreza y la fragilidad de la carne.

Ese deseo universal y legítimo de consuelo fue el terreno fértil donde se sembró el culto a María. La joven humilde de Nazaret, la que lavaba ropa y horneaba pan, fue transformada con el paso de los siglos en una monarca celestial, cargada de títulos pomposos y coronas de oro. Pero ¿cuánto de esto se encuentra realmente en las páginas de las Escrituras y cuánto fue moldeado por la política, los debates filosóficos y la necesidad psicológica de no sentirnos solos?

Quitémonos las vendas del dogma y el prejuicio para revisar, con el bisturí de la historia en la mano, si a la madre de Jesús la describió la Biblia o si la inventó el tiempo.

Cuando uno se acerca por primera vez a las páginas del Nuevo Testamento buscando a la María que hoy conocemos la de las catedrales, los altares iluminados y las procesiones el primer impacto es el silencio. Un silencio denso, pero profundamente revelador. Es natural que nos sorprenda, porque en nuestra cultura latina o cristiana, su nombre evoca de inmediato devoción. Sin embargo, los escritores más antiguos de la Iglesia primitiva parecen haber tenido una urgencia muy distinta en sus mentes.

Si hacemos un viaje en el tiempo y leemos los textos en el orden exacto en que fueron escritos, descubrimos algo fascinante: la figura de María no va creciendo con el tiempo en las Escrituras, sino que se mantiene en una discreción absoluta, casi misteriosa.

Imaginen por un momento a Pablo de Tarso. Él es el hombre que sentó las bases de la teología cristiana, el que escribió cartas apasionadas a comunidades enteras explicando cada detalle de la salvación, la gracia y la resurrección. Si la devoción a María hubiese sido un pilar fundamental para los primeros cristianos, esperaríamos encontrar su nombre salpicando las cartas a los Romanos o a los Corintios. Pero no es así. Pablo jamás menciona su nombre. Cuando le toca hablar del nacimiento de Jesús en su carta a los Gálatas, se limita a decir de forma muy legal y biológica que el Salvador nació "de mujer, nacido bajo la ley". Para Pablo, el foco es el plano material del nacimiento, el cumplimiento de una condición humana, no la deificación de la madre.

Si saltamos al Evangelio de Marcos, que es el registro biográfico más antiguo que tenemos sobre Jesús (escrito alrededor del año 70 d.C.), la sorpresa es aún mayor. Aquí no encontramos pesebres, ni estrellas de Belén, ni reyes magos. La primera vez que María entra en escena en este evangelio, lo hace en un momento de tremenda tensión familiar. El texto nos dice que la familia de Jesús, incluida su madre, sale a buscarlo porque la gente decía que Jesús "había perdido el juicio". Es una escena dolorosamente humana. Muestra a una madre preocupada por el plano físico y la seguridad de su hijo, una mujer que intenta entender un misterio que la sobrepasa, enfrentando las críticas de sus propios vecinos en Nazaret, quienes la conocían simplemente como la vecina que lavaba la ropa y criaba a sus hijos.

Años más tarde, cuando se escriben Mateo y Lucas, es cuando finalmente se abre el velón de la infancia y se introduce el concepto de la concepción virginal, usando el término griego parthénos. Pero una vez que Jesús crece y empieza su ministerio, esa cortina vuelve a cerrarse. Al llegar al Evangelio de Juan, el último en escribirse, el autor es teológicamente tan maduro que ni siquiera la llama por su nombre propio; para él es, con un profundo respeto, pero con una clara delimitación de roles, "la madre de Jesús". Ella está en las bodas de Caná y está al pie de la cruz, sufriendo el desgarro físico de ver morir a su primogénito, pero en ningún momento se le atribuyen poderes místicos, oraciones dirigidas a ella o un estatus que compita con el de su Hijo.

Los Evangelios nos muestran a una mujer de carne y hueso, un baluarte de fe silenciosa en el plano terrenal, pero completamente alejada de la idea de una abogada celestial.

Entonces, ¿en qué momento de la historia se rompe este silencio y la humilde madre de Nazaret se convierte en la figura central del culto cristiano? Para entenderlo, tenemos que dar un salto de tres siglos y situarnos en un mundo donde la fe ya no se vivía en catacumbas, sino en los pasillos dorados del poder político. Nos vamos al año 431 d.C., en la majestuosa ciudad de Éfeso.

Es fácil imaginar el ambiente de la época: obispos viajando desde todos los rincones del Imperio Romano, intrigas palaciegas, espías y una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Lo curioso y lo que la historia a veces nos maquilla es que el famoso Concilio de Éfeso no se convocó para hablar de María, ni para decidir si era buena o mala. Se convocó porque dos de los hombres más poderosos de la Iglesia, Nestorio (Patriarca de Constantinopla) y Cirilo (Patriarca de Alejandría), se odiaban a muerte y estaban usando la teología como un tablero de ajedrez político.

El debate técnico era sobre la naturaleza de Jesús, pero el campo de batalla terminó siendo el vientre de su madre.

Nestorio decía que María debía ser llamada Christotokos (Madre de Cristo), porque una mujer humana no puede parir a la esencia eterna de Dios. Decía, con cierta lógica física, que lo eterno no puede ser gestado en nueve meses por una criatura.

Cirilo, que era un político astuto y despiadado, vio la oportunidad perfecta para destruir a su rival. Acusó a Nestorio de dividir a Cristo en dos personas y exigió que María fuera llamada Theotokos (Madre de Dios / La que dio a luz a Dios), no para engrandecer a la mujer, sino para blindar la divinidad absoluta del Hijo desde el vientre.

El Concilio de Éfeso fue un verdadero escándalo histórico. Cirilo no esperó a que llegaran los obispos del oriente que apoyaban a Nestorio. Abrió la sesión antes de tiempo, usó el oro de las arcas de Alejandría para sobornar a los oficiales del emperador y excomulgó a Nestorio en una tarde.

Pero aquí viene la gran paradoja del plano social. Éfeso había sido por siglos el hogar espiritual de una de las deidades paganas más amadas de la antigüedad: Artemisa, la gran Diosa Madre de la fertilidad.

La gente de esa región llevaba generaciones acostumbrada a adorar a un rostro femenino protector, tierno y maternal. Cuando el concilio político de Cirilo aprobó el título de Theotokos, la psicología popular hizo un clic inmediato. El pueblo no entendía los debates metafísicos sobre las dos naturalezas de Cristo, pero entendieron perfectamente la frase "Madre de Dios".

Casi de la noche a la mañana, los antiguos templos de Artemisa cambiaron de nombre, las procesiones paganas se adaptaron y los atributos de la vieja diosa protectora fueron transferidos a la humilde María de Nazaret. Un dogma que nació como una estrategia política para definir a Jesús, terminó abriendo la compuerta para la deificación de su madre, transformando una verdad bíblica en una invención del tiempo y la cultura.

Afrontemos ahora uno de los puntos que genera más debates apasionados en las cenas familiares y en las esquinas de internet: la idea de que María permaneció virgen antes, durante y después del parto, por el resto de sus días.

Para muchas personas que crecieron con esta tradición, tocar este tema se siente casi como una falta de respeto a su pureza. Sin embargo, cuando dejamos a un lado la emoción y miramos el plano material con el lente de la historia y el lenguaje, descubrimos un paisaje completamente diferente.

Si regresamos a la mentalidad de una familia judía del siglo I en Nazaret, la idea del celibato o de mantener un matrimonio sin relaciones conyugales era algo no solo extraño, sino visto como una falta a los mandamientos divinos. Para el mundo hebreo, los hijos eran la bendición máxima. El mandato original era "fructificad y multiplicaos". Que un carpintero llamado José y una joven llamada María decidieran casarse para vivir como hermanos en una eterna abstinencia es un concepto que a un judío de la época le habría parecido incomprensible y carente de sentido espiritual.

Entonces, ¿de dónde surge la idea de la virginidad perpetua si no encaja con la cultura de la época?

La respuesta la encontramos al rastrear la literatura del siglo II, específicamente en un texto que no entró en la Biblia, conocido como el Protoevangelio de Santiago. Este libro apócrifo fue escrito alrededor del año 150 d.C., en una época donde el cristianismo estaba siendo fuertemente influenciado por corrientes gnósticas y ascéticas.

Estos grupos comenzaron a esparcir la idea de que el cuerpo material, el sexo y el matrimonio eran cosas inherentemente sucias o de segundo orden, y que la verdadera santidad requería una pureza física extrema. Para elevar a María bajo esa nueva mentalidad, el autor de este texto inventó un relato fantástico: presentó a María como una niña consagrada en el templo que nunca podía ser "contaminada", y a José como un anciano viudo con hijos de un matrimonio anterior, quien la tomaba bajo su cuidado no como esposo, sino como un guardián.

Cuando revisamos el texto bíblico original con el bisturí filológico, la teoría del guardián y la virginidad perpetua se desmorona frente a la sencillez del lenguaje de los evangelistas.

Mateo, en el primer capítulo de su evangelio (Mateo 1:25), escribe una frase muy directa que en el griego original dice: kai ouk eginōsken autēn heōs ou eteken huion. En español castellano: "Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito".

Para cualquier lector del primer siglo, el verbo "conocer" (ginōskō) era el modismo semita estándar para referirse a las relaciones íntimas, y la palabra "hasta" (heōs) marca un límite temporal claro. El texto bíblico deja constancia de que no hubo intimidad antes del nacimiento de Jesús para preservar la naturaleza milagrosa de su origen, pero implica con total naturalidad que la vida matrimonial común continuó después.

Y es aquí donde entramos al enigma lingüístico más famoso del foro: los hermanos de Jesús.

A lo largo del Nuevo Testamento, los escritores mencionan con absoluta naturalidad a la familia de Nazaret. En Marcos 6:3 y Mateo 13:55-56, los vecinos del pueblo se asombran de la sabiduría de Jesús y dicen textualmente: "¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?".

La teología eclesiástica posterior, incómoda con estos versículos, argumentó que la palabra "hermanos" en realidad significaba "primos", argumentando que el hebreo o el arameo usan la misma palabra para ambos parentescos. Y es verdad, en los idiomas semíticos la palabra aj puede usarse para un hermano, un primo o un pariente cercano.

Sin embargo, aquí es donde el griego del Nuevo Testamento pone las cartas sobre la mesa de forma contundente:

Los evangelios no se escribieron en arameo; se escribieron en griego koiné. El idioma griego es sumamente preciso y tiene una palabra específica para decir primo: anepsios (la cual, de hecho, usa Pablo en Colosenses 4:10 para referirse a Marcos, el primo de Bernabé). A pesar de tener esa opción, los evangelistas eligieron sistemáticamente usar la palabra adelphos (hermano) y adelphē (hermana) para referirse a la familia de Jesús. En la filología griega, adelphos significa literalmente "del mismo vientre" (a = unión, delphys = vientre).

El plano histórico nos muestra que la Iglesia primitiva no tenía ningún problema en reconocer que Jesús tuvo hermanos de sangre. El mismo Pablo, en Gálatas 1:19, Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo, el hermano del Señor. Menciona haber conocido a "Jacobo, el hermano del Señor".

La virginidad perpetua no nació de las páginas de la Biblia, ni de los labios de los apóstoles. Fue una construcción cultural posterior, moldeada por el miedo ascético al cuerpo humano y el deseo de convertir a una madre judía real y abnegada en un ideal místico e inalcanzable de ascesis. La historia nos devuelve a una María más humana: una mujer que cumplió con una misión sagrada y divina en la concepción de su primogénito, pero que después vivió una vida familiar ordinaria, honesta y plena junto a su esposo y los hijos que corrieron por los caminos de Nazaret.

Demos ahora el salto definitivo en el tiempo para revisar los dos últimos pilares del dogma mariano. Lo curioso de estos dos conceptos es que, a diferencia de los anteriores que se discutieron en la antigüedad, estos se convirtieron en verdades obligatorias de fe en una época sorprendentemente moderna: el siglo XIX y el siglo XX.

Para muchas personas, el término "Inmaculada Concepción" suena a lo mismo que el nacimiento virginal de Jesús. Es un error común de concepto. El nacimiento virginal dice que Jesús no tuvo un padre biológico humano; la Inmaculada Concepción, en cambio, afirma algo completamente distinto: que la propia María, al momento de ser concebida en el vientre de su madre (Santa Ana, según la tradición), fue preservada por Dios de toda mancha del pecado original.

La lógica detrás de esto era puramente metafísica: para que el Hijo de Dios pudiera encarnarse en un vientre humano, ese recipiente material tenía que ser absolutamente perfecto, sin rastro de la culpa heredada de Adán.

Aunque la idea flotaba en la devoción popular desde la Edad Media, su camino hacia el dogma estuvo plagado de divisiones teológicas profundas. De hecho, uno de los pensadores más grandes del catolicismo, Tomás de Aquino en el siglo XIII, se opuso a esta idea.

Aquino argumentaba con una lógica bíblica impecable: si María nació sin pecado original, entonces ella no habría necesitado la redención de Cristo, lo que contradecía las palabras de la misma María en el Evangelio de Lucas (Lucas 1:47), donde exclama: "Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador". Si necesitas un salvador, es porque compartes la condición humana que requiere salvación.

A pesar de estas objeciones históricas, el Papa Pío IX definió la Inmaculada Concepción como un dogma infalible el 8 de diciembre de 1854 a través de la bula Ineffabilis Deus. Lo hizo en un contexto político complejo: el papado estaba perdiendo sus territorios físicos (los Estados Pontificios) ante la unificación italiana y el avance del pensamiento moderno. Elevar este dogma fue una demostración de autoridad espiritual absoluta frente a un mundo material que se le escapaba de las manos.

Casi un siglo después, en el año 1950, el Papa Pío XII completó el cuadro con la Asunción de María mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus. Este dogma declara que, al terminar el curso de su vida terrenal, María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial sin experimentar la corrupción de la tumba.

Si buscamos un solo versículo bíblico que apoye la Asunción, el resultado es el vacío absoluto. Tampoco hay registros de los tres primeros siglos del cristianismo. La idea apareció por primera vez en textos apócrifos de finales del siglo V conocidos como el Transitus Mariae (El tránsito de María). Las comunidades primitivas sabían dónde estaban enterrados Pedro, Pablo o Juan, pero el cuerpo de María desapareció del registro histórico. Ante ese vacío, la narrativa popular tejió la leyenda de que los ángeles se la habían llevado al cielo. Pío XII, saliendo de los traumas y horrores materiales de la Segunda Guerra Mundial, vio en la Asunción una forma de ofrecer esperanza metafísica a una humanidad golpeada, elevando el cuerpo de la Virgen como un símbolo de glorificación futura.

Visto con el bisturí de la historia, la Inmaculada Concepción y la Asunción no nacieron de la revelación de fuentes primarias ni del registro de los apóstoles. Fueron la conclusión lógica de una teología que, al haber deificado a María en el siglo V, se vio obligada a seguir creando dogmas para justificar su estatus celestial. Se inventó una María que no pertenece a este mundo, una figura tan perfecta que terminó perdiendo su conexión con la mujer real de Nazaret.

Para cerrar nuestro análisis con absoluta transparencia y respeto, es momento de cruzar el puente hacia el terreno de la fe y compartir mi perspectiva personal como miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

A lo largo de todo lo que lo dicho hemos visto cómo la historia humana pendula entre dos extremos: por un lado, la teología tradicional que elevó a María hasta sentarla en un trono divino inaccesible; por el otro, ciertos sectores del protestantismo que, en su afán de alejarse del dogma católico, terminaron relegándola a la indiferencia o al olvido, casi como un personaje secundario sin valor.

La Restauración del Evangelio rompe con ese péndulo y acomoda las cosas en su justo lugar. Desde la perspectiva SUD, nosotros no deificamos a María, pero la respetamos y la honramos profundamente. No existe en nuestra teología la adoración a María, los rezos dirigidos a ella, ni la creencia de que actúe como una co-redentora o intercesora celestial. Para nosotros, el plano espiritual y el camino de salvación tienen un solo centro inamovible, y ese centro es Jesucristo, bajo la dirección de nuestro Padre Celestial.

Esta reverencia equilibrada hacia ella está bellamente plasmada en las páginas del Libro de Mormón. Siglos antes de que Jesús naciera en Judea, los profetas nefitas ya habían contemplado la nobleza de su madre en visiones. En 1 Nefi 11:13-18, el profeta ve en una visión a la ciudad de Nazaret y describe a María como "una virgen, y era más hermosa y pura que toda otra virgen". El ángel de la visión le explica con total claridad su función: ella sería "la madre del Hijo de Dios, según la carne". Años más tarde, el profeta Alma testifica en Alma 7:10 que el Salvador nacería de María, a quien describe como "una vasija preciosa y escogida".

Estas escrituras delimitan con precisión el bisturí teológico: María es una vasija pura, escogida y bendecida entre todas las mujeres para cumplir la misión material más sagrada de la historia humana, pero sigue siendo un ser humano, una hija de Dios que necesitó de la expiación de su propio Hijo tanto como cualquiera de nosotros.

Las Escrituras de la Restauración son categóricas al señalar que no hay jerarquías intermedias ni atajos en el cielo. En Doctrina y Convenios 130:22 entendemos con claridad la naturaleza física y separada del Padre y del Hijo, y cómo operan en perfecta unidad de propósito. Pero cuando se trata de la salvación de la humanidad, el registro del Libro de Mormón en 2 Nefi 9:41 nos regala una de las analogías más hermosas y contundentes sobre quién tiene la autoridad absoluta:

"¡Oh, cuán santo es nuestro Dios! Pues él sabe todas las cosas, y no hay nada que no conozca. Y él viene al mundo para salvar a todos los hombres, si estos escuchan su voz... Venid al Señor, el Santo; acordaos de que sus sendas son justas. He aquí, la vía para el hombre es angosta, pero directa ante él; y el guardián de la puerta es el Santo de Israel; y él no emplea ningún sirviente allí..."

El guardián de la puerta es Cristo mismo; Él no comisiona a ningún sirviente, ni a ningún ángel, ni a su propia madre terrenal para otorgar el acceso a la vida eterna. La salvación es directa, personal y exclusiva a través de su sacrificio.

Nuestros líderes modernos han reafirmado esta postura con un equilibrio perfecto entre admiración histórica y fidelidad doctrinal. El élder Bruce R. McConkie, en su momento, dejó claro este sentimiento que compartimos en el foro:

"No debemos centrar nuestra atención en María, sino en el Hijo que ella dio a luz. No la adoramos, ni le rezamos, ni le atribuimos poderes divinos que pertenecen solo a Dios. Sin embargo, no podemos menos que honrar de manera suprema a aquella a quien el Señor eligió para ser la madre de Su Unigénito según la carne".

Asimismo, el presidente Gordon B. Hinckley enfatizó la devoción exclusiva que define nuestra fe:

"Nuestra adoración pertenece solo a Dios, nuestro Padre Eterno, y a Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo. A Ellos dirigimos nuestras oraciones y en Ellos depositamos nuestra fe. Honramos a María como la madre terrenal del Redentor del mundo, una mujer de fe inquebrantable, pero reconocemos que la salvación viene únicamente por medio de los méritos y la misericordia de Cristo".

Al mirar a María a través de este lente, descubrimos que no hace falta inventarle coronas de oro ni dogmas políticos para valorar su grandeza. Su verdadero legado no está en los títulos pomposos que el tiempo le fabricó, sino en esa respuesta humilde, valiente y profundamente humana que le dio al ángel en Lucas: "Hágase en mí según tu palabra". Esa es la María del foro: una mujer real, un ejemplo extraordinario de sumisión a la voluntad divina y la madre del único Salvador del mundo.

Querida comunidad de nuestro foro: Después de recorrer los pasillos de la historia y desarmar con el bisturí los dogmas políticos que el tiempo le fue añadiendo a la humilde María de Nazaret, es inevitable sentir un profundo alivio al regresar a las páginas sencillas y transparentes de las Escrituras. Cuando quitamos las capas de tradiciones e invenciones humanas, la Biblia brilla con una claridad asombrosa.

Los invito a abrir sus textos sagrados y a contemplar la pureza del plan divino. La Biblia no es un laberinto de intercesores, santos ni deidades intermediarias. Su mensaje es directo, directo al corazón: Jesucristo es el único camino, el único puente y medio de salvación provisto por el Padre para la humanidad.

Para comprender que este diseño es un hilo de oro inquebrantable que amarra toda la palabra de Dios, los invito a escudriñar este recorrido absoluto, trazado desde las profecías del Antiguo Testamento, pasando por el testimonio de los Evangelios, las cartas de los Apóstoles, hasta la victoria final en el Apocalipsis. La revelación completa de la Biblia deja claro que fuera de Cristo no existe ningún otro salvador, mediador ni protector en el cielo:

El Fundamento Profético (Antiguo Testamento)

  • Isaías 43:11. "Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve".

  • Oseas 13:4. "Mas yo soy Jehová tu Dios desde la tierra de Egipto; no conocerás, pues, otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí".

  • Salmos 49:7-8. "Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)".

  • Isaías 45:21-22. "Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro hay fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más".

El Testimonio de Cristo y sus Testigos (Evangelios y Hechos)

  • Juan 14:6. "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí".

  • Hechos 4:12. "Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos".

  • Juan 10:9. "Yo soy la puerta; el que por mí baje, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos".

La Doctrina de los Apóstoles (Epístolas)

  • 1 Timoteo 2:5. "Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre".

  • Hebreos 7:25. "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos".

  • Romanos 5:1. "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo".

  • 1 Juan 2:1. "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo".

La Victoria Final (Apocalipsis)

  • Apocalipsis 7:10. "Y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero".

  • Apocalipsis 1:17-18. "No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades".

  • Apocalipsis 22:13. "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último".

La historia nos muestra que los hombres tienden a complicar lo divino creando tronos, coronas y dogmas artificiales por necesidad de cercanía. Pero la verdad bíblica, de principio a fin, nos abraza con una simplicidad hermosa: no necesitas escalar jerarquías místicas ni rogarle a intermediarios materiales para ser escuchado. Las llaves del cielo y de la eternidad no están en manos de ninguna criatura, sino en las del Cordero de Dios. Miremos únicamente a Cristo, el autor y consumador de la fe.

Respuestas

  • Ovid

    Maria saliendo a buscar a un hijo del que dicen que perdio el juicio, esa escena de Marcos me parece la mas cercana de todo el texto. Apuesto a que es la version de ella que mas gente reconoce en su propia casa, con corona o sin corona. Y Cirilo repartiendo oro en Efeso me sono a politica de ahora mismo hahaha. Gracias por seguir con la serie!

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  • EvaMontero

    Leo esto desde la novena de diciembre en mi cuadra, que la arman vecinos que no pisan la iglesia el resto del año y rezan igual. Ninguno sabe qué pasó en Éfeso y no creo que les importe. La que reconozco es la de la ropa y el pan, la vecina que criaba hijos: así la tengo yo, con las manos ocupadas. ¿Creciste con una estampita de ella en la casa antes de llegar a esto?

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