Cuando dejamos de sentir.
Hay personas que no están tristes. No están enojadas. No están atravesando una crisis. Simplemente, un día dejaron de entusiasmarse. Las cosas siguen pasando. Se levantan, trabajan, responden mensajes, cumplen años, salen a cenar, se ríen cuando corresponde.
La vida continúa.
Sólo que algo adentro parece haberse quedado quieto. Y cuando alguien pregunta:
—¿Qué te pasa?
Responden:
—Nada.
Quizás ese "nada" sea una de las palabras más difíciles de escuchar. Porque detrás de ella puede haber cansancio. Una decepción que nunca terminó de procesarse. Un corazón que aprendió a protegerse. O simplemente demasiados años viviendo en automático. Hay una forma de tristeza que llora. Y hay otra que se acostumbra. Esta conversación es para quienes alguna vez sintieron que dejaron de esperar algo de la vida. Para quienes ya no saben qué les gusta. Para quienes dicen "me da igual" demasiado seguido. Para quienes alguna vez fueron apasionados y hoy se preguntan dónde quedó aquella persona. No vamos a hablar de cómo volver a ser quienes fuimos. Quizás eso tampoco sea necesario. Vamos a hablar de algo más pequeño. De la curiosidad. De una chispa. De ese instante casi imperceptible en el que algo vuelve a despertar adentro y nos hace pensar:
"¿Y si todavía hay algo que me pueda sorprender?"
Porque quizás no necesitamos volver a sentirlo todo. Quizás, por ahora, alcanza con sentir algo.
Prepara un mate. Hoy la conversación va sobre lo que ocurre cuando dejamos de sentir.
PILOTO AUTOMATICO DE SUPERVIVENCIA ADQUIRIDA
La luz del sol de media tarde entra por la ventana. Afuera está helado. Adentro la estufa a leña se lleva el protagonismo dando la calidez al living. El mate recién hecho y el ruidito al finalizarlo crean el ambiente ideal para dar lugar a todo lo que en la mente pesa y cae en nuestro cuerpo.
La mochila se siente pesada de lejos. Pero de cerca podremos ir vaciándola mientras charlamos.
(Ruido de mate)
—Creo que ya no me entusiasma nada.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni siquiera las cosas que antes te gustaban?
—Me gustan. Pero no me pasa nada con ellas.
—¿Hace cuánto?
—No sé. Mucho.
(Silencio)
No parecía preocuparse. Parecía pensar dónde comenzar a preguntar de nuevo.
(Ruido de mate)
—¿Estás triste?
—No.
—¿Enojado?
—Tampoco.
—¿Entonces qué sentís?
La persona levantó los hombros.
—Nada.
—Ese "nada" puede esconder muchas cosas.
—¿Cómo cuáles?
—Cansancio. Desilusión. Miedo. Aburrimiento. O simplemente haberte acostumbrado a vivir sin esperar demasiado.
—¿Y eso es tan grave?
—No necesariamente…
Pero, hay una diferencia entre estar en paz y estar desconectado.
—¿Cuál?
—La paz se siente liviana.
La desconexión se siente vacía.
(Silencio)
—Creo que me cansé de entusiasmarme.
—¿Por qué?
—Porque después las cosas no salen como esperaba.
—Entonces aprendiste una estrategia.
—¿Cuál?
—No esperar nada para no decepcionarte.
La persona sonrió.
—Puede ser.
—Es una estrategia bastante inteligente.
—¿Ves?
—Sí. Inteligente.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Que funciona.
—¿Y eso es malo?
—Funciona tan bien que también evita que algo bueno pueda sorprenderte.
(Silencio)
— ¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
— Que algunas personas no pierden la pasión.
Aprenden a esconderla.
—¿Por qué?
— Porque alguna vez mostraron demasiado entusiasmo y alguien se burló. Porque quisieron algo y no lo consiguieron. Porque amaron y los dejaron. Porque hicieron un proyecto y fracasó. Porque soñaron en voz alta y alguien les dijo que era imposible.
Y un día descubrieron algo muy cómodo:
Si no espero nada, nada puede decepcionarme.
—¿Entonces la indiferencia es una defensa?
—A veces.
—¿Y cómo se sale?
—No sé si se sale de golpe.
Quizás se empieza con algo mucho más pequeño.
Volver a tener curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Sí.
Antes de preguntarte qué te apasiona, preguntate qué todavía despierta tu curiosidad.
¿Qué tema te hace quedarte leyendo cinco minutos más?¿Qué canción todavía te mueve algo?¿Qué lugar te gustaría conocer?¿Qué conversación te gustaría tener?¿Qué cosa harías, aunque nadie fuera a verla?
La pasión no siempre vuelve como un incendio. A veces vuelve como una pequeña chispa.
Y hay que dejarla existir. Darle aire.
—¿Y si no vuelve?
—Entonces habrá que dejar de perseguir una versión de vos que ya no existe.
—¿Qué querés decir?
—Quizás estás esperando volver a sentir exactamente lo que sentías a los veinte.
Pero ya no sos esa persona. Tal vez no necesitás recuperar tu antigua pasión.
Tal vez necesitás descubrir una nueva.
—¿Sabés qué me preocupa? —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Que ya me acostumbré.
—¿A qué?
—A vivir así.
Se miraron durante unos segundos.
—Ese es el verdadero peligro.
No estar vacío. Sino acostumbrarte al vacío. Porque cuando uno se acostumbra, deja de preguntarse qué podría haber del otro lado.
La persona miró por la ventana y finalizó el sorbo del mate.
—¿Vos creés que todavía puedo volver a sentir algo fuerte?
—Sí.
—¿Cómo estás tan segura?
—No lo estoy.
—Entonces... Pero acabás de hacerme una pregunta.
—¿Y?
Hace un rato decías que nada te importaba.
Ahora querés saber si todavía podés sentir. Quizás esa sea tu primera señal.
No estás vacío. Estás buscando una puerta. O mejor aún una ventana.
—¿Y si la encontramos?
Sonrieron.
(Silencio)
—No hace falta encontrarla hoy.
Por ahora alcanza con no volver a cerrarla.
Porque quizás la pasión no sea esa enorme emoción que imaginamos.
Quizás sea algo mucho más sencillo. Levantarte una mañana y pensar:
"Tengo ganas de ver qué pasa."
Y después de tanto tiempo...
volver a tener ganas de ver qué pasa
ya es muchísimo.