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El Café del Pesquisidor

DaveOaks
Pensamiento

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Isaura

Chuta, la viuda de luto riguroso abriéndole la puerta al pesquisidor la misma tarde del entierro de su víctima. Esa cena se le va a hacer bien larga, mijo.

Chuta, la viuda de luto riguroso abriéndole la puerta al pesquisidor la misma tarde del entierro de su víctima. Esa cena se le va a hacer bien larga, mijo.

Contenido de la publicación

Es una colaboración de la historia del Arcón de Alecha de @Amortes22

El polvo de ceniza helada que el Hombre de Negro había dejado en el patio apenas comenzaba a dispersarse con la brisa sofocante de Mariara, pero sus palabras ya habían echado raíces en la mente de Alecha. «Lloras como una fiera acorralada... El mal no pide perdón, se ejerce».

El dolor punzante en las plantas de sus pies, el eco físico de su propia culpa, aún latía sordamente bajo su piel, pero Alecha se obligó a caminar sobre él. Esa misma tarde se había enfundado en un luto riguroso, cargado de encajes negros y velos tupidos, y había asistido al entierro de su última víctima. Lloró con cinismo frente a la tumba, consoló a los deudos y caminó entre la multitud con la majestuosidad de una santa. Todo era una farsa perfecta.

Al regresar a la inmensa casona gris, el silencio de la soledad la abrazó. Había expulsado a la servidumbre tiempo atrás; nadie respiraba bajo aquel techo tejado salvo ella. Fue entonces, en esa quietud asfixiante, cuando los pesados golpes de la aldaba de hierro resonaron en la puerta principal.

En el umbral aguardaba la figura erguida de un forastero. Su traje de paño revelaba un corte refinado, aunque cubierto por el polvo del camino, y su rostro estaba surcado por las arrugas de quien ha escuchado demasiadas mentiras. Sus ojos, de un castaño opaco y analítico, barrieron la fachada de la casona antes de posarse en los velos de Alecha.

—Doña Alecha Ydalgo, supongo —dijo el hombre, quitándose el sombrero con una leve inclinación—. Soy Don Ignacio Vallenilla, Juez Pesquisidor de la Capitanía General. Los expedientes en Valencia hablan profusamente de su devoción y de su infortunio reciente. Lamento importunarla en un día de duelo.

Alecha no parpadeó. La fiera en su interior despertó, evaluando la amenaza con un cálculo helado. Comprendió al instante que el hombre venía preparado; había estudiado los papeles antes de pisar Mariara.

—La casa de los Ydalgo siempre está abierta a la ley, señor Juez. Pase usted. El sol de Mariara marchita hasta las piedras.

El salón principal los envolvió en una penumbra cómplice. Mientras Alecha servía dos tazas de café humeante en su vajilla de porcelana china, Don Ignacio caminaba lentamente por la estancia, observando los muebles de cedro y las pesadas cortinas con una curiosidad casi felina.

—Es una propiedad magnífica, señora Ydalgo —comentó el juez, aceptando la taza por el asa delgada—. Sin embargo, resulta peculiar. Una mujer de su alcurnia... y no he visto a un solo esclavo desde que crucé el portón. El silencio aquí es casi absoluto.

—La tragedia exige recogimiento, Don Ignacio —respondió ella, sentándose frente a él con una postura inmaculada—. Las mentes de los sirvientes son dadas al alboroto. En esta casa, el silencio es mi forma de encontrar paz.

El juez dio un pequeño sorbo al café. Sus ojos no se apartaban del rostro pálido de Alecha.

—La paz es un bien escaso en los registros de defunción de este valle —murmuró Vallenilla, bajando la taza—. Don Ernesto era un hombre vigoroso. Y es el tercer hacendado en dos años que se acuesta sano y amanece frío. Los médicos locales hablan de fiebres repentinas, pero un hombre con fiebre suda, ensucia las sábanas, lucha. Estos muertos, en cambio, parecen haber sido arrullados. Quería saber si usted, que conoce a todas las familias, ha notado alguna enemistad oculta o algún interés de tierras que haya pasado desapercibido.

Alecha percibió la fina red que el juez intentaba tejer a su alrededor. No la acusaba directamente, pero la obligaba a caminar por el borde del abismo. Decidió jugar su carta más antigua. Se recostó en el sillón, dejando que la luz mortecina del atardecer recortara la curva de su cuello pálido. Moduló su voz, impregnándola de una vulnerabilidad exquisitamente falsa.

—Es usted un hombre muy perspicaz, Don Ignacio. Entienda que para una mujer que vive sola, sin protección, este tipo de preguntas generan zozobra. —Lo miró fijamente, humedeciendo sus labios—. Desearía tener respuestas para las sombras que acechan a los hombres del valle, pero si me conociera un poco más, sabría que mis manos solo saben dar cobijo.

Vallenilla la observó en silencio. Tras la taza, su mente fría desmenuzaba la escena. Era un perro viejo en estas lides; había visto a mujeres más hermosas llorar lágrimas de cristal sobre fosos recién cavados. Intuía perfectamente el juego de seducción que se desplegaba ante él, pero sabía que confrontarla cerraría la puerta a la verdad. Debía mantenerla confiada.

—Agradezco su hospitalidad, señora —respondió el juez con una cortesía de hielo, sin ceder un milímetro a su encanto—. Pero en mi oficio, el cobijo de una dama no despeja las dudas de la ley. Me guío por el terreno y las circunstancias.

Alecha sintió una chispa de profunda admiración. El rechazo sutil confirmaba que estaba ante un oponente formidable. Cambió su postura al instante, abandonando a la viuda frágil para adoptar la altivez de una reina.

—Respeto su rigor, señor Juez —concedió ella con una sonrisa enigmática—. Si vamos a hablar de circunstancias, hablemos de su viaje. Seguramente se detuvo en la plaza del pueblo. El posadero o el cura le habrán llenado la cabeza de teorías locales antes de dirigirlo hacia mi puerta. ¿Qué le dijeron de mí para que viniera con las garras afiladas?

Don Ignacio acomodó su peso en el sillón. Sabía que Alecha estaba tanteando el terreno, buscando averiguar cuánta información poseía, pero su propio orgullo profesional le dictó la respuesta.

—Prefiero no contaminar mi juicio con chismes de taberna, doña Alecha. Viajo con discreción absoluta. Tomé el camino real desde Valencia y me adentré directamente en sus tierras sin pisar el pueblo. Salvo el Gobernador en la capital, nadie sabe que he llegado a Mariara. Quería que mi primera entrevista fuera limpia. —Vallenilla entrecerró los ojos, atrapando la mirada de la mujer—. ¿Acaso le preocupa quién me haya visto llegar a su propiedad?

—Me preocupa su seguridad en estos caminos solitarios, Don Ignacio —respondió Alecha sin parpadear, ocultando el salto victorioso de su corazón tras el borde de la taza.

El sabueso había enseñado el cuello. Creía estar acorralándola con sus interrogatorios velados, pero al confirmar que no había dejado testigos en el pueblo ni mulas de carga en la plaza, le había entregado la llave de su propio destino.

—Como autoridad, esta casa está a su disposición para investigar —dijo Alecha, poniéndose en pie con una elegancia perezosa—. Pero como anfitriona, le exijo que cene conmigo esta noche antes de continuar. Iré a la cocina a preparar algo digno de nuestro encuentro.

Mientras le daba la espalda y se adentraba en el largo pasillo sumido en las sombras, la respiración de Alecha se volvió rítmica, casi eufórica. La culpa se había disipado por completo. Ahora, la verdadera tortura era la elección. Su mente recorría febrilmente la inmensa arquitectura de la casona gris. Descartó su alcoba; la sangre arruinaría el cedro de su baúl. Descartó los jardines; los perros de los peones vecinos tenían buen olfato para la tierra removida. ¿Sería el sótano de secado de tabaco bajo las caballerizas? ¿O quizás el viejo aljibe seco en el linde del bosque arcano, donde la maleza tragaría el cuerpo y el caballo sin dejar memoria? La duda le provocaba un placer oscuro y vibrante. Caminó hacia la cocina saboreando el misterio de la noche, debatiendo consigo misma el escenario perfecto para su gran obra.

Thoughts

  • Isaura

    Chuta, la viuda de luto riguroso abriéndole la puerta al pesquisidor la misma tarde del entierro de su víctima. Esa cena se le va a hacer bien larga, mijo.

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  • acta_no_leyenda

    Don Ignacio llegando solo me hizo ruido, pues. Hasta donde sé, un pesquisidor solía andar con escribano para levantar acta. Y él mismo cuenta que salvo el Gobernador nadie sabe que llegó. Si en Valencia no lo echan en falta pronto, Alecha tiene la noche entera.

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  • Amortes22

    El juez está buscado lo que no quiere encontrar!!! Alecha debe pensar y actuar rápido le están pisando los pasos...!! Aunque a la fecha nadie ha descubierto lo que dicen de ella!!!

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