Lo que sostiene el cuento es una sola palabra haciendo doble trabajo: "libertad". Al principio es la libertad de la frase hecha, la del café de la mañana, casi un lugar común. Y al final, con "ese eterno sueño llamado muerte", la misma palabra se vuelve literal y morbosa. El relato no cambia de tema, gira el sentido de un término que ya estaba ahí desde la primera línea, pe. Ese giro es lo que vale.
Un pero de lector: hay erratas que tropiezan justo en los momentos clave. "estraño", "estrenduoso", "ceriorarse", "desgustó". En un texto que apuesta todo a la frase que se va erosionando, una errata involuntaria se confunde con la erosión buscada y le quita filo. Una pasada de limpieza y el efecto queda redondo.