Sí, soy el bobo.
El bobo que todos buscan cuando hace falta una mano. El que se carga trabajo que no le corresponde. El que pone el hombro para que las cosas sigan funcionando.
Y sí, tal vez algunos crean que mi trabajo es una tontería. Que pierdo el tiempo resolviendo problemas ajenos, enseñando o ayudando cuando podría ocuparme únicamente de lo mío.
Pero prefiero construir algo que nos haga avanzar a todos antes que levantar un éxito que solo me beneficie a mí.
Claro que quiero hacer las cosas bien. Todos queremos hacerlo. Pero entendí que, cuando el objetivo es algo más grande que uno mismo, a veces hay que animarse a actuar antes de tener todas las respuestas.
Hay que asumir riesgos.
Porque quien nunca se equivoca, muchas veces es quien nunca se animó a hacer más de lo que le correspondía.
Prefiero intentar, aprender y corregir sobre la marcha. Prefiero colocar siete ladrillos hoy, aunque dos queden torcidos, para que mañana pueda colocar cinco perfectamente. Esos cinco bien puestos, nacidos de la experiencia, ayudan mucho más que un único ladrillo impecable colocado por alguien que nunca salió de su zona de comodidad.
No defiendo el error. Defiendo el valor de aprender mientras se construye.
Así que sí, soy ese bobo.
El que pone en riesgo su propio trasero para que otros puedan avanzar. El que se estresa. El que carga más de la cuenta. El que está cuando hace falta.
Porque, al final, si gracias a eso alguien pudo seguir adelante, entonces nunca fui el bobo.
Solo fui alguien que entendió que construir para todos siempre vale más que construir únicamente para uno mismo.