Fui traicionada cuando tenía el corazón más puro y sincero, y creo que nunca voy a olvidar eso.
No porque quiera vivir aferrada al pasado ni porque quiera guardar rencor, sino porque hay heridas que no se quedan únicamente por lo que hicieron, sino por quién eras tú cuando sucedieron.
Yo no estaba jugando. No estaba fingiendo sentimientos ni buscando hacerle daño a nadie. Estaba dando lo mejor de mí desde un lugar completamente sincero. Confiaba, creía en las palabras, en las promesas, en la idea de que cuando entregas tu corazón con buenas intenciones, la otra persona va a cuidarlo de la misma manera.
Y quizá esa fue la parte que más me dolió.
Descubrir que mientras yo estaba siendo completamente sincera, alguien estaba siendo capaz de traicionarme.
Después de eso empecé a cuestionarme muchas cosas. Me pregunté si había sido demasiado confiada, si había dado demasiado, si debí haber visto las señales antes. Incluso llegué a pensar que tal vez tener un corazón así era un error.
Pero con el tiempo entendí que no.
Mi sinceridad nunca fue el problema. Mi manera de querer nunca fue una vergüenza. Confiar en alguien no me hace ingenua; lo que habla de una persona es lo que decide hacer con la confianza que recibe.
Lo que sí cambió fue algo dentro de mí.
Ya no entrego mi confianza de la misma manera. Ya no creo solamente en las palabras; observo los hechos. Ya no ignoro lo que siento por miedo a perder a alguien. Y aprendí que tener un corazón bueno no significa permitir que cualquiera tenga acceso a él.
Nunca voy a olvidar que me traicionaron cuando más sincera era.
Pero tampoco quiero olvidar quién era yo antes de que eso sucediera.
Porque esa versión de mí, la que todavía sabía confiar sin miedo, la que quería bonito y creía en las personas, no merece desaparecer por culpa de alguien que no supo valorar lo que tenía delante.
Quizá sanar no sea volver a ser exactamente la misma.
Quizá sea aprender a conservar lo bonito de quien eras, pero con la sabiduría que te dejó todo aquello que alguna vez te rompió.