Cada cierto tiempo aparecen personas debajo de la tierra, mismas que nos vienen a explicar su fórmula estúpida de la vida.
No te pregunté. Te escucho porque tengo modales, pero tú y tus consejos valen más madre que un lunes por la mañana.
Me dices que todo pasa, que hay que echarle ganas, que mañana será diferente.
Qué bonito suena cuando no eres tú quien tiene que despertar con las ganas de no hacerlo.
Hablas de salir adelante como si uno supiera siquiera hacia dónde carajos queda adelante.
Me dices que piense positivo, que deje atrás lo que me hace daño, que aprenda a soltar.
Y yo asiento, sonrío y finjo que entiendo, porque explicar que llevo años intentando soltarme a mí mismo sería demasiado incómodo para una conversación de cinco minutos.
No necesito que me digas que la vida es hermosa.
Ya sé que lo es. Ese es precisamente el problema.
Hay días en los que puedo verla y no sentir absolutamente nada.
Y entonces apareces tú, con tus frases de calendario y tu optimismo de oferta, convencido de que descubriste el secreto de existir porque una vez tuviste una mala semana.
No sabes lo que pesa levantarse cuando dormir es lo único que parece tener sentido.
No sabes lo agotador que es fingir que estás bien para no convertirte en una preocupación más.
No sabes cuántas veces uno dice “estoy cansado” cuando en realidad quiere decir “ya no sé cuánto tiempo puedo seguir fingiendo que esto no me está destruyendo”.
Pero tranquilo.
No te pregunté.
Solo te escucho.
Porque todavía me quedan modales.
Y quizá eso sea lo más triste de todo:
que incluso cuando estoy hecho pedazos, todavía encuentro la manera de hacerte sentir cómodo mientras me explicas cómo debería arreglarme.
No, no estoy bien, pero mírame sonriendo...