En un rincón tranquilo del parque, bajo la sombra de un viejo árbol, conversaban el Amor y la Amistad.
La Amistad, con un suspiro en la voz, le preguntó al Amor:
—¿Por qué cuando las personas se enamoran me dejan de lado? ¿Será que no soy suficiente, si yo también les entrego mi amor?
El Amor, mirándola con dulzura, le respondió:
—No es que no seas suficiente. Es que cuando se enamoran, se entregan de tal manera y lo dan todo, que en medio de ese torbellino se olvidan de mirar a su alrededor.
—Pero cuando tú ya no estás o les rompen el corazón, vuelven corriendo a mí —dijo la Amistad con tristeza—. ¿Acaso solo soy un reemplazo? ¿Es que no soy tan importante como tú?
El Amor sonrió con nostalgia, negó suavemente con la cabeza y le dijo:
—Jamás pienses eso. Tú no eres un reemplazo, eres el refugio. Cuando ellos sufren por mí, te buscan a ti porque solo tu amor es capaz de curar las heridas que yo dejo, devolverles la fe y ayudarlos a sanar para que vuelvan a amar.
La Amistad entendió entonces que mientras el Amor a veces enceguece, la Amistad siempre abraza y permanece.