Antes de ti, yo era un sistema en reposo, una masa inerte bajo la ley de la inercia, ignorando que el vacío no se mide en espacio, sino en la ausencia de tu calor.
Pero entraste en mi campo de fuerza y la matematica de mi vida se alteró por completo.
Dejé de ser una cifra solitaria para ser una suma,
una progresión geométrica de deseos que no se pueden contar, porque tu boca y la mía son un infinito que no cabe en ningún papel.
Es química pura, una reacción en cadena:
mis neurotransmisores disparan señales de fuego al verte, un intercambio de electrones cuando nuestras pieles se rozan, rompiendo el equilibrio, liberando una energía que no se crea ni se destruye, solo se transforma en este beso.
Y ahí entra la física de lo inevitable, esa atracción de masas que nos obliga a chocar.
No hay fricción que detenga el impulso de mis manos sobre tu espalda, ni gravedad que me mantenga de pie si me miras con ansia.
Es una caída libre hacia el centro de tu fuego,
donde el tiempo se curva y el espacio se detiene.
Somos el resultado exacto de una fórmula perfecta:
Dos cuerpos, un impacto, y una pasión
que desafía cualquier ley que el hombre haya escrito.
Tú eres mi variable, mi constante y mi destino,
la única respuesta que mi corazón sabe calcular.