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El amor es una mala costumbre

Tintacarmesi

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Yo te quise, criatura, como se quiere al pan cuando hay hambruna, como la tierra quiere que la llueva un cielo que no sabe de ternura.

Te quise tanto, tanto, que se me hizo costumbre la desgracia, y confundí tus besos con milagros y tus mentiras con palabras santas.

¡Ay, amor, qué cosa más idiota! Una se pone el alma de rodillas, le ofrece al otro hasta la última gota y el otro anda buscando otra mejilla.

Mi madre me decía: «No entregues todo el corazón, mi niño». Pero yo, que de sabio no tenía ni la mitad de un grano de trigo, te di hasta lo que nunca había tenido.

Y tú, tan inocente, tan parecido a un santo de mentira, me prometiste amor eternamente. ¡Qué corta fue tu pobre eternidad, Dios mío!

Yo te esperaba al borde de la tarde, con una flor marchita entre las manos, mientras tú, muy tranquilo, vivías sin saber que yo existía.

¡Qué hermoso sacrificio! ¡Qué estupenda estupidez la mía!

Dicen que amar es dar sin pedir nada. ¡Pues vaya negocio miserable! Yo puse el corazón, la casa, el alma, y tú pusiste excusas en la mesa.

A veces pienso, amor, que habría sido mejor criar gallinas: ellas, por lo menos, devuelven algún huevo por el trigo.

Pero no creas que te guardo odio. El odio exige una dedicación que ya no pienso regalarte.

Te bendigo, criatura, con esta bendición de tierra seca: que nunca te haga falta quien te quiera, pero que alguna vez comprendas lo que es llamar a una puerta y escuchar que nadie llega.

Yo seguiré viviendo. Regaré las albahacas, barreré las cenizas de la pieza, lavaré de mis sábanas tu nombre y pondré a hervir el agua de la pena.

Porque el amor, mi niño, no siempre es esa cosa celestial que predican los curas y los poetas.

A veces es un hombre que se marcha sin cerrar la puerta.

Y otro hombre, más tonto todavía, que se queda cuidando que no entre el frío.

Hasta que un día comprende que la casa era suya, que el invierno era suyo, que suya era la vida.

Y que el amor, después de tanta muerte, no era morirse por alguien.

Era aprender, por fin, a no enterrarse vivo.

Thoughts

  • picaflores

    Vea, regar las albahacas y barrer la pieza es lo que hacía la gente de antes después de un entierro: seguir con la casa. Ahí ya va saliendo, aunque el poema todavía diga que no.

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  • morito

    Las gallinas que por lo menos devuelven un huevo por el trigo, eso es puro Parra po. El poema se ríe de sí mismo justo antes de ponerse serio.

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Yo te quise, criatura, como se quiere al pan cuando hay hambruna, como la tierra quiere que la llueva un cielo que no sabe de ternura.

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