La noche transcurría silenciosa. Apenas, un ladrido en las lejanías y nada más.
Luis trabajaba como guardia en aquella enorme casa a medio construir. Había pasado un año desde que comenzó, por lo que tenía ya su rutina: llegar a las 10 de la noche, checar, revisar las novedades del día y pedir instrucciones al turno que salía.
Esa noche no era diferente.
Cerca de la 1 de la mañana. Puso el agua en un pocillo para su segundo café, lo dejó en una parrilla y salió. Fue a dar un rondín por la instalación. Salió de la caseta con las llaves colgadas en su cintura mismas que sonaban a cada paso, además en una mano su linterna y en la otra una radio que nunca había ocupado.
Camino por el sendero principal para entrar a la casa. El clima era húmedo y frío. No se sorprendió al ver una delgada capa de niebla en el pasto de alrededor. Al llegar a la puerta, tomo las llaves y abrió. La casa era enorme.
—¿Cuándo van a acabar?
Ya dentro el sonido de sus pasos se amplificaba por el eco.
Justo al frente de él estaban las escaleras principales. Subió al primer piso.
Y comenzó a revisar las habitaciones del ala izquierda a la derecha.
En la primera estaba una ventana que daba hacia donde estaba la caseta. Puso sus manos en el marco y se asomó.
—Que chingona vista. —Dijo mientras el aire frío le daba de lleno en la cara.
Entonces de reojo vio una sombra que se metía rápido en la casa.
—Ah chinga ¿Quién se metió?
Encendió su linterna y salió de la habitación pisando con suavidad.
No se escuchaba nada.
—Si es un ratero, no va a andar haciendo escandalo verdad. —murmuró
Se dirigió hacia las escaleras. Y al llegar recorrió con su linterna la estancia principal mientras bajaba.
Lo único que se movía era la puerta principal por el viento.
En ese momento un escalofrió inicio en su mano y recorrió todo su cuerpo dejándolo frío.
—No mames, no mames…
Había olvidado la radio y esta había vibrado.
La levantó. Nada. Y la apago.
Escuchó pasos rápidos en algún punto de la casa. Se quedo quieto.
Su corazón estaba en su garganta.
—Atrás de la escalera.
Camino hacia la derecha evitando la línea recta. La luz de la linterna vibraba.
—Nada.
Mejor regreso a la caseta. Los héroes mueren jóvenes.
Giro sobre sus pasos. Mirando hacia todos lados.
Al llegar la puerta estaba cerrada.
Alzó su mano y giro la perilla.
Jaló la puerta suavemente. De la nada arañazos en la puerta y un empujón que lo hizo caer.
La linterna y el radio se estrellaron contra el piso.
De la nada, sintió dolor punzante en su pantorrilla.
Giro su cuerpo.
Los dientes de un perro se encajaban en su carne.