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e pensado muchas veces en cómo terminan las cosas

FlavioVicenteLillo
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e pensado muchas veces en cómo terminan las cosas. Hay relaciones que se extinguen lentamente, como una casa que va quedándose sin habitantes hasta que un día nadie recuerda exactamente cuándo dejó…

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Pensamiento

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AEJOVENICH

Creo que a muchas personas nos ha sucedido lo que mencionas al final. Todos tuvimos ese lugar seguro que solamente con su presencia hacía que todo mejorara o estuviera en paz.

Creo que a muchas personas nos ha sucedido lo que mencionas al final. Todos tuvimos ese lugar seguro que solamente con su presencia hacía que todo mejorara o estuviera en paz.

Contenido de la publicación

e pensado muchas veces en cómo terminan las cosas. Hay relaciones que se extinguen lentamente, como una casa que va quedándose sin habitantes hasta que un día nadie recuerda exactamente cuándo dejó de ser hogar. Y hay otras que terminan de pronto, sin ceremonia, con una puerta que se cierra y un silencio que tarda mucho más en desaparecer que cualquier persona.

Lo nuestro terminó de esa segunda manera.

Todavía me cuesta explicar qué pasó sin caer en las versiones fáciles. Podría decir que fue culpa tuya. Podría contar todo aquello que me dolió, enumerar tus ausencias, tus silencios, las veces en que sentí que estabas alejándote mientras yo todavía intentaba acercarme. También podría hacer lo contrario y cargarme con toda la culpa, como si bastara con encontrar un culpable para que una historia terminara de tener sentido. Pero ninguna de las dos cosas sería completamente cierta.

Yo no fui siempre un hombre fácil de querer. Lo sé. Hubo mujeres que me lo dijeron antes que tú, algunas con ternura y otras con el resentimiento de quien ya se cansó de esperar una versión distinta de mí. Durante mucho tiempo pensé que exageraban. Después entendí que quizá tenían razón. He cometido errores, he confundido orgullo con dignidad, distancia con libertad y, algunas veces, indiferencia con una forma de protegerme. He llegado tarde a lugares donde alguien me esperaba y he cerrado puertas que quizá debí mantener abiertas.

Pero contigo ocurrió algo que me desarmó.

Esta vez yo quería hacerlo bien.

No quería ganar una discusión, ni demostrar que tenía razón, ni convertir el amor en una competencia donde uno de los dos tuviera que salir victorioso. Quería quererte. Así de simple y así de difícil. Quería aprender tus silencios, acostumbrarme a tus mañanas, saber cuándo necesitabas compañía y cuándo necesitabas que nadie te preguntara nada. Quería que mi presencia no fuera una carga, sino ese lugar al que se vuelve cuando el mundo se vuelve demasiado pesado.

Y entonces te fuiste.

No hubo una gran tragedia que pudiera señalar con el dedo. No hubo un terremoto que nos separara ni una fecha capaz de explicar por sí sola todo lo que vino después. Hubo algo mucho más cruel: la sensación de que, mientras yo todavía estaba dentro de nuestra historia, tú ya habías comenzado a escribir la tuya lejos de mí.

Recuerdo tu despedida. Recuerdo incluso esos pequeños gestos que, en ese momento, parecían insignificantes y que después se convirtieron en objetos punzantes de la memoria. Te marchaste dejando detrás de ti una habitación llena de cosas que ya no sabían para quién existir. Tus espacios quedaron intactos durante un tiempo, como si alguien pudiera regresar y continuar una conversación interrumpida.

Yo abría cajones buscando cualquier cosa y encontraba tu ausencia.

Había objetos tuyos, sí, pero lo verdaderamente insoportable no era encontrarlos. Era descubrir que ya no significaban lo mismo. Antes una prenda tuya podía ser simplemente una prenda. Después de tu partida podía convertirse en una especie de prueba de que alguna vez habías estado allí. El mundo cotidiano comenzó a llenarse de pequeñas emboscadas.

La taza.

Una fotografía.

Un olor.

Una canción.

Una esquina de la casa.

Cualquier cosa podía devolverte.

Y mientras yo intentaba entender cómo se aprende a vivir sin alguien, la ciudad seguía funcionando con una indiferencia casi ofensiva. Los bares continuaban abiertos. La gente seguía riéndose en las mesas. Los taxis seguían atravesando las calles. Las parejas seguían entrando a los restaurantes y saliendo de ellos como si el amor fuera una cosa segura, permanente, garantizada.

Yo los miraba desde afuera y me parecía que todos conocían un secreto que a mí se me había olvidado.

Entonces comenzaron las noches.

Primero fueron una manera de escapar. Después se transformaron en costumbre. Y finalmente dejaron de ser una elección. Volví a esos lugares donde uno puede sentarse durante horas sin que nadie pregunte por qué tiene la mirada perdida. Lugares donde la música es suficientemente fuerte para impedir que uno escuche sus propios pensamientos y donde las copas llegan antes que las preguntas.

Allí aprendí otra forma de soledad.

Una más ruidosa.

Una en la que siempre hay alguien alrededor y, sin embargo, nadie sabe realmente dónde estás.

Me rodeé de personas que no conocían mi historia y, precisamente por eso, durante un rato resultaban soportables. Podía fingir que no había pasado nada. Podía reírme, conversar, gastar dinero que no debía gastar y regresar a casa cuando ya no quedaba ninguna excusa para seguir afuera.

Pero la noche tiene una crueldad particular: tarde o temprano termina.

Y cuando termina, uno queda a solas con aquello de lo que intentaba escapar.

Yo volvía a casa y encontraba el mismo vacío esperándome.

A veces me preguntaba qué habría pasado si hubiese insistido un poco más. Si hubiera dicho una palabra distinta. Si hubiese entendido antes aquello que tú nunca dijiste del todo. Si hubiera sido menos orgulloso, menos torpe, menos yo.

Después comprendía que hay preguntas que no buscan una respuesta. Solo buscan prolongar la presencia de quien ya no está.

También pensé en buscarte.

Muchas veces.

Escribirte, llamarte, aparecer donde sabía que podía encontrarte. Inventar cualquier pretexto para volver a ocupar aunque fuera un pequeño espacio en tu vida. Pero me detuve. No porque hubiera dejado de quererte, sino porque comprendí que amar a alguien también puede significar no convertir el propio dolor en una obligación para el otro.

No quería perseguirte con flores.

No quería llenar tu puerta de explicaciones.

No quería convertir mis recuerdos en una deuda que tú tuvieras que pagar.

Tampoco quería convertirme en ese hombre que transforma el amor perdido en un interminable expediente de reproches, como si después de una separación hubiera que presentar pruebas para demostrar quién sufrió más.

Así que guardé muchas cosas.

Guardé cartas que nunca envié.

Frases que nunca dije.

Preguntas que probablemente nunca tendrán respuesta.

Guardé incluso algunas versiones de nosotros que solo existen en mi memoria y que quizá jamás existieron exactamente como yo las recuerdo.

Porque la memoria también hace sus propias trampas. A veces embellece lo que dolió. Otras veces exagera las heridas para justificar que todavía duelen.

Y yo, mientras tanto, intentaba olvidarte.

Qué palabra tan arrogante: olvidar.

Como si el corazón fuera una habitación que uno pudiera vaciar simplemente porque ya no quiere vivir allí.

No pude.

Pasaron días. Después semanas. Después meses.

Hubo mañanas en que desperté convencido de que finalmente lo había conseguido. Me levantaba, hacía mis cosas, conversaba con alguien, incluso podía reírme sin sentir que estaba traicionando algo. Pero bastaba una canción, una calle, una determinada hora de la noche, para descubrir que el olvido había sido apenas una tregua.

Me di cuenta entonces de que no estaba aprendiendo a olvidarte.

Estaba aprendiendo a vivir con el hecho de que ya no estabas.

Y eso era distinto.

Mucho más difícil.

Porque olvidar habría sido sencillo: bastaba con que dejaras de importarme. Pero no ocurrió. Lo que cambió fue otra cosa. Poco a poco fui entendiendo que podía quererte sin tenerte, recordarte sin buscarte, extrañarte sin convertir esa ausencia en una razón para destruirme.

Aunque no siempre lo conseguí.

Hubo noches en que volví a perderme.

No voy a disfrazarlo con palabras bonitas. Hubo momentos en que mi tristeza encontró caminos bastante menos dignos que la poesía. Busqué en el alcohol, en la noche, en cuerpos que no significaban nada, en conversaciones que olvidaba antes de llegar a casa. Intenté llenar con ruido un espacio que tenía tu forma.

Y cada vez que lo intentaba, regresaba con menos de mí.

Porque hay vacíos que no se llenan ocupándolos.

Solo se vuelven más oscuros.

A veces pienso que tú nunca supiste cuánto quise quedarme. Quizá viste mis errores, mis contradicciones, mis defectos, todas aquellas cosas que hicieron difícil nuestra historia. Tal vez no alcanzaste a ver el esfuerzo que había detrás de algunas de mis torpezas.

Yo tampoco supe siempre demostrarlo.

Pero te quise.

No como se quiere en las canciones, donde todo parece tener una respuesta hermosa al final. Te quise como quiere la gente de verdad: con miedo, con errores, con contradicciones, con días luminosos y otros en los que ni siquiera uno sabe cómo explicarse a sí mismo.

Y quizá esa sea la parte que más me duele.

Que esta vez yo sí quería aprender.

Quería quedarme cuando fuera difícil.

Quería reparar en lugar de escapar.

Quería descubrir cuánto podía durar algo cuando dos personas deciden no abandonarlo a la primera herida.

Pero tú tomaste otra decisión.

Y tuve que aceptar que el amor no siempre alcanza para convencer a alguien de permanecer.

Desde entonces he aprendido algo que nadie me había enseñado: que una persona puede irse y, aun así, continuar viviendo durante mucho tiempo dentro de otra. Puede desaparecer de una casa y seguir habitando sus habitaciones. Puede dejar de pronunciar tu nombre y, sin embargo, aparecer en cada cosa que alguna vez compartieron.

Tú te fuiste.

Yo me quedé.

Y entre esas dos cosas existe una distancia que ningún taxi, ninguna llamada, ninguna copa y ninguna madrugada ha podido recorrer.

Por eso no te escribo para pedirte que regreses.

Tampoco para que me perdones.

Ni siquiera para que entiendas.

Te escribo porque, después de tanto tiempo, todavía existe una parte de mí que necesitaba decirte que aquella historia no fue pequeña. Que no pasó por mi vida como pasan las cosas que apenas dejan huella. Que hubo un momento en que pensé que podía construir mi vida contigo y que, cuando eso desapareció, tardé mucho en comprender que también tendría que reconstruirme a mí mismo.

Todavía me acuerdo de ti.

Mucho más de lo que quisiera admitir.

Pero ya no corro detrás del recuerdo.

Ahora lo dejo pasar.

A veces se queda.

A veces se marcha.

Y yo sigo aquí.

Quizá eso sea lo más parecido al olvido que he conseguido.

No dejar de quererte.

No convertirte en alguien que nunca existió.

Sino aceptar que fuiste parte de mi vida y que, aunque ya no estés en ella, hubo una época en que tu presencia hizo que el mundo pareciera tener un lugar preciso donde terminar cada noche.

Ahora ese lugar está vacío.

Y, por primera vez, estoy aprendiendo a no llenarlo con cualquiera.

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  • AEJOVENICH

    Creo que a muchas personas nos ha sucedido lo que mencionas al final. Todos tuvimos ese lugar seguro que solamente con su presencia hacía que todo mejorara o estuviera en paz.

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