Me rompí.
Entre oscuridad y luz, una parte de mí se destruyó en pequeños pedazos que te llevaste. Quedé entera, pero en partes. Tan difícil de nombrar. Tan difícil de explicar.
Tuve que descubrir cómo seguir: con lo que ya no está, con lo que quedo. Todo lo que hago se transforma en movimientos pesados, lentos. Me domina el enojo, el desgano, la tristeza... porque no logro entender que no estés. Te sigo esperando; a veces me parece oír tu voz.
Necesito otro abrazo, de esos que solo vos me dabas y reiniciaban mi semana. Un mensaje que me dé ánimos. Me falta el chiste tonto que solo a nosotros nos hacía reír. Ese simple: «—Hola, ¿cómo estás?—» que endulzaba mi vida.
Mi mirada llora todo el tiempo, pero solo a veces dejo salir las lágrimas. El pecho aún se comprime de tal forma que puedo sentir cómo se quiebra. Me detengo, espero que pase... huyo.
Escribo porque llega un momento en que ya nadie quiere oírme y debo evitar una implosión en mí. No quiero destruirme: debo rearmarme. Eso implica acomodar el dolor, atesorarlo hasta que pueda volver a recordar sin romperme.
Por momentos quedo suspendida en el aire. No hay nada que sentir, nada que pensar, nada que mirar. Algo me vuelve a la realidad, que no sé cuál es: no estás.
Pasan los días, las semanas, los meses, y sigo soltando fragmentos. Solo que ahora sonrío. Nadie está para sostener porque para los demás ya pasó, esperan que lo vivido quede atrás; sin saber que mis próximos pasos siguen siendo con tu ausencia, pero con tu esencia.
Nada queda atrás. La tarea más difícil que me dejaste es la de dar una forma nueva a nuestro vínculo y a todo lo que tengo.
Porque seguir es encontrar una nueva versión de mí: una que llora tu partida, pero sonríe a la vida porque te puso en mi camino. La que te agradece todo lo que despertaste, porque cuando me viste, lograste que yo también me vea.