El silencio se instala en los rincones vacíos,
allí donde habita el eco de lo perdido.
Sin ti, al cruzar el umbral de este santuario,
el ruido del universo finalmente se apaga.
Este rincón no es un escondite ni una sombra,
es el lugar sagrado donde la mente descansa,
donde me recobro al fin, pleno y victorioso.
Las manecillas del reloj son verdugos de metal
cuando tu ausencia duplica el tamaño de las horas.
El minutero se arrastra como un invierno largo,
pesado, hostil, sembrando escarcha en las paredes.
Pero al cruzar la puerta de este bastión herido,
el tiempo se vuelve un río desbocado y salvador;
los siglos se compactan en un parpadeo tuyo
y la eternidad se rinde ante la urgencia de tu boca.
Pero cuando el regreso de tu casa viene,
me invade la tristeza en la partida;
quisiera quitar las escaleras de ese piso
que te conducen libremente a irte sin pena,
dejándome a solas, sollozando entre mis realidades.
Incluso en la brevedad de tus pausas,
no permito que la melancolía me gane;
sé bien que perteneces a mi lado,
y sostengo la calma en el silencio...
sabiendo que estás conmigo.