Soy Diego, estudiante de Ingeniería en Sistemas y Computación de segundo semestre. Muchas veces nos hemos visto expuestos a personas que, con sus opiniones y supuestas experiencias, logran hacer clic de una u otra manera en nuestras mentes. A veces, cuando estoy más decaído, me pregunto: ¿Por qué alguien que no vive en mi cabeza, es capaz de atormentarla? Pues, creo que en muchas ocasiones tenemos la respuesta, pero qué complejo que es verla cuando tenemos una bomba de humo al frente.
Soy un ser que vive en automático y que en su niñez y adolescencia no experimentó como debería. Ahora, también soy yo quien paga las consecuencias de mis propios miedos. Sin embargo, nunca entendí por qué no podía tener una pasión como los demás, ser bueno en algún deporte, participar en ciertos eventos, o simplemente destacarme en algo que no fuera sacar un 5.0 en un ensayo de clase.
Pasaban los años y no era consciente de lo mal que lo pasaría después. Mi intención nunca será sonar como un malagradecido, porque al contrario, he tenido oportunidades que muchos no tuvieron. Pero, ¿quién está en el derecho de invalidar mis sentimientos? Nadie. Y eso es indiscutible. Somos humanos, no entendemos de nada si es nuestro cerebro el que se pone por delante, queramos o no, es imposible.
Hace un año salí becado del 100% de la matrícula gracias a mi puntaje en las pruebas de Estado, un puntaje que, sin llegar a ser increíble, me alcanzó para vivir algo que nunca pensé. Fui uno de los afortunados de poder escoger carrera y universidad. Me sentí como un millonario entrando a comprar dulces en tienda de barrio. Tenía un gran catálogo, lleno de programas y, al mismo tiempo, de incertidumbres.
Todo era felicidad, hasta que el plazo de elección iba culminando. Mi cabeza comenzó a abrumarse. Las pocas cosas que me gustaban son reconocidas en mi país por su nefasta salida laboral y escasez de buenos salarios.
¿Entonces? Intenté decidirme por lo que fuera y que, según yo, no me matara del hambre en un futuro.
Lastimosamente, no pude escoger peor. Mi primer semestre no fue tan traumante, recorrí a diario el campus de la universidad más cara del país, conocí personas y lo que se siente responder a tus responsabilidades como universitario, pero me bastaron 4 semanas de segundo para querer olvidar todo aquello.
Sinceramente, no encuentro motivación alguna en lo que hago. Cada segundo es una tortura, y llegar a casa mi deseo constante. No me reconforta la hermosa infraestructura ni la zona deportiva, y los laboratorios y las salas de estudio se convirtieron en lugares generadores de ansiedad total. Ya no sé ni qué más decirle a mis seres queridos. La tristeza no me deja ni pensar y no quiero perder un beneficio que todos vimos como un alivio.
No sé por cuánto tiempo más aguante esta presión, o si algún día encontraré eso que me llene a tal punto de arriesgarme y abandonar todo por lograrlo. A veces pienso en desertar y emprender, trabajar o irme a otro lugar donde pueda explotar mi parte creativa sin importar de la aceptación que aquello tenga y, donde a pesar de todo, sea mi salud mental la que valga más que todos esos bellos salones en los que me siento encarcelado.
Me gusta escribir, redactar, crear contenido, debatir y todo tema que tenga que ver con lo que somos como seres sociales, aunque dedicarme a ello lo sienta un poco lejano y prácticamente imposible. Por el momento, seguiré jugando el rol de falso ingeniero, esperando a ver una luz al final del túnel que me muestre que la verdadera prioridad es no desertar de mí mismo...