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🌸Desde mi punto de vista🌸

elisabet
Pensamiento

Pensamiento

dcabrera55

Ya van tres veces que alguien dice que el abuelo tenía razón. A esta altura el abuelo manda en las dos casas, aunque no esté.

Ya van tres veces que alguien dice que el abuelo tenía razón. A esta altura el abuelo manda en las dos casas, aunque no esté.

Contenido de la publicación

🌸 Capítulo 7 — La verdad

Después de esa conversación, todo cambió.

Mis padres y los de Alaric se quedaron hablando un largo rato. Alaric y yo nos quedamos en el living, en silencio, mirando la fotografía.

Ya no había secretos. Ya no había rencor. Ya no había orgullo.

Solo quedaba la verdad.

Y la verdad era que nuestras familias se habían querido mucho. Que el abuelo había intentado unirlas otra vez. Y que nosotros, sin saberlo, éramos parte de esa historia.

Esa noche, cuando volví a mi casa, no pude dormir.

Pensaba en todo lo que había descubierto. En la carta. En la fotografía. En las palabras del abuelo.

"Ustedes dos están destinados a estar juntos."

¿Qué significaba eso realmente?

¿Y por qué me hacía sentir tan rara cada vez que lo pensaba?

Me quedé despierta mirando el techo. La luna entraba por la ventana. El silencio de la noche llenaba mi habitación.

Pero mi mente no se callaba.

Daba vueltas y vueltas. Como una película que no podía detener.

La carta. La foto. Las palabras.

Y Alaric.

Siempre Alaric.

A la mañana siguiente, llegué a la escuela con la mente llena de preguntas.

Milagros me esperaba en la puerta, como siempre. Con una sonrisa en la cara y una gaseosa en la mano.

—¿Y? —preguntó apenas me vio—. ¿Qué pasó con tus padres?

—Les contamos todo —respondí.

—¿Y?

—Y nos contaron la verdad.

Milagros abrió los ojos.

—¿¡En serio!? ¿Y cuál es la verdad?

—La foto era real. Se tomó hace casi dos años. Cuando el abuelo quiso que nos reuniéramos.

—¿Y por qué no se acordaban?

—Porque éramos muy chicos. Y porque después de ese día, nunca más nos vimos.

Milagros se quedó en silencio por un momento. Procesando todo lo que le acababa de contar.

—¿Y qué van a hacer ahora? —preguntó.

—No sé. Todavía no lo hablamos.

—Bueno, hablen. Porque esto es importante.

—Ya sé.

Milagros me miró con una sonrisa.

—Pero al menos ahora sabés la verdad, ¿no?

—Sí. Supongo que sí.

—Y la verdad no es tan mala, ¿o sí?

Sonreí.

—No. No es tan mala.

Y tenía razón. La verdad dolía un poco. Pero también aliviaba.

Porque por fin entendía por qué sentía que conocía a Alaric de antes.

Porque, de alguna manera, ya lo conocía.

Durante la clase, no pude concentrarme.

La voz de la maestra sonaba lejos. Como si estuviera hablando desde otro lugar.

Las palabras entraban y salían de mis oídos sin dejar rastro.

Miraba a Alaric de reojo. Él también parecía distraído. Miraba por la ventana, como si estuviera pensando en otra cosa.

En lo mismo que yo, seguramente.

Cuando nuestros ojos se encontraron, supe que él también estaba pensando en lo mismo.

En la carta. En la fotografía. En las preguntas sin respuesta.

Cuando sonó el timbre, Alaric se acercó a mí.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

—Sí.

Caminamos hasta el patio. Nos sentamos en un banco, lejos de los demás.

El sol brillaba. Los otros chicos corrían y gritaban. Pero nosotros estábamos en nuestro propio mundo.

—¿Dormiste algo? —preguntó Alaric.

—No mucho. ¿Vos?

—Tampoco.

Nos quedamos en silencio por un momento.

—¿Sabés qué pensé toda la noche? —dijo Alaric.

—¿Qué?

—Que el abuelo tenía razón.

—¿En qué?

—En que estábamos destinados a estar juntos.

Me quedé sin palabras.

—Y no lo digo en broma —continuó—. Lo digo en serio. Porque si no hubiéramos encontrado esa caja, si no hubiéramos descubierto la verdad, quizás nunca habríamos estado juntos. Quizás nunca habríamos sabido que ya nos conocíamos.

—Pero la encontramos.

—Sí. Y por eso estamos acá.

Alaric me miró por un momento.

—¿Sabés qué creo? —dijo.

—¿Qué?

—Creo que el abuelo está feliz. Dondequiera que esté.

—¿Por qué?

—Porque su deseo se cumplió. Porque su promesa se hizo realidad. Porque nosotros, al final, terminamos juntos.

Sonreí.

—Sí. Creo que tiene razón.

Los días siguientes fueron diferentes.

Alaric y yo comenzamos a pasar más tiempo juntos. Ya no solo en la escuela. También los fines de semana. En su casa. En la mía. En el parque.

Nos contábamos todo. Nuestros gustos. Nuestros miedos. Nuestros sueños.

A él le encantaba la música. Yo le contaba que quería escribir historias.

A mí me gustaba el chocolate. Él me decía que prefería el helado de frutilla.

Nos reíamos de todo. De nada. De las cosas más tontas.

Y cada día que pasaba, sentía que lo conocía un poco más. Y que me gustaba un poco más.

Un sábado por la tarde, estábamos sentados en el banco del parque.

El mismo banco de la fotografía.

Alaric lo había notado también.

—¿Sabés que este es el mismo banco de la foto? —dijo.

—Sí. Lo noté.

—Es raro, ¿no?

—¿Qué?

—Que estemos acá. En el mismo lugar donde nos tomaron esa foto. Sin acordarnos.

Me quedé en silencio por un momento.

—Quizás no nos acordamos con la cabeza —dije—. Pero quizás el corazón sí se acuerda.

Alaric me miró.

—¿Vos creés que el corazón se acuerda de las cosas?

—Sí. Creo que sí.

—¿Y de qué creés que se acuerda el mío?

Sentí que el corazón me latía más rápido.

—No sé. ¿De qué?

Alaric no respondió inmediatamente. Miró al frente, como si estuviera pensando en sus palabras.

—Creo que se acuerda de vos —dijo al fin.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué?

—Que se acuerda de vos. De cuando éramos chicos. De cuando jugábamos juntos. De cuando éramos amigos.

—Pero no te acordás de eso.

—No con la cabeza. Pero sí con el corazón. Porque desde que te conocí en la escuela, sentí que te conocía de antes. Que había algo en vos que me resultaba familiar. Y ahora entiendo por qué.

Lo miré por un largo momento.

—Yo también sentí eso, Alaric.

—¿En serio?

—Sí. Desde el primer día. Sentía que había algo en vos que me hacía sentir cerca. Como si ya te conociera. Pero no sabía explicarlo.

Alaric sonrió.

—Entonces el abuelo tenía razón.

—¿En qué?

—En que estábamos destinados a estar juntos.

Sentí que las mejillas se me ponían rojas.

—¿Y vos creés en eso? —pregunté.

—Creo que hay cosas que no se explican con palabras. Y creo que nosotros somos una de esas cosas.

Nos quedamos en silencio por un momento.

El sol comenzaba a ponerse. Las luces del parque se encendían una a una.

El cielo se teñía de naranja y rosa. Era hermoso.

Y en ese momento, sentí que algo estaba cambiando entre nosotros.

Algo que no sabía nombrar. Pero que sentía en el pecho.

—Eli —dijo Alaric de pronto.

—¿Qué?

—Hay algo que quiero decirte.

Lo miré. Tenía una expresión seria. Diferente a la de siempre.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Alaric respiró profundamente. Como si estuviera reuniendo fuerzas.

—Desde que volvimos a encontrarnos, sentí que algo había cambiado en mí. No sé cómo explicarlo. Pero cada vez que te veo, siento que mi día es mejor. Cada vez que hablás, siento que quiero escucharte. Cada vez que te reís, siento que quiero hacerte reír más.

Me quedé sin palabras.

—Y no sé si es porque éramos amigos de chicos —continuó—. O porque el abuelo decía que estábamos destinados. Pero lo que sí sé es que me gusta estar con vos. Más que con nadie.

—Alaric...

—Y creo que me gustás. No como amiga. Sino de otra forma.

El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a salírseme del pecho.

—¿Y vos? —preguntó Alaric—. ¿Sentís lo mismo?

Me quedé en silencio por un momento.

No sabía qué decir. Tenía miedo. Miedo de equivocarme. Miedo de que fuera demasiado pronto. Miedo de arruinar lo que teníamos.

Pero también sabía que era honesto.

Que lo que sentía por Alaric era real.

—Sí —dije al fin—. Siento lo mismo.

Alaric sonrió. Una sonrisa grande, sincera, que iluminaba su cara.

—¿En serio?

—Sí. En serio.

—¿Desde cuándo?

—No sé. Desde hace un tiempo. Desde que empezamos a pasar más tiempo juntos. Desde que descubrí lo que había en la caja. Desde que supe que nuestras familias se habían querido. Desde que entendí que, de alguna manera, siempre estuvimos destinados a encontrarnos.

Alaric me tomó la mano.

—No sabés lo feliz que me hace escuchar eso.

—¿Y vos? ¿Desde cuándo sentís eso?

Alaric pensó por un momento.

—Desde el primer día. Desde que te vi en la escuela. Desde que me hablaste por primera vez. Desde que sentí que te conocía de antes.

—Pero no me conocías.

—Lo sé. Pero el corazón sí se acordaba de vos. Como dijiste vos.

Sonreí.

—Entonces el abuelo tenía razón.

—Sí. La tenía.

Y en ese momento, bajo la luz de la luna, en el mismo banco donde nos habían tomado esa fotografía, sentí que nuestra historia comenzaba de nuevo.

No como amigos.

Sino como algo más.

Los días siguientes fueron mágicos.

Alaric y yo comenzamos a estar juntos. No como amigos. Sino como pareja.

En la escuela, ya no nos escondíamos. Caminábamos de la mano. Nos sentábamos juntos. Nos mirábamos con una sonrisa cómplice.

Algunos chicos se reían. Otros nos miraban con curiosidad. Pero a nosotros no nos importaba.

Nos teníamos el uno al otro.

Y eso era suficiente.

Milagros no podía estar más feliz.

—¡Lo sabía! —gritó cuando se lo conté—. ¡Lo sabía desde el principio!

—¡Milagros!

—¿Qué? ¡Se notaba a kilómetros! Los dos mirándose, sonriendo, hablando en secreto...

—¡No hablábamos en secreto!

—Claro que no. Por eso lo decía en voz baja.

Me reí. Milagros siempre encontraba la manera de hacerme reír.

—¿Y qué van a hacer ahora? —preguntó.

—¿Qué querés decir?

—No sé. ¿Van a seguir juntos? ¿Van a contarle a todos?

—No sé. Todavía no lo pensamos.

—Bueno, pensalo. Porque esto es importante.

—¿Por qué?

—Porque es tu primera relación, Eli. Y quiero que sea especial.

La abracé.

—Gracias, Mili.

—¿Por qué?

—Por estar siempre acá. Por cuidarme. Por ser mi mejor amiga.

Milagros me abrazó fuerte.

—Siempre voy a estar acá, Eli. Siempre.

Una tarde, Alaric y yo estábamos en mi casa.

Mis padres habían salido. Estábamos solos.

La casa estaba tranquila. El silencio llenaba los rincones.

Estábamos sentados en el sofá, viendo una película. Pero ninguno de los dos prestaba atención.

La película seguía. Pero nosotros estábamos en otra parte.

—¿Sabés qué? —dijo Alaric de pronto.

—¿Qué?

—Nunca te dije cuánto me importás.

Lo miré.

—También me importás vos, Alaric.

—Lo sé. Pero quería decírtelo. Porque a veces las palabras se quedan adentro. Y después es tarde.

—¿Tarde para qué?

—Para decirlas.

Alaric me miró por un momento.

—Te quiero, Eli.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué?

—Te quiero. No sé desde cuándo. Pero te quiero. Y quería que lo supieras.

Me quedé sin palabras.

No sabía qué decir. Nunca había escuchado esas palabras de alguien que no fuera mi familia.

—¿Vos me querés? —preguntó Alaric.

Me quedé en silencio por un momento.

Y entonces, sin pensarlo, respondí.

—Sí. Te quiero, Alaric.

Alaric sonrió. Una sonrisa enorme, llena de luz.

—No sabés lo feliz que me hace escuchar eso.

—¿Y vos? ¿Sos feliz?

—Sí. Muy feliz.

—¿Y qué querés que pase ahora?

Alaric pensó por un momento.

—Quiero que estemos juntos. Que sigamos descubriéndonos. Que sigamos escribiendo nuestra historia.

—¿Y qué más?

—Y quiero hacerte una promesa.

—¿Qué promesa?

Alaric me tomó la mano.

—Te prometo que nunca voy a dejar que nada nos separe. Ni el orgullo. Ni el miedo. Ni el tiempo. Nada.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿Y vos? —preguntó—. ¿Me prometés lo mismo?

—Te lo prometo, Alaric.

—¿En serio?

—En serio.

Y en ese momento, en el sofá de mi casa, bajo la luz tenue de la tarde, hicimos una promesa.

Una promesa que, aunque no lo sabíamos, iba a acompañarnos durante mucho tiempo.

Una promesa de que, pase lo que pase, íbamos a estar juntos.

Pasaron los días. Las semanas.

Alaric y yo estábamos cada vez más cerca.

Nos contábamos todo. Nuestros miedos. Nuestros sueños. Nuestras esperanzas.

Y cada día que pasaba, sentía que lo quería un poco más.

Una tarde, estábamos en el parque.

El mismo banco. La misma luz. La misma sensación de siempre.

El cielo estaba despejado. El sol brillaba. Los pájaros cantaban.

—¿Sabés qué? —dijo Alaric.

—¿Qué?

—El abuelo tenía razón.

—¿En qué?

—En que estábamos destinados a estar juntos. Porque si no hubiéramos encontrado esa caja, si no hubiéramos descubierto la verdad, quizás nunca habríamos estado juntos.

—Pero la encontramos.

—Sí. Y por eso estamos acá.

Alaric me miró por un momento.

—¿Sabés qué creo? —dijo.

—¿Qué?

—Creo que el abuelo está feliz. Dondequiera que esté.

—¿Por qué?

—Porque su deseo se cumplió. Porque su promesa se hizo realidad. Porque nosotros, al final, terminamos juntos.

Sonreí.

—Sí. Creo que tiene razón.

Nos quedamos en silencio por un momento.

El sol comenzaba a ponerse. Las luces del parque se encendían una a una.

El cielo se teñía de colores. Naranja. Rosa. Violeta.

Era hermoso.

Y en ese momento, sentí que nuestra historia recién comenzaba.

Que había mucho por delante. Muchas aventuras. Muchos momentos. Muchas promesas por cumplir.

Pero lo más importante era que estábamos juntos.

Y que, pase lo que pase, íbamos a estar juntos.

Porque esa era nuestra historia.

Y nosotros la íbamos a escribir.

Esa noche, cuando volví a mi casa, no podía dejar de sonreír.

Mi mamá me vio y sonrió.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—Mentira. Tenés la misma cara que cuando algo te hace feliz.

Me reí.

—¿Y eso es malo?

—Para nada. Es hermoso.

Mi mamá se acercó y me abrazó.

—¿Es por Alaric? —preguntó.

Me quedé en silencio por un momento.

—Sí.

Mi mamá sonrió.

—Me alegra. Me alegra mucho.

—¿En serio?

—Sí. Porque lo veo feliz. Y porque lo veo a él feliz también.

—¿Vos creés que él es feliz?

—Lo sé. Se le nota en los ojos.

Me quedé pensando en sus palabras.

—¿Y vos creés que está bien? —pregunté—. Que estemos juntos. Después de todo lo que pasó.

Mi mamá me miró con seriedad.

—Eli, lo que pasó fue hace mucho tiempo. Y fue culpa nuestra. De los adultos. No de ustedes. Ustedes no tienen que cargar con eso.

—Pero...

—No hay pero. Lo que el abuelo quería era que ustedes estuvieran juntos. Y ahora lo están. Eso es lo que importa.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Gracias, mamá.

—¿Por qué?

—Por entender. Por no enojarte. Por dejarme ser feliz.

Mi mamá me abrazó fuerte.

—Siempre voy a querer que seas feliz, Eli. Siempre.

Al día siguiente, en la escuela, Alaric me esperaba en la puerta.

Como siempre.

Pero esta vez, había algo diferente en su mirada.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada. Solo quería verte.

Sonreí.

—¿Y eso es todo?

—Por ahora, sí.

Caminamos juntos hasta el aula. De la mano, como siempre.

Algunos chicos nos miraban. Otros nos sonreían.

Pero a nosotros no nos importaba.

Nos teníamos el uno al otro.

Y eso era suficiente.

Durante la clase, Alaric me pasó un papelito.

Doblado en cuatro. Con una sola frase escrita adentro.

"Te quiero, Eli. Y voy a quererte siempre."

Sentí que el corazón se me llenaba de luz.

Lo miré. Él me sonrió.

Y en ese momento, supe que, pase lo que pase, nuestra historia recién comenzaba.

Y que iba a ser hermosa.

Thoughts

  • filologo_terco

    La palabra destinados viene de destinare, que en su origen era sujetar algo firme a un sitio, no adivinar nada. Le queda justo al abuelo: él no predijo el futuro de estos dos, los dejó amarrados con una foto y una carta y se sentó a esperar.

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  • dcabrera55

    Ya van tres veces que alguien dice que el abuelo tenía razón. A esta altura el abuelo manda en las dos casas, aunque no esté.

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  • Ovid

    Milagros esperando en la puerta con la gaseosa es la amiga que sostiene a Eli en todo el capitulo, y apuesto a que cuando algo se complique entre ellos dos va a ser la primera en aparecer. Me gusto mucho que la mama cargue con la culpa de los adultos y les quite ese peso a los chicos. Gracias por seguir subiendo esto!

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🌸 Capítulo 7 — La verdad

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