Milagros esperando en la puerta con la gaseosa es la amiga que sostiene a Eli en todo el capitulo, y apuesto a que cuando algo se complique entre ellos dos va a ser la primera en aparecer. Me gusto mucho que la mama cargue con la culpa de los adultos y les quite ese peso a los chicos. Gracias por seguir subiendo esto!
🌸Desde mi punto de vista🌸
Pensamiento
Milagros esperando en la puerta con la gaseosa es la amiga que sostiene a Eli en todo el capitulo, y apuesto a que cuando algo se complique entre ellos dos va a ser la primera en aparecer. Me gusto mucho que la mama cargue con la culpa de los adultos y le
Contenido de la publicaciĂłn
🌸 CapĂtulo 7 — La verdad
Después de esa conversación, todo cambió.
Mis padres y los de Alaric se quedaron hablando un largo rato. Alaric y yo nos quedamos en el living, en silencio, mirando la fotografĂa.
Ya no habĂa secretos. Ya no habĂa rencor. Ya no habĂa orgullo.
Solo quedaba la verdad.
Y la verdad era que nuestras familias se habĂan querido mucho. Que el abuelo habĂa intentado unirlas otra vez. Y que nosotros, sin saberlo, Ă©ramos parte de esa historia.
Esa noche, cuando volvĂ a mi casa, no pude dormir.
Pensaba en todo lo que habĂa descubierto. En la carta. En la fotografĂa. En las palabras del abuelo.
"Ustedes dos están destinados a estar juntos."
¿Qué significaba eso realmente?
ÂżY por quĂ© me hacĂa sentir tan rara cada vez que lo pensaba?
Me quedé despierta mirando el techo. La luna entraba por la ventana. El silencio de la noche llenaba mi habitación.
Pero mi mente no se callaba.
Daba vueltas y vueltas. Como una pelĂcula que no podĂa detener.
La carta. La foto. Las palabras.
Y Alaric.
Siempre Alaric.
A la mañana siguiente, llegué a la escuela con la mente llena de preguntas.
Milagros me esperaba en la puerta, como siempre. Con una sonrisa en la cara y una gaseosa en la mano.
—¿Y? —preguntó apenas me vio—. ¿Qué pasó con tus padres?
—Les contamos todo —respondĂ.
—¿Y?
—Y nos contaron la verdad.
Milagros abriĂł los ojos.
—¿¡En serio!? ¿Y cuál es la verdad?
—La foto era real. Se tomó hace casi dos años. Cuando el abuelo quiso que nos reuniéramos.
—¿Y por qué no se acordaban?
—Porque Ă©ramos muy chicos. Y porque despuĂ©s de ese dĂa, nunca más nos vimos.
Milagros se quedĂł en silencio por un momento. Procesando todo lo que le acababa de contar.
—¿Y qué van a hacer ahora? —preguntó.
—No sĂ©. TodavĂa no lo hablamos.
—Bueno, hablen. Porque esto es importante.
—Ya sé.
Milagros me mirĂł con una sonrisa.
—Pero al menos ahora sabés la verdad, ¿no?
—SĂ. Supongo que sĂ.
—Y la verdad no es tan mala, ¿o s�
SonreĂ.
—No. No es tan mala.
Y tenĂa razĂłn. La verdad dolĂa un poco. Pero tambiĂ©n aliviaba.
Porque por fin entendĂa por quĂ© sentĂa que conocĂa a Alaric de antes.
Porque, de alguna manera, ya lo conocĂa.
Durante la clase, no pude concentrarme.
La voz de la maestra sonaba lejos. Como si estuviera hablando desde otro lugar.
Las palabras entraban y salĂan de mis oĂdos sin dejar rastro.
Miraba a Alaric de reojo. Él tambiĂ©n parecĂa distraĂdo. Miraba por la ventana, como si estuviera pensando en otra cosa.
En lo mismo que yo, seguramente.
Cuando nuestros ojos se encontraron, supe que él también estaba pensando en lo mismo.
En la carta. En la fotografĂa. En las preguntas sin respuesta.
Cuando sonĂł el timbre, Alaric se acercĂł a mĂ.
—¿Podemos hablar? —preguntó.
—SĂ.
Caminamos hasta el patio. Nos sentamos en un banco, lejos de los demás.
El sol brillaba. Los otros chicos corrĂan y gritaban. Pero nosotros estábamos en nuestro propio mundo.
—¿Dormiste algo? —preguntó Alaric.
—No mucho. ¿Vos?
—Tampoco.
Nos quedamos en silencio por un momento.
—¿Sabés qué pensé toda la noche? —dijo Alaric.
—¿Qué?
—Que el abuelo tenĂa razĂłn.
—¿En qué?
—En que estábamos destinados a estar juntos.
Me quedé sin palabras.
—Y no lo digo en broma —continuó—. Lo digo en serio. Porque si no hubiĂ©ramos encontrado esa caja, si no hubiĂ©ramos descubierto la verdad, quizás nunca habrĂamos estado juntos. Quizás nunca habrĂamos sabido que ya nos conocĂamos.
—Pero la encontramos.
—SĂ. Y por eso estamos acá.
Alaric me mirĂł por un momento.
—¿Sabés qué creo? —dijo.
—¿Qué?
—Creo que el abuelo está feliz. Dondequiera que esté.
—¿Por qué?
—Porque su deseo se cumplió. Porque su promesa se hizo realidad. Porque nosotros, al final, terminamos juntos.
SonreĂ.
—SĂ. Creo que tiene razĂłn.
Los dĂas siguientes fueron diferentes.
Alaric y yo comenzamos a pasar más tiempo juntos. Ya no solo en la escuela. TambiĂ©n los fines de semana. En su casa. En la mĂa. En el parque.
Nos contábamos todo. Nuestros gustos. Nuestros miedos. Nuestros sueños.
A Ă©l le encantaba la mĂşsica. Yo le contaba que querĂa escribir historias.
A mĂ me gustaba el chocolate. Él me decĂa que preferĂa el helado de frutilla.
Nos reĂamos de todo. De nada. De las cosas más tontas.
Y cada dĂa que pasaba, sentĂa que lo conocĂa un poco más. Y que me gustaba un poco más.
Un sábado por la tarde, estábamos sentados en el banco del parque.
El mismo banco de la fotografĂa.
Alaric lo habĂa notado tambiĂ©n.
—¿Sabés que este es el mismo banco de la foto? —dijo.
—SĂ. Lo notĂ©.
—Es raro, ¿no?
—¿Qué?
—Que estemos acá. En el mismo lugar donde nos tomaron esa foto. Sin acordarnos.
Me quedé en silencio por un momento.
—Quizás no nos acordamos con la cabeza —dije—. Pero quizás el corazón sà se acuerda.
Alaric me mirĂł.
—¿Vos creés que el corazón se acuerda de las cosas?
—SĂ. Creo que sĂ.
—¿Y de quĂ© creĂ©s que se acuerda el mĂo?
SentĂ que el corazĂłn me latĂa más rápido.
—No sé. ¿De qué?
Alaric no respondiĂł inmediatamente. MirĂł al frente, como si estuviera pensando en sus palabras.
—Creo que se acuerda de vos —dijo al fin.
Me quedé sin palabras.
—¿Qué?
—Que se acuerda de vos. De cuando éramos chicos. De cuando jugábamos juntos. De cuando éramos amigos.
—Pero no te acordás de eso.
—No con la cabeza. Pero sĂ con el corazĂłn. Porque desde que te conocĂ en la escuela, sentĂ que te conocĂa de antes. Que habĂa algo en vos que me resultaba familiar. Y ahora entiendo por quĂ©.
Lo miré por un largo momento.
—Yo también sentà eso, Alaric.
—¿En serio?
—SĂ. Desde el primer dĂa. SentĂa que habĂa algo en vos que me hacĂa sentir cerca. Como si ya te conociera. Pero no sabĂa explicarlo.
Alaric sonriĂł.
—Entonces el abuelo tenĂa razĂłn.
—¿En qué?
—En que estábamos destinados a estar juntos.
SentĂ que las mejillas se me ponĂan rojas.
—¿Y vos creés en eso? —pregunté.
—Creo que hay cosas que no se explican con palabras. Y creo que nosotros somos una de esas cosas.
Nos quedamos en silencio por un momento.
El sol comenzaba a ponerse. Las luces del parque se encendĂan una a una.
El cielo se teñĂa de naranja y rosa. Era hermoso.
Y en ese momento, sentĂ que algo estaba cambiando entre nosotros.
Algo que no sabĂa nombrar. Pero que sentĂa en el pecho.
—Eli —dijo Alaric de pronto.
—¿Qué?
—Hay algo que quiero decirte.
Lo mirĂ©. TenĂa una expresiĂłn seria. Diferente a la de siempre.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Alaric respirĂł profundamente. Como si estuviera reuniendo fuerzas.
—Desde que volvimos a encontrarnos, sentĂ que algo habĂa cambiado en mĂ. No sĂ© cĂłmo explicarlo. Pero cada vez que te veo, siento que mi dĂa es mejor. Cada vez que hablás, siento que quiero escucharte. Cada vez que te reĂs, siento que quiero hacerte reĂr más.
Me quedé sin palabras.
—Y no sĂ© si es porque Ă©ramos amigos de chicos —continuó—. O porque el abuelo decĂa que estábamos destinados. Pero lo que sĂ sĂ© es que me gusta estar con vos. Más que con nadie.
—Alaric...
—Y creo que me gustás. No como amiga. Sino de otra forma.
El corazĂłn me latĂa tan fuerte que pensĂ© que iba a salĂrseme del pecho.
—¿Y vos? —preguntĂł Alaric—. ÂżSentĂs lo mismo?
Me quedé en silencio por un momento.
No sabĂa quĂ© decir. TenĂa miedo. Miedo de equivocarme. Miedo de que fuera demasiado pronto. Miedo de arruinar lo que tenĂamos.
Pero tambiĂ©n sabĂa que era honesto.
Que lo que sentĂa por Alaric era real.
—Sà —dije al fin—. Siento lo mismo.
Alaric sonriĂł. Una sonrisa grande, sincera, que iluminaba su cara.
—¿En serio?
—SĂ. En serio.
—¿Desde cuándo?
—No sĂ©. Desde hace un tiempo. Desde que empezamos a pasar más tiempo juntos. Desde que descubrĂ lo que habĂa en la caja. Desde que supe que nuestras familias se habĂan querido. Desde que entendĂ que, de alguna manera, siempre estuvimos destinados a encontrarnos.
Alaric me tomĂł la mano.
—No sabés lo feliz que me hace escuchar eso.
—¿Y vos? ÂżDesde cuándo sentĂs eso?
Alaric pensĂł por un momento.
—Desde el primer dĂa. Desde que te vi en la escuela. Desde que me hablaste por primera vez. Desde que sentĂ que te conocĂa de antes.
—Pero no me conocĂas.
—Lo sé. Pero el corazón sà se acordaba de vos. Como dijiste vos.
SonreĂ.
—Entonces el abuelo tenĂa razĂłn.
—SĂ. La tenĂa.
Y en ese momento, bajo la luz de la luna, en el mismo banco donde nos habĂan tomado esa fotografĂa, sentĂ que nuestra historia comenzaba de nuevo.
No como amigos.
Sino como algo más.
Los dĂas siguientes fueron mágicos.
Alaric y yo comenzamos a estar juntos. No como amigos. Sino como pareja.
En la escuela, ya no nos escondĂamos. Caminábamos de la mano. Nos sentábamos juntos. Nos mirábamos con una sonrisa cĂłmplice.
Algunos chicos se reĂan. Otros nos miraban con curiosidad. Pero a nosotros no nos importaba.
Nos tenĂamos el uno al otro.
Y eso era suficiente.
Milagros no podĂa estar más feliz.
—¡Lo sabĂa! —gritĂł cuando se lo conté—. ¡Lo sabĂa desde el principio!
—¡Milagros!
—¿Qué? ¡Se notaba a kilómetros! Los dos mirándose, sonriendo, hablando en secreto...
—¡No hablábamos en secreto!
—Claro que no. Por eso lo decĂa en voz baja.
Me reĂ. Milagros siempre encontraba la manera de hacerme reĂr.
—¿Y qué van a hacer ahora? —preguntó.
—¿Qué querés decir?
—No sé. ¿Van a seguir juntos? ¿Van a contarle a todos?
—No sĂ©. TodavĂa no lo pensamos.
—Bueno, pensalo. Porque esto es importante.
—¿Por qué?
—Porque es tu primera relación, Eli. Y quiero que sea especial.
La abracé.
—Gracias, Mili.
—¿Por qué?
—Por estar siempre acá. Por cuidarme. Por ser mi mejor amiga.
Milagros me abrazĂł fuerte.
—Siempre voy a estar acá, Eli. Siempre.
Una tarde, Alaric y yo estábamos en mi casa.
Mis padres habĂan salido. Estábamos solos.
La casa estaba tranquila. El silencio llenaba los rincones.
Estábamos sentados en el sofá, viendo una pelĂcula. Pero ninguno de los dos prestaba atenciĂłn.
La pelĂcula seguĂa. Pero nosotros estábamos en otra parte.
—¿Sabés qué? —dijo Alaric de pronto.
—¿Qué?
—Nunca te dije cuánto me importás.
Lo miré.
—También me importás vos, Alaric.
—Lo sĂ©. Pero querĂa decĂrtelo. Porque a veces las palabras se quedan adentro. Y despuĂ©s es tarde.
—¿Tarde para qué?
—Para decirlas.
Alaric me mirĂł por un momento.
—Te quiero, Eli.
SentĂ que el corazĂłn se me detenĂa.
—¿Qué?
—Te quiero. No sĂ© desde cuándo. Pero te quiero. Y querĂa que lo supieras.
Me quedé sin palabras.
No sabĂa quĂ© decir. Nunca habĂa escuchado esas palabras de alguien que no fuera mi familia.
—¿Vos me querés? —preguntó Alaric.
Me quedé en silencio por un momento.
Y entonces, sin pensarlo, respondĂ.
—SĂ. Te quiero, Alaric.
Alaric sonriĂł. Una sonrisa enorme, llena de luz.
—No sabés lo feliz que me hace escuchar eso.
—¿Y vos? ¿Sos feliz?
—SĂ. Muy feliz.
—¿Y qué querés que pase ahora?
Alaric pensĂł por un momento.
—Quiero que estemos juntos. Que sigamos descubriéndonos. Que sigamos escribiendo nuestra historia.
—¿Y qué más?
—Y quiero hacerte una promesa.
—¿Qué promesa?
Alaric me tomĂł la mano.
—Te prometo que nunca voy a dejar que nada nos separe. Ni el orgullo. Ni el miedo. Ni el tiempo. Nada.
Sentà que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Me prometés lo mismo?
—Te lo prometo, Alaric.
—¿En serio?
—En serio.
Y en ese momento, en el sofá de mi casa, bajo la luz tenue de la tarde, hicimos una promesa.
Una promesa que, aunque no lo sabĂamos, iba a acompañarnos durante mucho tiempo.
Una promesa de que, pase lo que pase, Ăbamos a estar juntos.
Pasaron los dĂas. Las semanas.
Alaric y yo estábamos cada vez más cerca.
Nos contábamos todo. Nuestros miedos. Nuestros sueños. Nuestras esperanzas.
Y cada dĂa que pasaba, sentĂa que lo querĂa un poco más.
Una tarde, estábamos en el parque.
El mismo banco. La misma luz. La misma sensaciĂłn de siempre.
El cielo estaba despejado. El sol brillaba. Los pájaros cantaban.
—¿Sabés qué? —dijo Alaric.
—¿Qué?
—El abuelo tenĂa razĂłn.
—¿En qué?
—En que estábamos destinados a estar juntos. Porque si no hubiĂ©ramos encontrado esa caja, si no hubiĂ©ramos descubierto la verdad, quizás nunca habrĂamos estado juntos.
—Pero la encontramos.
—SĂ. Y por eso estamos acá.
Alaric me mirĂł por un momento.
—¿Sabés qué creo? —dijo.
—¿Qué?
—Creo que el abuelo está feliz. Dondequiera que esté.
—¿Por qué?
—Porque su deseo se cumplió. Porque su promesa se hizo realidad. Porque nosotros, al final, terminamos juntos.
SonreĂ.
—SĂ. Creo que tiene razĂłn.
Nos quedamos en silencio por un momento.
El sol comenzaba a ponerse. Las luces del parque se encendĂan una a una.
El cielo se teñĂa de colores. Naranja. Rosa. Violeta.
Era hermoso.
Y en ese momento, sentà que nuestra historia recién comenzaba.
Que habĂa mucho por delante. Muchas aventuras. Muchos momentos. Muchas promesas por cumplir.
Pero lo más importante era que estábamos juntos.
Y que, pase lo que pase, Ăbamos a estar juntos.
Porque esa era nuestra historia.
Y nosotros la Ăbamos a escribir.
Esa noche, cuando volvĂ a mi casa, no podĂa dejar de sonreĂr.
Mi mamá me vio y sonrió.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
—Nada.
—Mentira. Tenés la misma cara que cuando algo te hace feliz.
Me reĂ.
—¿Y eso es malo?
—Para nada. Es hermoso.
Mi mamá se acercó y me abrazó.
—¿Es por Alaric? —preguntó.
Me quedé en silencio por un momento.
—SĂ.
Mi mamá sonrió.
—Me alegra. Me alegra mucho.
—¿En serio?
—SĂ. Porque lo veo feliz. Y porque lo veo a Ă©l feliz tambiĂ©n.
—¿Vos creés que él es feliz?
—Lo sé. Se le nota en los ojos.
Me quedé pensando en sus palabras.
—¿Y vos creés que está bien? —pregunté—. Que estemos juntos. Después de todo lo que pasó.
Mi mamá me miró con seriedad.
—Eli, lo que pasó fue hace mucho tiempo. Y fue culpa nuestra. De los adultos. No de ustedes. Ustedes no tienen que cargar con eso.
—Pero...
—No hay pero. Lo que el abuelo querĂa era que ustedes estuvieran juntos. Y ahora lo están. Eso es lo que importa.
Sentà que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Gracias, mamá.
—¿Por qué?
—Por entender. Por no enojarte. Por dejarme ser feliz.
Mi mamá me abrazó fuerte.
—Siempre voy a querer que seas feliz, Eli. Siempre.
Al dĂa siguiente, en la escuela, Alaric me esperaba en la puerta.
Como siempre.
Pero esta vez, habĂa algo diferente en su mirada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada. Solo querĂa verte.
SonreĂ.
—¿Y eso es todo?
—Por ahora, sĂ.
Caminamos juntos hasta el aula. De la mano, como siempre.
Algunos chicos nos miraban. Otros nos sonreĂan.
Pero a nosotros no nos importaba.
Nos tenĂamos el uno al otro.
Y eso era suficiente.
Durante la clase, Alaric me pasĂł un papelito.
Doblado en cuatro. Con una sola frase escrita adentro.
"Te quiero, Eli. Y voy a quererte siempre."
SentĂ que el corazĂłn se me llenaba de luz.
Lo miré. Él me sonrió.
Y en ese momento, supe que, pase lo que pase, nuestra historia recién comenzaba.
Y que iba a ser hermosa.
Thoughts
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PermalinkLa palabra destinados viene de destinare, que en su origen era sujetar algo firme a un sitio, no adivinar nada. Le queda justo al abuelo: él no predijo el futuro de estos dos, los dejó amarrados con una foto y una carta y se sentó a esperar.
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PermalinkYa van tres veces que alguien dice que el abuelo tenĂa razĂłn. A esta altura el abuelo manda en las dos casas, aunque no estĂ©.
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PermalinkMilagros esperando en la puerta con la gaseosa es la amiga que sostiene a Eli en todo el capitulo, y apuesto a que cuando algo se complique entre ellos dos va a ser la primera en aparecer. Me gusto mucho que la mama cargue con la culpa de los adultos y les quite ese peso a los chicos. Gracias por seguir subiendo esto!
🌸 CapĂtulo 7 — La verdad