Creo que durante mucho tiempo sentí que tenía que llegar a algún lugar.
Como si a cierta edad tuviera que saber exactamente qué quería hacer con mi vida, qué personas quería a mi lado, qué cosas me gustaban y cuáles no. Como si equivocarme significara estar perdiendo tiempo.
Estoy en mis veintes y todavía cambio de opinión. Hay días en los que siento que sé perfectamente quién soy y otros en los que no sé qué estoy haciendo conmigo misma.
Y creo que está bien.
Estoy aprendiendo que no todo tiene que suceder ahora. Que no tengo que conocer al amor de mi vida, encontrar mi vocación, tener todo resuelto o convertirme en la persona que imagino que debería ser.
Quiero darme permiso para probar cosas, aburrirme de ellas, volver a empezar, descubrir nuevas pasiones y cambiar de sueños.
También quiero aprender a no comparar mi vida con la de los demás. Hay personas que parecen tenerlo todo resuelto a mi edad y quizás yo todavía estoy juntando las piezas de la mía. Pero eso no significa que esté atrasada.
Quizás crecer también sea entender que no existe una edad correcta para convertirte en quien querés ser.
Tengo tiempo.
Y por primera vez, quiero creerlo.
Quizás crecer también sea entender que no existe una edad correcta para convertirte en quien querés ser.
Y si alguien está leyendo esto sintiendo que ya perdió su oportunidad, que llegó tarde o que su vida no terminó siendo como imaginaba, ojalá pueda recordar algo: no se te acabó el tiempo.
Hay cosas que vas a descubrir después de los veinte, personas que vas a conocer cuando creías que ya no ibas a querer a nadie, sueños que van a aparecer cuando pensabas que ya habías elegido tu camino y versiones de vos que todavía ni siquiera conocés.
No importa cuánto hayas tardado.
No importa cuántas veces hayas tenido que empezar de nuevo.
Mientras sigas acá, todavía podés construir algo que te haga feliz.
Así que no te apures, pero tampoco te des por vencido.
Todavía hay muchísimo de vos que no conocés.