Hay momentos en los que uno deja de maquillarse la vida y empieza a contarla como es.
No por drama, no por atención, sino porque llega un punto en el que callar pesa más que hablar.
Yo vengo de días donde la realidad no tocó la puerta: la tumbó.
Entró sin avisar, movió todo lo que creía estable y me obligó a mirarme sin excusas.Y aunque me costó admitirlo, entendí algo que nadie te dice:
lo que te rompe también te acomoda.
A veces el golpe no es el final, sino el ajuste.
El momento exacto en el que la vida te dice “ya basta de esconder lo que duele”.Hoy escribo desde ese lugar incómodo donde uno ya no busca quedar bien, sino quedar en paz.
Donde la verdad no pide permiso, solo aparece.
Y cuando aparece, te cambia.Si estás aquí, quédate.
Esta historia no es perfecta, pero es honesta.
Y a veces, la honestidad es lo único que nos salva.