37 grados
Con la fuerza de la memoria socavo una muesca más en el calendario de mi desdicha, como presidiario en la pared de su celda.
Ya van sesenta días, con sus interminables noches, donde tu cuerpo no se funde con el mío. Los hechos no serían tormento, si uno aceptara sus fundamentos.
He aquí, mirándote de soslayo, tratando de entender el porqué de tu indiferencia… por lo menos en este tema. He revisado cada rincón mío, y no creo ser origen de pecado, ni mucho menos merecedor de censura. Quizás mi ignorancia en ciertos temas, o el sostenimiento aguerrido a ciertos principios, nos hayan llevado al divorcio de opiniones, y tú te hayas erigido en juez implacable, condenándome sin piedad, al oscuro, silencioso y desquiciante, corredor de la muerte.
Había pensado que estabas en tus días, o con fuertes dolores de cabeza; pero dos meses…, más que excusa, es motivo de una profunda revisión médica.
He intentado congraciarme contigo. He leído por ahí, que toda culpa que cotice, lleva la rúbrica del hombre, que se ha olvidado de la conquista, al sostener que el esfuerzo ya fue suficiente tras conseguir la montura segura.
Es cierto; ya no te regalo flores, dulces, ni te invito a paseos románticos; pero tampoco me ves ofreciéndoselos a otra; indicios que solo tú me importas… tan solo por el hecho de seguir a tu lado.
He cavilado seguir esos consejos femeninos, o de adictos masculinos (muy similares a los primeros), de emprender el incierto camino de ofrecer lo que calladamente me pides. Pero con incertidumbre en lo que deseas (no en lo que quieres), todo intento sería empresa sin sentido, desde el primer minuto. Y es, que las necesidades deben manifestarse claramente, para poder calmarlas; por cuanto si se camuflan con indirectas, yo no las entiendo.
En todo caso, quién me asegura que, tras volver con el viejo almanaque, en donde te hacía sentir princesa, tú te despiertes “tipo Blancanieves”, abras los ojos, me agradezcas los momentos, reconozcas en mí a un amante, y me recibas de nuevo en tu lecho. ¡Nadie! No sería mejor, que también vieras mi ADN de hombre, que no ha cambiado en miles de años, donde te busco en todo momento para juntar los cuerpos, sin importar si nos sobran deudas, se rompió el carro o falleció el gato.
Será que tú buscas pasión para entregarte al amor; mientras yo, cuando me recibes sin ropa, entiendo que me amas. ¿Y si los dos ponemos algo en la mesa? ¿Quién será el primero?
Te lo juro. En este intento de comprenderte, me he puesto a analizar cada palabra y gesto tuyo, para entender el por qué me has puesto en cuarentena. Si te quejas porque “estás gorda”; yo en realidad te veo “divina” con esas nalgas marcadas, y los pechos revelando presencia; pero… de igual modo admiro esas señales en tus amigas. ¿Ves?, soy democrático y no hago diferencias. Si me preguntas por la ropa adecuada, siempre te respondo “todo bien”, porque te amo, y tu apariencia nunca opacará tu esencia de mujer; que es lo que me apasiona. Si decides por ese vestidito que no deja nada a la imaginación, ¡me encanta!, porque me enorgullece caminar a tu lado, y ver a otros desearte, y saber que ¡eres mía! Pero mi esperanza cae derrotada, cuando atestiguo que ese día decidiste vestirte de diva para ti, porque cuando la noche nos junta, eres solo ronquidos, y yo… un manojo de eróticos sueños incumplidos. Sé que te gusta hablar más de la cuenta, honrando al sonido, profanando al silencio; y entiendo que esperas ser fabricante de diálogos (y no de soliloquios); por eso he cultivado la destreza de oírte (pero no de escucharte) mientras centro mi atención en cosas más trascendentes. ¿No soy un caballero? ¡Es cierto!, los viernes me reúno con los muchachos para pegarle a la redonda, burlarnos entre nosotros, transpirar la camiseta y llenarla del humo de carnes bien asadas; mientras hablamos de mujeres… no de nuestras parejas. Cómo verás, en sus ausencias, las respetamos.
No vas a negar que soy el hombre que siempre anhelaste, el varón con que soñaste, el macho que te quita el sueño; porque soy cualquier cosa… menos una amiga. Y es por eso que hoy iré de frente, y te preguntaré qué te ocurre, para ofrecerte una solución a mi medida (no a la tuya; porque si fuera así, no andarías con problemas) para demostrarte que lo que hubiera dicho o actuado, nunca fue para lastimarte; y que si hubo errores… para mí, ya se olvidaron.
Sé que tras minutos de muda negación, serás catarata de reproches. Sé que seré mi propio abogado si me sindicas como acusado, o me vestiré de terapeuta si te señalas como víctima. Sé que todo empeño por suturar heridas, llevan a una reconciliación, tú con el alma… yo entre las sábanas. Y es allí, en ese punto que seré bien claro, al no permitir arrastrar resabios de batalla que mengüen nuestra lujuria. Pretendo hacerte mía, nuevamente, como en los mejores tiempos. Piel con piel, excitación con excitación, sin pudor, sin reglas… solo pasión.
Pero… como en toda refriega de palabras, es plausible que desearas continuar con tu papel de hembra dolida, y optes por rechazar una amnistía, levantar el bloqueo, terminar con la veda… o aun peor, que me destierres de la habitación. Pero como hombre, me adelanto, y te lo advierto… he nacido con un plan B en mis genes, donde la soledad no es pena, sino disfrute. Soy heredero del primitivo cazador cavernícola, que, en solitario, a millas de su choza, deambulaba por las pampas buscando su presa; y por las noches, mirando extasiado la bóveda celeste, escuchando el crispar de los lechos y el aullar de los lobos, sentía cuando el frio lo envolvía; pero él, con hidalguía lo soportaba, pensando en su amada y en ese cuerpo a 37 grados que ella se lo entregaba cuando él regresaba.