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CUANDO EL DOLOR SE HACE PIEL

yamila
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Hay días en los que me despierto con ganas de vivir.

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Contenido de la publicación

Hay días en los que me despierto con ganas de vivir.

Me emociona ir a trabajar, entrenar, hacer planes y pensar en todo lo que todavía quiero conseguir. Son días en los que puedo disfrutar de cosas simples, levantarme de la cama sin sentir que estoy cargando un peso enorme y mirar hacia adelante con entusiasmo.

Esos períodos pueden durar días o incluso semanas.

Y cuando estoy bien, a veces llego a pensar que finalmente todo pasó.

Que quizás esta vez sea diferente.

Que tal vez aquella angustia no vuelva.

Hasta que un día vuelve.

No siempre existe una explicación. A veces hay un desencadenante: una discusión, una decepción, una inseguridad, el miedo a perder a alguien o simplemente una acumulación de pequeñas situaciones que terminan siendo demasiado.

Otras veces no pasa absolutamente nada.

Simplemente me despierto diferente.

Y comienza nuevamente la desesperanza.

No tengo ganas de levantarme. No quiero ir a trabajar. No quiero entrenar. No quiero hablar con nadie. Las cosas que algunos días me entusiasman dejan de tener importancia y hasta las actividades más simples parecen requerir un esfuerzo enorme.

Es extraño intentar explicar cómo una misma persona puede sentir tantas ganas de vivir y, tiempo después, sentirse completamente vacía.

Pero así se siente.

EL VACÍO

Hay momentos en los que aparece un vacío en el pecho que no sé cómo explicar.

No es solamente tristeza.

La tristeza, por lo menos, parece tener una forma. Uno puede decir: “Estoy triste porque pasó esto”.

El vacío es diferente.

Es sentir que falta algo sin saber exactamente qué falta.

A veces pienso que es una persona.

Otras veces creo que necesito cambiar algo de mi vida.

Entonces busco respuestas.

Busco actividades.

Busco personas.

Busco cualquier cosa que pueda hacer desaparecer esa sensación.

Como en exceso.

Fumo más de lo habitual.

Intento mantenerme ocupada.

Busco conversaciones.

Necesito compañía.

Cualquier cosa parece servir durante un momento si consigue distraerme de aquello que siento.

Pero el problema es que el alivio dura poco.

El cigarrillo se termina.

La comida se termina.

La conversación termina.

La persona se va.

Y yo sigo estando conmigo.

Con el mismo vacío.

CUANDO LA ANGUSTIA SE SIENTE EN EL CUERPO

Hay emociones que no se quedan solamente en la cabeza.

Se sienten en el cuerpo.

Por eso, para mí, hay momentos en los que el dolor se hace piel.

La angustia se instala en el pecho. El cuerpo pesa. Aparece el cansancio. Las lágrimas salen incluso cuando no sé exactamente por qué estoy llorando.

Hay días en los que quisiera dormir hasta que todo pase.

No porque dormir solucione lo que me sucede, sino porque durante algunas horas puedo dejar de pensar.

Pensar también agota.

Pensar constantemente qué hice mal.

Qué podría haber hecho diferente.

Qué puede suceder mañana.

Si alguien va a irse.

Si voy a volver a sentirme bien.

Si realmente estoy avanzando o solamente estoy esperando la próxima caída.

La mente puede ser agotadora cuando nunca se detiene.

Y llega un momento en el que ese agotamiento emocional también se convierte en cansancio físico.

CUANDO TODO PARECE DEFINITIVO

Una de las cosas más difíciles de atravesar es la sensación de que el dolor va a durar para siempre.

Cuando estoy bien puedo pensar racionalmente y recordar que ya tuve momentos malos que terminaron pasando.

Pero cuando estoy dentro de la angustia, recordar eso se vuelve mucho más difícil.

En ese momento parece definitivo.

Parece que nunca más voy a estar bien.

Que siempre voy a sentir este vacío.

Que siempre voy a tener miedo.

Que nunca voy a poder vivir en paz.

La emoción ocupa tanto espacio que parece borrar temporalmente todos los momentos anteriores en los que fui feliz.

Es como si mi cabeza olvidara que alguna vez estuve bien.

Y entonces tengo que hacer un esfuerzo enorme para recordar algo que racionalmente sé:

esto ya me pasó.

Ya estuve acá.

Ya pensé que no iba a poder.

Y, sin embargo, pasó.

NO SIEMPRE QUIERO QUE ALGUIEN ME SOLUCIONE LA VIDA

En los momentos difíciles también aprendí que acompañar no siempre significa solucionar.

A veces no necesito que alguien tenga la respuesta perfecta.

No necesito escuchar que tengo que tranquilizarme.

No necesito que me expliquen todas las razones por las que debería estar bien.

Porque muchas veces yo también sé que tengo motivos para estar bien.

El problema es que saberlo racionalmente no hace desaparecer automáticamente lo que estoy sintiendo.

A veces solamente necesito que alguien esté.

Que escuche.

Que no minimice.

Que entienda que quizás mañana voy a mirar la situación de otra manera, pero que hoy realmente me está doliendo.

Y también tuve que aprender que las personas que me quieren pueden acompañarme, pero no pueden hacerse responsables de todas mis emociones.

Esa parte también me corresponde a mí.

APRENDER A NO ESCAPAR DE TODO LO QUE DUELE

Durante mucho tiempo mi primera reacción frente al dolor fue intentar hacerlo desaparecer inmediatamente.

Necesitaba una solución.

Una respuesta.

Una persona.

Algo.

Lo que fuera.

Porque quedarme quieta sintiendo angustia parecía insoportable.

Con el tiempo empecé a comprender que no todas las emociones necesitan una solución inmediata.

Algunas necesitan tiempo.

Hay días en los que puedo distraerme, entrenar, trabajar o hablar con alguien y sentirme mejor.

Otros días simplemente tengo que aceptar que estoy teniendo un día malo.

Y eso también me cuesta.

Porque aceptar que estoy mal no significa rendirme.

Significa dejar de exigirme estar bien todo el tiempo.

LOS DÍAS EN LOS QUE VUELVO A CAER

Una de las cosas que más frustración me genera es volver a sentir emociones que pensé que ya había superado.

Después de semanas tranquilas puede regresar una inseguridad.

Una angustia.

Un miedo.

Y aparece inmediatamente el pensamiento:

“Otra vez estoy igual”.

Pero quizás no estoy exactamente en el mismo lugar.

Porque ahora puedo reconocer algunas cosas que antes no podía.

Puedo identificar ciertas señales.

Puedo pedir ayuda.

Puedo hablar de lo que siento.

Puedo llevarlo a terapia.

Puedo intentar no tomar decisiones importantes en medio de una emoción demasiado intensa.

Puedo recordar que una recaída emocional no borra todo lo que avancé.

Estoy aprendiendo que mejorar no significa no volver a caer nunca.

A veces significa caer de una manera diferente.

Y aprender a levantarse un poco antes.

EXTRAÑAR LO QUE YA NO ESTÁ

También están los recuerdos.

Extraño mucho algunos días felices.

Extraño momentos compartidos con personas que me hicieron bien.

Extraño determinadas versiones de mi vida.

Y algunas veces idealizo esos recuerdos.

Cuando el presente duele, el pasado puede parecer mucho más hermoso de lo que realmente fue.

Me encuentro pensando:

“Antes era más feliz”.

“Antes tenía esto”.

“Antes estaba aquella persona”.

Y entonces comparo mi vida actual con momentos que ya terminaron.

Aceptar que algunas etapas no van a regresar también forma parte del duelo.

Hay personas que fueron importantes y hoy ya no están.

Hay vínculos que terminaron.

Hay lugares a los que probablemente nunca vuelva.

Hay versiones de mí que tampoco existen más.

Y duele.

Pero quizás seguir adelante no significa olvidar todo aquello.

Significa poder recordarlo sin necesitar regresar.

CUANDO EL DOLOR SE HACE PIEL

El dolor emocional puede sentirse tan intenso que parece ocupar todo el cuerpo.

Por eso elegí llamar a este capítulo así.

Porque existen heridas que nadie puede ver.

No sangran.

No necesitan puntos.

No aparecen en una radiografía.

Pero duelen.

Y algunas veces duelen muchísimo.

Hay dolores que se manifiestan en el cansancio, en las lágrimas, en el insomnio, en la necesidad de aislarse o en esa sensación de tener un peso enorme sobre el pecho.

Son heridas invisibles.

Pero eso no significa que no existan.

Durante mucho tiempo intenté esconderlas.

Hoy intento comprenderlas.

TODO PASA

Todavía existen días en los que siento que no voy a poder salir del pozo.

Pero también existen otros en los que me despierto, voy a trabajar, entreno, me río, hago planes y disfruto.

Y esos días me recuerdan algo.

La emoción cambia.

El dolor cambia.

La vida cambia.

Nada permanece exactamente igual para siempre.

Ni siquiera aquello que, mientras lo estamos atravesando, parece eterno.

Por eso intento recordármelo especialmente cuando estoy mal.

No necesito resolver toda mi vida hoy.

No necesito saber exactamente cómo voy a sentirme mañana.

Solamente necesito atravesar este momento.

Un día.

Una hora.

A veces, un minuto a la vez.

Porque ya hubo otros momentos en los que pensé que el dolor nunca iba a terminar.

Y terminó.

Ya hubo días en los que pensé que no volvería a sentirme feliz.

Y volví a reír.

Ya hubo momentos en los que creí que no tenía fuerzas.

Y acá estoy.

Lo intento todos los días.

Intento no volver a caer tan profundo.

Intento reconocer cuándo necesito ayuda.

Intento aceptar que habrá días buenos y días malos.

Y cuando vuelve esa sensación de que el dolor será eterno, trato de repetirme aquellas dos palabras que tantas veces necesité recordar:

TODO PASA.

Thoughts

  • Marisol_GB

    Lo que decís de que no necesitás que te expliquen por qué deberías estar bien, uf. Yo se lo hice a mi hijo mayor un año entero, dándole razones, y lo único que logré fue que dejara de contarme.

    Permalink
  • BeatrizLagos

    Lo de comer de más y fumar más cuando algo aprieta, eso lo veo en la cocina todas las semanas. Nadie lo dice, se nota en el plato.

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  • Cecilita

    De esto no sé nada, te lo digo de una. Pero me quedé en esa parte donde contás que cuando estás bien llegás a pensar que ya pasó todo. En la clínica tengo una paciente que jura cada vez que ya no le va a tener miedo al sillón, y al mes entra igual de dura. ¿Escribir esto te sirve mientras estás dentro o recién cuando salís?

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  • MonaforEver

    QUERIDA DESCONOCIDA

    SOLO QUERÍA RECORDARTE QUE ERES IMPORTANTE, POSEES LUZ Y AÑADES VALOR AL MUNDO!

    QUERIDA DESCONOCIDA...

    RECUÉRDALO SIEMPRE..

    ERES UNA FUERZA CÓSMICA!

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