Después de tanta oscuridad, al fin veo luz. Al abrir los ojos, lo primero que observo son mis manos, blancas, rugosas y llenas de musgo. Levanto la vista, mi reflejo en el río, la curiosidad me carcome, no sé si creer que esto es real, pero quiero pensar que sí. El río, lleno de desechos, descuidado, como si nadie lo necesitara. Árboles grandes y secos me rodean, no hay vida, no hay luz. La soledad invade el bosque entero, una brisa que sofoca y quema mis entrañas.
El hambre no es un rugido en el estómago, es un vacío frío que me recorre el alma, una necesidad de consumir y de sentirme llena. Algo me domina, una fuerza extraña proveniente de mis tripas. Con una lentitud, hundo mis dientes en mi propia carne; un pedazo de mi brazo entre mis encías, sangrando y palpitando yace dentro de mi. Siento la calidez de mi propia sangre deslizarse por mi piel fría. Arde, me quema y grito del dolor, pero el placer recorre mi ser; las ganas de más me hacen pensar que no estoy bien. El hambre es más fuerte que el dolor y al mirar mi brazo chorreante, mi apetito crece y no puedo aguantar más. El sabor del segundo bocado es aterrador, pero exquisito y profundamente familiar. Si nadie va a alimentarme, me alimentaré de mi misma.
Estoy tan sola que mi propio sufrimiento es lo único que me hace sentir viva. Vuelvo a hundir mis dientes en mi carne, esta vez más profundo, arrancando trozos más grandes. El dolor y la satisfacción se mezclan en mi, en mi ser. Muerdo, mastico y trago. Ya no puedo parar. Mi reflejo en el río comienza a desvanecerse a medida que mi silueta es consumida, bocado a bocado, por mi misma, volviéndose cada vez más pequeña, hasta que queda solamente los restos de lo que alguna vez fui yo.