Si me sé de memoria cada gesto tuyo. Con una sola mirada puedo adivinar si estás bien, angustiado, enojado o apasionado.
Si cada vez que nuestras miradas se cruzan siento una complicidad imposible de explicar. Sonreímos al mismo tiempo, como si hubiera algo que ninguno de los dos dijera. Aunque a veces me pregunto si todo eso solo existe en mi cabeza.
Y si estoy loca… si me inventé cada señal.
No lo sé.
Hace años que no sentía algo así, y aun así te llamé “amigo”. Tal vez lo hice para protegerme. Tal vez para alejarte antes de que pudieras hacerlo tú.
Después fuiste tú quien me llamó amiga. Y, para variar, terminaste acercándote a una amiga mía con otras intenciones.
Nunca me invitaste a salir de verdad. Me confundías. Y cuando por fin parecía que había una oportunidad, la dejaste pasar. Encima me hiciste sentir que era mi culpa.
Nunca logré descifrarte. Había días en los que juraba que sí sentías algo. Otros en los que estaba segura de que no. Tus actos a veces decían una cosa y tus palabras otra.
Y al final… solo somos amigos, ¿no?
Nunca pasó nada entre nosotros, pero esta tensión… no sé si fue real o si solo la construí yo.
No te entiendo.
Pero dicen que el amor no confunde. Y quizás esta confusión también sea una respuesta.
Tal vez nunca fuiste para mí. Tal vez me enamoré de la idea de lo que quería sentir.
Pero, muy en el fondo, me hubiera gustado que fuera contigo.