Todo lo que brillaba aquí lo hacia muy bajito, como si brillar demasiado fuera algo prohibido y peligroso.
Todo este lugar parece un dibujo que alguien dejó sin terminar, o quizás borrado a medias: paredes de tonos grises pálidos, marrones apagados y blancos que ya no brillan, calles que se extienden rectas y silenciosas como si estuvieran esperando algo que nunca llega. Las farolas parpadean con una luz débil, amarillenta y triste, como si cada llama tuviera miedo de encenderse del todo y ser vista. Se dice que hace mucho tiempo los colores vivos se fueron de aquí, o que alguien poderoso los mandó lejos para que nada rompiera la calma… pero yo sé que no es solo eso: hay un peso espeso en el aire, una quietud que no descansa, sino que vigila; como si el mismo pueblo estuviera conteniendo el aliento.