Ciudad,
maldita maraña
de relaciones hipócritas,
de complicados absurdos,
de insólitos derechos
y obligaciones prescriptas.
Ciudad,
monstruosa edilicia
que se levanta frente a nosotros,
pequeños individuos
que respiramos como pidiendo permiso.
¿Ciudad,
quién te ha creado
tan pecaminosa y soberbia?
¿Quién te ha hecho
un engendro nefasto?
Quién más que el hombre mismo,
que en tu seno habita,
que te ha hecho… sin saber,
para destruirse a él mismo.
Ciudad,
ten piedad de nosotros,
aquellos constructores
que, sin darnos cuenta,
creamos nuestro infierno
y destruimos nuestro Edén.
Ciudad,
cementerio de almas vivas
que deambulan
en su rutina diaria
entre gigantes de acero y cemento,
apagando su alegría.
Ciudad,
ingenuos hombres te han creado
buscando el bien
y, sin darse cuenta,
construyeron el peor de los infiernos.
Vale Fischer
en algún cajón, 1994