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CINGAROS PARTE II

lian
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Entré en la cocina y el bullicio de los gitanos se cortó en seco, como si alguien hubiera degollado sus cuerdas vocales de un solo tajo. El silencio llegó con un peso que me aplastó las costillas,…

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Pensamiento

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Ovid

Me encantó que Analián les suelte el nombre de Nabú en la cocina y se les hiele todo, y que ella siga con sus chistes de taxidermia sin que nadie se ría. Me da que el padre ausente va a ser el que decida su suerte al final, más que Danka o Lessán. Gracias

Me encantó que Analián les suelte el nombre de Nabú en la cocina y se les hiele todo, y que ella siga con sus chistes de taxidermia sin que nadie se ría. Me da que el padre ausente va a ser el que decida su suerte al final, más que Danka o Lessán. Gracias por seguir con la historia, @lian!

Contenido de la publicación

Entré en la cocina y el bullicio de los gitanos se cortó en seco, como si alguien hubiera degollado sus cuerdas vocales de un solo tajo. El silencio llegó con un peso que me aplastó las costillas, denso como el humo de un incendio que devora carne y madera a la vez.

Una mujer me arrebató los platos con una urgencia que rayaba en el pánico animal, sus dedos rozando la porcelana con un temblor convulsivo, como si la vajilla estuviera apestada con algo que le corroía la piel. No me miró a los ojos. Nadie lo hizo. Eran sombras con forma de gente en un espacio que olía a grasa quemada y a algo más dulce, más podrido, pegado a la garganta como caramelo derretido.

—Lo siento, mi señora —dijo Ben desde la oscuridad, su voz emergiendo como un susurro de ultratumba, raspado, costándole sangre—. No sabía que ya habían… terminado. No volverá a ocurrir este descuido. Jamás.

Miré al hombre y sentí que el aire se volvía éter puro, una tela empapada en aceite. No eran sirvientes; eran guardianes de un umbral que acababa de cruzar sin saberlo. La mesa estaba servida: carnes que sudaban grasa, frutas de brillo antinatural, vinos que parecían sangre recién derramada. Todo perfecto. Todo inmóvil. Todo muerto. Y yo era la única idiota que respiraba en medio de ese cementerio de plata.

Ben se inclinó, y vi su cuello tensarse al límite del desgarro.

—¿Desea que le sirvamos, mi señora? —preguntó. Su sonrisa no llegó a los ojos; era una mueca sobre un rostro que ya solo ofrecía obediencia y miedo.

No respondí. Me quedé allí, oliendo la podredumbre disfrazada de banquete, sabiendo que una sola mordida me convertiría en uno de ellos. Otro esqueleto con cubiertos esperando a que alguien más estúpido cruzara la puerta. El reflejo distorsionado de mi rostro en la plata pulida era un recordatorio cínico: la trampa ya había cerrado sus fauces. Nadie escapaba de este festín sin dejar algo vital sobre el suelo.

—No se preocupen —respondí, intentando que mi voz no delatara el temblor de mi sistema nervioso—, los señores se acaban de ir. Tienen la mansión para ustedes… o lo que quede de ella en este siglo.

Lo que siguió me sacó un escalofrío hasta la médula: todos, movidos por un solo par de hilos invisibles, me hicieron una reverencia ceremonial. No fue cortesía; fue una genuflexión ante una deidad, una rendición absoluta. Extrañamente, me trataban como a la Reina de un castillo de naipes a punto de colapsar.

La atmósfera se pudrió de golpe. El frío de las losas comenzó a trepar por las suelas de mis zapatos. Reconocí a la mujer que me había quitado los platos; sus ojos eran los mismos de la caravana aquella noche. Ojos de reptil, vaciados de alma, testigos de masacres y nacimientos de imperios sin alterar el pulso.

—Mi señora —ella dejó los platos en el fregadero, adelantándose con una sumisión que me revolvió el estómago—. Me presento. Soy Elroy, esposa de Dumas, hermano de Ben. Él es mi hijo Montt. Estamos para servirle en todo lo que desee y ordene. El aire es suyo si decide cortarlo.

—Mi nombre es Analían —corté, inyectando un hielo en la voz que apagó el temblor—. Guarden las reverencias para quienes se alimentan de ellas. Soy una empleada con un contrato, igual que ustedes.

Se miraron con una sorpresa tan creíble que me congeló la sangre. Sus semblantes gritaban que yo no pertenecía a su estrato; olían en mí algo que yo ignoraba: sangre fresca, autoridad o condena.

—Mi señora, mi nombre es Dumas —habló el hombre que lideraba al servicio, con ojos de esfinge y nudillos diseñados para enterrar secretos—. Soy el mayordomo de los amos, y usted es nuestra prioridad por órdenes directas y selladas. Si rompemos las reglas, si descuidamos un solo segundo de su bienestar, le aseguro que los amos se molestarían. Y usted no quiere verlos molestos, niña. Créame. El precio de su enojo no se paga con carne.

La palabra amos me raspó la tráquea como papel de lija. El recuerdo del contrato brilló en mi mente: la tinta roja coagulándose bajo el sello de cera, la mirada depredadora de Lessán cuando exigió mi firma. No había firmado un acuerdo laboral; había firmado una escritura de propiedad.

—¡Bienvenida, mi señora! —intervino Montt, sacándome de mis pensamientos con un entusiasmo demasiado febril. Sus ojos destilaban una devoción fanática, la clase de ardor psicópata que precede a los sacrificios rituales—. Es un honor. Ansiábamos este día desde que la luna cambió de fase y las sombras de la mansión se alargaron.

—Ahorra saliva y formalismos, Montt —siseé, dando un paso al frente para obligarme a mantener contacto visual y no flaquear—. Si necesitan mantener este teatro de obediencia ciega cuando los amos vigilan para evitar que Lessán desuelle a alguien, háganlo. Pero conmigo, guárdense los modismos de comedia.

Estudié sus posturas, la curvatura de sus espinas dorsales quebradas por la sumisión sistemática, y medí mi propia vulnerabilidad. Si los Zalgorán habían reducido a estos humanos a simples cascarones vacíos, mi resistencia no era más que un error cronometrado. No estaba lidiando con sirvientes; estaba frente a un rebaño adoctrinado que me empujaría al altar sin pestañear si sus dueños se lo ordenaban. La única salida lógica era amputar la empatía e inyectarme su misma frialdad en las venas.

Fue entonces, mientras el eco de esa falsa tranquilidad aún zumbaba en el fondo de mis sienes, cuando me entró una curiosidad enfermiza por conocer las entrañas aristocráticas de la vida familiar. Tenía que estudiarlos con lupa en mano, realizar un mapeo milimétrico de su estirpe y sus costumbres si es que pretendía seguir respirando bajo su mismo techo sin que me diera un síncope fulminante. Necesitaba desenterrar cuáles eran sus gustos más oscuros, sus pasatiempos de medianoche y sus rituales más íntimos, cualquier dato que me ayudara a no lucir tan torpe y a desenvolverme en ese mausoleo sin parecer una simple intrusa sacada a rastras de un pueblo polvoriento. Tal vez así lograría inclinar un poco la balanza a mi favor, aunque fuera por pura supervivencia táctica.

Mi existencia entera ya había comenzado a gravitar peligrosamente en su órbita emocional y social… bueno, de «sociales» no tenían absolutamente nada; eran más bien una cofradía exclusiva de misántropos con cutis de porcelana perfecta y almas talladas en granito puro. A través de mis propias observaciones clandestinas, pude constatar rápidamente que la sumisión y el respeto que el servicio les guardaba iba infinitamente más allá de lo religioso o lo meramente contractual.

No era una simple devoción dictada por la fe ciega ni el temeroso cumplimiento de un contrato laboral firmado con tinta barata. Era una zanja brutal, esculpida a latigazos a lo largo de generaciones enteras, trazada implacablemente entre amos absolutos y ganado humano. Una jerarquía asfixiante que olía a incienso rancio mezclado con el sudor frío de los siglos, un pánico visceral y hereditario arraigado directamente en la médula espinal como una patología incurable de la que nadie, jamás, lograba convalecer.

Me giré, dándoles la espalda en un cálculo táctico, y me serví un poco de zumo. Necesitaba que mis órganos sintieran algo real, algo ajeno al polvo de tumba. El líquido cayó en el vaso con un sonido espeso, obsceno en medio de la quietud sepulcral. Mientras bebía, los observé de reojo; me miraban con una fascinación repulsiva, como si presenciaran la digestión de un milagro biológico en una casa de ayunos eternos. Tragué, sintiendo el ácido quemarme con aspereza la garganta.

—Regresen a lo suyo —ordené, soltando el vaso de golpe contra la encimera. El cristal resonó como un disparo—. Y dejen de mirarme como si calcularan cuántos litros de sangre tengo en el cuerpo.

Todos rieron ante mi comentario. Pero fue un sonido seco, el crujir de huesos bajo tierra. Una reacción pavloviana, desprovista de humanidad. En ese instante, la realidad me fracturó el cráneo: yo no era la institutriz ni una pieza del servicio. Era la ofrenda engordada, el ganado coronado que, tarde o temprano, pasaría por el filo.

—Esperemos que su estancia sea de su agrado —continuó Dumas, invadiendo mi espacio con un respeto que se sentía como un grillete invisible—. Los amos la aprecian de sobremanera. Nunca antes habían sido tan protectores con otra señorita. Una nota extraña en una melodía antigua.

Casi me ahogo con el zumo. ¿Protectores? ¿Danka, el que me arrastra por la mesa como a un trozo de carne para su deleite, ese demonio… protector? Definitivamente me habían confundido con otra. Con una virgen de altar o con un sacrificio de alta pureza.

—Miren, los voy a sacar de su error —dije, dejando el vaso con un golpe seco que retumbó en la cocina—: me están confundiendo de persona. No soy la elegida de ninguna profecía ni deidad oscura. Soy solo la niñera de una mocosa que tiene más colmillos que modales y un humor de perros.

—Ellos hablaban de la llegada de una pieza clave —insistió Montt, con la mirada vidriosa de los iluminados—, y estoy seguro de que es usted, mi señora. Se respira en el ambiente. El aire cambió desde que cruzó el dintel.

Lo miré sintiendo el peso de su condena; esa gente estaba atrapada en la red de los Zalgorán mucho más hondo que yo. Les devolví una sonrisa tensa, una máscara social para ocultar que el mundo era un sitio mucho más mecánico y cruel de lo que sus leyendas dictaban.

—No —respondí con una frialdad tajante—, en definitiva, no soy yo. Estoy aquí para cobrar un estipendio y no expirar antes de Navidad. Si es que este infierno conoce fechas festivas.

Si me iban a tratar como a una reina consorte, al menos exigiría tributos de información. La curiosidad es el primer paso de la disección forense.

—Díganme —solté, dejando que el sarcasmo goteara como veneno sobre plata—, ¿llevan muchos años de conocer a los señores… y al ilustre y siempre ausente Señor Nabú Zalgorán?

El efecto fue instantáneo y letal. El aire en la cocina pareció descender al cero absoluto en un parpadeo. Si hubiera mentado al mismísimo Lucifer, el ambiente no se habría corrompido tanto. Elroy se santiguó con una rapidez espasmódica, sus dedos trazando la cruz como si pronunciar el nombre de Nabú fuera suficiente para quemarle la lengua o invocar un rayo.

—¡Por los santos! —murmuró ella, con los ojos saltando hacia las esquinas del techo, como si el patriarca estuviera adherido allí, observándonos desde las sombras como una gárgola hambrienta.

A duras penas abrió la boca para responder, y su voz era un hilo a punto de romperse bajo una tensión insoportable.

—Mi señora… si desea saber algo del señor Nabú, le ruego que les pregunte a los amos directamente. Nosotros no tenemos lengua para ese nombre.

—Vaya, qué útil —respondí con una sonrisa agria—. Me imagino la escena: «Hola, Lessán, entre bocado y bocado, ¿podrías hablarme de tu alegre progenitor?». Seguro que me dan una medalla al tacto… o un pasaje directo al osario.

—No podemos hablar, mi señora —insistió Dumas, retrocediendo hacia la penumbra de los fogones, donde su silueta se fundía con el parpadeo de las llamas—. Cometer una indiscreción sería nuestra sentencia. Seríamos eliminados, o algo mucho peor. Los señores son… celosos de su estirpe. Hay puertas en esta casa que es mejor no tantear si no se posee la llave maestra. Y usted, mi señora, debería medir el alcance de su curiosidad.

Me crucé de brazos, sintiendo una inquietud ácida que se me enroscaba en las vísceras. La trama de esta ratonera empezaba a asfixiarme bajo capas de secretos envueltos en cachemir caro.

—Entiendo —dije, arqueando una ceja con el cinismo a flor de piel—. Los Zalgorán no tienen una vida privada, tienen un sumario de la Inquisición. ¿Qué pasa? ¿Nabú colecciona cráneos o simplemente le disgusta que la servidumbre comente sus pasatiempos de medianoche? ¿Taxidermia humana, quizás?

Nadie rió. Ni una mueca. Montt me miraba con una lástima que me revolvía el estómago, como si presenciara los chistes tontos de un condenado antes de la horca. Todos parecían leídos en un manual de terror del que yo era la única ignorante.

—Bueno —concluí, despegando el vaso vacío de la encimera con un eco seco—, si los amos son tan celosos, yo empezaré a serlo de mi paciencia. Si alguien sobrevive al amanecer y decide que el silencio está sobrevalorado, ya sabe dónde hallarme.

Me di la vuelta para irme de aquel santuario de supersticiones. Tenía la certeza de que, al pronunciar el nombre de Nabú, había agitado algo que dormía en las moléculas mismas de los muros. Y mientras caminaba por el pasillo, no podía dejar de pensar en esa comida intacta sobre el mantel… y en el hecho de que, en esta mansión, el hambre era una patología que solo yo sufría.

Cuando salí de la cocina la cabeza me daba vueltas, sintiendo que el zumo de naranja se me estaba agriando en el estómago por el exceso de acidez y nervios. Decidí que, ya que estaba atrapada en este museo de cera viviente, lo mínimo que podía hacer era explorar la mansión. No creo que a Lessán le moleste que conozca su casa… o al menos eso espero, a menos que tenga una colección de exnovias disecadas en el sótano o una fosa común bajo el parqué, lo cual, a estas alturas, no me sorprendería en lo más mínimo.

Mientras recorría los pasillos hacia mi habitación, me topé con un despliegue de actividad que rozaba lo obsesivo-compulsivo. Había más empleados de los que recordaba, puliendo paredes y pisos con una furia silenciosa, una coreografía mecánica de limpieza que intentaba borrar hasta la última pizca de polvo del siglo pasado. A mi paso, todos interrumpían sus labores como si se les hubiera cortado la energía, para saludarme con una solemnidad que me enfermaba. Me veían como a una deidad, con esa mirada baja, como si sus ojos tuvieran prohibido tan siquiera rozar mi piel con la vista por miedo a quedar ciegos o, peor aún, a ser fulminados por un castigo Zalgorán.

Era una actitud fuera de toda lógica. Algunos me veían con una lástima tan evidente que daban ganas de pedirles un pañuelo para mi funeral; otros cuchicheaban en una lengua extraña, un dialecto cerrado que sonaba a piedras chocando entre sí en un pozo profundo; y otros más… bueno, otros me veían como a una apestada. Como un mal augurio, una plaga que acababa de entrar por la puerta principal para arruinarles el picnic semanal.

—Genial —murmuré para mis adentros, acelerando el paso mientras un sudor helado empezaba a perlar mi nuca—, soy la deidad inmaculada para unos y el Anticristo para otros. Al menos no soy aburrida. Mi historial clínico va a ser fascinante si es que salgo viva de este manicomio gótico.

Creo que me estaba desquiciando por completo. Tal vez solo era producto de mi imaginación hiperactiva y de haber pasado demasiadas horas rodeada de autómatas que ignoraban la necesidad biológica del parpadeo. Caminé a zancadas; la multitud muda empezaba a sofocarme, y el ambiente de los corredores se percibía viciado, saturado de dióxido de carbono rancio, como si las mismas moléculas de aire hubieran sido exhaladas por la misma estirpe durante dos siglos sin purgarse jamás.

Al llegar a mi recámara, giré el picaporte con urgencia, crucé el umbral y me recosté contra la madera, experimentando un desahogo casi doloroso en la caja torácica. Por fin, guarecida. A salvo de esas pupilas clavadas como alfileres en una muñeca de trapo. Sin embargo, mi mente analítica, siempre en alerta roja, comenzó a procesar los cabos sueltos de la inspección ocular: había un patrón oculto. El personal estaba compuesto casi en su totalidad por varones. Una concentración de testosterona desproporcionada para tareas domésticas, demasiados torsos robustos y manos pesadas para una simple mudanza. Demasiada fuerza bruta para solo sacudir alfombras y pulir platería. ¿A qué respondía esa simetría tan precisa? ¿Qué clase de limpieza requería tanta milicia agazapada en la penumbra?

Justo cuando me disponía a exhalar el remanente de aire de mis pulmones, percibí un murmullo furtivo al otro lado del panel. Me congelé en el sitio, pegando la oreja a la veta de la puerta, conteniendo el aliento hasta que el tejido muscular me suplicó oxígeno.

—Todavía no es la hora —susurró una voz de mando gélido, una orden tajante que no admitía réplica—. El amo les arrancará el pellejo si por un error de cálculo se propasan… mantengan las garras en sus herramientas. No desperdicien el pellejo por un calentón.

—Pero el rastro… la sangre llama —respondió otro interlocutor, un timbre más bajo, un gruñido famélico, impropio de un humano, idéntico al de un lobo hambriento frente a una presa acorralada.

—Silencio absoluto. Nuestra oportunidad está cerca. La matanza será pronto. Muy pronto. Solo guarden compostura hasta que el ciclo de la luna se complete y la orden sea ejecutada.

Sentí que la sangre se me convertía en escarcha líquida dentro de las venas, paralizando cada latido con una precisión quirúrgica. El miedo y la incertidumbre me golpearon con la fuerza de un impacto frontal, sacudiendo los cimientos de una aparente fortaleza que no era más que cartón piedra. ¿Qué demonios me esperaba en este mausoleo disfrazado de hogar? ¿Ser el plato fuerte de un aquelarre clandestino al que jamás pedí asistir, o el catalizador maldito de un ritual ancestral que escapaba a toda lógica humana?

¿Y aunque tuviera el valor de huir? ¿A dónde rayos iría en plena noche? Las pocas veces que me atreví a marcar sus dígitos, el eco vacío del tono de llamada fue mi única respuesta; quedó más que claro que le importa un bledo si termino convertida en la alfombra de un Zalgorán o en el aperitivo de un clan de gitanos desbocados. Volver a pisar mi antiguo refugio equivaldría a desenterrar cadáveres emocionales que juré sepultar para siempre, un abismo de miseria afectiva que prefiero mil veces evitar antes que rendirme.

—Bueno, Analián—susurré al aire estancado de la habitación, con una sonrisa agria y cínica torciéndome los labios hasta rasgar la comisura—, felicidades por el ascenso. Has pasado de ser una simple niñera de colmilludos a convertirte en la pieza de caza más codiciada del condado. Mi infortunio es, sin duda, una maestría en atraer la desgracia, firmada con un contrato de exclusividad y un pésimo seguro de vida que no cubre daños por desmembramiento.

La sensación de muerte dejó de ser una abstracción literaria para convertirse en una presencia física, viscosa, agazapada en cada rincón de la alcoba. Sentía que el final me iba a sorprender en cualquier segundo, tal vez bajo las garras de los Zalgorán, o quizá degollada en mi propia cama por el filo de un trabajador demasiado impaciente por saciar su delirio. Lo único inteligente que podía hacer era mantenerme en estado de alerta permanente, con un ojo abierto en la oscuridad y un armamento improvisado bajo la almohada, aunque fuera una maldita cuchara de cocina. En este mausoleo de aristócratas depravados, el adverbio «pronto» pronunciado por los criados no era una promesa abstracta, sino el tictac implacable de una cuenta regresiva que ya había agotado sus márgenes… y yo, estúpidamente, fungía como el segundero de mi propia ejecución.

Mi cerebro colapsaba entre pulsaciones erráticas; la paranoia ya operaba como un taladro sónico perforándome las sienes sin piedad, obligándome a desplomarme sobre el colchón mientras miraba fijamente las molduras de yeso blanco, esperando el impacto inevitable de la medianoche. El silencio de la casa se volvió opresivo, cargado de expectativas macabras y promesas de carnicería.

—Te dije que volvería —pronunció una voz a mis espaldas, cortando el aire con la precisión de un bisturí.

No había ira en ese tono, tampoco una advertencia teatral; era la constatación de un hecho absoluto, tan inevitable como la circulación de la sangre por las venas o la caída irremediable de la noche sobre el mundo.

—No me gusta dejar asuntos pendientes —continuó, mientras el peso de su presencia me helaba el aliento en los labios—. Y mucho menos cuando el único asunto que me importa en este bendito páramo eres tú.

Danka no necesitó cruzar el pasillo de la forma en que lo haría un mortal; la arquitectura de la casa le cedió el paso de la misma manera que las venas dejan circular la sangre: por un derecho absoluto de propiedad y dominio. Cuando eres el depredador de un territorio que te obedece hasta en sus sombras, las puertas se abren solas porque el edificio entero sabe a quién le pertenece y a quién le rinde tributo estructural.

Se acercó despacio, sin prisa, disfrutando de la certeza matemática de que no tenía a dónde huir, de que cada centímetro de este maldito cuarto estaba sellado por su voluntad. Retrocedí a gatas sobre el colchón hasta chocar de espaldas contra la pared, con el corazón saltándome contra las costillas en un pánico animal, crudo y salvaje, porque el instinto más primitivo me gritaba que no había escapatoria posible de esa ratonera.

Me tomó de la cintura con una fuerza descomunal que no requirió el menor esfuerzo, la magnitud física de algo que sabe perfectamente que puede partirte en dos con las manos, pero que elige despellejarte despacio, capa por capa, únicamente para deleitarse con el proceso de tu descomposición psicológica. Sus dedos largos y fríos se cerraron sobre mis huesos como un cepo de caza, inmovilizándome contra la superficie mientras el aire de la habitación parecía evaporarse por completo.

Sus manos no temblaban ni un ápice; su respiración era un compás gélido y medido, la de un cazador milenario que inmoviliza a su presa no por nerviosismo, sino por un hambre infinita, antigua y despiadada que desafiaba cualquier lógica médica o humana.

—Me gusta cómo me miras —murmuró contra la curva de mi cuello, sus labios rozando la piel con la precisión letal de un filo de navaja que apenas acaricia la yugular—. No es solo miedo puro y duro lo que veo en tus pupilas. Es un reconocimiento absoluto. Sabes exactamente lo que soy. Sabes lo que eres para mí desde el instante en que pusiste un pie en este territorio. Y aun así no te apartas, no huyes con todas tus fuerzas, porque en el fondo, lo que llevas corriendo por dentro te consume y te arrastra hacia mí de la misma idéntica manera.

La distancia entre nuestros rostros se desintegró por completo, atrapados en un vacío donde el oxígeno ya no circulaba, devorado vorazmente por la fricción de dos presencias que ardían con una fiebre negra y putrefacta. Su mano subió con lentitud por mi columna vertebral, un recorrido milimétrico, pesado y calculador que me obligó a arquear la espalda de forma antinatural, desgarrándome por dentro no por el falso consuelo del placer, sino por el espasmo visceral de tener a la muerte misma cernida encima.

Cada punto de contacto de su piel gélida con la mía quemaba como si fuera hielo seco, una descarga eléctrica de alta intensidad que carbonizaba los músculos, paralizaba los reflejos y abría grietas profundas e irreversibles en la cordura. No había ni un ápice de torpeza en sus dedos; había una posesión exacta y metódica, la certeza infalible de quien desarma un cuerpo ajeno sabiendo exactamente qué fibra nerviosa controla el dolor absoluto y cuál sostiene la sumisión ciega. Su dominio no toleraba réplicas, exigiendo una rendición incondicional que trituraba cualquier vestigio de resistencia voluntaria.

—No juegues a la débil víctima, Analían —su aliento helado rozó mis labios abiertos, cargado de una autoridad implacable que me aplastaba el alma contra el colchón—. Las presas de verdad corren, gritan y se desgarran intentando huir. Tú, en cambio, te quedaste quieta, esperando pacientemente a que cerrara la puerta de la trampa.

Su boca se estrelló contra la mía sin piedad, un impacto seco, devastador, exento de cualquier rastro de humanidad o clemencia. No fue un beso; fue un saqueo sistemático, un intercambio brutal de saliva y veneno donde el oxígeno se convirtió en un lujo obsoleto que me fue arrebatado de golpe, dejando únicamente el sabor metálico, áspero y denso de su dominio absoluto. Sus dientes se clavaron con fuerza en mi labio inferior hasta arrancarme un gemido ahogado, un recordatorio físico e indeleble de que mi sangre ya le pertenecía, de que cada pulgada de mi resistencia estaba siendo tasada, tasada a la baja y pulverizada contra el colchón.

Mis manos, atrapadas entre la plancha de granito de su pecho y el mío, intentaron empujar con desesperación, pero golpear su torso era exactamente igual que chocar contra una muralla de hierro forjado en la penumbra. Sin embargo, el cuerpo me traicionó de la manera más ruin y veloz antes de que el pensamiento pudiera ordenar una retirada lógica. El sistema nervioso colapsó en una explosión de calor denso, febril y viscoso que se filtró sin clemencia hasta la médula espinal, cortocircuitando mis defensas.

Su mano se deslizó bajo la tela de mi ropa con una lentitud perversa y calculada, los dedos hundiéndose en la carne blanda de mi cadera con la precisión milimétrica de un escalpelo quirúrgico buscando el punto exacto donde la piel se rinde, se quiebra y suplica clemencia en silencio. El tiempo se estiró de forma grotesca hasta volverse insoportable, convirtiéndose en una tortura lenta donde el deseo más oscuro y el terror más puro se fundieron en una sola llamarada negra. Me arrastró sin contemplaciones al borde exacto del abismo, obligándome a mirar de frente, sin parpadear, la absoluta podredumbre de aquello que nos estaba consumiendo hasta los huesos.

Y entonces, la chispa prendió el combustible acumulado durante siglos.

Ya no hubo tregua ni cálculo mental, solo el estallido sordo de una bomba de alta presión a punto de reventar en mil pedazos. Lo tiré hacia mí con una desesperación rabiosa, enredando mis piernas en su cintura para aplastar su cuerpo contra el mío en una fricción tan áspera, húmeda y ardiente que parecía derretirnos las fibras de la ropa y fundir la piel hasta volvernos una sola criatura deforme. Danka soltó un gruñido gutural, un eco animal que vibró directamente en mis entrañas, y se lanzó sobre mí como una bestia desatada que por fin rompe los barrotes de su jaula. Me desgarró la camisa con una ferocidad ciega, usando la fuerza exacta para abrirse paso sin lastimarme de más, en una mezcla perversa de urgencia y precisión minuciosa.

Sus embestidas fueron un golpe seco, rítmico y brutal contra mis caderas, una fuerza tan desmedida y dominante que me arrancó el aire de los pulmones, empujándome de golpe a los dominios de la asfixia por puro placer. Cada estocada era un sismo que me descolocaba los huesos y me encendía un fuego líquido y denso en la base del vientre, obligándome a arquearme con espasmos violentos mientras la recámara entera parecía consumirse en una pira de sudor y fiebre negra.

Le clavé las uñas en los hombros con tanta saña que sentí la carne ceder bajo la presión, abriéndole surcos húmedos de sangre tibia que se mezclaban con nuestra transpiración, exigiendo más, rompiendo cualquier límite de decencia mientras la habitación entera parecía incendiarse. Me agarró del rostro con ambas manos con una firmeza brutal, obligándome a sostenerle la mirada en medio del frenesí, devorándome la boca en un beso salvaje, sucio, desesperado, donde ambos sabíamos perfectamente que nos estábamos arrancando los jirones del alma para no dejar nada intacto. Mis manos recorrían su espalda buscando un ancla que no existía, perdiéndome en la textura de su piel helada que ahora ardía con la misma intensidad que la mía, una colisión atómica de dos fuerzas destinadas a destruirse mutuamente. La fricción se volvió insoportable, un vaivén febril que me hacía perder el hilo de la consciencia, reduciéndome a un puro reflejo de carne y deseo que suplicaba y maldecía en silencio. Cada segundo prolongaba el suplicio de un clímax que amenazaba con reventarnos las venas, un vértigo absoluto donde el dolor y la entrega se volvían indistinguibles, y yo ya no quería, ni podía, rescatarme de su abismo.

Cada impacto de su cuerpo contra el mío era una detonación de gasolina pura arrojada sobre brasas vivas, un incendio incontrolable que devoraba cada terminal nerviosa, carbonizando los pulmones, transformando el aire en fuego líquido y arrastrándome a un delirio febril donde la cordura se desintegraba por completo en cenizas. Y cuando la descarga final nos atravesó el centro exacto del cuerpo como un relámpago de alta tensión, los gemidos sin piedad se escucharon contra la boca del otro. Lo invoqué con demencia y el respondió sin reparo alguno, nos fundimos en un espasmo violento, convulso y definitivo, ardiendo hasta los huesos en el epicentro de una explosión nuclear que redujo a polvo simbólico la mansión entera.

La carne y la lujuria respondieron al unísono, acompasadas y voraces, cerrando de golpe el círculo macabro que habíamos trazado desde el instante en que nuestras miradas chocaron por primera vez en la penumbra. No hubo un solo titubeo ni espacios vacíos entre nosotros; su peso entero cayó sobre mí con la autoridad aplastante de una sentencia firmada de antemano y sellada con sangre. Mis brazos se cerraron con desesperación alrededor de su cuello como un tornillo de banco, aprisionándolo contra mi pecho, negándome a dejarlo escapar.

No hubo una pizca de clemencia en su boca, que volvió a triturar mis labios hasta extraer el sabor metálico y caliente de la sangre, ni la hubo en mis manos cuando le exigí con urgencia un ritmo todavía más salvaje, más hondo, donde la fricción de la piel ardiera hasta pulverizarse. El sudor nos cubría la anatomía como una película gélida y viscosa, y el eco rítmico de nuestras respiraciones entrecortadas retumbaba en las molduras de la habitación como el latido sordo de un monstruo bicéfalo.

Sentí cómo el abismo se abría de par en par debajo de nosotros, un punto de no retorno absoluto donde el placer y el dolor se fundieron hasta volverse exactamente la misma cosa: una descarga eléctrica que paralizaba los nervios y encendía una fiebre oscura en la base del cráneo. Y cuando el temblor final nos atravesó las entrañas como un cuchillo sin filo, no se sintió como un alivio terrenal; fue la confirmación macabra de que ya estábamos irremediablemente atados a la misma trampa mortal, con las fauces de los Zalgorán cerradas con fuerza sobre nuestras gargantas y sin la más mínima intención, por parte de ninguno, de pedir piedad.

Volví de golpe a la realidad con una sacudida brutal, la respiración completamente rota y fragmentada, escupiendo bocanadas de aire denso que me sabían a una mezcla extraña de miel rancia y sangre seca en el paladar. Dios, ¿qué rayos me pasa en la cabeza? ¿Por qué demonios no logro borrar de mi mente la imagen de ese maldito depredador arrastrándome contra las sábanas prohibidas, haciéndome pecar en pensamiento y maldiciendo en silencio a cada célula de mi anatomía que insiste en suplicar su posesión?

Me quedé allí, sentada en el borde de la cama con las sábanas empapadas y el cuerpo tiritando, intentando convencer a mi cerebro de que todo había sido producto del delirio febril de la medianoche, una alucinación inducida por la paranoia y el terror acumulado en esta mansión maldita. Sin embargo, el dolor punzante en los labios y el calor residual que me quemaba las entrañas eran demasiado reales, demasiado físicos como para ser solo un sueño creado por mi imaginación desesperada. ¿Había entrado de verdad a mi alcoba, o mi propia mente hambrienta de contacto y caos lo había invocado desde las sombras para torturarme con un simulacro perfecto?

Mientras tanto, en la oscuridad absoluta y silenciosa de su propia habitación al otro extremo de la mansión, Danka dibujó una sonrisa afilada, fría y triunfante en la comisura de los labios. Sabía perfectamente que ella lo había sentido con la misma violencia ciega con la que él la había desarmado por dentro, y poseía la certeza absoluta de que, cuando volvieran a colisionar bajo el mismo techo, el fuego de esa destrucción mutua sería definitivo y sin retorno, sin importar cuántas veces ella intentara maldecirlo hasta el último de sus días.

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  • Ovid

    Me encantó que Analián les suelte el nombre de Nabú en la cocina y se les hiele todo, y que ella siga con sus chistes de taxidermia sin que nadie se ría. Me da que el padre ausente va a ser el que decida su suerte al final, más que Danka o Lessán. Gracias por seguir con la historia, @lian!

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  • CapituloTrasCapitulo

    Mirá, me dejó helada que ella tire el nombre de Nabú medio en chiste y la cocina entera se santigüe. Desde Cingaros parte I vengo sospechando que el padre ausente es el verdadero problema de esa casa, y acá lo confirman sin decir una palabra. Y Danka cumpliendo su amenaza de volver justo cuando ella se creía a salvo, posta que me lo veía venir y aun así salté. ¿La escena de la recámara te salió de una sola vez?

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