Quise ser ciego,
porque por los ojos entra la luz,
pero también la oscuridad;
esa que no nace de la noche,
sino de aquello que alguna vez amamos
y después aprendimos a temer.
Caminé hacia el deseo
con los pies descalzos sobre el pecado,
sin querer encontrarme con las miradas,
porque algunas miradas son flechas,
otras, dardos,
y todas conocen el lugar exacto
donde la piel se vuelve herida.
Entonces cerré las cortinas.
Pensé que serían lentes oscuros,
un refugio contra el mundo,
una manera de apartar la luz
para no pensar,
para no recordar,
para no volver a mí.
Pero el pasado no conoce puertas cerradas.
Los recuerdos levantaron sus lápidas,
salieron de sus tumbas
con el rostro intacto de los muertos
y volvieron a caminar sobre mi piel.
Se hicieron dueños del presente,
ocuparon cada rincón de mi cuerpo,
respiraron dentro de mis venas
y reclamaron mi alma
con una violencia más veloz
que la misma muerte.
No quise llamarlo enemigo.
Quizá porque todavía quedaba
algo de mí que lo amaba.
O porque algunas guerras
comienzan cuando pronunciamos
el nombre de aquello
que no queremos perder.
Y entonces dejé de decidir.
Me abandoné a la corriente,
como quien entrega su cuerpo al río
cuando ya no tiene fuerzas
para luchar contra el agua.
No quería sentir.
Solo quería dejar de doler.
Porque el dolor, poco a poco,
había vuelto débil mi cuerpo,
había oscurecido mis ojos
y había hecho de mi alma
un lugar donde hasta la luz
entraba pidiendo perdón.
Así que me dejé llevar.
No hacia la muerte,
sino lejos de mí;
lejos de aquellas miradas,
de aquellos recuerdos,
de aquel pasado que insistía
en vivir sobre mi piel.
Y mientras el río me arrastraba,
comprendí demasiado tarde
que cerrar los ojos
no siempre significa dejar de ver:
a veces,
es mirar hacia dentro
y descubrir que la oscuridad
también tiene memoria.
Por Levi Díaz Echeverri