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Carta a mi profe favorito

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Pensamiento

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RaulF23

Lo del político que primero tiene que arreglar una bicicleta antes de dar un discurso lo firmo entero.

Lo del político que primero tiene que arreglar una bicicleta antes de dar un discurso lo firmo entero.

Contenido de la publicación

Querido profe:

Hay algo hermoso en la revolución.

No sé si alguna vez se lo he dicho así, pero la revolución me parece una de las palabras más bonitas que ha inventado el ser humano. Revolucionar es darle la vuelta a una cosa que parecía condenada a permanecer igual. Es descubrir una flor donde nadie esperaba que naciera nada. Es enamorarse. Es regalar chocolates sin que nadie los haya pedido. Es aprender una canción nueva, cambiar de opinión, perdonar a alguien, inventar una pregunta que antes no existía.

Y quizá la revolución más importante de todas ocurre en la cabeza de un niño cuando deja de pensar exactamente como pensaban sus padres.

Llega la pubertad y ocurre esa pequeña catástrofe maravillosa: el muchacho comienza a sospechar que los adultos no tienen necesariamente razón.

¡Qué maravilla!

De repente aparecen las preguntas. ¿Por qué? ¿Y si no? ¿Quién dijo? ¿Cómo lo sabemos? ¿Por qué tengo que creerlo? ¿Por qué usted piensa eso?

Y ahí comienza algo que ningún profesor debería querer detener: el pensamiento propio.

Por eso le escribo.

Porque yo sí creo en las revoluciones, profe. Pero tengo una condición: que sean revoluciones de seres humanos y no de partidos políticos.

Usted sabe que en el Evangelio hay un pastor que deja las noventa y nueve ovejas para ir a buscar una sola.

Pues yo conozco al verdadero pastor que hace eso.

Es usted.

Porque el buen profesor no abandona al muchacho que se quedó atrás. No dice: «Ya tengo suficientes». No convierte a un alumno en una estadística perdida. Va por él.

Y precisamente por eso me preocupa tanto cuando a los niños se les entrega una ideología como si fuera una vacuna contra el pensamiento.

Le cuento una cosa que me hizo pensar mucho.

Un día mi hermano tuvo que quedarse hasta las diez de la noche esperando a que los padres de un niño fueran a recogerlo. Perdió su primera línea de bolos. Todo ese tiempo esperando.

Y uno podría indignarse.

Pero después apareció la explicación: los padres no habían llegado porque, sencillamente, habían olvidado que les tocaba recogerlo.

No se habían matado en la moto.

No había ocurrido una tragedia.

Habían olvidado el turno.

Y eso me parece una enseñanza política extraordinaria: muchas veces creemos estar viviendo una gran tragedia histórica cuando, en realidad, alguien simplemente olvidó hacer su trabajo.

Por eso yo quiero una revolución de flores.

Una revolución de amor.

Una revolución de chocolates.

Una revolución de muchachos que descubren que pueden pensar.

Una revolución de profesores que consiguen que un niño que no entendía una cosa finalmente diga: «¡Ah!».

Pero, por favor, nunca una revolución política para los niños.

Porque los políticos son otra especie.

No les importa demasiado la bandera cuando no les sirve. Ni la religión cuando no les sirve. Ni los pobres cuando no les sirven. Ni los ricos cuando no les sirven. Ni siquiera sus propios principios cuando dejan de servirles.

Muchos son abogados del contexto.

Esperan a que ocurra algo y entonces descubren, maravillosamente, que siempre estuvieron del lado correcto de la historia.

No tienen que creer en nada.

Solo tienen que saber aprovechar lo que hay.

Y yo no quiero que usted termine viendo a sus alumnos convertidos en pequeños soldados de ninguna causa.

No quiero ver a uno convertido en neonazi.

Tampoco quiero verlo convertido en el Che Guevara.

No quiero verlo baleado por la policía.

Ni por «el bando enemigo».

No quiero que un muchacho que todavía está descubriendo quién es termine muriendo por una bandera que ni siquiera tuvo edad suficiente para escoger.

Porque una cosa es enseñar historia.

Otra cosa es enseñar a odiar.

Una cosa es explicar una revolución.

Otra muy distinta es fabricar revolucionarios.

Y una cosa es enseñar política.

Otra es meter la política en la cabeza de un niño antes de que el niño haya aprendido a defender su propia cabeza.

Yo le pediría algo, profe.

Si algún día aparece un político que usted considera verdaderamente admirable, no me lo presente primero con un discurso.

Preséntemelo trabajando.

Que haga lo que sea.

Que arregle una bicicleta.

Que cargue una caja.

Que barra una calle.

Que atienda una tienda.

Que cuide un niño.

Que haga algo útil con sus propias manos y no solamente con las manos de los demás.

Ese día quizá le creo.

Porque el día en que un político pueda demostrar que sabe trabajar sin necesitar una bandera detrás, una multitud delante y una cámara encendida, quizá podamos empezar a hablar de confianza.

Mientras tanto, dejemos que los niños sean niños.

Déjelos enamorarse.

Déjelos equivocarse.

Déjelos cambiar de opinión.

Déjelos discutir con nosotros.

Déjelos descubrir que sus padres se equivocan.

Déjelos descubrir que sus profesores también.

Déjelos descubrir incluso que ellos mismos pueden estar equivocados.

Porque esa es la verdadera revolución.

La que no necesita fusiles.

La que no necesita mártires.

La que no necesita enemigos.

La que no necesita que un muchacho muera para demostrar que tenía razón.

Profe, se lo suplico: no les entregue a los niños la política cochina de ningún bando.

Ni la de la izquierda.

Ni la de la derecha.

Ni la de los patriotas profesionales.

Ni la de los revolucionarios profesionales.

Ni la de quienes prometen salvar al pueblo.

Ni la de quienes prometen salvar la patria.

Enséñeles, antes que nada, a pensar.

Y cuando ya sepan pensar, déjelos escoger.

Porque si un adulto necesita adoctrinar a un niño para conseguir que el niño piense como él, quizá el problema no está en el niño.

Quizá es que la idea no era tan buena.

Y termino preguntándole algo que me parece imposible esquivar:

¿Cuántos países ha arreglado tu dogma político?

¡Cero!

Entonces quizá podamos empezar por arreglar una cosa mucho más pequeña.

Una cabeza.

Una sola.

Como el pastor.

Como usted.

Thoughts

  • notaAlPie

    Como profe, la carta me deja con una incomodidad útil. Pedir que no entre la política al aula suena limpio, pero explicar por qué alguien pasa hambre o por qué cayó un gobierno ya es política, aunque uno nunca diga por quién votar. Lo que sí se puede evitar es entregar la respuesta hecha. Yo pongo dos versiones en la mesa y ninguna es la mía, y aun así algún muchacho llega a su casa diciendo que el maestro es comunista. Apuesto a que tu profe favorito escuchó esa misma acusación alguna vez.

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  • RaulF23

    Lo del político que primero tiene que arreglar una bicicleta antes de dar un discurso lo firmo entero.

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