La cama se ha cansado de mí. Anoche, entre el crujido sordo de los resortes y el frío de las sábanas, habló conmigo. Me confesó que ya no es feliz, que le pesa demasiado la tristeza que le he ido contagiando noche tras noche. Me dijo que le estorba cuando alguien ajeno se sienta en su orilla, que la soledad la abruma y que detesta este insomnio perpetuo que la incomoda y le roba el sueño.
Siente que mi depresión se ha metido entre sus costuras, volviéndose un inquilino al que no invitó. Por eso, con un murmullo de algodón viejo, me ha pedido que me lleve mis sombras a otra parte, que deje de invadir su espacio sagrado.
Pero ¿cómo se supone que le explique que ella es mi única trinchera? ¿Cómo le digo que, cuando el mundo pesa demasiado, su colchón es el único lugar seguro que me queda para intentar olvidar?
"No quiero pesarte, compañera de mis horas largas," le susurré de vuelta en la penumbra. "Eres la única que ha abrazado mis silencios rotos y mis lágrimas mudas. Si busco tu refugio no es para castigarte, sino porque en medio de esta tormenta, tus sábanas son el único mapa donde todavía reconozco la forma de mi propia calma."
Y ella, resignada y con un leve suspiro en la estructura, volvió a guardar silencio. Tal vez entendiendo que, a veces, incluso los lugares sagrados tienen que aprender a cargar un poco de nuestro invierno, recordándonos que no estamos tan solos mientras alguien —o algo— nos sostenga el peso de la noche.