Cargando…

CAPÍTULO NEGATIVO (ANTES DE NADA)

nombredeusuario
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 16 votos positivos 0 votos negativos 0 series

De cómo el señor Don Carlos leyó al Quijote hasta volverse loco, y del remedio que halló en las Santas Escrituras

In groups

Contenido de la publicación

De cómo el señor Don Carlos leyó al Quijote hasta volverse loco, y del remedio que halló en las Santas Escrituras

Dizque el Excelentísimo, Doblesanto Señor Don Carlos Kirk Primero, Caballero Mártir de Academias, Fiel Servidor de la Virgen y Capitán General de la Caballería Ligera de la Lengua, halló una vez un ejemplar del Quijote y comenzó a leerlo con tanta aplicación que, al cabo de pocas jornadas, ya no miraba a los hombres como hombres, sino como personajes puestos allí por la pluma divina de su propio libro.

El monje que le asistía, viendo cómo el libro, tan agresivo, mordía la cordura de su señor, intentaba distraerlo:

—Señor, dejad ese libro, que es el peor de los libros. Y lo digo con sinceridad, pues habla mal de los libros mismos y ya os ha sorbido el seso.

Mas Don Carlos no le oyó, que tenía los ojos ocupados en la versión apócrifa de Avellaneda; y al morbo del Rey le agradaba en secreto aquella lectura falsa, por ser de su gusto regio.

Mi señor, la guerra le obsesionaba, mas ésta era otra guerra, más compleja, casi invisible y eterna: la primera guerra mundial de las letras, transmitida en vivo por escribanos y copistas, presenciada por millones y bautizada desde entonces como las Semánticas Guerras Quijotescas.

Pues había descubierto en aquellas guerras de letras una cosa que le pareció más maravillosa que los gigantes sabios, los molinos y los castillos tomados a espada.

Había allí, en medio de la disputa, el personaje de un hombre noble que obedecía a los libros y, aun así, no debía hacerlo. Por primera vez los lectores veían que podía verse mal leer.

Don Quijote hacía lo que se enseñaba en la escuela: obedecer los libros, y luego salía al mundo a aplicar aquellas letras como si fueran ley de necios y verdad de locos.

Eso era asombroso para la época.

Y por haberse burlado de los libros y de tantos autores, el mismo don Quijote fue, por decirlo así, arrebatado de su fortaleza —que parecía inexpugnable— y sacado de ella, junto con los demás personajes, por el malicioso Avellaneda, para ser metido en otro libro flojo, descosido y lleno de manchas hasta en las jotas.

Fue éste un golpe bajo para Cervantes, por su natural arrogancia, que en las guerras de las letras es pecado mortal, y, sobre todo, un golpe al bolsillo, que es lo primero que se vacía cuando la fortuna comienza a dar la espalda.

Mi señor ponía a los dos Quijotes uno frente al otro, y eran exactos, como cuando se pone a un villano sin alma al lado de uno con ella. Por más que se les examinase por dentro y por fuera, se veían idénticos.

Mas había una maldición en la versión malvada, así decía mi señor:

«El mal libro mal acompaña; y es incómodo leerlo por entero, pues obliga a subir andamios flojos y temblorosos, demasiado altos para el fruto que ofrecen. ¿Es lo falso necesariamente feo? ¿Es el diablo, en el fondo, aburrido, como se vuelve tedioso un banquete con vino, en el que hasta los sirvientes más fieles se esconden y huyen?»

Don Carlos cerró el volumen maldito y quedó largo rato mirando al vacío.

—¡Fraile!

—¿Señor?

—He aquí la guerra.

—¿Cuál, señor?

—La victoria en la guerra no consiste en escribir con elegancia ni con juicio, sino en hacer monerías para atraer la mirada; y cuando se ha robado la atención, entonces sí se habla. No ha de escribirse un libro falso entero, sino imitar el comienzo del bueno y torcerlo apenas lo suficiente. Y al cerrarse el libro falso, se cierra también la trampa en la cabeza, de modo que la mente ya no pueda escapar ni volar libremente. Así que aprende, recluta, esta verdad: una vez te lean, nadie podrá «desleerte».

El monje hizo la señal de la cruz.

—Eso no es posible, señor. Es terrible. ¿Cómo ha de juzgar mi señor, o un humilde monje, si el texto es falso, si no debe leerse aquello que, una vez leído, no puede desleerse?

—¿Y qué diferencia hay cuando los malos son los más buenos? —dijo el rey, señalando la versión de Avellaneda, y rió solo.

El monje no supo responder y, al ver al rey ya derramando el vino de su copa, intentó ausentarse.

Entonces Don Carlos abrió nuevamente el libro falso y le apretó el brazo con sutil advertencia.

—Mira bien, fraile. El buen Caballo de Letras hace lo mesmo que Sancho. Dádsele un señor creyente y noble, y hablará con filosofía de villa, llana, práctica, simple y aguda. Mas dádsele un caballero grotesco e iracundo, como el de Avellaneda, y, por amor a su dueño, descenderá a hacerlo ver alto, hasta el nivel de las bestias que viven escuchando sólo a sus mollejas.

El monje comenzó a sospechar que aquello iba por mal camino cuando el Rey le trajo pergaminos, plumas y tinta.

Y acertó.

Porque Don Carlos descubrió entonces que quizá el pobre Alonso Quijano no se había vuelto loco por leer demasiado, sino por haber creído demasiado en la doctrina escrita por su propio autor.

Eso, decía él, lo demostraba la versión de Avellaneda.

—¡Esto no! —dijo el fraile, señalando la Biblia entre la pila de libros que había traído el rey.

Y la metió en el cajón, lo que hizo que el rey se sintiera un poco más mareado de lo que ya estaba.

—¡La palabra de Dios no es para jugar a leerla! Es inaplicable en la guerra: habla literalmente de amar a quien te aborrece y dice que los últimos serán primeros.

—Ya estoy hablando como Sancho —pensó el fraile.

El rey quedó fuera de la charla, como niño regañado.

—¿Y qué haréis para curarlo? —preguntó el religioso, para despabilarlo—. ¿Qué haréis contra ese mal de no poder desleer al malvado?

Don Carlos, recuperando el impulso, levantó un tercer libro y dijo:

—Escribes la tercera parte, aún más brillante, y cierras todos los caminos o matas a todos los personajes.

Era negro. Pesado. Y olía a cera fresca.

Don Carlos abrió la primera página.

—Esto es pura venganza fría de las caballerías. Veamos qué acontece a un falso autor cuando lo atrapas dentro de su propio libro y lo expones para que ya no puedan desleerlo.

Y entonces comenzó a ponerse verdaderamente grave, y despedía un incómodo tufillo al aproximársele.

El monje, que hasta entonces temía que su rey atacase molinos, empezó a entender su lucidez y a temer que atacase al mismo Vaticano.

—Señor —dijo—, os suplico que no toméis tampoco esto de la venganza literaria al pie de la letra.

Don Carlos levantó los ojos.

—¿Por qué no?

—Porque un hombre no puede vivir creyendo que los libros son gigantes a los que deba vencer. ¡Terminaría por desafiar a la misma Biblia!

—Cierto.

El monje se persignó.

—El mismo Cervantes respetó el libro de Avellaneda, aunque era falso; no lo quemó, sino que lo enfrentó en su terreno, lo sitió. La verdad es cosa espesa, que oscila entre una cosa y su contraria.

Don Carlos quedó pensativo.

Y al cabo dijo:

—Fraile, quizá ésta sea la mayor locura de todas.

—¿Cuál?

—Que Cervantes no era hombre ingenuo, era hombre de guerras, y bien conocía los hurtos de pluma. Mas era ingenio de gran altura y, pensando en su propia tercera parte, dejó escrito el primer volumen del libro de suerte que cualquier plagiario o lector pudiese atar los cabos manifiestos del relato y, de ellos, forjar su propio discurso, como artificio fingido. Mas ninguno parece dispuesto a cometer tal locura de publicarla: cosa muy arriesgada en un mundo sin letrados que le amparen.

El monje limpió del pergamino una peligrosa y diminuta gota de vino que había salido de la boca de su señor.

Luego tornó a mirar a su rey con reverente admiración y vio en él al primer caballero de las letras.

Luego miró la puerta, calculando si todavía estaba a tiempo de huir.

Y escribió al margen:

«Aquí comienza la segunda enfermedad del señor Don Carlos: haber descubierto que algunos libros no se escriben para ser admirados, sino obedecidos.»

Y debajo añadió, con letra más pequeña:

«Dios nos guarde de que siga leyendo a Avellaneda.»


Nota: Adviértase a todos los lectores y murmuradores de mala lengua que han sido tenidos por sospechosos de conspirar contra la honra ajena que, por decreto y autoridad de ley, se mandan dos severos azotes a quienes afirmen o sostengan que toda esta guerra literaria fue artificio de mercaderes, o que Avellaneda y Cervantes no se odiaban con sincera vehemencia, sino que antes bien fueron amigos encubiertos y se enriquecieron a costa de la credulidad de los lectores.

Y se declara tal opinión por falsa, peligrosa y digna de escarmiento, para que no se propague entre los ociosos la sospecha de que las letras se escriben con otra intención que la de la honra y el desvelo por lo que es cierto.

Related posts