El teléfono de Mateo volvió a vibrar sobre la mesa. La pantalla se iluminó con el nombre de su cliente: “Llegando al café”. A través del cristal de la ventana, Mateo vio a un hombre de traje gris cruzar la calle en dirección a la entrada principal.
El tiempo se agotaba implacablemente.
Ana miró la pantalla del teléfono de Mateo y luego lo miró a él. La pregunta que ambos habían evitado durante meses flotaba ahora con urgencia entre las tazas de café.
—Tu cliente está aquí —murmuró Ana, guardando el libro que tenía a un lado en su bolso—. Y Lucía y yo debemos volver antes de que la tarde se enfríe.
—No podemos volver a desaparecer así, Ana —dijo Mateo con desesperación retenida, estirando la mano sobre la mesa hasta rozar apenas los yemas de sus dedos—. Si nos vamos ahora sin decir nada, esto nos va a consumir por completo.
Ana miró sus dedos entrelazados por un segundo eterno. Un escalofrío de electricidad recorrió la piel de ambos. Luego, con una calma serena pero decidida, levantó la mirada.
—Mañana a las cuatro de la tarde —dijo ella en voz baja pero firme—. Hay una pequeña galería de arte cerca del parque Borghese. Estaré allí. Si vas... sabré que estás dispuesto a asumir las consecuencias de lo que pase después. Si no vas, entenderé que elegiste salvar tu mundo. Y no habrá reproches, Mateo.
El cliente de Mateo pushed la puerta de cristal del café, buscando con la mirada en el salón.
Ana tomó a Lucía en brazos, se puso el abrigo y se levantó de la mesa. Al pasar por el lado de Mateo, se inclinó ligeramente y le susurró al oído con la misma tibieza que rozó la brisa marina meses atrás:
—La decisión ya no es del destino, Mateo. Ahora es solo tuya.
Mateo se quedó inmóvil en la silla mientras la veía salir a la plaza soleada. Vio cómo la silueta de Ana se alejaba entre la multitud hasta perderse de vista, dejando en el aire la fecha, la hora y el peso insoportable de una elección que cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre.