Alfredo lo manda a mil kilómetros y encima le ofrece pagarle la casa. Apuesto a que lo de los tres candidatos inútiles estaba armado desde el primer día y lo de interino fue de palabra nomás.
Capítulo 8 ~ Nuevos Rumbos
Pensamiento
Alfredo lo manda a mil kilómetros y encima le ofrece pagarle la casa. Apuesto a que lo de los tres candidatos inútiles estaba armado desde el primer día y lo de interino fue de palabra nomás.
Contenido de la publicación
Benicio llegó a Mendoza, el taxi lo dejó en la entrada de un complejo turístico, ubicado a unos 40 km de la ciudad y de la oficina. El lugar, aunque generalmente en invierno está lleno de visitantes, estaba muy tranquilo puesto que acababa de comenzar la temporada baja. Ya había estado allí durante la auditoría unos meses antes, en una pequeña cabaña cercana a la ruta. Esta vez, como calculó que por lo menos estaría allí entre uno y dos meses, había pedido una cabaña para dos personas, en lo más alto de la montaña.
Luego de registrarse, el hijo de la dueña del lugar lo condujo hacia la casa que él había escogido. Era una ladera boscosa, con alrededor de veinte cabañas ubicadas a cada lado del camino, en una subida de unos dos kilómetros. El lugar era bellísimo. Benicio quedó maravillado y cobijaba en su mente la idea de vivir definitivamente en un lugar como ese. Aunque ya no se imaginaba solo, por el momento se conformaría con mostrarle a Sebastián ese lugar tan hermoso en el que estaba.
Mientras Benicio acomodaba sus cosas el muchacho encendió el fuego y alistó las conexiones de los servicios. Le recordó las indicaciones principales, le entregó la llave y le ofreció la cena. Benicio declinó amablemente.
—Benicio ¿usted está bien? —preguntó el joven al salir de la casa.
Era un muchacho jovencito, apenas en sus veinte, que se hacía cargo junto con su madre del complejo de cabañas. Su padre había muerto hacía unos años y durante su primera estadía allí, había entrado en conflictos con algunos compañeros y Benicio había intervenido un par de veces, por pedido de su madre. El muchacho guardaba de él una imagen un tanto paternal. Benicio lo había notado y sonrió.
—Estoy bien, Ángel. Solo un poco cansado por el viaje. Hoy salí del trabajo, pase por casa a buscar la maleta y vine para acá. El día se me ha hecho un poco largo.
—Me sorprendió cuando mamá me dijo que había adelantado el viaje, pero me da gusto que esté de nuevo con nosotros —dijo el chico mientras bajaba un par de escalones.
Benicio llevó su mano a la cabeza del joven y revolvió su cabello.
—Ya ve a descansar. Cualquier cosa, les aviso.
—Sí. Buenas noches —dijo mientras corría a la camioneta—. Aproveche que ahora está tranquilo —gritó, y se alejó.
Sin embargo, la mente de Benicio estaba lejos de la paz que lo rodeaba. Se quedó en el porche unos minutos mirando el cielo, cubierto de estrellas. La noche estaba muy fría. Pero ese trocito de cielo que el follaje de los pinos dejaba al descubierto, le hizo notar que ya nada era igual. Podía estar en el mismísimo paraíso, que no lograría acallar esa profunda tristeza que lo inundaba.
Estaba atormentado por la confusión de Sebastián. La noche anterior, se había acercado de una manera que nunca antes había siquiera imaginado. Fue un paso audaz que ahora se sentía como un vil aprovechamiento de la vulnerabilidad de Sebastián. La amenaza de Alfredo, de "curar" las tendencias homosexuales de su hijo a como dé lugar, resonaba en su mente. La culpa lo consumía, y comenzaba a pensar que su amor por ese muchacho se convertiría en una suerte de sentencia para él.
No quería eso.
No podía permitirlo.
Sentado en la sala, con su mirada perdida en el fuego y con su corazón envuelto en el rítmico crepitar de las llamas, buscaba una paz que se veía enturbiada todo el tiempo por la imagen de Sebastián. Lo imaginaba perdido, enojado y llorando, y eso lo destrozaba. Pero pensando que era lo mejor, dolía un poco menos. Cerró sus ojos dejándose caer contra el respaldo del sofá.
Nuevamente no podía cumplir su palabra con Alfredo. No podía seguir sin contactar a Sebastián. Intentó recordar el número de Sebastián, pero luego pensó que quizás el viejo tendría alguna forma de chequear si entraba en contacto con su hijo. No confiaba en ese nuevo teléfono. Entonces, tomó de su maleta el portátil y googleó la Clínica Carrasco, sonriendo vio el número de la clínica.
En ese momento su celular sonó, miró el teléfono y ese nombre brillaba en la pantalla. Un escalofrío recorrió su espalda. No podía no responder.
—Alfredo —dijo con resignación.
—Buena jugada —replicó, sarcástico—. Lástima que no funcionó.
—No comprendo, señor.
—El show que dio Sebastián, es obra tuya. ¿Verdad?
—No he hablado con Sebastián, Alfredo.
—Como sea. No funcionó. Se retobó, hizo su berrinche de siempre, pero por ahora permanecerá aquí y mañana volveremos a hablar. Ahora se encerró en su cuarto. Creo que lo voy a dejar aquí hasta que entre en razón.
Benicio se puso de pie muy preocupado.
—Alfredo, yo ya estoy en Mendoza. No hay razones para que retenga a Seba.
Benicio sintió que su corazón se aceleraba. No podía dejar de pensar en Loki. Miró su reloj, hacía más de tres horas que lo había dejado solo. Era pequeño, apenas tenía tres meses, y si bien no daba problemas, si pasaba el fin de semana solo, sin agua y sin comida, probablemente el lunes Sebastián lo encontraría muerto.
—Yo tengo mis razones —dijo el viejo.
—Alfredo, escúcheme bien, si usted no deja que Sebastián regrese, va a lograr que su hijo lo odie por el resto de su vida.
—Puedo vivir con eso —replicó Alfredo.
—Por favor, señor. Reconsidérelo —. Benicio estaba desesperado
—¡Claro que no! ¿Pero qué sucede contigo? —Benicio no respondió.
Alfredo no pudo dejar de notar que la voz de Benicio se quebraba conforme iban avanzando en la charla. Y cuando permaneció en silencio, el viejo supo que había algo más.
—¿Acaso hay algo que no me estás diciendo?
Benicio cerró sus ojos y exhaló lentamente. Intentó aclarar su mente. Cuando volvió a abrir los ojos, la pantalla de su laptop capturó su atención. La clínica de Arturo.
El número de teléfono.
—Claro que no, señor. En todo caso, ya me instalé aquí y el lunes en cuanto tome el cargo me comunico con usted. Buenas noches.
Benicio cortó y se sentó en el sofá frente al portátil. Marcó el número de la clínica y en cuanto lo atendieron pidió que le entreguen un mensaje a Arturo. Sabía que estaría esa noche cenando con Alfredo y Sebastián, por lo que supuso que a esas horas o estaba aún en casa de su hermano, o ya había regresado a su casa.
La recepcionista dudó en un principio, pero luego llamó a Arturo y le pasó el mensaje.
—Me pidió que le dijera "Estoy bien. Me robaron el celular. El lunes en la noche llamo". También me dijo que necesita hablar con usted o su hijo Elías.
Arturo, al recibir el mensaje, comprendió que esas palabras no eran para él y como Benicio dijo que llamaría en diez minutos, el doctor le indicó a la joven que le pase su número. Así, Benicio se puso en contacto directamente con Arturo.
—Dime que pasó. ¿En serio estás bien? —preguntó Arturo
—Si. Estoy en Mendoza. Necesito que tú o Elías vayan a mi casa.
—¿Pasó algo?
—Solo necesito que chequeen algo. ¿Elías está ahí?
—Sí. Aguarda.
Arturo llamó a su hijo, que entró en la sala unos minutos después
—Aquí está, te paso.
El muchacho miró a su padre sin comprender y tomó el teléfono.
—Hola
—Eli, ¿cómo estás?
—¡Beni! —Saludó el chico sonriendo.
—Necesito pedirte un favor.
—Claro, dime.
—Necesito que vayas a mi casa.
—¿Ahora?
—No tiene que ser ahora, puede ser mañana temprano.
—Y ¿por qué no hablas con Seba? —Benicio suspiró.
—No puedo llamar desde aquí.
—¿Y cómo llamaste a papá? —Benicio permaneció en silencio—. ¿Beni, qué pasa?
Arturo estaba desconcertado. No tenía muy claro lo que había pasado, pero tenía la seguridad de que su hermano tenía que ver en todo eso.
—Alfredo me dijo que tendrá a Sebastián encerrado el fin de semana, aún si lo llamo no podrá ir.
—Beni, Seba está en tu casa —. Arturo se puso de pie sorprendido.
—¿Cómo en mi casa? Me acaba de decir Alfredo…
—Si si si… —interrumpió Elías.
El muchacho le relató con detalle cómo sacó a Sebastián de la casa de Alfredo. Arturo estaba pasmado. Benicio exhaló más tranquilo.
—¿Quieres que lo llame y le diga algo?
—No, Eli, tú has hecho demasiado ya . Pásame a tu padre.
El joven entregó el celular y Arturo, bastante impresionado, conversó con Benicio. Preguntó acerca de lo que había pasado, y aún si Benicio no quiso responder abiertamente, pudo intuir lo que había sucedido en verdad.
—Arturo necesito que le digas a Seba lo que te he dicho y por favor, dile que no olvide lo que hemos hablado. El lunes en la noche lo llamaré.
—No deja de sonar extraño que no puedas llamarlo desde ese teléfono.
El médico, incisivo en su comentario, no quiso insistir pero dejó claro que sabía muy bien que había algo más que no le estaba diciendo. Benicio permaneció en silencio. Arturo se despidió para llamar a Sebastián y darle el recado y Benicio lo detuvo
—Una cosa más. Mantente cerca de Seba. Alfredo me dijo que hay lugares que pueden “curarle la homosexualidad” a alguien y está pensando en hacer que Seba pase por eso… Yo no creo que sea posible, y aún si lo fuera, quiero creer que él no le haría eso a su hijo, pero me tiene muy intranquilo.
—¿De qué estás hablando? ¿Te dijo eso? ¿Por eso te fuiste sin decir nada?
—Solo mantente atento, por favor.
—Claro que sí. Descuida.
Arturo y Benicio se despidieron. Benicio se quedó más tranquilo. Tomó su maleta y se dirigió al cuarto a instalarse.
Se bañó.
Se acostó.
Pero no logró conciliar el sueño.
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El lunes temprano Sebastián fue a la clínica. Se sentía desbordado. Tenía que hablar con la psicóloga. Quería entender. La ausencia de Benicio lo llenó de interrogantes. La clínica no estaba lejos de la casa, por lo que caminó con Loki tranquilamente. Pero no le permitieron entrar con el cachorro. Y de ninguna manera lo dejaría solo afuera, como le sugirió el personal de seguridad. Pidió que saliera la licenciada, que casualmente estaba a punto de retirarse ya que su guardia había terminado.
La joven salió decidida a decirle que vuelva al día siguiente y marcharse, pero sabía que con Sebastián no podía hacer eso. Cada vez que lo veía estaba en estado de crisis y no podía simplemente enviarlo a su casa. Y esta vez no fue la excepción. Apenas él la vio, comenzó a hablar en voz alta y muy rápido exigiendo que le permitieran entrar con su cachorro. Martina se agachó para acariciar al perro. Arturo entró en el estacionamiento del subsuelo y vio a Sebastián y a Martina conversando en la vereda. Luego de estacionar, en lugar de ir a su oficina, se dirigió hacia ellos.
—Buenos días —saludó.
La joven se puso de pie y respondió el saludo. Sebastián estaba serio y en silencio. Ni siquiera miró a su tío, conducta que no pasó desapercibida para la profesional.
—Seba, he estado llamándote todo el fin de semana. Te he dejado mensajes, no has respondido.
—No quiero hablar contigo —respondió Sebastián sin mirarlo.
Arturo miró a la joven. Y luego miró su reloj.
—¿Por qué están aquí afuera?
—Porque no me dejan entrar con Loki. El imbécil de la puerta me dijo que lo deje fuera, solito, y que entre. ¿Pero qué le pasa al tipo ese? ¿Que no ve que es apenas un bebé? —. Sebastián estaba verdaderamente furioso.
—¿Es tuyo? —preguntó Arturo, acariciando la cabeza del pequeño animal.
Sebastián no quería hablar con Arturo pero aún así respondió. Y le dijo que era su regalo de cumpleaños.
—Escuchen, vayan adentro. Cuando termines pasa por mi oficina, Seba. Yo llevaré al cachorro y lo tendré conmigo en el patio de mi oficina. ¿Te parece bien? —Sebastián pensó un momento.
—¿No lo dejarás solo? —Arturo sonrió.
—No lo dejaré solo.
Sebastián asintió y entregó la correa del perro a su tío y entró con la licenciada al consultorio. Sobre el escritorio estaban todas las cosas listas de la joven. Ya se estaba yendo. Ella tomó todo y lo dejó a un lado, sobre uno de los sillones pequeños.
Sebastián se sentó en el sillón grande. pensativo. En silencio. La psicóloga estaba algo cansada, quería irse, pero Sebastián solo estaba callado y no decía nada.
—Estás molesto con tu tío —dijo ella.
—Sí. Con él, con mi primo, con mi padre, con Beni…
—Ya veo. ¿Por qué no me dices qué pasó?
—Es que ni yo lo sé. No entiendo.
Sebastián se puso de pie y comenzó a caminar por el consultorio.
—No entiendo. Yo no tengo claro qué es lo que siento, pero sí sé muy bien que lo que quiero es estar con Beni. Él dice saber que tiene claro que me ama, pero no le tiembla el pulso en besarme y largarse a dormir en quién sabe dónde. Luego viene, se disculpa y vuelve a besarme y me promete que va a dormir conmigo. Pero se va a trabajar y no me habla en todo el día. Regresa, me repite que me ama, me vuelve a besar cuando me voy, le dejo bien claro que vuelvo temprano, y volví temprano, y él se volvió a marchar. Lo llamé no sé cuántas veces esa noche. —el llanto lo ahogaba— Le escribí. Pero no respondió. Me pasé la puta noche llorando hasta que me dormí no sé a qué hora. Y cuando despierto me entero que él, en lugar de llamarme, de darme una explicación, un recado, un mísero mensaje, llama a mi tío. Le dijo que le robaron el celular y me llamará esta noche. Pero ¿por qué llamó a mi tío y no a mi? Es que no lo entiendo. ¿Tú puedes explicarme?
Sebastián hablaba rápidamente, gesticulaba y se movía por el espacio como si algo dentro de él le impidiera quedarse quieto. Estaba abrumado. La joven lo escuchó y observó su conducta.
—¿Es un comportamiento habitual en Benicio? —preguntó ella.
Sebastián se detuvo y la miró. Pensó. Claro que no era algo habitual. Benicio era una persona muy centrada que pensaba las cosas antes de actuar. No era impulsivo. Sebastián negó en silencio.
—En ese caso, podríamos pensar que lo del robo es algo bastante factible. En cuanto al viaje anticipado, algo debió haber pasado para que él se comporte de esa manera, ¿no te parece? —él se sentó nuevamente.
—¿Algo como qué? —preguntó
—No sé. ¿Podría ser que pasó algo no previsto y tuvo que adelantar el viaje?
—El tío me dijo que Benicio se contactó con él porque pidió su número en la clínica. Llamó aquí primero el viernes. Pero ¿por qué cuando habló con el tío no le pidió mi número? ¿No quiere hablar conmigo?
—Dijo que hablarían esta noche.
—¿Por qué no habló conmigo el viernes?
—¿Qué pasó el viernes? —Ante la pregunta, Sebastián volvió a ponerse de pie.
—Mi padre quiere que me case esta semana. Y el viernes hizo una cena para poner fecha y ultimar detalles. Obviamente le dijo a Beni que me iba a casar con Didí esta semana.
—¿Y no crees que esa es una razón suficiente para que él decida alejarse?
—¡Es que no me voy a casar con ella! —replicó él en voz alta—. Y él lo sabe. Por eso no entiendo nada de todo esto —dijo más calmado—. Beni sabe que no voy a casarme, que solo acepté el compromiso por tener un poco de paz.
—¿Por qué crees que te pidió que esperes hasta esta noche?
—No lo sé. No lo sé, no lo entiendo. Me estoy volviendo loco intentando encontrar la razón.
—Creo que lo mejor es que no pienses demasiado. Es evidente que no te hace bien. Mejor espera hasta esta noche. Escucha lo que él tiene que decir. Y luego haz las preguntas que tú necesites hacer. Pero, Seba, tienes que tener en claro, que ese hombre tiene sentimientos hacia ti. Y quiere una relación contigo, formal, seria, exclusiva, romántica. ¿Tú estás consciente de esto, verdad?
Sebastián se volvió a sentar en el sillón grande, mirando a la profesional con inquietud. Sabía cuáles eran los proyectos de Benicio. Quería encontrar a la persona con la que compartir su vida, tener hijos, construir una familia.
—Yo no he pensado en eso.
—Pues deberías. Porque si sigues buscando acercarte a él, conociendo sus intenciones, le estás dando a entender que tus intenciones son las mismas.
Sebastián se rascó la cabeza, nervioso.
—Él quiere casarse, tener una familia, una casa, hijos, perro… —Sebastián se quedó mudo, pensó en Loki.
—¿Él te regaló el cachorro? —preguntó Martina.
Sebastián lentamente alzó la vista hacia ella. Acababa de darse cuenta de algo, de alguna manera, Benicio había dado un paso más. Desde que tuvo el infarto, ya no era sólo él. Eran los dos, estaban juntos. Y ahora, desde que Loki había llegado a la casa, eran tres… Una familia.
Asintió. Respiró profundamente y habló con calma.
—Él está iniciando una familia conmigo —exclamó impresionado.
—¿Te asusta esa idea? —preguntó ella.
—No —respondió con seguridad—. Me gusta.
La joven sonrió. Y luego de unos minutos de silencio Sebastián agregó
—Yo… No sabía que me gustaría. No es lo que yo pensaba que sería.
—Hay muchas cosas que aún no conoces, y que es natural que no sepas si te agradan o no. En lo personal, creo que acabas de dar un paso importante, Seba. Esta noche cuando hables con él, cuando lo escuches, y sepas qué fue lo que pasó realmente para que actúe de esa manera, vas a tener más elementos para evaluar toda la situación. Y, por supuesto, para decidir si deseas seguir adelante con él.
—Él me dijo que quiere todo conmigo.
—Sí, eso te lo ha dejado claro desde hace tiempo. Quiere hacer el amor solo contigo por el resto de su vida.
Sebastián se estremeció. Sonaba tan fuerte esa frase. Tan real, que le provocaba sensaciones de todo tipo
—Él sin dudas está construyendo contigo un vínculo, un proyecto de vida.
—¿Por qué se fue entonces? —ella sonrió—. Sigo sin entender…
—Para esto Seba. Para darte espacio, tiempo. Para que tu tengas la oportunidad de descubrir qué es lo que deseas. Para que tú puedas pensar y decidir si quieres construir con él.
—Pero me duele. Pasé el fin de semana llorando. Me siento un pelotudo. Un maricón de mierda que no… —ahogado por la congoja nuevamente, se detuvo.
—Seba, escucha. Estás atravesando una situación muy particular, en la que tus emociones están a flor de piel, y tus sentimientos se están acomodando. Tu mentalidad y la forma en que veías las cosas antes, se está modificando en función de lo que sientes. Este proceso no es barato. Esos desbordes emocionales que sientes, como el llorar todo el fin de semana, solo indican que lo que sientes es nuevo, y tienes que aprender a gestionarlo. Pero eso sólo lo vas a lograr si atraviesas cada emoción conscientemente.
Sebastián la miraba sin comprender
—Si te duele, siéntelo. Aprende. Si te hace feliz, siéntelo, disfruta. Si te da miedo, afróntalo, y te fortalecerás.
La joven se puso de pie y se dirigió a la puerta. Sebastián se levantó también.
—Tienes que poder poner nombre a lo que sientes, si estás triste, si estás enojado, si estás asustado, e identificar qué es lo que desencadena eso que sientes. Hoy, por ejemplo, estabas enojado con tu tío. ¿Por qué?
—Porque Beni lo llamó a él y no a mí.
—¿Y no deberías enojarte con Benicio por eso?
Sebastián la miró en silencio. Ella sonrió y le habló con calma.
—Tienes que poder pensar muy bien qué sientes, y hacia qué o quién lo sientes. Para que no reacciones de manera incorrecta con la persona equivocada.
La muchacha abrió la puerta y Sebastián caminó hacia afuera, pero se detuvo en el umbral.
—Una cosa más. —dijo—. Necesito que me expliques cómo usar el transporte público.
La joven lo miró sorprendida. Sebastián le dijo que su padre le había retenido el auto y ella le explicó todo lo necesario. Sebastián la escuchó con atención. Estaba realmente fascinado. La idea de no depender de su padre era lo más parecido a la libertad más pura. Se dirigió a la oficina de su tío y lo vio sentado en su escritorio escribiendo, en la alfombra dormía Loki que al oír la puerta se despertó y corrió hacia él.
Arturo sonrió. La imagen de Sebastián sonriendo y hablándole al cachorro lo retrotraía a los tiempos en que sus hijos eran pequeños y tenían a su perro. Dejó lo que hacía y se puso de pie. Se acercó a Sebastián.
—¿Sigues molesto conmigo? —Sebastián negó en silencio. Se puso de pie.
—Pero sigo sin entender porqué no me llamó a mí.
—Seba, creo que tu padre ha tenido mucho que ver en todo esto. Y, a propósito, si no vas a la oficina estarás en problemas.
—Es temprano aún. Llevaré a Loki a la guardería y luego iré a la oficina.
Arturo sonrió.
—Se ven muy bien juntos —dijo el médico.
—Toda mi vida he querido tener un perro —dijo el muchacho.
—Lo sé, Sesé. Y me hace muy feliz que finalmente lo hayas logrado.
Arturo puso su mano en el hombro de Sebastián y lo acompañó hasta la calle. Se despidieron y Sebastián pasó a comprar la tarjeta de transporte y regresó a la casa. Preparó el desayuno y se cambió para ir a trabajar. Recogió todo y se dirigió a la guardería canina.
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La puerta se abrió y sonó un cascabel. Sebastián se sorprendió al ver a Loki correr hacia adentro contento. La chica escuchó y salió al recibidor.
—¡Loki! —Saludó ella al ver al perrito. Lo llenó de caricias y el cachorro respondió alegremente.
Cuando la joven se puso de pie vio a Sebastián y se sorprendió, por un lado porque naturalmente, tratándose de Loki, esperaba ver a Benicio, y por otro, porque el atractivo de Sebastián no era algo que pasara desapercibido.
—Hola —dijo la joven con una musicalidad muy diferente a la que había usado para saludar a Loki.
La muchacha miró a Sebastián, sin ocultar lo mucho que disfrutaba el verlo, y permaneció sonriendo unos segundos, generando cierta tensión en el joven, que conocía muy bien ese tipo de despliegue femenino. En otros tiempos, quizás él hubiera avanzado hacia ella, viendo lo dispuesta que se mostraba, pero en ese momento, el lenguaje silencioso y evidente que la chica estaba usando, solo lo incomodó.
—Buenos días —dijo él observando el lugar, en un intento por aligerar el clima
—Buen día —respondió ella reajustando su actitud.
—Soy Sebastián Carrasco —dijo con seriedad extendiendo su mano hacia la joven.
Ella sorprendida, por la formalidad, respondió el saludo. Algo avergonzada también, por su actitud anterior.
—Ya veo, eres el otro papá de Loki Carrasco —dijo la joven tomando nota en el PC.
“Loki Carrasco” repitió Sebastián en su mente “Sí que estás jugando fuerte” pensó. Quedó sumido en sus pensamientos. “El otro papá de Loki”. Eso sí que no lo esperaba. “El otro papá” Sebastián sintió un escalofrío que lo recorría por completo, sus manos temblaban y las cerró enseguida.
—Sí —dijo él tímidamente—. Benicio está de viaje y me encargaré yo, por el momento.
Estaba impresionado. Apenas logró armar una frase. Apenas podía acallar ese corazón que en su pecho se sacudía de una manera tan extraña. ¿Era realmente eso lo que él quería? ¿Una “Familia”? Nunca había considerado siquiera la posibilidad de tener hijos, y rechazaba la idea de una esposa, sin embargo esa imagen de “los papás de Loki” no le desagradaba para nada.
—Bien. Necesito que me dejes un número de teléfono para comunicarnos, por cualquier cosa. También te agradeceré que, si demoras para traerlo o pasar a buscarlo, me notifiques.
—De acuerdo.
Sebastián le pasó su número y la joven estableció el primer contacto, enviándole la imagen de la ficha de Loki con sus datos y sus horarios. Él se agachó a saludar al perro y no muy decidido observó cómo la joven se lo llevaba. Ella notó que él estaba algo preocupado, y lo invitó a recorrer el lugar. Cosa que dejó a Sebastián mucho más tranquilo. Benicio le había dicho que estaba bien cuidado allí, y por lo que veía ante él, tenía razón.
Salió de la guardería y se dirigió a la parada en la que abordaría el transporte que lo llevaría hacia la Distribuidora. La aplicación que le había indicado la psicóloga funcionaba mejor de lo que esperaba, podía saber incluso el horario en que el bus pasaría. Cuando descendió del autobús se sintió realmente satisfecho. Bajaron con él dos personas a las que, aún conmocionado por la experiencia, no reconoció. Eran dos empleados que no dejaban de comentar con sorpresa que habían viajado con “el hijo del dueño”
Sebastián miró la hora y notó que aún era temprano. Fue a su oficina a recoger algunos documentos que necesitaba, puesto que pronto tendría que presentar el informe de sección a su padre.
—Buenos días, Gloria —La secretaria lo saludó amablemente y se mostró complacida de verlo mucho mejor que días anteriores.
Él entró en la oficina, recogió las cosas que necesitaba y salió.
—Estaré en el galpón.
—Sebastián, tu padre me pidió que le avise cuando llegues. Quiere hablar contigo.
—Si te pregunta de nuevo solo dile que no me has visto.
—¡Sebastián! —La mujer se puso de pie—. Si no vas, él irá al galpón y será peor. Sólo ve a ver qué quiere.
La mujer, más o menos de la edad de su madre, le habló con calma e indulgencia. Sebastián sabía que ella tenía razón, pero no quería ni ver ni oír a su padre.
—Solo quiero evitarte un problema —insistió Gloria.
—¿Puedes evitar que yo nazca?
La pregunta dejó a la mujer en silencio, llena de una sensación de tristeza casi absoluta.
—Si… —dijo él sonriendo—. Eso pensé. Iré a ver qué quiere el Sr. Alfredo Carrasco y luego estaré en el galpón. ¿Está bien así?
Ella asintió en silencio. Sebastián se alejó y la mujer se sentó nuevamente en su silla, aún conmovida por la pregunta de Sebastián. “¿Cómo podía ser que un joven que lo tiene todo, cargue con semejantes ideas?” se preguntó mientras lo veía caminar hacia el ascensor.
—Buenos días, Sofi —saludó Sebastián a la secretaria de su padre—. ¿Está desocupado?
—Buenos días. Te está esperando.
—Anúnciame, por favor.
La mujer llamó por el interno a Alfredo y le avisó que Sebastián estaba fuera. Ella colgó el teléfono y le indicó al muchacho que pase. Sebastián agradeció y entró en la oficina de su padre.
Los modos de Sebastián habían cambiado. La mujer lo notó y en cuanto el joven entró en la oficina de dirección, ella marcó el interno de Gloria para comentar lo que había observado.
—¿Dónde estabas? —preguntó Alfredo antes siquiera, de que Sebastián hubiera cerrado la puerta.
Sebastián giró lentamente hacia su padre y sonrió.
—Buenos días. Me dijo Gloria que querías verme. ¿Pasó algo?
Alfredo se reclinó en su sillón y miró a su hijo. Se veía sólido. Pensó que estaría más quebrado. Seguramente Arturo o Benicio habían colaborado con él. Eso lo enfurecía.
—Estuve esperándote para que terminemos la charla del viernes.
—Papá, si no vas a hablarme de trabajo, me retiro.
—¿Que no ves que es de eso mismo de lo que te estoy hablando? ¿Acaso eres tan imbécil que no puedes ver la importancia que tu matrimonio tiene para el Holding? ¡Maldita sea, Sebastián! Si no te casas con Haydée antes de la reunión con el directorio van a hacerte trizas.
Sebastián caminó hacia el escritorio. Miró a su padre con seriedad.
—¿En verdad crees que teniendo a Didí detrás de mí en esa reunión, las cosas van a ser mejores? ¿Crees que tu hijo necesita a una mujer para hacerse cargo del Holding?
—No. No necesitas una mujer detrás de ti, lo que no quiero es a ese hombre detrás de ti —Sebastián lo miró desafiante.
—A nadie le incumbre si “ese hombre” está delante, detrás, debajo, o encima de mi.
Alfredo se puso de pie golpeando el escritorio y dando un grito. Se alejó de la silla hacia Sebastián, estaba realmente enfurecido, tanto que quizás no tuvo en cuenta que dejaba a la vista, sobre el mueble que estaba detrás del escritorio, un pequeño artefacto blanco que capturó la mirada de Sebastián. Lo hubiera reconocido en cualquier lado.
Era el teléfono de Benicio.
Sebastián comprendió que su padre tenía que ver en ese silencioso fin de semana, e incluso también en la partida de Benicio, y si no hacía algo, en ese instante tuvo la certeza de que también lograría separarlos definitivamente. Estaba triste, se sentía solo. Pero al ver ese celular asomando debajo de los papeles, recordó las palabras de Benicio. Se llenó de bronca. De dolor. De frustración. Su padre quería quitarle todo. Quería dejarlo sin opciones.
Lo vio acercarse a él con esa mirada que solía paralizarlo. Pero ya no sintió el temor que antes lo embargaba. Miró al viejo con una seguridad que Alfredo desconocía y que identificó como arrogancia.
—Te crees muy listo ¿verdad?
—No. Lo soy. Que tú me creas un imbécil no implica que yo lo sea. Yo no necesito a Haydée detrás de mí para enfrentar a Los Apóstoles. No les tengo miedo.
—No se trata de eso. No seas arrogante ¡con un demonio! Todos en esa mesa ansían entablar negocios con los Montenegro. Tu matrimonio con Haydée es un aval para ti.
—No necesito avales. Me basto solo —dijo Sebastián con voz firme.
Alfredo estaba ahí, de pie, frente a él. Su presencia era imponente, casi como una sombra que se cernía sobre la habitación. Una figura que hablaba de años de autoridad y poder. Pero por alguna razón todo ese porte serio y estricto, esa forma de mirar que podía hacer tambalear al más valiente, ya no podía alcanzarlo. Los ojos del viejo se clavaron en Sebastián con una mezcla de furia y desdén. Alfredo apretó los puños, su mandíbula tensa. Dio un paso más hacia su hijo, cada movimiento parecía cargado de una fuerza contenida.
—Siempre has sido tan obstinado —dijo Alfredo, su voz era baja pero estaba llena de ira—. Crees que puedes desafiarme y salirte con la tuya, pero no entiendes el mundo en el que vivimos. No es solo cuestión de valentía, es cuestión de estrategia.
Se detuvo, tomando aire profundamente, intentando contener su furia. Era evidente que hablar de Benicio y su relación con Sebastián tocaba un nervio profundo en él. Alfredo no estaba acostumbrado a que las cosas no se hicieran a su manera, y ver a su hijo rebelarse de esa forma lo desquiciaba.
—Yo construí este imperio con mis propias manos —continuó Alfredo, señalando alrededor de la oficina—. Y no permitiré que lo destruyas con tus decisiones imprudentes. Si insistes en seguir con esa rebeldía, lo perderás todo, Sebastián. Absolutamente todo.
—¿Qué te hace pensar que tengo algo que perder?
Alfredo miró a su hijo absolutamente desencajado. “¿No tiene nada que perder? ¿Qué demonios significa eso?” pensó. Dio un paso hacia atrás. Recordó que le había quitado el auto, el acceso a las cuentas y las tarjetas, y aún así, estaba íntegro, y había llegado puntual. Caminó lentamente hacia su sillón. Estaba seguro que Sebastián no duraría mucho en esa tesitura, su dinero se terminaría y no podía pagar taxis, para moverse. Recién entonces comprendería el alcance de sus palabras.
—¿Tienes algo más que decir o seguirás haciéndome perder el tiempo?
Sebastián sintió el escrutinio de su padre en esa mirada silenciosa que lo estaba recorriendo.
—¿Has hablado con Benicio? —preguntó Alfredo.
—No. Y no lo menciones. No quiero hablar de él.
Alfredo se reclinó en su silla. Apoyó sus codos en el apoyabrazo y llevó su mano al mentón. Definitivamente algo había pasado entre ellos.
—¿Pasó algo?
—Te he dicho que no quiero hablar de él.
Sebastián se dirigió a la puerta y cuando la abrió, Alfredo habló con calma, en un tono que sonaba más a sentencia que a otra cosa.
—Necesitarás su apoyo en la reunión de Directorio.
—Necesitaré a Didí, para que esté detrás de mí, y a Benicio para que me apoye. Es evidente que tú no crees que yo sea capaz de llegar a la presidencia del Holding por mi mismo. Me pregunto, por qué insistes con tanta vehemencia en que alguien tan incapaz quede al frente del imperio que construiste con tus propias manos.
Sebastián no esperó la respuesta. Salió de la oficina y se dirigió al galpón.
Mientras cruzaba el playón, su cabeza no dejaba de repasar las palabras que intercambió con su padre. “¿En verdad no tengo nada que perder?” se preguntó. Pero entonces una palabra se instaló en su mente “familia”. Sebastián sonrió. Claro que tenía mucho que perder, pero no iba a permitir que su padre le arrebatara aquello que él más valoraba.
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La mañana era fría. El fuego de la chimenea se estaba extinguiendo pero no tenía caso avivarlo, ya que estaba de salida. No había logrado dormir en todo el fin de semana. Nunca imaginó que podría extrañar de esa manera. Sentía un hueco gélido en el centro de su pecho. Y una fuerte presión en su garganta que le dificultaba respirar.
Descendió por el camino intentando disfrutar de la vista. El aire frío de la mañana se adhería a aquellas partes de su rostro que escapaban de la capucha y la bufanda. El sol se colaba entre las ramas de los pinos, y cuando alguno de sus rayos lo alcanzaba, la tibieza era reconfortante. Se sentía realmente agradable. Pero ese vacío que lo helaba por dentro, en cambio, se sentía devastador. Su mente no dejaba de torturarlo. Le había fallado a todos. Había traicionado la confianza de Alfredo, y la de Sebastián.
Para peor, se había dejado llevar por sus sentimientos, acercándose demasiado a ese joven, aún sabiendo que estaba desesperado por liberarse de su padre y buscaba la forma de escapar de ese yugo a como dé lugar. Se dejó envolver por sus manipulaciones más seductoras y cayó en la trampa. Todo en él respondía a ese joven. Todo en él le hablaba de Sebastián, su insomnio, su miedo, su corazón, su mente… Tenía a ese hombre metido en los huesos. Y aún no estaba seguro de no ser una simple herramienta para castigar a Alfredo Carrasco.
No obstante, mientras se acercaba a la ruta, pensaba en la mirada de Sebastián cuando le decía que quería dormir a su lado, sentirse abrazado. Creía en sus palabras, no podía evitarlo. Aunque no podía saber con certeza si sus sentimientos eran correspondidos, sabía que Sebastián no le había mentido, él quería dormir entre sus brazos. Benicio sentía que lo ahogaba la tristeza, pero ya no quería pensar más. Necesitaba anestesiar todo eso que estaba desbordándolo.
Llegó a la administración y entró a pedir un vehículo. La dueña del complejo le ofreció ir con su hijo que estaba saliendo hacia la ciudad. Benicio aceptó y aprovechó para pedir indicaciones sobre dónde rentar un auto. Ángel lo condujo por la ciudad y luego de rentar el auto, Benicio se dirigió a la oficina.
Llegó a la empresa con una sensación algo confusa, por un lado estaba seguro de su tarea a realizar; pero por otro no podía evitar la preocupación. Había auditado esa misma sucursal unos meses antes y luego de la aprobación de Alfredo, les había enviado claras recomendaciones que, lamentablemente, no fueron tomadas en cuenta. Al ingresar en la recepción, saludó a los empleados y notó las miradas de incertidumbre y desconfianza.
El director se había marchado hacía ya unos días, dejando su puesto vacante. La sucursal estuvo funcionando a cargo del personal responsable de cada sector y la coordinación del asistente de la dirección.
Benicio subió al tercer piso, allí estaba la Dirección de la sede. Al abrirse el ascensor lo recibía un amplio salón con algunos sillones y mesas pequeñas. Enfrente del ascensor había dos puertas de madera lustrada y brillosa. La de la derecha era la sala de reuniones. Y la de la izquierda la Dirección. A la izquierda había dos pequeñas puertas, un baño y una cocina. Frente al ascensor y entre ambas puertas estaba el escritorio del asistente de dirección. Benicio lo conocía había trabajado con él durante su auditoría. Se acercó y saludó al joven que ya, desde temprano, estaba en su puesto.
Eduardo, era un muchacho muy joven, de unos veinticuatro años. Llevaba unos tres años en la empresa como asistente, y había visto ir y venir varios directores. Tenía un compromiso con la institución y no había dudado en decirle a Benicio, la vez anterior, lo extrañas que eran las cosas en esa administración. Quizás, por esta razón, cuando el joven levantó la vista y vio que el Director Interino se acercaba, sonrió convencido de que las cosas finalmente mejorarían.
Benicio sabía que tenía mucho trabajo por delante, pero antes de nada evaluó el estado de la sucursal. Solicitó los informes financieros y recorrió las instalaciones. Encontró inventarios mal gestionados, equipos dañados, paquetes sin entregar y un clima laboral tenso por la falta de liderazgo. Al revisar los documentos, detectó gastos inflados, transacciones sin respaldo y un control deficiente del efectivo.
Con ese panorama, retomó el plan de acción que había diseñado meses atrás y lo ajustó al estado actual de la empresa. Los cambios principales fueron: un nuevo sistema de gestión de inventarios, capacitaciones para el personal y reuniones semanales de seguimiento para evaluar el progreso y ajustar las estrategias según fuera necesario.
Llamó a Alfredo, le informó lo que había recibido y cuáles eran sus estrategias para revertir la situación. Alfredo escuchó atentamente y aún cuando estaba más que interesado en saber qué había sucedido con Sebastián para que se mostrara tan molesto con Benicio, decidió no preguntar y simplemente acompañó la propuesta que le fue planteada.
Acabada la charla, Benicio recogió sus cosas y se dispuso a regresar. Al pasar por el escritorio de Eduardo le entregó un listado de tres nombres. Eran las personas que Alfredo le había sugerido evaluar para el cargo de Director. Eduardo miró el papel y luego miró Benicio sin comprender. Sabía muy bien quienes eran esas personas
—Cítalos para mañana en la mañana, en mi oficina.
—Sí, señor —asintió el joven y Benicio salió del edificio.
Sí, sabía que no sería fácil, pero estaba decidido a transformar la sucursal. Con el apoyo de un buen equipo y su experiencia, confiaba en que lograría recuperar la confianza de los clientes y la eficiencia de la sucursal en Mendoza. Llegado ese momento, Alfredo lo miraría de otra manera.
El sol alumbraba la cima de las montañas. Mientras conducía hacia la casa, pensaba en qué le diría a Sebastián. Había parado a comprar algunas cosas y entre ellas había recogido su chip, y estaba ansiando llegar para poder llamarlo.
Quería escucharlo.
Lo extrañaba como nunca antes había extrañado a nadie. Pero lo que más lo afligía era no haber cumplido su promesa de abrazarlo para dormir. Ese gesto, ese abrazo que de pronto para Sebastián era tan importante, se estaba convirtiendo poco a poco en una deuda que pesaba sobre el alma de Benicio.
Cuando llegó a la cabaña, el frío le calaba los huesos. Pero no era el frío del ambiente, no era el clima. Lo notó mientras veía arder los leños en la chimenea. Era un frío diferente. Algo que nunca antes había sentido. Preparó algo caliente para cenar, se cambió y se dio un baño caliente. En su mente había ensayado cientos de veces lo que diría.
Estaba preparado.
Se sentó en el sofá. Colocó su chip en el celular y observó las decenas de llamadas y mensajes que tenía.
Escuchó todo.
Leyó todo.
Su corazón estaba retorciéndose en su pecho. Alfredo no tenía derecho a hacerles eso. Se sentía cobarde por no haber enfrentado al hombre en su momento. Pero no podía soportar la idea de que Sebastián terminara recluido por su causa. Las palabras del viejo sonaban en su mente helándole la sangre “te aseguro que lo internaré y lo someteré a tratamientos que lo harán desear no haberte conocido nunca”.
No era algo que un padre le haría a su hijo. Seguramente solo era una amenaza para mantenerlo lejos de Sebastián. “Vuelve a acercarte a él y te juro por mi vida que no voy a dudar en meterlo ahí hasta que le quiten de su cabeza esas ideas asquerosas que tiene contigo.” Sin embargo, lo decía con tanta seguridad, que no podía permitirse ponerlo a prueba.
Amaba a Sebastián y quería lo mejor para él, aún si lo mejor para él no estaba a su lado. Mientras marcaba el número de Sebastián pensaba que no iba a ser Alfredo quien decidiera qué era lo mejor para Sebastián.
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El cachorro saltaba sobre sus piernas persiguiendo la pelota. Sebastián, sentado en la alfombra de la sala, alargó la mano hacia su celular que comenzaba a sonar. Sonrió mientras intentaba que el inquieto perrito no mordisqueara el sofá.
—Hola —dijo, sin poder contener la alegría en su voz.
—Seba —La voz de Benicio lo paralizó.
La sonrisa se desvaneció.
Una emoción indescriptible lo envolvió por completo. Las palabras se quedaron atrapadas en su garganta, incapaz de articular una respuesta. Era tanto lo que sentía que no lograba hablar. Durante unos segundos ambos oían la respiración del otro. Como si se estuvieran mirando a los ojos y pudieran decirse todo tan solo con la mirada.
—¿Estás ahí? —insistió Benicio.
Sebastián asintió en silencio.
Benicio percibió un ligero cambio en la respiración. Esperaba que estuviera enojado, dolido. Respiró profundamente y habló con calma y un profundo sentimiento.
—Seba, yo… lo siento. —la voz de Benicio sonaba quebrada—. Sé que hice todo mal y lo lamento tanto.
Sebastián permaneció en silencio.
Sabía que su padre había intervenido, y no era capaz de imaginar lo que había dicho para que Benicio actuara como lo hizo.
—Escuché y leí todos tus mensajes —. Las lágrimas corrieron por el rostro del joven mientras escuchaba.
Benicio se echó hacia atrás en el sofá y dejó su mirada perdida en el fuego que se agitaba frente a él.
Cerró sus ojos.
—No quería lastimarte. Te juro que si pudiera volver el tiempo atrás haría las cosas de otra manera.
—Sé que no te robaron el celular —dijo Sebastián.
Benicio se incorporó
—Mi padre te lo quitó ¿verdad?
La voz del muchacho lo hizo estremecer de pies a cabeza. Estaba llorando. El llanto de Sebastián le hacía doler el alma. Benicio no quería responder. No quería generar más asperezas entre padre e hijo.
—Ya lo recuperé. Voy a llamarte a diario, a esta hora.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me dijiste que él te lo quitó? Si no lo hubiera visto escondido en su oficina no me lo dirías. ¿No es así? Sigues defendiéndolo.
Benicio no respondió. Bajó su rostro apesadumbrado.
—Él te pidió que te fueras antes ¿cierto? —preguntó Sebastián.
—No —respondió Benicio con determinación.
—No me mientas.
—No te miento, Seba. Tu padre no me pidió que me fuera antes. Pero considera que mi cercanía contigo es perjudicial para ti.
—¡Me importa un carajo lo que mi padre piense!
La bronca que tenía Sebastián en su interior comenzaba a aflorar.
—Pero es que si me quedaba seguiría metiéndote presión. Ya sea con el matrimonio, con la presidencia del Holding, o con que no te quedes en mi casa. Sé que no fue la mejor manera de hacer las cosas, pero solo busqué la forma de darte un poco de aire.
—No voy a casarme con Didí.
—Lo sé. Lo sé, Seba. Pero tu padre no dejará de insistir. Y si estoy cerca de ti, será más intenso.
Sebastián permaneció en silencio. Sentía tantas cosas. Quería decirle tantas cosas.
—Dime cómo estás. ¿Qué has hecho hoy? —preguntó Benicio, intentando averiguar si había vuelto a caer en algunos de esos vicios que solía emplear como plan de escape.
—No voy a mentirte… Pasé un fin de semana de mierda. Pero me siento mejor ahora. ¿Y tú?
—Me resulta difícil dormir si no estás a mi lado —respondió Benicio.
Sebastián abrió sus ojos sorprendido. Su corazón comenzó a saltar nuevamente en su pecho
—¿En serio? —preguntó incrédulo.
—Sí. ¿Quién iba a decirlo? ¿Verdad?
—Tú… ¿Me extrañas? —insistió Sebastián con algo de timidez.
—No tienes idea de cuánto —respondió Benicio con sinceridad.
El joven sonrió.
—Yo también.
Sebastián se sentía algo avergonzado por lo que estaba diciendo, pero no se calló
—Estas dos últimas noches he dormido abrazando tu almohada. Tiene tu olor.
Benicio sintió que su aliento se entrecortaba. Recordó aquel abrazo, en ese primer acercamiento que tuvieron. Sebastián había dicho algo parecido “Extrañaba tu olor”. El recuerdo del roce del rostro de Sebastián en su cuello, hizo que el suéter que llevaba puesto comenzara a molestarle.
Escuchó cómo Sebastián le iba relatando su día, de una forma más distendida. Hablaron más de una hora. Rieron. Benicio comprendió que ese frío que sentía al llegar no era otra cosa que soledad. Y ya había quedado muy lejos de él. La calidez de Sebastián lo envolvía por completo. Poco antes de despedirse, Sebastián preguntó algo temeroso.
—Vas a volver, ¿Verdad?
—Seba, escucha. Esto no va a ser fácil. Tu padre no se va a quedar quieto. Probablemente insista en adelantar tu matrimonio. Mientras él no sepa que tú y yo estamos en contacto, es muy probable que se quede tranquilo. No le hables de mí, y si él lo hace, simplemente no respondas. No lo confrontes. Enfócate en el trabajo. Prepárate bien para la reunión de Directorio.
—Necesito que me respondas. Porque yo tengo claro que no soy un trabajo para ti, como dice mi padre, pero también sé que si él te dice algo tú lo haces.
—Llegado el momento, regresaré y nos sentaremos frente a frente, hablaremos de nuevo sobre lo que ambos sentimos. Y si resulta que hay en tí un mínimo de sentimiento hacia mi, no habrá un Alfredo Carrasco capaz de alejarme de ti.
Sebastián sonrió y miró a Loki que dormía a su lado. Lo acarició con ternura y se dejó colmar por una sensación sumamente agradable. No sabía lo que era, pero lo hacía sentir feliz.
Luego de despedirse, colgaron y ambos se fueron a dormir.
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Benicio sabía que encontrar al gerente adecuado era crucial para el éxito de la sucursal. Tenía la ingenua convicción de que, si lograba sacar adelante esa sede, obtendría el visto bueno de Alfredo. Quería mostrar que, a pesar de todo, él podía ser bueno para el futuro presidente del Holding.
No obstante, cada vez que le pasaba a Alfredo las novedades, el viejo se encargaba de pisotear cualquier intento de búsqueda de aprobación.
Durante el primer mes, armó un equipo de trabajo, conformado por los jefes de sección. Los reunía semanalmente, de manera tal que podía hacer un seguimiento preciso sobre el funcionamiento de la empresa.
También entrevistó a los tres candidatos que Alfredo le había sugerido, pidiéndoles un proyecto para recuperar a los cinco clientes más importantes que la sucursal había perdido. Tras un mes de trabajo, Benicio concluyó que ninguno era idóneo, lo que implicaba quedarse más tiempo del previsto para estabilizar la sucursal.
Esto traía dos grandes problemas; por un lado, tenía que llamar a Alfredo e informarle la situación, pero no encontraba la forma de hacerlo. No era posible que el presidente del Holding Carrasco recomendara tres personas que no sean capaces de desarrollar un proyecto viable. Evidentemente era su propia incapacidad la que nublaba su juicio. Estaba preocupado, no solo porque al notificar a Alfredo, dejaría expuesta su ineptitud en la tarea asignada, sino porque, todo eso implicaba dilatar más el regreso. El reencuentro con Sebastián.
Hablaban a diario y cada vez estaba más seguro de los sentimientos de ese muchacho. Aún si no podía nombrarlos, lo que Sebastián le decía lo llenaba de ilusión y de ganas de verlo, de mirarlo a los ojos y sentir todo aquello que Sebastián le decía. Porque lo cierto era que las palabras que oía cada noche antes de dormir, barrían las sentencias del viejo, dejando en su interior una sensación de felicidad que cada vez cobraba más fuerza.
—No voy a casarme —había dicho Sebastián unas semanas atrás— No haré lo que mi padre quiere.
—Siempre has hecho lo contrario a lo que él quiere. Y me he preguntado muchas veces si no estás haciendo conmigo, lo contrario a lo que tu padre quiere.
Benicio no había querido tocar este tema, pero la duda, por más que quisiera evitarlo, lo carcomía por dentro.
Sebastián cerró sus ojos. Exhaló.
—Eso no es así, Beni.
—Le dijiste a tu tío que considerabas casarte conmigo solo para molestar a tu padre.
—Él lo estaba defendiendo. Justificaba sus acciones, sus presiones. Estaba molesto. Pero sí es cierto que he pensado en vivir contigo. Comprar una casa, vivir juntos —. Benicio recordó la vez que él le había propuesto eso.
Sebastián respiró profundamente. Sabía que ese tipo de cosas no eran agradables para Benicio y si no moderaba su temperamento, acabarían discutiendo. La inseguridad en Benicio lo entristecía. Lo desesperaba no ser capaz de expresar claramente sus sentimientos para que Benicio pudiera entenderlo.
—Tu padre cree que estás jugando conmigo. Que cuando obtengas de mí lo que buscas, simplemente volverás a ser quien eres en realidad.
—Mi padre no tiene idea de lo que yo siento. Pero no estoy jugando contigo.
—Eso me tranquiliza. Porque si estuvieras jugando conmigo, Seba, me vas a hacer muchísimo daño.
Aquella noche ambos aclararon temas importantes, fortaleciéndose, pero no sin sentir la presencia de Alfredo corroyendo como siempre.
Reclinado en su silla, Benicio miraba los informes sobre el escritorio. Pensaba en cómo decirle a Sebastián la situación en la que estaba. Sabía que necesitaban verse. Ambos necesitaban estar uno frente al otro, para poder sentir y sentirse. Pero por distintas razones, esa posibilidad a ambos los aterraba.
A Sebastián le aterraba no ser capaz de expresar sus sentimientos, incluso llegó a dudar de ellos. Pero con la guía de la psicóloga comprendió que lo que sentía era real y profundo, sin embargo, aún no lograba expresarlo. Benicio, por su parte, temía que a último momento, Sebastián se arrepintiera. Al fin y al cabo, siempre había condenado las conductas y las tendencias homosexuales. Con lo cual no podía más que temer que todos sus prejuicios se hicieran carne al estar juntos.
La charla de la noche anterior aún estaba en su mente. Dando vueltas. Las palabras de Sebastián fueron contundentes. Tanto así, que las dudas cada vez pesaban menos.
—Cuando tengas claro lo que sientes…
—Tengo claro lo que siento —interrumpió Sebastián—. Sólo que no sé qué nombre ponerle. Es nuevo para mi. Pero… yo quiero estar contigo.
—Hace unos meses querías probar el sexo con un hombre.
—No. La verdad es que siempre fuiste tú, y sólo tú.. Cuando Manuel me lo propuso, mientras me decía cómo sería, yo sólo podía pensar en ti. Nunca pensé en tener sexo con un hombre. Siempre pensé en ti. Creo que la propuesta de Manuel, solo dejó salir una idea que yo tenía dentro de mí desde quién sabe cuándo, oculta.
—¿Pero, qué dices? —Benicio estaba totalmente sorprendido.
—Y no era solo sexo. Porque de pronto, comencé a pensar en otras cosas que nunca había considerado.
—¿A qué te refieres? —preguntó Benicio.
Sebastián suspiró avergonzado.
—Es un poco raro hablarte de esto.
—¿Raro?
—Sí, es vergonzoso.
—¿Te avergüenza sentir eso hacia mi?
—No. No es eso. Es que me avergüenza un poco hablarlo.
—Pero necesito entender, Seba. Dices que pensabas en otras cosas. ¿En qué cosas? —Sebastián se tomó unos minutos para acomodar un poco sus pensamientos.
—Mirarte… cuando te miraba yo… te veía diferente. Todo se veía diferente en ti. Cuando me hablabas, tu voz… yo escuchaba tu voz y todo en mi reaccionaba de una manera desconocida. Aún hoy sigue siendo así.
Benicio llevó sus manos a su boca. Estaba realmente impresionado. Escuchar de Sebastián esas palabras era algo para lo que aún no estaba listo. Recordó aquella vez en que la mirada de Sebastián lo recorrió entero al salir de bañarse. Se estremeció.
—También pensaba… en… tocarte —. Benicio sonrió, no pudo evitar sentirse algo avergonzado también.
—Tocarme —reiteró en un susurro, que parecía más un pensamiento en voz alta.
—Si. Primero fue tu… cabello. Es que… no sé porqué, pero de pronto me sentí muy… atraído… por tus cabellos blancos y quería… tocarlos… Lo había pensado mucho. Pero solo fui capaz de hacerlo cuando… estuviste internado y sedado.
—Vaya —susurró Benicio sonriendo.
—Esa noche… yo estaba muy conmocionado, mi tío me había dicho todo por lo que habías pasado, y… mi cuerpo se movió involuntariamente. Cuando me quise dar cuenta mis manos estaban ya sobre ti y mis dedos peinaban tu cabello.
Benicio sintió que un calor abrazador lo envolvía. Recordaba muy bien esa caricia.
—Te sentí —balbuceó pensativo—. Pensé que lo había soñado.
Sebastián sonrió.
—Y yo pensé que estabas sedado ¿En verdad me sentiste?
—Si, Seba. Te sentí —. Permanecieron en silencio unos segundos y luego continuaron conversando.
Pero tan solo el recordar esas palabras, movilizaban en Benicio un caudal de sensaciones que desconocía. Cuando Eduardo entró en la oficina, Benicio sonreía.
El joven lo miró en silencio. Benicio notó su presencia y su rostro se transformó lentamente. Su entrecejo se arrugó con una clara muestra de disgusto.
—Comunícame con el Sr. Alfredo Carrasco —dijo con seriedad.
—Sí señor —. El joven salió. Poco después el interno de Benicio sonó y Eduardo le pasó la llamada.
Benicio informó al viejo lo que había hecho y las gestiones que se habían implementado. Las mejoras en el servicio y el proyecto de recuperación de los principales clientes. Luego, eligiendo cuidadosamente las palabras, le notificó que ninguno de los candidatos que había sugerido, eran idóneos para el cargo. Alfredo habló con calma, poco después de tomarse unos segundos de un silencio tenso, casi insoportable.
—Tal vez deberías considerar asumir el cargo. Quédate con la sucursal. El lugar es el que tu siempre quisiste, el puesto es con mucho, un amplio progreso para ti. Finalmente tienes lo que hace tiempo venías buscando.
Benicio pensó unos segundos. Alfredo no estaba equivocado. Si tenía que ser sincero, siempre había querido ese trabajo y el lugar no podría haberlo imaginado más hermoso. Sin embargo, todo eso ya no era suficiente si no tenía a Sebastián con él.
—Quiero que busques una casa y te instales definitivamente en Mendoza.
El tono de Alfredo había cambiado, ya no era sugerente, ahora era imperativo.
—Cuando escojas el inmueble házmelo saber. La empresa correrá con los gastos.
La llamada terminó pero en los oídos de Benicio seguían reverberando las palabras de Alfredo. Su mirada estaba perdida en los legajos de los candidatos que estaban desplegados sobre el escritorio. Proyectos presentados, correcciones realizadas y decisión final del Director Interino.
—Benicio —llamó Eduardo.
Ni siquiera lo vio llegar.
—Le estaba preguntando si quiere que escanee los legajos para enviar a Buenos Aires.
Benicio estaba preocupado. Aún no podía digerir la idea de que ninguno pudiera asumir el cargo.
No quería quedarse.
No lo haría.
—¿Está todo bien? —Benicio miró a Eduardo y se puso de pie inquieto.
—No. Nada está bien. Algo estoy haciendo mal. Algo no estoy viendo. No puede ser que sean tres inútiles… ¡maldita sea!
—Señor, con todo respeto ¿puedo preguntar algo?
—Sí, dime.
—¿Usted está seguro de que estas tres personas son las recomendadas?
Benicio lo miró desconcertado.
—Claro que sí. ¿Por qué?
—Hace, no sé, un par de meses, nos pidieron desde Buenos Aires, un informe con los nombres de las tres personas menos indicadas para asumir la dirección.
Benicio no daba crédito. El muchacho llevó su mano hacia los legajos señalándolos. Él se acercó al escritorio.
—Son ellos.
Benicio se dejó caer en su silla incrédulo.
—¿Qué estás diciendo?
—Estas tres personas, son las que el departamento de personal seleccionó como “menos capacitadas” para el liderazgo de la sucursal.
Benicio se reclinó en la silla. Ahora comprendía todo. Y no le sorprendió para nada la sugerencia de Alfredo de instalarse allí. Esa era la idea desde un principio.
Benicio sonrió.
—Señor, temo que hubo un malentendido —dijo el joven.
Benicio lo miró en silencio. Le pareció un comentario muy ingenuo. Pero lo que no podía era dejar de pensar en lo hábil que había sido Alfredo. Llevaba más de un mes intentando encontrar entre tres personas incapaces, alguien que asumiera el cargo.
Un mes perdido.
Presionó su entrecejo. “¿Cómo no la vi venir?” se preguntó. Aclaró su mente y juntó los legajos. Miró su reloj.
—Eduardo. Cita para el lunes temprano al Jefe de Personal. Dile que traiga un informe con las personas actualmente empleadas que posean capacidades de liderazgo y gestión. Que reduzca la lista a dos o tres personas como mucho.
El joven se sentó frente al escritorio.
—¿Puedo sugerir a alguien? —Benicio lo miró intrigado.
—Sí, ¿por qué no? Adelante.
—El departamento de personal recibió de Buenos Aires el pedido de buscar tres personas que no fueran aptas para el cargo. Pero desde el departamento de personal lo solicitaron al archivo. Si usted está buscando a alguien que conozca el funcionamiento de la empresa en forma integral, creo que el mejor es Horacio.
—¿Horacio?
—Horacio Medina. Está encargado del archivo, porque ha tenido algunos problemas en la cara. Tengo entendido que vino desde Buenos Aires, hace cinco años —. Benicio miró a Eduardo sin comprender
—¿Lo conozco?
—Sí, claro. Es la persona que le facilitó toda la información cuando estuvo aquí haciendo la auditoría.
—¡Ah! Sí. Ya sé quien es. ¿Y dices que ha tenido problemas en su rostro?
—Bueno, según me comentaron, cuando llegó tenía su rostro algo deforme, y por eso lo pusieron como encargado de archivo. Yo he hablado con él desde que usted estuvo aquí la vez anterior. Me conmovió que lo metieran allí solo por su aspecto.
Benicio se hizo hacia atrás en la silla.
—Que conozca el funcionamiento de la empresa, incluso si ha memorizado el archivo completo, no implica que sea idóneo para el puesto.
—Lo sé. Pero, aún si él no es idóneo, quizás pueda sugerirle a alguien que sí lo sea. Lo que quiero decir es que, es muy extraño lo que sucedió. ¿No le parece?
El joven se inclinó sobre la mesa y habló en voz baja.
—En primer lugar, el hecho de que pidan tres personas incapaces. Luego que éstas sean las personas evaluadas para el puesto, y principalmente, que el departamento de personal haya recurrido a él. Entonces, si usted va a él directamente, evitará a los intermediarios que “cometen errores”.
—Y la pérdida de tiempo —acotó Benicio pensativo.
—Pues sí.
—Bien. Cítalo ¿Cómo me dijiste que se llama?
—Horacio Medina —respondió el muchacho. Benicio anotó en su agenda.
—Cita al Sr. Medina para el lunes a primera hora aquí. No. Mejor en la sala de juntas.
—Si, señor —dijo el joven poniéndose de pie.
Benicio comenzó a acomodar el escritorio. Su asistente salía de la oficina.
—Eduardo.
—¿Si? —respondió deteniéndose antes de salir.
—¿Qué tanto lo conoces?
—Me acerqué a él hace unos meses. Es un hombre grande, aunque no lo parece. Creo que es una buena persona. Desconozco si está capacitado para el manejo de la sucursal, pero estoy seguro que sabe como funciona todo y conoce a todas las personas aquí, a las que no ha visto personalmente, conoce sus currículums.
Benicio asintió en silencio. Poco después salió rumbo a su casa. El atardecer caía sobre las cumbres, mientras se iba acercando. Podía comprender la artimaña de Alfredo. Conocía sus prejuicios y a través de los ojos de Sebastián había aprendido a ver al monstruo en que podía llegar a convertirse. Pero nunca esperó que jugara con él de esa manera.
Esa noche, cuando llamó a Sebastián intentó encontrar las palabras justas para hablar de lo sucedido. Pero tenía que ser cuidadoso porque al día siguiente era la reunión del Directorio del Holding. Y Sebastián necesitaba estar listo para ella. Sin ideas innecesarias, ni pensamientos que nublen su desempeño.
—Nunca nos va a dejar en paz, Beni —dijo Sebastián apesadumbrado cuando Benicio le contó lo ocurrido.
—Cuando estemos juntos, él no va a poder con nosotros. Pero si queremos que eso suceda, primero tenemos que fortalecernos nosotros, cada uno.
—Lo odio tanto —dijo Sebastián sintiéndose terriblemente frustrado.
—No, amor. —dijo Benicio con ternura.
Sebastián quedó petrificado.
—No permitas que él te llene de sentimientos de ese tipo. Seba, el odio, el rencor, el deseo de venganza, la rebeldía, sólo te perjudican a ti. Y si te perjudica a ti, me duele a mi.
Sebastián estaba enmudecido. Su mente se había detenido en esa expresión “¿amor?” se preguntó, dudando de haber escuchado bien “¿Acaso me llamó “amor”?”
—Seba, ¿estás ahí? —Sebastián asintió en silencio.
Su corazón latía tan rápido.
En ese instante hubiera dado su vida solo por tenerlo en frente en el preciso momento en que le dijo “No, amor”. Mirarlo a los ojos y verse en ellos mientras lo escuchaba. Su piel se estremeció y sus ojos se humedecieron.
—Seba, no puedo verte.
—Estoy aquí —balbuceó en voz baja.
—Escúchame muy bien —dijo con firmeza—. Tienes que lucirte mañana en esa reunión. Quiero que brilles, que encandiles a los Apóstoles y a tu padre. Pero no por mí, ni por él. Hazlo por ti. Porque todos ellos tienen que conocer tu valía antes de abrir la boca y alzar un dedo en tu contra.
—No creo que ellos me vean de la forma en que tú me ves.
—Te conozco. Sé lo que eres capaz de hacer. Pero ellos aún no saben hasta dónde puedes llegar.
—No. No es eso. Tú me ves de otra manera porque tú me quieres.
—Sí. Te amo, Seba.
Las manos de Sebastián temblaban.
—Eres mi amor —le dijo con una voz que acarició a Sebastián de una manera tan inesperada, que apenas podía respirar—. Y no imaginas cuánto odio la idea de que lo que siento por ti te haga tanto daño.
Sebastián tragó toda esa emoción que estaba embargándolo. Respiró profundo y habló con su voz algo quebrada.
—Lo que sientes por mí no me hace daño, Beni. Lo que tú sientes por mí, le da sentido a mi vida. Es lo único que tiene valor para mi. Lo que me impulsa a seguir adelante. Aún no puedo decirlo como tú lo haces, pero créeme, siento lo mismo que tu. Y quiero que en el momento en que te lo diga, puedas sentir lo mismo que siento yo cuando tú me lo dices.
Benicio sonrió.
Sebastián tenía razón. Alfredo no los dejaría en paz. Pero ellos estaban cada vez más unidos y eso le daba mucha confianza.
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En la Distribuidora, Sebastián hizo la presentación de los informes tanto del área Administrativa como del área Operativa dos semanas antes. Alfredo estaba satisfecho, aunque su mirada inquisidora no dejaba de aplastar a su hijo. Y la razón era que Alfredo tenía la convicción de que la exposición de Sebastián provenía de Benicio; lo que indicaba que, a pesar de todo, Benicio y Sebastián estaban en contacto.
Esa idea lo enfurecía y más aún cuando, cada vez que hablaba con ambos, negaban haber hablado con el otro. Sebastián se molestaba y Benicio le preguntaba a Alfredo acerca de su hijo.
El viejo no podía dejar de pensar que ambos se mostraban demasiado cómodos con la situación, cosa que desataba todas las alarmas de Alfredo, conduciéndolo una y otra vez a insistir en adelantar la boda. Pero ya no tenía caso. La reunión de Directorio estaba a punto de comenzar.
La sala de juntas estaba nuevamente llena. Los "12 Apóstoles" ocupaban sus asientos alrededor de la enorme mesa de caoba, con sus expresiones serias y concentradas. Alfredo Carrasco, en la cabecera, hizo un gesto para dar comienzo a la reunión. Desde su lugar, observaba a su hijo, tranquilo y confiado. Tal vez demasiado tranquilo para lo que esperaba Alfredo.
—Buenos días a todos —dijo Alfredo con su voz firme y autoritaria— Hoy es un día crucial para nuestro Holding. Vamos a revisar los informes semestrales y evaluar a los candidatos a la presidencia. Si todos están de acuerdo, comencemos.
Como nadie objetó, la exposición comenzó como estaba planeada. Cada empresa miembro, representada por cada uno de los Apóstoles, o bien por alguno de sus asistentes, presentó sus informes semestrales, destacando tanto los logros como los desafíos.
Cuando llegó el turno de la Distribuidora Carrasco, Alfredo se puso de pie y comenzó a hacer un resúmen de los resultados que estaban en la pantalla detrás de él. A todos sorprendió, y comentaban por lo bajo al respecto, que las gráficas no fueran tan prometedoras como las anteriores.
La Distribuidora había sido reconocida históricamente por su eficiencia y calidad en el servicio, pero los recientes eventos en la sucursal de Mendoza pusieron en relieve una serie de desafíos que afectaban a la organización en su totalidad, puesto que esta sucursal, una de las más importantes, había experimentado problemas financieros significativos durante más de dos años, situación que culminó con implicaciones profundas para la Distribuidora a nivel institucional. La pérdida financiera generada por la malversación y el descontrol afectaron la capacidad de la empresa para invertir en mejoras y expansión. Además, la reputación global de la empresa estaba en riesgo, ya que los problemas en una sucursal tan importante podían erosionar la confianza de los clientes y socios comerciales en toda la organización.
Antes de que alguno de los Apóstoles pudiera hacer alguna acotación, Alfredo habló de la intervención de la sucursal y el Directorio se mostró más que satisfecho con la decisión de enviar al Lic. Benicio Torres puesto que todos conocían sus excelentes capacidades de gestión.
Luego de la exposición del presidente, los miembros del Directorio asintieron con aprobación, aunque algunos intercambiaron miradas, esperando el momento adecuado para introducir el tema que realmente les interesaba.
Cada uno de los Apóstoles ofreció sus perspectivas y soluciones para los problemas presentados en los informes. Tomás Morales, uno de los miembros más incisivos, tomó la palabra.
—Sin dudas has realizado una gestión exitosa a pesar de la difícil situación en Mendoza, Alfredo. Enviar al Lic. Torres a gestionar la sucursal deficitaria, ha sido una estrategia tan magnífica como arriesgada. Puesto que has quedado un poco complicado aquí. Corrígeme si me equivoco, pero ¿No debía Sebastián, en ausencia de Benicio, hacer la presentación? —preguntó Morales, mirando a su alrededor en busca de apoyo.
—Soy Director de la Distribuidora. La represento en esta mesa. Por lo tanto, puedo hacer la presentación de los rendimientos semestrales, de la misma forma en que cualquiera de ustedes hace los de sus compañías —replicó Alfredo. El tipo sonrió con sarcasmo
—¿Cuál es el motivo de la presencia de Sebastián entonces?
Sebastián se empujó hacia atrás y se puso de pie. Todos voltearon hacia él. Miró al hombre que estaba sentado frente a él, y le sonrió con picardía.
—Oh.. ¡Vamos Tomás! Estoy seguro que usted es un poco más inteligente de lo que aparenta.
Morales perdió la sonrisa. Alfredo exhaló molesto. Sabía que esto no conduciría a nada bueno
—Inténtelo una vez más… A ver… ¿Por qué estoy aquí?
Arturo cubrió disimuladamente su sonrisa. Menéndez intervino:
—Creo que, el Licenciado Morales se refiere a que en la reunión anterior habíamos acordado que esta vez presentarías tu y comenzaríamos contigo las presentaciones de los candidatos a la sucesión de tu padre.
Un murmullo recorrió la sala. Alfredo, aunque furioso, mantuvo su expresión imperturbable.
Álvarez Pratt añadió con sarcasmo:
—Debe de estar ocupado preparándose para el análisis de la simulación.
—No necesito simular nada —exclamó Sebastián con seguridad—. La presentación que ha hecho mi padre, es la que le proporcioné hace un par de días atrás. Los análisis que han sido expuestos, los he realizado yo con los datos que han llegado de cada una de las sucursales. Si tienen alguna duda, estoy aquí para aclararla.
Ninguno dijo nada.
Alfredo regresó a su lugar. Sebastián se sirvió un poco de agua y se sentó también. Morales aún no estaba satisfecho y con la humillante insinuación de Sebastián estaba más que molesto. Se reclinó en su silla. No le quitó la vista de encima al muchacho mientras terminaban de exponer los que quedaban.
—Antes de comenzar el receso, —intervino Tomás Morales— Me gustaría hacer una aclaración al joven Carrasco.
Sebastián alzó la vista hacia el hombre, mirándolo con un dejo de arrogancia que molestó aún más al tipo.
—Soy todo oídos.
—Bueno, es que hace unos minutos, el Dr. Pratt habló de la simulación, que se preparó para evaluar a los candidatos a la Presidencia. Por la forma en la que respondiste, temo que no comprendiste en qué consiste la evaluación.
—Sé que hoy habrá una evaluación de candidatos. No estoy enterado sobre ninguna simulación.
—Vaya, entonces ¿tú no has preparado nada? —dijo.
—¿Preparar? —Intervino Alfredo—. ¿Qué hay que preparar?
—La solución, por supuesto —respondió Morales.
—¿Y en qué momento acordamos que los candidatos recibirían las simulaciones anticipadamente?
La voz de Alfredo se intensificaba.
Sebastián estaba absorto mirando a su padre. Por lo general ese tipo de miradas y tono de voz estaban destinados a él. Y ahora alguien más había logrado enojar al viejo Carrasco.
Sebastián sonrió.
—¡Alfredo, no es para tanto! —intervino Menéndez intentando calmar un poco las aguas.
—¿No es para tanto? —gritó el viejo poniéndose de pie —. ¿Quién demonios decidió algo como eso? Y lo que es más importante ¿Por qué yo no estaba enterado?
La mesa del Directorio acabó sumida en un silencio sepulcral. Arturo miró a su hermano con preocupación. Alfredo estaba desencajado.
—¿Nadie va a responsabilizarse por esto? —gritó nuevamente Alfredo. Sebastián miró a Arturo, y éste le indicó que intente calmarlo.
El muchacho se acercó a Alfredo y lo tomó del brazo.
—Papá, tranquilo está todo bien —dijo Sebastián en voz baja.
“¿Todo bien?”. Alfredo lo miró. “¿Está todo bien?” repitió en su mente. Sebastián reconoció esa mirada, y sintió un escalofrío en su espalda. “¡Nada está bien!” pensó el viejo, realmente enfurecido. Se preguntó si acaso, ese imbécil que tenía por hijo, no entendía lo que estaba pasando. ¿Cómo podía decirle que estaba “todo bien”? Se inclinó hacia Sebastián, quien lo soltó y se hizo hacia atrás.
—¿Cómo puedes decir que está todo bien? ¡Nada está bien! ¿No te das cuenta de la gravedad de la situación? —gritó.
—Alfredo, creo que estás exagerando —dijo Tomás Morales.
—¡Cierra la boca! —sentenció Alfredo— Eres un maldito traidor. ¡Todo esto es una asquerosa traición a la confianza que he depositado en cada uno de ustedes! ¡No puedo creer que estén dispuestos a poner en riesgo el futuro de esta empresa con decisiones tan irresponsables!
El directorio entero estaba en silencio ante la furia desatada de Alfredo. Arturo se puso de pie y habló con calma.
—Creo que es conveniente hacer un receso de quince minutos, antes de continuar con las evaluaciones.
La moción fue aprobada y todos se levantaron de sus sillas. En un par de minutos, la sala de reuniones estaba habitada únicamente por los Carrasco. El resto, en el pasillo comentaban entre ellos lo ocurrido. Alfredo caminó hacia el ventanal, maldecía por lo bajo. Arturo se acercó a él trayendo su tensiómetro. Le indicó que se siente, y se lo colocó.
Sebastián estaba confundido. No comprendía por qué su padre reaccionaba de esa manera.
—Si no te tranquilizas, vas a terminar hospitalizado —dijo Arturo mientras retiraba el aparato.
—¿Tú sabías algo de que la simulación se les entregaría a los candidatos?
—No, Fredi.
—Son unos traidores hijos de puta.
Sebastián se acercó a los hermanos Carrasco y miró a su padre.
—¿Puedes decirme qué es lo que sucede contigo? —preguntó en un tono calmado.
Alfredo sintió que Benicio hablaba a través de su hijo, se levantó violentamente y se abalanzó hacia el joven. Arturo estaba impactado. Alfredo tomó a su hijo por la solapa del traje y lo miró con decepción.
—Yo no tengo un hijo imbécil ¿verdad? —dijo mirándolo casi con odio.
Sacudió con fuerza al muchacho hasta que vio en los ojos de Sebastián ese terror que solía ver tiempo atrás. En ese momento Alfredo Carrasco recuperó algo de calma. Sebastián estaba aterrado. Su padre lo había golpeado más de una vez, pero nunca delante de alguien. Lo miró intentando ser más fuerte de lo que realmente se sentía. Arturo tomó a Alfredo intentando alejarlo de Sebastián, pero Alfredo no lo soltaba. El muchacho era mucho más alto, pero por alguna razón, en ese momento eso no se notó.
Sebastián miró a su padre y luego de respirar profundamente y llenarse de valor, habló de nuevo con calma….
— Sí. Es verdad. No tienes un hijo imbécil.
—Entonces explícame porque no puedes ver que toda esa manga de lacras acaba de cagarte —gritó.
Desde afuera los miembros del Directorio escuchaban y comentaban qué harían para zafar de la furia del viejo Carrasco.
—No veo cómo algo de esto puede perjudicarme.
Alfredo estaba descontrolado. Sacudió a su hijo y lo arrojó contra la mesa.
—¡Maldita sea! —gritó Alfredo apretando sus puños y sus ojos. Algunos de los miembros volvieron a entrar. Algo temerosos se sentaron en sus lugares.
—Alfredo ¡ya basta! —dijo Arturo enérgico.
Luego se interpuso entre su hermano y Sebastián y miró a Sebastián algo molesto.
—Y tú deja de actuar como si esto estuviera bien —reprendió—. Estás en franca desventaja ante tu competencia para el cargo. ¡Y lo sabes muy bien! ¡Demonios!
—¿Yo estoy en desventaja? —Sebastián alzó la voz— ¡No soy yo quien ha necesitado conocer el problema con anticipación para poder resolverlo!
Sebastián gritó mirando a su tío, pero su padre lo observó con atención. Los miembros del Directorio que habían entrado observaban en silencio. Los que estaban en el pasillo comentaban sobre los gritos de Sebastián. Y los otros candidatos, bajaron su cabeza ya sin esa sensación de triunfo que tenían al iniciar la junta
—El Holding Carrasco estará en desventaja cuando alguno de esos inservibles asuma la presidencia —. Agregó Sebastián con firmeza.
—Voy a posponer la evaluación —dijo Alfredo.
—Tú no vas a hacer eso —replicó Sebastián.
—¿Qué no ves que van a hacerte trizas? —dijo Alfredo, apretando los dientes , acercándose a su hijo.
—Que lo intenten —respondió Sebastián desafiante.
Alfredo se apartó bufando como un toro embravecido. Tomó tu laptop y la puso sobre la mesa de reuniones.
—Ven aquí, aún tienes diez minutos. Puedes familiarizarte con la simulación.
—No lo haré —dijo el muchacho caminando hacia el ventanal.
—¡Sebastián! ¡Con un demonio! —gritó de nuevo Alfredo.
Sebastián se sentía totalmente atrapado en una tormenta de emociones. La frustración se apoderó de él como un fuego ardiente, haciéndolo apretar los puños con impotencia. “Nunca voy a estar a la altura de sus expectativas, no importa cuánto lo intente”, pensaba mientras la rabia bullía en su interior. Pero las palabras que Benicio había dicho la noche anterior acariciaron su alma herida. La tristeza que lo envolvió como una sombra oscura, comenzaba a disiparse, sabía que Benicio confiaba en él. Mientras sentía que cada palabra de su padre erosionaba un poco más su autoestima haciendo que el desánimo se instalara en su pecho, cuestionando su propio valor, recordó que tenía que brillar.
Arturo se fue tras Sebastián, mientras Alfredo sacaba su teléfono y se apartaba de todo el mundo.
—Alfredo —dijo Benicio sorprendido—. Buen día.
Era sábado por la mañana, Benicio sabía que a esas alturas estarían aún en plena reunión de Directorio. El llamado lo tomó por sorpresa y lo preocupó.
—Necesito que hables con Sebastián.
—No comprendo. ¿Pasó algo?
—La evaluación de los candidatos es una simulación de conflicto, los otros candidatos lo han recibido con anticipación, pero Sebastián no fue notificado. Fue una jugada sucia de Morales.
—Entiendo.
—Sebastián no quiere analizarla, estamos en un receso de escasos cinco minutos ya y no quiere ni siquiera observar de qué se trata, habla con él y dile que deje de actuar con rebeldía. Te pasaré.
—¡Alfredo! No. No haga eso. Si hablo ahora con Sebastián él terminará perdiendo el foco
—¿De qué estás hablando? —Benicio pensó.
—Me preguntará porque me fui sin avisar. Porque no le he hablado. Perderá todo el enfoque, Alfredo no es conveniente que hable con él. Pero escuche, dígale esto: “Recuerda que el problema siempre da más información de la que uno cree.”
—¿Y eso qué mierda significa?
—Es una forma de abordaje de situaciones problemáticas, las estudiamos en la facultad. Sólo dígale eso.
Alfredo cortó bufando nuevamente. Y volteó hacia el ventanal donde estaban Arturo y Sebastián. Vio que su hermano puso su mano en el hombro del joven y lo miraba con cariño. Le hablaba en voz baja.
—Seba, tu padre está profundamente ofendido porque esos jóvenes tienen ventaja sobre tí. Solo entiéndelo. Él quiere que tengas las mismas posibilidades. Solo ve y analiza el problema.
Sebastián giró hacia Arturo y lo miró a los ojos. Estaban enrojecidos por la bronca que tenía dentro. Quería irse de ahí y mandar todo al diablo.
—No. Él simplemente cree que soy un inútil. Y deja de decir que esos jóvenes tienen ventaja. Porque no es así. O ¿acaso crees que cuando surja un problema en el Holding tendré tiempo para “familiarizarme con él”? ¡Pero qué estupidez!
El muchacho se alejó de su tío que lo miraba con admiración.
Alfredo se acercó a su hijo y suspiró. Vio que ya todo el Directorio regresaba a sus lugares. Miró a Sebastián a los ojos y habló en voz baja.
—Se acaba el tiempo —dijo con preocupación—. “Recuerda que el problema siempre da más información de la que uno cree.”
Sebastián se quedó petrificado. Conocía muy bien ese principio. Y sabía muy bien de dónde provenía. Su corazón se aceleró.
—¿Entiendes lo que digo? —Sebastián asintió.
Lo embargó la emoción. “¡Voy a brillar! Este tipo no tiene idea de lo que soy capaz, pero Beni sí.” pensó con determinación, valiéndose de la confianza de Benicio para lidiar con la desaprobación de su padre, y demostrar su valía.
Todos regresaron a sus lugares. Alfredo dio indicaciones y en la enorme pantalla aparecieron una serie de gráficos. El superior, y más grande, graficaba el desempeño del Holding, mostrando un claro descenso. Debajo del gráfico grande había varios gráficos más pequeños que correspondían a las empresas que forman parte del conglomerado. Todos estos mostraban importantes ascensos en sus resultados. La consigna era descifrar por qué si las gráficas institucionales presentan progresos considerables, el Holding muestra una caída preocupante.
El primer candidato era el hijo de Carlos Gómez, empresario de telecomunicaciones, cuya formación y perfil resultaban atractivos para parte del Directorio. Sin embargo, tras el incidente previo, al igual que el resto de los candidatos, ya no se sentía tan seguro de su presentación. Aun así, al ser convocado, expuso su propuesta. Afirmó que los costos fijos del Holding eran desproporcionados respecto a las subsidiarias y propuso una auditoría integral para identificar ineficiencias, optimizar procesos y reducir gastos, incluyendo la centralización de funciones y un control más riguroso de los presupuestos.
Sebastián oía atentamente y tomaba nota. Mientras convocaban al segundo candidato. Hijo de Ernesto Ramirez, era un joven abogado que aún si llevaba poco en el ejercicio de su profesión, se caracterizaba por no haber perdido ni un juicio. Se paró al frente del Directorio y realizó la presentación.
En su exposición planteó que una de las subsidiarias crecía muy por debajo de las demás, lo que afectaba al Holding. Propuso revisar a fondo el portafolio de negocios, reasignar recursos hacia las áreas con mayor potencial y desprenderse de activos poco estratégicos, enfocándose en oportunidades donde el conglomerado tuviera ventaja competitiva.
Sebastián seguía en silencio, y sus anotaciones comenzaron a capturar la atención de toda la mesa. Convocaron al tercer postulante. Se notaba más nervioso aún que los otros dos. Era el hijo de José María Villanueva, director de una de las empresas líder en biotecnología. El hombre era mayor que Sebastián y era Dr. en Biotecnología Industrial. Parado frente a los Apóstoles se veía como un niño asustado que ha hecho una travesura. Cuando comenzó su exposición su voz flaqueó muy sutilmente, dejando en evidencia la presión que estaba soportando.
Según su análisis, advirtió que la caída del Holding, pese al buen rendimiento de las subsidiarias, podía deberse a un manejo inadecuado de la deuda y altos costos financieros. Propuso analizar la estructura de capital, renegociar condiciones para reducir intereses y aplicar una gestión activa del apalancamiento con políticas claras y control constante de los ratios. Al finalizar la ponencia, el hombre regresó a su lugar.
Tomás Morales convocó a Sebastián.
—Antes que comiences, quiero decir que lamento mucho la desprolijidad que el Directorio ha mostrado en esta evaluación. Hemos considerado que tal vez podríamos dejar que prepares una solución con tiempo, como hicieron los demás. Y fijar una nueva fecha para que la presentes.
Sebastián sonrió. La mesa estaba en silencio. Alfredo tragaba bilis, odio, y la pasividad de su hijo amenazaba con llevarlo al colapso.
—No es necesario, pero antes de dar mi “solución” quiero decirles algo a los otros tres candidatos
Sebastián habló mirándolos a ellos y no a los Apóstoles.
—Primero que nada, cuando se presentan los problemas, no avisan con anticipación. Con lo cual, el haber diseñado una estrategia con tiempo, no es una ventaja, sino solo un juego. Dicho esto, quisiera hacer algunas observaciones sobre lo que acabamos de escuchar.
Sebastián alzó la vista y les habló a todos.
—Asumo que todos han notado que la propuesta del primer candidato es viable, pero requiere compromiso a largo plazo y una gestión cuidadosa; no daría resultados inmediatos.
Un murmullo se instaló en la sala. Pero Sebastián no se detuvo.
—La sugerencia de Ramírez podría perjudicar a las empresas más pequeñas del Holding y no observo que ese detalle haya sido considerado. Consultora Ramírez, Agroindustrias Sánchez y la Clínica Carrasco, podrían resultar afectadas. Y no veo medidas para evitarlo —dijo, generando murmullos entre los aludidos.
Ramírez, miró a su hijo en silencio.
—Por último, la propuesta del Dr. Villanueva es más específica y quizás más rápida de aplicar, aunque su éxito dependerá de las condiciones del mercado y de la complejidad de nuestra estructura de capital.
Los murmullos se acrecentaron. Una vez que habló se acercó a la pantalla. Observó con detenimiento las gráficas y luego de unos minutos se dirigió nuevamente a los Apóstoles.
—A primera vista, la discrepancia entre el Holding y las subsidiarias parece desconcertante. Sin embargo, al observar con detenimiento, notamos diferencias cruciales en la presentación de los datos. No se trata solo de la escala, sino de la naturaleza de la información.
Sebastián los miraba a todos. De uno en uno.
—Si observamos aquí, —dijo señalando las imágenes más pequeñas— los gráficos de las subsidiarias muestran un crecimiento lineal y constante, lo que sugiere un desempeño operativo sólido y eficiente. En contraste, el gráfico del Holding presenta una caída abrupta y reciente, indicando un evento o factor específico que ha impactado negativamente en el rendimiento global.
Sebastián observó que Morales se inclinó hacia un lado y le murmuró algo a Alvarez Pratt sonriendo.
—Notamos que la caída no es gradual, si no que es vertical. Eso indica un evento puntual. Según las fechas, veremos que ese evento coincide con un aumento considerable de gastos aquí.
Cuando Sebastián tocó uno de los gráficos adicionales, Morales dejó de sonreír. Algunos en la mesa comentaban por lo bajo. Alfredo estaba escuchando con atención.
—Este evento presenta las características de una crisis puntual en la empresa. Por lo tanto, el problema no reside en la gestión general del grupo, sino en un evento específico que ha afectado a una de sus empresas más importantes.
Sebastián comenzó a desplazarse cómodamente por la habitación mientras hablaba. Alfredo se acomodó en su silla. El análisis de su hijo lo tenía muy sorprendido.
—Naturalmente, la solución pasa por abordar la raíz del problema: la gestión de riesgos. Mi propuesta sería implementar un sistema de alerta temprana que utilice indicadores clave para detectar problemas antes de que se conviertan en crisis. Además, reforzar la auditoría interna para asegurar el cumplimiento de políticas y procedimientos. Finalmente, crear un fondo de contingencia que nos permita afrontar emergencias sin comprometer la estabilidad. Esto permitiría mitigar el impacto financiero de eventos inesperados, como podría ser actualmente, la crisis que atraviesa la Distribuidora de mi padre en la sucursal de Mendoza. Este fondo permitiría al Holding hacer frente a situaciones adversas sin comprometer el equilibrio financiero a largo plazo.
—¿Y… en qué plazo piensas implementar todo eso? —preguntó Morales.
—Como dije en un principio, el problema no es del Holding. La solución no estaría en manos del presidente del Holding.
Morales estaba visiblemente molesto. Las respuestas de Sebastián lo estaban incomodando. No por la respuesta en sí, sino por la forma en que el Directorio respondía a ellas.
—Estas medidas no apuntan a resolver el problema actual, sino que se enfocan en la prevención. Al anticiparnos a los riesgos y fortalecer nuestros mecanismos de control, garantizaremos un crecimiento sostenible y rentable para todas las empresas del grupo.
La mesa estaba en silencio. Sebastián miró su reloj, llevaba ya más de tres horas en la reunión. Loki estaba solo en casa y eso lo estaba inquietando.
—¿Alguna otra pregunta? —dijo mirando a cada uno de los hombres que estaban frente a él. Pero nadie respondió—. Bien. En ese caso, me retiro señores.
Se acercó a su padre, se inclinó hacia él y le habló al oído.
—Cualquier cosa hablamos más tarde —susurró.
Salió de la sala de reuniones dejando a todos en silencio. Azorados. La soltura, seguridad y convicción con la que presentó su solución, sumada a esa capacidad excepcional para analizar los datos y extraer información relevante tan solo con una mirada; la forma en que enfrentó a su padre, su lenguaje corporal, todo lo que acababan de presenciar denotaba una mentalidad de liderazgo proactivo y sin dudas transmitía confianza y una credibilidad que se sostenía también en esa visión estratégica a largo plazo.
Con esta presentación, Sebastián no sólo resolvió la simulación, sino que también demostró que posee las cualidades necesarias para liderar el Holding con éxito. Y de eso, ninguno de los silenciosos miembros del Directorio, tenía duda alguna.
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El lunes, temprano, cuando Benicio llegó a la oficina, Eduardo estaba allí, y había preparado la sala de reuniones como le había sido indicado. Poco después, a la hora convenida, la puerta el ascensor se abrió y un hombre entró con paso decidido, aunque se notaba un ligero rastro de nerviosismo en su andar.
Horacio Medina, un hombre de 54 años con un pasado marcado por cicatrices que no se quedaban en su rostro, vestía un traje oscuro que contrastaba con la palidez de su piel. Sus ojos, de un gris acerado, reflejaban una mezcla de incertidumbre y seguridad. Eduardo se puso de pie y sonrió. El hombre se acercó a él y no ocultó su ansiedad.
—Buen día, Horacio. ¿Cómo está?
—Estoy… ¿cómo decirlo?... un poco nervioso, la verdad. No esperaba ser convocado y no sé muy bien qué esperar, pero estoy aquí para lo que necesiten.
Eduardo sonrió, de pronto le recordó a su hermano mayor, y sintió mucha ternura al verlo frotar sus manos.
—Venga por aquí —dijo y lo condujo a la sala de reuniones. Le indicó dónde sentarse.
Horacio vio que sobre la larga mesa había un portátil y algunos papeles. Sus piernas se sacudían. Reconoció algunos nombres de empresas que fueron clientes importantes. Poco después Eduardo entró nuevamente con un café y un vaso con agua y los dejó frente al hombre, que aún muy inseguro volteó hacia el muchacho y le preguntó en voz baja.
—¿Estás seguro que era yo al que citaron? —Eduardo sonrió y apoyó su mano en el hombro de Horacio.
—Claro que sí. Tranquilo. El señor Benicio está atendiendo una llamada. En cuanto se desocupe vendrá —le dijo el joven con una sonrisa comprensiva.
Eduardo salió de la sala y se dirigió a la oficina de Benicio para avisarle. Justo terminaba la llamada y alzó la vista hacia él.
—¿Ya llegó? —preguntó Benicio.
—Si. Está muy nervioso.
—¿Nervioso? ¿Por qué? ¿Le informaste para qué es esta reunión?
—No —. Benicio abrió sus ojos con sorpresa.
—¡Oh! ¡Por Dios Eduardo! ¿Por qué no le has dicho?
—Bueno, me pareció mejor que fuera una sorpresa. Para alguien que ha estado confinado en el sucucho ese, de pronto tener la oportunidad de asumir el cargo de la Dirección, debería ser todo un acontecimiento. ¿No lo cree?
Benicio tomó sus cosas y caminó hacia el joven.
—Si le hubieras informado, hubieras conseguido el mismo efecto —le dijo en voz baja cuando pasó junto a él.
Entró en la Sala de Juntas y saludó.
—¡Buenos Días! —Horacio se puso de pie.
Al ver a Benicio, extendió la mano con una firmeza que desmentía su aparente fragilidad y respondió
—Buenos días, Licenciado.
En el apretón, no fue fácil notar el nerviosismo, pero cuando ambos se sentaron se hizo más evidente. Benicio acomodó su taza de café y papeles en la mesa y pensó en descontracturar un poco el ambiente.
—Horacio Medina. ¿Cierto?
—Sí, señor.
—Antes que nada, quiero decirle que lamento mucho la desprolijidad —dijo mirando a Eduardo que sonreía culposo en la puerta—. Mi asistente no le informó debidamente sobre este encuentro.
Horacio miró sorprendido y asintió en silencio.
—Tengo entendido que ha trabajado en Buenos Aires —continuó Benicio.
—Así es. Tenía asignadas ciertas tareas de Relaciones Públicas. Por lo general en encuentros internacionales, dadas mis conexiones con empresarios extranjeros.
—¿Puedo saber cuál fue el motivo de su traslado? —Horacio bajó la vista algo avergonzado. Benicio asumió que no era una conversación agradable para el hombre.
—Tuve ciertas diferencias con algunos empleados —respondió.
—Bien. ¿Conoce al Sr. Alfredo Carrasco?
—Sí, claro que sí. Su padre y el mío eran muy cercanos.
—De acuerdo. Horacio, imagino que se está preguntando por qué fue citado. Y supongo que conoce la situación de la sucursal.
—Sí señor.
—¿Le interesa el cargo de Director?
De pronto, la pierna del hombre dejó de sacudirse. No se esperaba esa pregunta u oferta. No estaba seguro de qué se trataba todo eso.
—No comprendo. ¿Por qué debería interesarme?
—Por lo general —dijo Benicio reclinándose en la silla—, cuando uno hace una pregunta, espera una respuesta, no otra pregunta.
—Sí, pero en ocasiones, ante preguntas tramposas, el responder apresuradamente, puede dejarnos mal parados.
Benicio sonrió, al ver que poco a poco, entre tanto nerviosismo, aparecía el verdadero Horacio Medina.
—Es un gusto conocerlo Horacio —dijo con satisfacción.
Se incorporó en la mesa tomó una de las carpetas que había traído y la arrastró por la mesa hasta dejarla frente a Horacio. No dijo nada. Horacio abrió la carpeta y vio la lista de clientes. Alzó la vista hacia Benicio.
—¿Qué me puede decir de eso?
—Fueron clientes hasta hace un par de años. Los cinco formaron parte de la cartera de Grandes Clientes. Tenían numerosos servicios y en cada uno se movían grandes volúmenes de bultos.
—Hace unos meses, cuando hicimos la auditoría, le pregunté si eran recuperables, y usted me dijo que sí. ¿Sigue pensando de la misma manera?
—Absolutamente.
—Usted debe saber que estoy aquí como Director Interino. Mi tarea es dejar la sucursal saneada y funcionando con un nuevo Director a cargo.
—¿Y usted quiere que yo asuma el cargo de Director?
—Si usted está dispuesto y si está preparado para ello…¿por qué no?
—¿Alfredo tuvo que ver con esto? ¿Él me sugirió?
Benicio se movió incómodo. Aún no podía quitar de su mente que el viejo se había burlado de él de una manera humillante, al punto de hacerle creer que había cometido errores por ser incapaz.
—La sugerencia provino de Eduardo. Él me habló de usted.
El hombre estaba sorprendido. Permaneció en silencio procesando la información.
—¿Entonces, qué me dice? ¿Le interesa la propuesta? —insistió Benicio.
—¿Solo recupero cinco clientes y ya merezco el cargo de Director? —algo desconfiado, el hombre hizo sonreír a Benicio con su pregunta.
—Bueno, dado que usted trabajaba en relaciones públicas, no creo que tenga problema en recuperar los cinco clientes. Lo que oportunamente lo convertiría en Director, sería la forma en la que usted maneje, de aquí a que logre el objetivo, todos los pasos previos y posteriores a la incorporación de cada uno de estos clientes a la cartera.
—Entiendo, tendría que analizar las cuentas de cada cliente, desarrollar un proyecto para ofrecer algo acorde a las necesidades de cada uno y luego un protocolo de retiro y distribución para cada servicio. ¿Es eso?
Benicio sonrió complacido. Por fin daba con alguien que hablaba su mismo idioma.
—En principio. Luego voy a pedirle un plan de desarrollo institucional a largo plazo. El cual, de asumir el cargo, irá junto a su nombramiento a Buenos Aires.
—Aquí nunca se hicieron así las cosas —. Acotó Horacio
—Eso me temo. Y precisamente por esa razón estamos en esta situación. ¿Considera que es una exigencia excesiva? —preguntó Benicio
—No. Creo que es algo esperable.
—¿Cuánto tiempo cree que le llevará la recuperación de los clientes?
—No sabría decirle señor, pero estimo que no me llevará más de una semana cada uno.
Benicio suspiró apesadumbrado. Horacio notó el gesto y revisó la lista.
—Quizás con alguno de ellos me lleve mucho menos. Pero la confección del protocolo y el proyecto, es lo que más tiempo me demandará. Y, por supuesto, no conozco los tiempos empresariales que manejan los clientes.
—Bien. Pondremos como meta una semana por cliente, trabajaremos en que sea menos.
Con la ayuda de Benicio, Horacio diseñó un plan detallado para abordar esta tarea. Primero, analizaron las razones por las cuales estos clientes habían decidido abandonar la empresa. Revisaron informes, recopilaron comentarios y hablaron directamente con los clientes para entender sus preocupaciones y quejas.
Luego de analizar la información recopilada, y sumando a Eduardo al equipo, desarrollaron soluciones personalizadas para cada una de las cuentas. Esto incluía mejoras en el servicio al cliente, ajustes en los precios y la implementación de nuevas políticas de calidad. Organizaron reuniones individuales con cada firma, presentaron sus propuestas asegurando que la empresa estaba comprometida en rectificar los errores y ofrecer un mejor servicio en el futuro.
Horacio comenzó a participar de las reuniones que Benicio tenía con los jefes de sector. Estaba muy impresionado. A medida que pasaban los días, sus responsabilidades iban en aumento y eso lo hacía sentir muy bien. Un mes atrás pensaba que iba a terminar sus días dentro de ese pequeño archivo y ahora estaba trabajando con Eduardo para implementar un sistema de seguimiento regular para monitorear tanto el servicio, como la satisfacción de los clientes y asegurarse de que las promesas se cumplieran. Este seguimiento incluía llamadas telefónicas, encuestas de satisfacción y visitas en persona. Contaban también con un pequeño programa interno, que había desarrollado Eduardo y que permitía cargar cualquier inconveniente con el servicio.
Con el paso del tiempo, comenzaron a ver señales positivas. Tres de los cinco clientes ya formaban parte, de nuevo, de la cartera de Grandes Clientes. La incorporación del primero, dio pie a que los demás estuvieran más dispuestos a darle una segunda oportunidad a la empresa, y a que la confianza comenzara a reconstruirse. Benicio comenzaba a vislumbrar la luz al final del túnel. La carga de la responsabilidad aún pesaba sobre él, pero tenía la convicción de que haría lo necesario para sacar adelante la empresa, para lo cual contaba con un equipo de trabajo que funcionaba mejor de lo esperado. Poco a poco, la sucursal en Mendoza empezaba a mostrar importantes mejoras en su rendimiento.
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El desempeño de Sebastián en la reunión de Directorio marcó un hito. Pero también desató una persecusión mediática. El muchacho pensó que con eso se había quitado un enorme peso de encima, pero más pronto que tarde se daría cuenta de que era todo lo contrario. Se había posicionado como el Presidente más joven del conglomerado empresarial más importante del país. En cada uno de los eventos a los que asistía con Haydée, era interceptado, entrevistado y fotografiado con la muchacha.
Estaba enfocado en su trabajo y aún cuando su padre le había regresado los accesos a las cuentas y las llaves del auto. Sebastián no hizo uso de ello. Continuó como estaba. Se desplazaba en transporte público y vivía con su salario de la Distribuidora. Pero poco a poco fue notando que no le era suficiente por más que redujera los gastos.
Las salidas, los eventos, a los que asistía. No podía dejar de costear ese tipo de actividades. Pero, naturalmente, todo eso influía en su economía personal. Cuando hablaba con Benicio no solía hablar de ese tema. Le avergonzaba y ya no quería recibir dinero de él.
—Yo no tengo problema en esperar al día de pago, Sebastián, pero temo que estás un poco ofuscado con la situación que atraviesas y no ves las cosas con claridad —dijo la psicóloga.
—No quiero tocar ni un peso de mi padre.
—Pero no tienes que hacerlo. Me has estado diciendo que te quedas en casa de Benicio, eso implica que no usas tu departamento, un inmueble que tiene un valor de venta y mantenimiento considerable. Si tu situación económica ha cambiado, lo lógico es que cambie también tu nivel de vida. ¿No te parece? —Sebastián la miró pensativo.
—Podría vender el departamento ¿verdad?
—Bueno, es una opción que tienes que considerar. Sé que es tuyo. Y si tienes en tu propio patrimonio algo como eso, me parece ilógico que no saques partido de ello—. Sebastián sonrió.
Salió del consultorio entusiasmado. Pasó por la oficina de su tío a buscar a Loki y se dirigió a su departamento. El cachorro tenía ya casi cinco meses, y no cabía en la bolsa de transporte. Había hablado con algunos conductores de autobús para preguntar si se podía viajar con el perro, pero todos le dijeron que no estaba permitido. Por lo que con Loki, debía moverse en algún vehículo de alquiler.
Al llegar a su edificio, el encargado le recordó que en ese bloque estaban prohibidos niños y animales. Sebastián insistió.
—Solo subiré a buscar unos papeles.
—Procura que nadie te vea —dijo el hombre.
—Tú tampoco me has visto.
Sebastián guiñó un ojo y subió. Buscó los papeles del departamento y todos los documentos que tenía por ahí guardados y, ya que estaba, tomó algo de ropa, un par de camisas y su traje azul. Era un traje que habían comprado juntos él y Benicio hacía ya un par de años, para una de las celebraciones corporativas de Año Nuevo. Recordó que a Benicio le gustaba mucho como le quedaba ese traje. Sonrió y regresó contento al vehículo que lo estaba aguardando frente al edificio.
Cuando llegó a la casa, ya le quedaba poco tiempo para ir a la oficina, así que se apresuró, dejó todo sobre la cama, se cambió, llevó a Loki a la guardería y se dirigió a la Distribuidora.
Llevaba días sin ver a su padre, y eso para él era altamente gratificante. Una cosa menos de qué preocuparse. Sabía que luego de la reunión de Directorio se había quedado más tranquilo y mientras siguiera pensando que no hablaba con Benicio, tendría un poco de paz.
Aunque, de vez en cuando, Alfredo le recordaba que permanecer en el galpón no era lo adecuado, que no estaba de acuerdo, y que no podía seguir viajando en transporte público con los empleados. Pero Sebastián hacía caso omiso a ese tipo de reclamos, y Alfredo, viendo que el área operativa había mejorado considerablemente, lo dejaba pasar.
Esa noche, Sebastián y Haydée tenían una cena de beneficencia. Otra vez el foco de atención estaba puesto en él y, por supuesto, en su prometida. Sin embargo, esta vez, Sebastián notó que Haydée no estaba muy cómoda con esa situación. Estaban sentados en una mesa para dos y ambos eran conscientes de que muchos pares de ojos estaban puestos en ellos. Sebastián habló en voz baja.
—¿Pasa algo? —preguntó.
Haydée inventó una sonrisa.
—Nada —dijo.
Sebastián miró su reloj. Llevaban un par de horas allí. Ya habían cumplido. Miró a la joven y le sonrió con picardía.
—Vamos —dijo él.
—¿A dónde? —consultó ella con curiosidad.
—A donde sea —le respondió él tomándole la mano y sacándola del recinto—. Sólo salgamos de aquí.
La joven tomó su bolso y su abrigo y se dejó conducir por Sebastián. Corrieron hacia la calle ante la vista de todos y los comentarios acerca de la “parejita de tortolitos” no tardaron en esparcirse.
“Esto es una locura” le dijo ella mientras corrían alejándose, “Hay cosas peores” le respondió él, sin detenerse. Luego de andar unas cuadras, caminaban más tranquilos. Pero ella estaba inquieta.
—El auto de mi padre pasará en un rato a recogernos.
—Yo te llevaré a tu casa —le respondió él y le entregó uno de los helados que acababa de comprar.
La joven sonrió sorprendida. Miró a Sebastián y pensó que había algo diferente en él.
—Pero primero hablemos —agregó el muchacho—. Didí, sé que hay algo que está molestándote y necesito que me digas qué es. ¿Acaso hice algo mal?
—No, Seba —respondió ella con indulgencia.
—¿Tus padres te siguen presionando para adelantar la boda?
—Bueno, eso es algo que vengo soportando desde que tengo 18 años, más o menos. Puedo con ello.
Caminaban por el parque y al acercarse a un asiento, Sebastián la invitó a sentarse.
—¿Entonces? —Ella suspiró.
—Es que… —cerró sus ojos y respiró profundo, como dándose valor—. Yo me siento muy orgullosa de ti. Lo que has logrado en el Holding, alcanzar la presidencia, es algo realmente impresionante.
—No soy presidente aún.
—Bueno, pero el Directorio ya sacó el comunicado informando que lo serás. Solo es cuestión de un trámite, y créeme que te admiro por todos tus logros, y te compadezco, porque asumir el cargo no será sencillo… Pero es que esta exposición, tan intensa, tan invasiva… yo no esperaba esto.
—Sí, son molestos, lo sé.
—No se trata de mi. Es Martín… —el joven la miró confundido— Seba, yo sé que para ti quizás es difícil de comprender, pero para él esto es devastador. Abre el diario, enciende el televisor, toma su teléfono y lo primero que ve es a su amor con otra persona.
Haydée quería controlarse pero estaba realmente afectada por esa situación. Las lágrimas llenaban sus ojos y su voz estaba algo quebrada.
—Pero él sabe que esto es un arreglo que hemos hecho para que él tenga tiempo para solucionar sus pendientes.
—Si… —ella se puso de pie—, lo sabe, claro que sí. Pero eso no quita que vernos juntos le afecte.
Sebastián, de pronto, se dio cuenta que Benicio estaba en la misma situación que Martín. Recordó aquella noche en que le dijo que lo amaba, y le expresó cómo verlo con alguien más lo “rompía en pedazos”.
—Es una humillación para él ¿entiendes? Es humillante que su mujer, su amor, deba exhibirse con otro hombre porque él no está a la altura, porque él no es bueno para mi. Él está sufriendo, y yo me siento terrible cuando hago cosas como estas, porque sé que a él lo estoy lastimando.
Por un momento sintió que él podía decir exactamente las mismas palabras respecto a Benicio.
—Entiendo perfectamente. Pediré que dejen de atosigarnos.
Sebastián estaba pensativo, no había reparado en ese tipo de cosas, no sabía cómo se sentía Benicio. Hablaban a diario, pero él nunca le dijo nada al respecto.
—Eso sería muy agradable —dijo ella mientras, se sentaba, ya más tranquila, y terminaba su helado.
Sebastián permaneció en silencio, mirando sus manos. Ella lo miró y sonrió.
—Al final, si eres un buen partido —dijo ella risueña.
Sebastián sonrió sin decir nada. Luego se puso un poco seria. Bajó su mirada y habló en un tono más parco
—Cuando me vaya, quedarás muy mal parado. Pero de pronto, toda esta locura mediática será beneficiosa para ti. Te permitirá encontrar una chica…
—No quiero una chica —dijo Sebastián.
—Bueno, un chico —bromeó Haydée.
—Ya tengo uno —replicó Sebastián sin pensar.
Haydée se quedó impávida. En un primer momento pensó que era una broma, pero luego, al ver la expresión de preocupación en el rostro del muchacho supo que no estaba bromeando. Sebastián sintió el peso de la mirada silenciosa de la joven y volteó hacia ella, algo confundido. Ella lo miraba sin ocultar su sorpresa.
—¿Tienes un chico? —Sus manos cubrían su boca abierta y sonriente.
Sebastián se percató entonces de su descuido. Al ver la expresión en la joven lo primero que pensó fue que sentiría asco, repulsión que se iría corriendo. Así, que solo atinó a acercarse a ella mirarla a los ojos y casi con desesperación murmuró con la voz entrecortada.
—Por favor no digas nada. Olvida lo que dije. ¿De acuerdo? ¡Vámonos!
Sebastián se puso de pie tomándola del brazo la llevó con él
—¡Claro que no! Ahora vas a contarme —dijo ella mientras él la conducía a quien sabe dónde.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Todo —respondió ella.
Esperó unos minutos, pero viendo que el joven no se detenía ella lo hizo casi a punto de cruzar la avenida. Sebastián se volvió hacia ella.
—Ya quita esa cara de susto y habla conmigo —dijo la joven.
Sebastián la miró claramente preocupado
—Es Benicio ¿verdad? ¿Ustedes tienen una relación?
—No. Es decir… sí es Benicio, pero no tenemos una relación. ¿Vas a decirle a tus padres? —preguntó preocupado.
—Claro que no ¿Por qué haría algo así?
—No lo sé. Eres tan conservadora.
—Pues… en primer lugar —dijo ella algo molesta—, los conservadores son mis padres y tú sabes muy bien que yo estoy intentando rebelarme ante todo eso. Además… yo jamás te juzgaría —. Ella sonrió—. Ciertamente es más condenable tu pasado que esto.
Sebastián no dijo nada. Se veía avergonzado. Pero en realidad se sentía asustado.
—Tú lo quieres, ¿verdad? Te vi hablar de él en la mesa, aquella vez—. Ella buscó su mirada que estaba en el suelo— ¿Lo quieres?
Sebastián asintió en silencio. Ella estalló en una carcajada ruidosa aplaudiendo. Sebastián se mostró sorprendido.
—-Shhhh —silenció algo avergonzado.
La tomó del brazo y cruzaron la avenida. La joven le dijo lo mucho que le alegraba que él haya encontrado a alguien especial. Porque en verdad le preocupaba que cuando ella se fuera con Martín él quedaría solo afrontando las críticas y los rumores.
—¿Por qué no están juntos? ¿Es por tu padre?
—Beni no sabe que lo amo —dijo Sebastián entristecido.
—¿Por qué no se lo dijiste?
—Intenté hacerlo pero no me creyó.
Ella lo miró sorprendida
—Hice todo mal con él. Tan solo imagina que Martín, en lugar de decirte que te ama, o que tiene sentimientos hacia tí, te dice que quiere tener sexo contigo, porque quiere saber qué se siente estar con una mujer vírgen.
La joven lo miró decepcionada. Fue incapaz de responder.
—A pesar de saber que solo era él, siempre fue él… Yo me acerqué diciéndole que quería probar el sexo con un hombre. Y ahora, todo lo que le digo, todo lo que hago, o lo que he dejado de hacer, para él es mi forma de conseguir lo que quiero.
—Entiendo… Pero es cuestión de tiempo, Seba. Solo basta que pase el tiempo para que él se dé cuenta de que en verdad lo quieres.
—Eso me dijo. Por eso se fue.
—¿Él te quiere?
—Me dijo que me ama —ella sonrió emocionada.
—Eso es hermoso, Seba—. Él sonrió entristecido y se detuvo en una parada de autobús.
—Lo será cuando esté con él.
Ella lo tomaba del brazo y luego de unos minutos de silencio lo miró y le preguntó.
—¿Por qué nos detuvimos aquí?
Sebastián se acercó al cordón de la vereda y detuvo el autobús.
—Te dije que te llevaría a tu casa ¿verdad?
El autobús se detuvo ante ellos y al abrir la puerta Sebastián le indicó que subiera, ella estaba nerviosa, y comenzó a reír. Nunca había viajado en autobús, y probablemente si su padre se enteraba pondría el grito en el cielo. Ella no podía decir nada y Sebastián le comentó que viajaba a diario en autobús y que conocía casi todos los recorridos.
Pocos minutos después descendieron y caminaron unas calles hasta la casa de la muchacha. Se despidieron y ambos quedaron con la sensación de haber pasado una noche muy especial.
Cuando Sebastián llegó a la casa Loki lo recibió con algarabía. Esa noche no hablaría con Benicio, porque le había dicho que cenaría fuera en un evento. Así que solo le avisó que había llegado a la casa y le envió una foto con Loki. Luego se bañó y se acostó. Pero poco antes de cerrar los ojos, entró un mensaje que decía “Buenas noches”. Sebastián tomó su celular y lo llevó a su pecho, estaba conmovido. Se sentía lleno de un sentimiento bello que lo hacía sentir feliz, a pesar de todo. Quizás por eso no tardó en quedarse dormido.
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El apoderado de la abuela materna de Sebastián estaba realmente sorprendido. Sabía que los padres del joven se habían hecho cargo del patrimonio que la madre de Carmen le había legado hasta que el muchacho fuera mayor de edad, pero no imaginó que al tomar posesión del departamento, él no sabría nada acerca del total de la herencia. Se sentó frente a Sebastián con varios folios con documentos. Sebastián aún no comprendía nada. Solo había ido a poner en venta el departamento. Todo lo demás no se lo esperaba.
—Tu abuela dejó un testamento en el que explicita muy claramente que de todo su patrimonio, el último departamento que compró, así como el muelle y la casa en Bahía Blanca, serían para ti.
Comenzó el hombre colocando los documentos sobre la mesa, frente a un Sebastián que apenas daba crédito a lo que oía.
—Mientras fuiste menor, tus padres actuaron como administradores legales de los bienes que heredaste —explicó el apoderado—. Y, como te mencioné anteriormente, esto incluye no solo el departamento, sino también la casa y el muelle en Bahía Blanca. Todo esto te pertenece.
—¿Se refiere al Muelle Carrasco? —murmuró Sebastián, aún tratando de asimilar la información. El apoderado asintió comprensivo—. ¿Es mío?
—Así es. Desafortunadamente, debido a diversas circunstancias, los bienes se desmejoraron con el tiempo. Ahora, como heredero legítimo, tienes la opción de decidir qué hacer con ellos.
Sebastián miró los documentos frente a él, sintiendo una mezcla de temor, por la responsabilidad que todo aquello representaba y a la vez, la oportunidad de comenzar a forjar su propio camino. No esperaba enfrentarse a esta situación, pero evidentemente iba a tener que tomar decisiones importantes.
—Sé que es mucho para procesar. Pero iremos con calma. Las propiedades en Bahía Blanca no están en muy buen estado. La casa ha estado en desuso y es posible que requiera una importante restauración, pero aún así, tiene un valor significativo. El muelle, como ya sabes, es principalmente utilizado por la sede local de la Distribuidora Carrasco, no obstante no ha sido modernizado, con lo cual temo que también requiera una fuerte inversión para acondicionarlo. Ahora bien, cada una de estas propiedades cuenta con un paquete accionario dedicado que garantiza su manutención.
Sebastián frunció el ceño, claramente confundido.
—¿Un paquete accionario?
—Exactamente —dijo el apoderado, sonriendo— Veo que el no haber pagado nada del departamento, durante diez años, no llamó tu atención.
—Pensé que mi padre lo hacía.
—Pues no. El departamento, la casa y el muelle tienen asignado un conjunto de acciones cada uno, cuyos dividendos y ganancias se utilizan para cubrir los gastos impositivos y de mantenimiento correspondientes. Por ejemplo, nunca has tenido que pagar por el departamento porque los fondos necesarios para afrontar los gastos del inmueble provienen del capital accionario que le corresponde. Lo mismo sucede con la casa y el muelle.
—¿Entonces los gastos están cubiertos?
—Correcto. Ahora, como heredero legítimo, tienes la posibilidad de decidir qué hacer tanto con estas propiedades como con sus portafolios de acciones. Puedes optar por restaurarlos, venderlos, o considerar otras opciones, teniendo en cuenta que los ingresos provenientes de las acciones pueden ayudarte en cualquiera de estas decisiones.
Sebastián asintió lentamente, comenzando a asimilar la magnitud de la situación y el apoyo financiero que le proporcionaban estos paquetes accionarios.
—Yo… solo quiero vender el departamento. ¿Qué debo hacer con las otras propiedades? —preguntó, revelando con su voz cierta incertidumbre. El apoderado sonrió ligeramente.
—Primero, necesitas revisar estos documentos con calma. Te aconsejaría hablar con tu madre y Alfredo para entender mejor la historia y el estado actual de los bienes. Luego, puedes decidir si deseas restaurarlos, venderlos, o buscar otras opciones.
—No me interesa la historia. Y no quiero hablar con ellos. Quiero que usted me asesore. Leeré esto. Y regresaré con las dudas que necesite aclarar.
Sebastián se levantó y salió del estudio. Una mezcla de emociones lo envolvían. La información recibida era ciertamente abrumadora; “¿por qué nunca me mencionaron todo esto?” se preguntó. Probablemente nunca se hubiera enterado si no hubiera decidido vender el departamento. Nunca había tenido nada propio, o por lo menos eso pensaba. Siempre había dependido de su padre, pero esos documentos que llevaba en sus manos lo ponían frente a una realidad diferente. Algo que no esperaba, con lo que no contaba. Pero sabía que no podía permitirse el lujo de quedarse paralizado. Tenía una necesidad imperiosa de tomar el control de su vida y dirigir su propio destino, y para lograrlo tenía que hacer algo. La confusión y el nerviosismo se entrelazaban con una creciente voluntad de actuar.
Loki lo esperaba ansioso. Sebastián preparó algo de cenar y se sentó a revisar los documentos. En los legajos había fotos, pero no le sirvieron de mucho. Se reclinó hacia atrás. Estaba agotado. Tenía que ir a ver las propiedades, pero no podía costear un viaje de esa magnitud por su cuenta. No sin recurrir a lo poco que había ahorrado se incorporó y miró a Loki, tenía que ser consciente de sus gastos, tenía a alguien que dependía de él. Eso era todavía más frustrante: se encontraba atrapado, obligado a tomar decisiones importantes pero sin una base económica propia que le permitiera hacerlo.
Miró su teléfono, tamborileando los dedos sobre la mesa mientras debatía consigo mismo. Contactar a la Distribuidora Carrasco para que prepararan el avión parecía la opción más sencilla y directa, pero hacerlo significaba admitir, aunque fuera tácitamente, que aún necesitaba depender de los recursos de su padre. La sola idea le revolvía el estómago. Sacudió su cabeza. Miró el reloj. En breve llamaría Benicio, y aunque no quería hablar con él sobre ese tema hasta tener más claras las cosas, sí quería sacárselo de encima para estar tranquilo cuando hablaran.
Loki se acercó y se subió al sillón. Sebastián sonrió.
—Si tu otro papá ve esto, no va a estar nada feliz… —dijo.
El cachorro apoyó la cabeza en su pierna. Sebastián lo acarició distraídamente mientras su mente recorría con la mirada los documentos
—Por lo menos tú no me pides respuestas complicadas —murmuró con una media sonrisa.
Suspiró profundamente, deslizando la lista de contactos en su teléfono. "Si quiero tomar el control de estas propiedades y decidir qué hacer con ellas, tengo que ir a Bahía Blanca", se dijo, casi en un intento de justificarse. "Es un viaje de trabajo, no un favor personal". Marcó el número del encargado de logística en la distribuidora. El tono profesional de su voz no traicionaba la mezcla de orgullo herido y resignación que lo invadía.
—Necesito que preparen el avión para mañana temprano, destino Bahía Blanca. Además, quiero un auto listo allá. No viajaré solo —dijo sin titubeos, como si su firmeza pudiera ahogar sus dudas internas.
Nadie sospechó. La sucursal de Bahía era una de las más sólidas, puesto que todo había comenzado allí, hacía ya muchos años. Al colgar, dejó el teléfono sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y respiró hondo. Su relación con su padre, con la empresa, y con todo lo que el apellido Carrasco representaba, seguía pesándole. Pero esa noche, decidió que aceptaría el recurso, porque sabía que a veces, tomar el control significaba aceptar las cartas que ya estaban en la mesa.
Bajo la ducha con los ojos cerrados pensaba en todos los eventos que se habían suscitado últimamente. El reconocimiento de su padre en la empresa, el de Los Apóstoles en el Holding, el de Haydée al conocer sus sentimientos hacia Benicio, el patrimonio que sin saberlo poseía.
Salió de la ducha y se secó pensando en qué debería hacer. Lo cierto era que había aprendido que el imperio que su padre había construido demandaba demasiado, le pesaba hasta el punto de asfixiarlo.
Cuando su padre le quitó todos los beneficios y él tuvo que aprender a moverse como una persona común, aún si sus recursos eran considerablemente inferiores, sintió absoluta libertad. Pensar ahora en incrementar su patrimonio de nuevo, siendo esta vez el responsable y el que debe sostenerlo le sonaba a volver a un lugar al que no quería regresar.
“Tal vez lo mejor sería renunciar a todo y seguir como estaba”, pensó. Pero para tomar la decisión adecuada, necesitaba ver muy bien de qué estaban hablando. Luego de bañarse, se acostó y aguardó la llamada de Benicio. Escuchar su voz aligeró toda la carga que llevaba encima. Más aún cuando le comentó que finalmente podía decir que el conflicto de la sucursal estaba en vías de resolverse, porque eso significaba que pronto volverían a verse.
El amanecer llegó antes de lo esperado, o por lo menos así lo sintió Sebastián mientras se preparaba. Loki correteaba cerca de la puerta, emocionado como si supiera que era parte de algo importante. Sebastián lo miró y no pudo evitar sonreír.
—Bueno, parece que estamos en esto juntos — murmuró mientras ajustaba el collar del cachorro.
En el Aeroparque, todo estaba listo. El avión de la distribuidora brillaba bajo la tenue luz matutina. El personal de la distribuidora en el aeroparque, fue notificado de la llegada de Sebastián. Un asistente lo recibió, era el encargado de coordinar las gestiones corporativas. El hombre no pudo esconder una sonrisa al ver a Loki. Todos sabían que Sebastián solía usar el avión de la empresa para viajar con mujeres y con sus amigos, pero nunca lo habrían imaginado viajando con un cachorro.
—¿Lo llevamos al compartimento de carga? —preguntó el hombre señalando al cachorro.
—No. Viajamos juntos —respondió Sebastián sin dudar.
Loki era su compañero y no lo dejaría fuera de su alcance. El asistente asintió, sin hacer más preguntas. Ya en el avión, Loki se acomodó junto a él en el asiento. Mientras despegaban, Sebastián repasaba mentalmente lo que le esperaba en Bahía Blanca. Había una mezcla de nerviosismo y determinación en su pecho, pero saber que no estaba del todo solo lo ayudaba a sobrellevarlo. Su mano descansaba sobre el lomo de Loki y se movía suavemente acariciándolo.
El viaje fue tranquilo, aunque su mente iba a toda velocidad. Al aterrizar, el auto ya estaba esperándolos. Loki saltó al asiento trasero con una energía que Sebastián envidiaba. Decidió ir primero al muelle.
En el camino hacia la propiedad, Sebastián no pudo evitar pensar en la ironía de todo: estaba dependiendo de los mismos recursos con los que quería cortar. Estaba utilizando los beneficios del patrimonio Carrasco para deshacerse de las ataduras que lo mantenían conectado al legado de su padre.
Desde la distancia, la estructura del muelle mostraba el paso del tiempo, pero también conservaba esa solidez que venía con los años de historia. Bajó del auto y Loki lo siguió con curiosidad, oliendo cada rincón del lugar. Sebastián caminó observando con detenimiento. Ciertamente requería una inversión considerable para modernizarlo. Mientras pensaba y caminaba iba leyendo los documentos que tenía en la carpeta. Chequeo los planos, dimensiones. Miró la estructura que parecía sugerir que estaba destinada a ser algo que no fue. En su abstracción no notó que alguien se acercaba.
—Buenos días. ¿Puedo ayudarlo? —dijo el hombre.
Sebastián lo reconoció enseguida y sonrió.
—¿Mario?
—Sí, soy Mario Martinez —. Sebastián sonrió
—Soy Sebastián. Sebastián Carrasco. ¿No se acuerda de mí?
El hombre abrió los ojos sorprendido. Era un hombre de unos cuarenta y pico, que conoció a Sebastián cuando viajaba con su padre siendo apenas un niño.
—¡Por Dios! Muchacho… ¡pero si eras un niño la última vez que te vi!
Luego de saludarse, Sebastián le explicó que estaba tomando posesión del muelle puesto que ahora le pertenecía. Mario le ofreció darle una recorrida y mientras le mostraba las instalaciones, le dijo que estaba ahí como encargado de todos los movimientos. Resultó que el hombre también era la persona que se ocupaba de la casa de su abuela.
Mario lo condujo a la oficina, donde el muchacho se empapó del funcionamiento del muelle. Sebastián miró al hombre, su padre había confiado en él, así como en Benicio. Le preguntó qué consejo le daba respecto del muelle.
Mario sirvió dos tazas de café mientras Sebastián hojeaba los documentos en la oficina. Era un espacio modesto, funcional, pero bien organizado, con vistas al muelle que, entre otras cosas, dejaban entrever su deterioro. Mario se sentó frente a él, apoyando las manos en la mesa con un gesto cálido pero firme.
—Bien, en lo personal creo que el muelle tiene potencial. Siempre lo tuvo. Pero lleva años funcionando de manera limitada. Tu padre apostaba mucho a esta estructura, pero finalmente, otras prioridades se llevaron la inversión—. Sebastián asintió, pero no dijo nada.
Mario continuó.
—Ahora bien, si quieres mi opinión, modernizar el muelle y ponerlo al día, podría generar ingresos sólidos a largo plazo. Claro que esto va a requerir una inversión importante, pero como su principal operador aquí es la Distribuidora, quizás podrías llegar a un acuerdo y hacerlo en conjunto.
Se puso de pie y trajo un mapa que tomó de encima de uno de los archiveros. Lo extendió sobre la mesa, señalando con un bolígrafo algunas ubicaciones clave.
—Mira, en Bahía Blanca hay varios muelles en operación, cada uno con su especialidad —dijo, haciendo un gesto hacia el puerto comercial más cercano—. Este de acá, por ejemplo, está equipado principalmente para operaciones de carga pesada y contenedores. Tienen grúas pórtico de última generación, ideales para manejar grandes volúmenes de mercancías en tiempo récord.
Sebastián observó el mapa con atención mientras Mario continuaba.
—Más hacia el sur, tienes uno orientado a la exportación de granos. Está automatizado casi por completo, con cintas transportadoras y silos integrados que agilizan todo el proceso. Es un tipo de infraestructura muy específica, pero altamente eficiente para ese tipo de carga.
Mario levantó la mirada hacia Sebastián, evaluando su reacción antes de seguir.
—Tu muelle, en cambio, tiene una estructura más generalista, lo que puede ser una ventaja. Podrías modernizarlo para manejar distintos tipos de carga, desde mercadería a granel hasta contenedores más pequeños. Con esta diversificación de la carga, podrías captar a pequeños exportadores que no logran espacio en los grandes puertos. Eso podría darte un mercado estable mientras consolidas las mejoras. Pero para lograrlo, lo básico sería instalar grúas móviles y un sistema de carga automatizado. También te recomendaría mejorar las conexiones terrestres: un buen acceso para camiones o incluso, si pensamos en grande, la posibilidad de integrar una línea férrea podría marcar una gran diferencia.
Sebastián frunció el ceño, intentando imaginar el resultado de esas mejoras.
—¿Y los costos? ¿Es viable con los recursos que tengo? —preguntó.
Mario asintió, con una leve sonrisa.
—Bueno, yo no conozco tus recursos Sebastián, pero todo dependerá de cómo lo manejes. Te sugiero empezar con un diagnóstico técnico: contratar ingenieros que evalúen el estado de la estructura actual y te den un presupuesto para las mejoras esenciales. Si quieres, puedo contactarte con gente que trabajó en la modernización de otro muelle cercano. Son confiables y tienen experiencia en la región.
Sebastián estuvo de acuerdo.
—Gracias, Mario. Esto me ayuda muchísimo. Necesito que me envíes todos los datos de esos contactos. Creo que ya tengo una idea de cómo quiero manejar esto.
El plan comenzaba a tomar forma, se sentía algo ansioso. Luego de conversar y con una idea más clara, Sebastián fue con Mario hacia la casa de su abuela. Sebastián recordaba el camino, aunque estaba muy diferente. Al llegar sonrió.
Con estilo colonial, la casona se alzaba imponente, con su fachada de piedra desgastada por el tiempo y las grandes ventanas enmarcadas en madera oscura. El techo de tejas rojizas conservaba un encanto rústico, y aunque algunas partes mostraban signos de desgaste, la casa mantenía su dignidad intacta. El auto avanzó lentamente por el camino de entrada cubierto de grava, levantando pequeñas nubes de polvo que se asentaban suavemente sobre los árboles que bordeaban el terreno.
Sebastián bajó del auto y se quedó inmóvil por un momento, observando la escena. Loki saltó al suelo y comenzó a correr con entusiasmo, explorando cada rincón como si estuviera marcando su nuevo territorio. Mario se adelantó, abriendo la gran puerta de madera que daba paso al interior de la casa.
La sala principal era tal como Sebastián la recordaba, pero parecía más pequeña que en su infancia, aunque la enorme chimenea seguía siendo lo que más llamaba la atención. Recordó cómo, de niño, solía entrar parado dentro de ella, jugando a ser un explorador en cuevas imaginarias. La chimenea, con su marco de piedra tallada y hollín en las esquinas, hablaba de años de historias familiares contadas junto al fuego. El comedor contiguo aún albergaba una mesa larga y robusta, ahora cubierta por una delgada capa de polvo, pero Sebastián podía imaginar las cenas bulliciosas que alguna vez se celebraron allí.
Mario lo condujo hacia el estudio que daba a la sala. Una pequeña lámpara de escritorio descansaba sobre una mesa llena de papeles envejecidos y libros que parecían haber estado allí durante décadas. Las paredes estaban forradas de estanterías que aún contenían algunos de los textos antiguos que su abuela valoraba. Desde el estudio se podía escuchar el eco suave de Loki trotando por la casa.
El pasillo que conectaba las habitaciones era largo, con un piso de madera que crujía levemente bajo sus pasos. Cada puerta revelaba una habitación modesta pero acogedora, con camas cubiertas de sábanas blancas que ahora mostraban signos de abandono. Cada cuarto contaba con un pequeño baño adjunto, simple en diseño, pero funcional.
Al final del pasillo, una puerta se abría hacia el jardín. Sebastián salió al exterior y quedó fascinado. Los árboles frutales, aunque desordenados, seguían cargados de vida, y los enormes pinos se alzaban como guardianes silenciosos del terreno. En el centro del patio, frente a la puerta, la glorieta, que alguna vez estuvo cubierta por una exuberante glicina, mostraba ahora ramas secas y tristes, aunque algunas flores tímidas aún se asomaban, resistiendo el paso del tiempo. El pasto estaba alto, llegando casi a las rodillas, y Mario se disculpó de inmediato.
—Lamento no haber podido ocuparme del jardín como se debe, Sebastián. No sabía que vendrías —dijo con un tono de sinceridad.
Sebastián lo miró, pero apenas respondió. Estaba absorto, recorriendo el terreno con la mirada mientras Loki corría como un rayo entre los árboles, deteniéndose de vez en cuando para olfatear alguna fruta caída.
Cada rincón de esa casa parecía estar destinado a Benicio. Sebastián podía verlo apoyado en el marco de la chimenea, observándolo con una sonrisa, o sentado en el estudio, leyendo en silencio bajo la luz de la lámpara. En el jardín con Loki, intentando que el cachorro se comporte. Casi podía escuchar el sonido de su voz. Respiró hondo, llenándose los pulmones con el aroma de los pinos mezclado con el aire fresco. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo cercano a la paz en un lugar que no era el departamento de Benicio. No tuvo dudas, ese lugar era donde quería pasar el resto de su vida, junto a Benicio y a Loki.
Todo estaba más claro ahora. Ya de regreso en Buenos Aires, llamó al jefe de logística de la distribuidora y éste le informó de las novedades. Había pasado el día en Bahía y no había pasado por la empresa, pero no podía dejar de estar al tanto de lo ocurrido en el sector. Al llegar bañó a Loki, se bañó él, cenaron y luego comenzó a organizar las acciones que realizaría. Cuando terminó aguardó el llamado de Benicio y poco después se fue a dormir.
Por la mañana dejó a Loki en la guardería y antes de ir a la oficina pasó por el despacho del apoderado. Entró con una carpeta bajo el brazo y un aire decidido. El hombre lo recibió con una ligera sonrisa, sorprendido al verlo de regreso tan pronto.
—Sebastián, ¿ya tomaste una decisión? —preguntó, gesticulando hacia la silla frente a él.
Sebastián asintió mientras se sentaba, colocando la carpeta sobre la mesa. Separó los documentos en tres partes, dejándolos frente al apoderado.
—Sí, y quiero que todo quede claro desde el principio.
Comenzó apoyando su mano sobre los papeles del departamento.
—Voy a vender el departamento. El dinero de esa venta se quedará en la cuenta asignada al inmueble. El paquete accionario correspondiente al departamento será vendido en un 90%, y el dinero se depositará en la cuenta del muelle. El 10% restante de las acciones se le cederá a usted como pago por sus servicios.
El apoderado parpadeó, sorprendido.
—Sebastián, agradezco tu gesto, pero ya sabes que tu padre se ocupa de mis honorarios —dijo, ladeando ligeramente la cabeza.
Sebastián lo miró con firmeza.
—Quiero que eso cambie. Si Alfredo le paga, será por los asuntos que conciernen a él. Yo me encargaré de pagarle por sus servicios de asesoramiento y gestión financiera para mi. Además, quisiera pedirle que mantenga a mi padre ajeno a mis movimientos.
El apoderado lo observó en silencio por un momento. Finalmente, una leve sonrisa se formó en su rostro.
—Sebastián, en el momento en que contratas mis servicios, todos los movimientos y las actividades que se realicen en el marco de nuestra relación comercial, son confidenciales.
Sebastián asintió y continuó.
—En cuanto al muelle, lo voy a modernizar y la casa será restaurada. Para financiar ambos proyectos, vamos a proceder a vender acciones a medida que se requieran los fondos. Una vez que el muelle esté en condiciones, sacaremos una solicitada para concesionarlo.
El apoderado revisó los documentos que Sebastián le había entregado, evaluando el plan con atención. Luego de unos minutos, levantó la vista.
—Es una estrategia interesante, pero quiero que consideres algo. Con estos planes, es muy factible que llegue un momento en que te quedes sin liquidez. Es probable que la casa y los gastos de mantenimiento pasen a quedar completamente en tus manos.
Sebastián no se inmutó. Su voz fue tranquila, pero firme.
—Eso es algo que no descarto. Es natural, ¿no? Todos los que tienen casas pagan impuestos, arreglos y mantenimiento. ¿Por qué yo debería ser diferente?
Hizo una breve pausa, permitiéndose una ligera sonrisa.
—Si esta casa va a ser parte de mi vida, también tiene que ser mi responsabilidad.
El apoderado inclinó la cabeza, impresionado por la seguridad de Sebastián.
—Creo que tu abuela estaría muy orgullosa. —dijo con una sonrisa de admiración.
Sebastián mantuvo la mirada fija en los documentos por un momento antes de responder. Pensó en Benicio. ¿Acaso su abuela estaría orgullosa de él, aún cuando pensaba en una vida junto a otro hombre?
—Espero que sí.
El apoderado asintió y retomó los papeles, listo para iniciar los trámites. Sebastián sabía que todavía quedaba mucho por delante, pero por primera vez sintió que era dueño de su vida.
Thoughts
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PermalinkPidió la cabaña para dos y en lo más alto, justo él que se fue para alejarse. Apuesto a que no se queda con un solo huésped mucho tiempo, y que Loki también termina subiendo esa montaña.
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PermalinkAlfredo lo manda a mil kilómetros y encima le ofrece pagarle la casa. Apuesto a que lo de los tres candidatos inútiles estaba armado desde el primer día y lo de interino fue de palabra nomás.
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Capítulo 22 (segunda parte)
"La vida se encoge o se expande en proporción al coraje de cada uno."
Benicio llegó a Mendoza, el taxi lo dejó en la entrada de un complejo turístico, ubicado a unos 40 km de la ciudad y de la oficina. El lugar, aunque generalmente en invierno está lleno de…