Nadie llega a decidir lo que Solvaria pidió, que era dónde se juzga a Anna. El colgante cambia de tema y esa pregunta queda sin contestar. A Valerius lo retienen por la esclava, que en el Imperio es delito por sí sola, y a Anna la castigan igual por los golpes, con papeles. Apuesto a que cuando llegue la respuesta de Solvaria, lo primero que reclamen sea eso: que el Imperio se quedó con los dos juicios.
Capítulo 74: No volveré a fallarle
Pensamiento
Nadie llega a decidir lo que Solvaria pidió, que era dónde se juzga a Anna. El colgante cambia de tema y esa pregunta queda sin contestar. A Valerius lo retienen por la esclava, que en el Imperio es delito por sí sola, y a Anna la castigan igual por los g
Contenido de la publicación
La sala del Senado Imperial estaba abarrotada hasta el último rincón. Senadores de todas las provincias, consejeros de la Corona, ministros, altos mandos militares y representantes de la nobleza se agrupaban en sus puestos, mientras que en un lugar destacado frente al estrado del Emperador se encontraban los enviados del Imperio de Solvaria. El aire estaba cargado, pesado y denso, como si una tormenta estuviera a punto de estallar sobre el recinto. La luz de las antorchas y los candelabros parecía apenas calentar una atmósfera helada por la tensión acumulada.
Uno de los embajadores de Solvaria, un hombre de edad avanzada, porte rígido y mirada fría, dio un paso al frente y golpeó el suelo con su bastón de mando para reclamar atención. Su voz resonó con firmeza y exigencia, sin rastro de duda:
—En nombre de Su Majestad el Emperador de Solvaria y de la nobleza de nuestro reino, exigimos que Lady Anna D’Valriene sea entregada de inmediato a nuestras autoridades. El crimen cometido es grave y claro: atacó y agredió brutalmente a Lord Valerius, uno de nuestros nobles más distinguidos, en suelo que debería ser de paz y hospitalidad. Por lo tanto, debe ser juzgada bajo nuestras leyes y pagar la pena que corresponda en nuestros territorios.
Un murmullo inquieto recorrió las filas de senadores. Algunos asintieron con expresión preocupada, convencidos de que no había otra salida.
—Es la única forma de evitar un conflicto mayor —comentó uno en voz baja—. No podemos arriesgar la estabilidad de todo el Imperio por una sola persona, por muy valiosa que sea.
—La ley no hace excepciones —añadió otro—. Si atacó a un invitado, debe responder ante ello.
Pero de inmediato, otras voces se alzaron con fuerza para oponerse.
—¡Eso es una locura! —gritó un senador de las regiones del norte—. ¡Lady Anna es ciudadana de este Imperio! Su juicio debe celebrarse aquí, bajo nuestras normas, no ser entregada como si fuera una mercancía.
—¡Además, no olviden que hubo provocación! —apoyó otro—. Nadie pierde el control sin motivo.
Las discusiones comenzaron a elevar el tono, y el ambiente amenazaba con descontrolarse, hasta que una voz clara, potente y cargada de autoridad atravesó todo el ruido como una espada cortando la niebla.
—Antes de hablar de castigos o de entregas… recordemos todos los hechos tal como ocurrieron.
Lissandra se puso lentamente de pie. Era la hija mayor del Emperador y comandante General de todas las fuerzas imperiales, y su sola presencia imponía respeto. Vestía su uniforme de mando, con la armadura pulida y los emblemas del Imperio brillando sobre su pecho; el leve sonido metálico de sus placas al moverse resonó con firmeza en la sala. Al verla, todos guardaron silencio de inmediato, sabiendo que sus palabras llevaban el peso de su cargo y de su experiencia.
Recorrió la sala con la mirada, detenidamente en cada rostro, antes de fijar sus ojos grises y fríos directamente en los embajadores de Solvaria. No había agresividad en su postura, pero sí una seguridad absoluta que nadie podía cuestionar.
—No olviden un detalle fundamental —dijo con voz estable, sin que temblara ni una sola sílaba—. Hubo cientos de testigos en el salón que vieron cómo comenzó todo. Lord Valerius no se limitó a estar presente: lanzó insultos graves y repetidos contra Lady Anna, contra su linaje y contra la obra que ha construido para beneficio de todos. Pero lo más grave, lo que nadie puede negar ni ocultar, es que entró en el Palacio Imperial arrastrando consigo a una mujer encadenada.
Un nuevo murmullo recorrió la sala, esta vez cargado de desaprobación. Lissandra continuó, señalando con firmeza:
—Todos en este recinto conocen nuestras leyes. La esclavitud está prohibida en todo el territorio del Imperio, y cualquier persona que traiga a un ser humano en esas condiciones a nuestras tierras comete un delito por sí mismo. Traer a una esclava encadenada justo en el día del cumpleaños de mi madre, la Emperatriz, no fue un error ni una casualidad: fue una afrenta directa contra la Corona, contra nuestras costumbres y contra las normas que nos rigen.
Varios senadores asintieron con fuerza, convencidos de que ese punto cambiaba la balanza. Sin embargo, un senador de los más ancianos golpeó la mesa con la mano, imponiendo su voz por encima del resto:
—Todo eso no cambia el resultado final. Lady Anna respondió con violencia desmedida, casi le quitó la vida a un representante de otro reino. Por muy grave que fuera la provocación, la ley no permite actuar así.
Muchos volvieron a inclinarse hacia esa postura, y la sala volvió a dividirse. Mientras tanto, los representantes de Solvaria aprovecharon para alzar nuevamente sus voces, tratando de imponer su versión con más energía:
—Lord Valerius fue víctima de un ataque premeditado —afirmó el embajador principal con tono indignado—. Exigimos reparaciones, exigimos justicia y exigimos que la agresora sea entregada a nuestra jurisdicción sin más demoras.
El ambiente estaba a punto de romperse, con miradas hostiles de un lado a otro, cuando de repente…
¡BOOM!
Las enormes puertas de roble de la entrada se abrieron de golpe con un estruendo que hizo temblar los marcos. La luz del pasillo se filtró hacia adentro, dibujando tres siluetas firmes en el umbral.
La sala entera quedó en un silencio absoluto, tan profundo que se podía escuchar el leve crujir de las antorchas en sus soportes.
Al frente caminaba Daeron, con paso seguro y mirada fija, sin dudar ni detenerse. Un paso detrás de él, imponente y silencioso, venía Garoum, cuya sola presencia hacía que varios senadores se inclinaran instintivamente por respeto o temor. Y a su lado, con la misma expresión seria y decidida, avanzaba Lyra. Los tres no llevaban armas a la vista, pero la autoridad que irradiaban era suficiente para que nadie se atreviera a interponerse en su camino.
Daeron avanzó hasta colocarse justo en el centro de la sala, frente al estrado del Emperador y frente a todos los presentes.
Uno de los senadores, recuperando el habla, rompió el silencio con voz tensa:
—Lord Daeron… si ha venido para defender a Lady Anna, le advierto que tendrá que traer pruebas mucho más sólidas que palabras. La ley está clara, y las consecuencias diplomáticas son graves.
Daeron ni siquiera se giró hacia quien hablaba. Sus ojos permanecían fijos en el Emperador, serenos pero decididos. Lentamente, metió una mano en el interior de su abrigo, y al ver el movimiento, varios guardias imperiales llevaron sus manos a las empuñaduras de sus espadas, listos para actuar.
Pero Daeron solo sacó un objeto pequeño, delgado y de plata pulida: un colgante. Lo sostuvo en alto, con la palma de la mano abierta, para que todos pudieran verlo claramente.
—Este —comenzó a decir con voz calmada, que se extendió con claridad por cada rincón de la sala— es un colgante ceremonial de la antigua nobleza imperial. Fue forjado hace siglos por los artesanos de la corte, y cada uno de estos objetos está vinculado mediante magia ancestral a la sangre de la familia a la que se entrega. No puede ser usado por nadie más que sus herederos legítimos; rechaza cualquier sangre ajena.
Algunos senadores fruncieron el ceño, sin entender a dónde quería llegar. Daeron colocó dos dedos sobre la superficie del colgante y cerró los ojos por un instante. Al abrirlos, una luz azul suave pero brillante comenzó a envolver el metal, y el símbolo grabado en su centro resplandeció con intensidad, reconociendo la sangre que lo tocaba.
—Como pueden ver —explicó sin perder la compostura—, este objeto solo responde a la sangre de mi linaje.
La luz se desvaneció despacio, y la sala permaneció en silencio expectante. Uno de los embajadores de Solvaria soltó una risa breve y despectiva, cruzándose de brazos con arrogancia:
—¿Y qué nos quiere demostrar con ese truco de magia? ¿Acaso cree que eso tiene algo que ver con lo que estamos juzgando hoy?
Daeron giró lentamente la cabeza hacia él. Su mirada ya no tenía nada de amable; era puro desprecio, frío y cortante como el acero. No levantó la voz, pero esa calma absoluta resultaba mucho más intimidante que cualquier grito.
—Entonces —respondió despacio, marcando cada palabra con claridad— explíqueme usted… ¿por qué este mismo colgante estaba colgado del cuello de Lord Valerius el día del incidente?
El salón entero quedó paralizado. La respiración de muchos se detuvo por un segundo. Los embajadores perdieron de inmediato su sonrisa altiva, y sus rostros se endurecieron al instante, palideciendo poco a poco.
Fue la Emperatriz Seleneia quien rompió el silencio, con voz apenas audible pero cargada de asombro:
—Daeron… ¿qué significa esto?
Él respiró hondo, sosteniendo el colgante con ambas manos por un instante, como si tocara algo sagrado e irremplazable. Cuando volvió a levantar la vista, sus ojos reflejaban una mezcla de dolor profundo y una determinación inquebrantable.
—Cuando mi hermana Elara desapareció hace años, durante un viaje que debía ser seguro —comenzó a contar con voz firme, sin titubear ni quebrarse—, este colgante desapareció con ella. Lo llevaba puesto siempre, como símbolo de su linaje y de nuestra familia. Era suyo, nadie más podía portarlo sin que el objeto mismo lo rechazara.
Un murmullo de asombro y comprensión comenzó a correr por las filas de los senadores, creciendo en intensidad.
—El día que fue secuestrada —continuó Daeron, y por un instante el dolor cruzó su mirada, pero lo mantuvo bajo control para que sus palabras no perdieran fuerza—, este colgante desapareció con ella. Y hoy, después de todos estos años de búsqueda y silencio, lo he vuelto a ver… en el cuello del hombre que todos aquí quieren defender y convertir en víctima.
Un silencio sepulcral cayó sobre el Senado, más pesado y denso que al principio.
Daeron dio un paso al frente, girando su mirada hacia los representantes de Solvaria con una intensidad que hizo que varios de ellos retrocedieran levemente, como si les quemara la piel.
—Ahora —su voz resonó con autoridad, llenando cada rincón de la sala—, quiero que el Imperio de Solvaria responda a una sola pregunta. ¿Cómo llegó una reliquia familiar, que pertenecía a una joven noble de este Imperio, a manos de Lord Valerius? ¿Por qué lo llevaba puesto con orgullo, como si fuera suyo?
Volvió a sostener el colgante en alto, dejando que la luz de las antorchas lo iluminara para que todos pudieran verlo con claridad.
—Y escucharon todos —añadió, dirigiéndose a cada uno de los presentes, senadores y consejeros— cómo Lord Valerius se burló públicamente de esa misma mujer, hablaba de ella como si fuera algo que ya no existía, algo que podía pisotear sin consecuencias.
Se detuvo un instante, dejando que el peso de sus palabras se asentara en la mente de todos, sin prisa.
—Así que antes de seguir hablando del juicio de Anna D’Valriene, antes de exigir penas, entregas o reparaciones… yo exijo respuestas. ¿Qué hacía un noble de Solvaria en posesión de este objeto? ¿Qué relación tenía con el secuestro de mi hermana… y con su desaparición definitiva?
Ningún representante de Solvaria abrió la boca. Sus rostros se habían vuelto pálidos como la cera, y la confianza y la arrogancia que mostraban minutos antes se habían desvanecido por completo.
Por primera vez desde que había comenzado la sesión, quienes habían venido a acusar y exigir justicia… se habían convertido en los acusados. Y el equilibrio de poder en la sala acababa de cambiar por completo.
El salón estalló en un murmullo creciente, confuso y cargado de emociones. Las miradas se movían entre el colgante que brillaba en la mano de Daeron y los rostros pálidos de los enviados de Solvaria, que veían cómo la situación se les escapaba de las manos.
Fueron ellos los primeros en reaccionar, tratando de recuperar el control con palabras altisonantes.
—¡Eso es una acusación absurda e inadmisible! —gritó uno de los embajadores, dando un paso al frente con el rostro descompuesto, lejos ya de la calma y el orgullo con los que había llegado—. ¡Lord Daeron se atreve a señalar a un noble de nuestro Imperio sin una sola prueba sólida que respalde semejante afirmación!
—¡Exigimos que retire esas palabras de inmediato! —añadió otro, golpeando el suelo con su bastón con furia—. ¡No permitiremos que se manche el buen nombre de Solvaria con simples suposiciones y especulaciones!
El murmullo entre los senadores creció, las voces se entrecruzaban y el ambiente amenazaba con volver a calentarse y dividirse. Pero entonces, una voz suave, serena y fría como el hielo atravesó todo el ruido, cortándolo en seco.
—¿Sin pruebas?
Seleneia, la Emperatriz, se puso lentamente de pie en su estrado. Con un movimiento pausado y majestuoso, descendió un escalón, poniéndose a la vista de todos. En cuanto sus pies tocaron el suelo principal, toda la sala enmudeció por completo, como si el aire mismo se hubiera congelado.
Recorrió con la mirada a los representantes de Solvaria, uno por uno, sin prisa, y en sus ojos oscuros no había enojo, sino una frialdad absoluta que resultaba mucho más intimidante que cualquier grito.
—Curioso… —dijo, y cada palabra salió de sus labios con un peso tan inmenso que nadie podía ignorarla—. Porque yo recuerdo perfectamente cada detalle de lo ocurrido durante la celebración. Y estoy segura de que todos los presentes también lo recuerdan con claridad.
Se giró hacia los senadores y los altos mandos, y luego volvió a fijar su atención en los embajadores.
—Lord Valerius tomó ese mismo colgante entre sus dedos, lo levantó para que todos lo viéramos —señaló con gesto firme el objeto que Daeron sostenía en alto— y delante de cientos de personas, confesó que pertenecía a una esclava que había estado bajo su propiedad.
El silencio se volvió denso, pesado, casi irrespirable.
—Y no solo eso —añadió, y su voz adquirió el tono autoritario de quien gobierna con justicia—. También confesó que esa mujer había muerto mientras estaba bajo su custodia. Se burló de su sufrimiento, de sus últimas palabras y de la esperanza que mantuvo hasta el final, creyendo que su hermano vendría a sacarla de ese infierno.
La sala permanecía inmóvil, nadie se atrevía a respirar con fuerza.
—No hablamos de rumores ni de testimonios aislados —continuó Seleneia, elevando ligeramente la voz para que llegara a todos los rincones—. Hablamos de hechos presenciados por cientos de personas: nobles, embajadores, príncipes y representantes de reinos lejanos. Todos escucharon exactamente lo mismo.
Su mirada se endureció hasta volverse cortante.
—Así que no. No pueden decir que no existen pruebas. Lo que falta aquí… es una explicación que el Imperio de Solvaria todavía no se ha dignado a darnos.
Los embajadores apretaron los labios, sus rostros se pusieron más pálidos aún, pero no encontraron palabras para replicar.
—Si Lord Valerius tenía en su poder una reliquia que pertenecía a una noble de este Imperio —siguió la Emperatriz con firmeza—, y además admitió haber poseído a la mujer que la llevaba… entonces ustedes tienen la obligación de responder. Y si no lo hacen —hizo una pausa breve, dejando caer la amenaza con calma pero con toda su fuerza—, será este Imperio quien exija compensaciones por el secuestro, la esclavitud y el asesinato de una de nuestras hijas.
Esas palabras cayeron como un martillo sobre el salón. Los enviados de Solvaria se quedaron paralizados, sin argumentos, sin respuestas, por primera vez en desventaja absoluta.
Fue entonces cuando Daeron dio un paso al frente.
Su mano seguía cerrada con fuerza alrededor del colgante, los nudillos se le habían puesto blancos por la presión, y en su mirada ya no quedaba nada de serenidad. Lo que todos vieron era una furia profunda, contenida durante años, que ahora hervía bajo la superficie y amenazaba con estallar en cualquier momento.
No levantó la voz al principio, pero su tono era grave, pesado, cargado de rabia acumulada.
—No me interesa su oro —dijo despacio, marcando cada sílaba—. No me interesan sus disculpas vacías ni los tratados que quieran firmar para lavarse las manos. Nada de eso me sirve.
Apretó aún más el puño, y sus dedos temblaron levemente por la intensidad de sus emociones.
—Solo quiero una cosa.
Fue en ese instante cuando su voz se quebró, no por debilidad, sino por la furia y el dolor que por fin salían a la luz. Levantó la cabeza, y sus ojos brillaban con una mezcla de lágrimas y un fuego oscuro que heló la sangre a todos los presentes.
—¡Devuélvanme a mi hermana! —gritó al final, y el eco de sus palabras retumbó en las paredes de piedra—. ¡Quiero saber dónde está! ¡Quiero que me digan dónde tiraron sus restos, dónde la dejaron pudrirse como si fuera basura!
Avanzó otro paso, imponiéndose sobre todos, con una furia que ya no podía contenerse.
—¡Quiero llevarla de regreso a casa! ¡Quiero darle la sepultura digna que le arrebataron! ¡Quiero que descanse por fin, después de todo lo que le hicieron sufrir!
Apretó los dientes con tanta fuerza que las mandíbulas le marcaron en el rostro, y su respiración se aceleró, profunda y agitada.
—Y si ustedes no me dicen la verdad —su voz se volvió más grave, más amenazante, llena de una convicción aterradora—, si intentan ocultarlo, si creen que pueden esconder lo que hicieron… lo haré yo mismo.
Señaló hacia el sur, hacia las tierras de Solvaria, con una mirada que prometía destrucción.
—Iré personalmente a la hacienda de Valerius. La registraré habitación por habitación, rincón por rincón, piedra por piedra. Si hace falta, desenterraré el jardín entero, si hace falta —su voz se elevó de nuevo, llena de rabia incontrolable— ¡la reduciré a cenizas si es necesario! Pero encontraré a mi hermana.
El colgante volvió a brillar con una luz azul intensa entre sus dedos, como si también respondiera a la furia de su sangre.
—Ella esperó años, creyendo que yo vendría a salvarla —añadió con amargura y rabia contenida—. No la dejaré esperar más. No la dejaré sola una segunda vez.
En ese silencio que siguió, el Senado entero comprendió que aquello ya no era un simple conflicto entre naciones, ni un asunto de leyes o tratados. Era un hermano que, impulsado por la furia y el dolor, estaba dispuesto a cruzar cualquier límite, a romper cualquier regla, para recuperar lo que le habían robado. Y nadie en esa sala tenía el valor de decirle que no podía hacerlo.
Un silencio absoluto, pesado y espeso como la niebla, se apoderó de todo el recinto del Senado. Los representantes de Solvaria permanecían inmóviles, con los rostros pálidos y las miradas perdidas; ya no quedaba ni rastro de la arrogancia y la seguridad con las que habían entrado horas antes. Todas sus acusaciones, exigencias y amenazas se habían derrumbado en cuestión de minutos, reducidas a nada ante la verdad revelada por ese pequeño objeto de plata.
El embajador principal respiró hondo, intentando recuperar la compostura que le quedaba, pero sabía perfectamente que cualquier palabra adicional solo empeoraría la situación. Inclinó la cabeza en una reverencia fría y protocolaria, sin energía.
—Solicitaremos instrucciones oficiales a nuestro Emperador —anunció, y su voz sonaba mucho más apagada y menos firme que al inicio—. Hasta recibir respuesta y aclarar este asunto… nos retiraremos.
No esperó a que nadie respondiera. Con un gesto rápido, ordenó a los suyos que lo siguieran, y los representantes de Solvaria abandonaron lentamente la sala, caminando con pasos lentos y cabizbajos. Nadie intentó detenerlos. Ahora las reglas del juego habían cambiado: ya no era el Imperio quien tenía que defenderse, sino ellos quienes debían dar explicaciones.
En cuanto las enormes puertas de roble se cerraron tras su espalda, el Canciller Cassius fue el primero en tomar la palabra, con tono decidido y autoritario:
—Lord Valerius permanecerá bajo custodia estricta de nuestras fuerzas imperiales.
Volvió la mirada hacia el estrado, y el Emperador asintió lentamente, aprobando la medida.
—Así será —confirmó el monarca—. Quedará retenido hasta que Solvaria entregue una explicación completa y satisfactoria sobre el secuestro, la esclavitud y la muerte de una noble nacida en estas tierras.
Uno de los senadores más respetados añadió con firmeza:
—Mientras esto no quede totalmente aclarado, no se le concederá libertad ni se le permitirá abandonar nuestro territorio.
—Y además —intervino otro—, todos los tratados comerciales y acuerdos políticos que estábamos negociando con Solvaria quedan suspendidos de inmediato.
Los enviados de los demás reinos y potencias que asistían a la sesión intercambiaron miradas de acuerdo. Fue el representante del Reino de las Bestias quien rompió el silencio con voz potente:
—Nuestro reino respalda y apoya esta decisión sin reservas.
Uno tras otro, los demás embajadores fueron pronunciándose en el mismo sentido:
—El nuestro también.
—No podemos mantener relaciones normales con un territorio donde sus nobles pueden estar implicados en crímenes tan graves contra personas inocentes.
—Hasta que se haga justicia y se aclare todo lo ocurrido, nuestra postura será la misma.
El ambiente había cambiado por completo. Lo que parecía un conflicto aislado se había convertido en un asunto de interés continental, y el peso de la responsabilidad recaía ahora totalmente sobre el Imperio de Solvaria.
En medio de la sala, Daeron seguía inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Su mano derecha permanecía cerrada con tanta fuerza alrededor del colgante que los nudillos se le habían vuelto blancos como la cal, y un pequeño hilo de sangre comenzó a deslizarse entre sus dedos, resbalando lentamente por su muñeca hasta caer sobre el suelo de piedra.
Garoum, que estaba a su lado en silencio, fue el primero en notarlo. Sin decir una sola palabra, se acercó con suavidad —sorprendente en alguien de su tamaño— y colocó su enorme mano sobre la de Daeron, presionando con delicadeza para obligarlo a aflojar el puño.
—Basta ya —dijo con voz grave pero tranquila, llena de una comprensión profunda—. Ella no querría que te hicieras daño por su culpa.
Daeron parpadeó, como si saliera de un sueño pesado. Bajó lentamente la mirada y solo entonces vio la sangre que manchaba su piel y el metal del colgante. Poco a poco, fue relajando los dedos, soltando la presa con dificultad mientras respiraba hondo, intentando calmar la furia y el dolor que aún le quemaban el pecho.
Una sonrisa cansada y apagada apareció en sus labios.
—Gracias, Garoum… —murmuró con voz entrecortada.
El gigante simplemente asintió. No hacían falta más palabras entre ellos.
Los senadores y los representantes comenzaron a abandonar la sala, pero muchos, al pasar junto a Daeron, se detenían un instante. No pronunciaban discursos largos ni promesas vacías; solo apoyaban suavemente una mano sobre su hombro, en un gesto sencillo pero cargado de significado. Era la forma silenciosa de decirle: No estás solo en esto. Cuentas con nosotros.
Poco a poco, la gran sala fue quedando vacía, hasta que solo permanecieron unas pocas personas: el Emperador, la Emperatriz Seleneia, el príncipe Adrian, la princesa y Comandante General Lissandra, el canciller Cassius, Garoum y Daeron.
El Emperador descendió lentamente los escalones de su estrado, caminando con paso firme y majestuoso hasta quedar frente a él. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló; el monarca observaba a Daeron con respeto y comprensión, sabiendo lo que aquellas palabras y aquellas pruebas le habían costado.
Finalmente, fue el Emperador quien rompió el silencio.
—Gracias, Daeron —dijo con voz serena pero llena de peso—. Con lo que acabas de revelar, has impedido que Solvaria convirtiera a Lady Anna en la única culpable de todo este asunto. Has salvado su reputación y has protegido la justicia de nuestro Imperio.
Daeron guardó silencio unos instantes, luego negó lentamente con la cabeza, con una expresión tranquila pero firme.
—No lo hice por el Imperio —respondió con claridad.
Aquellas palabras sorprendieron a todos los presentes; incluso el Emperador abrió ligeramente los ojos, sin esperar una respuesta así.
Daeron esbozó una sonrisa melancólica, limpió con cuidado la sangre del colgante y lo guardó de nuevo en el interior de su abrigo, donde quedaría a salvo y cerca de su corazón. Luego levantó la vista, mirando a todos con una mirada llena de una emoción profunda y sincera.
—Lo hice… —continuó, y su voz sonó tranquila pero cargada de todo lo que sentía— …por la única hermana menor que todavía me queda.
El silencio volvió a llenar la sala, pero esta vez era un silencio de comprensión total. Nadie necesitó preguntar a quién se refería. Todos entendieron de inmediato: Anna.
Garoum no pudo evitar dibujar una sonrisa de aprobación en su rostro. Lissandra bajó ligeramente la cabeza, respetando ese vínculo que acababa de declararse públicamente. Seleneia cerró los ojos un instante, con una expresión de ternura y gratitud. Incluso el Emperador dejó escapar una pequeña sonrisa, consciente de que aquella unión cambiaba el destino de todos.
Daeron dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Justo antes de cruzar el umbral de la puerta, se detuvo un instante, sin girarse para mirar atrás, y habló en voz baja, como si hiciera una promesa inquebrantable:
—Hace años… no pude proteger a mi otra hermana. Fui débil, me faltó tiempo y me faltó fuerza.
Apretó suavemente el puño, donde seguía el recuerdo del colgante entre sus dedos.
—Pero esta vez… no pienso volver a fallar.
Y sin añadir una sola palabra más, salió de la sala, dejando atrás el peso de la acusación y llevando consigo la determinación de cumplir su palabra.
En ese momento, por primera vez desde que había comenzado toda esta crisis, todos en la sala comprendieron algo muy claro: Anna D’Valriene ya no estaba sola. Había encontrado una nueva familia, un vínculo que no se basaba en sangre, sino en confianza y lealtad. Y esa familia estaba dispuesta a luchar por ella con la misma fuerza y entrega con la que ella siempre había luchado por proteger a los demás.
Las enormes puertas de roble se cerraron lentamente tras la figura de Daeron, dejando la sala en una calma que parecía pesar todavía más que el silencio anterior. Durante unos segundos, nadie pronunció una sola palabra.
El Emperador permaneció inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el lugar por donde acababa de salir. Sus pensamientos corrían rápido, evaluando lo que acababa de ocurrir y las consecuencias que traería. Finalmente, dejó escapar un suspiro largo y profundo, y una sonrisa tranquila apareció en sus labios.
—Parece… —murmuró con voz suave— que Anna tiene muchos más aliados de los que ella misma cree.
Seleneia asintió despacio, con una sonrisa dulce y serena. Desvió la mirada hacia las puertas cerradas, como si pudiera ver más allá de la madera.
—Siempre los ha tenido —respondió con suavidad—. Simplemente… ella nunca se ha dado cuenta. Está demasiado ocupada cargando con el peso de todo para darse cuenta de que no está sola.
Adrian esbozó una sonrisa para sí mismo, y a su lado, Lissandra asintió con aprobación, entendiendo perfectamente lo que quería decir su madre. Incluso Garoum, que permanecía en silencio en un rincón, dejó aparecer una leve sonrisa en su rostro imponente, consciente de que el destino de Anna ya no corría peligro.
Sin embargo, la expresión de la Emperatriz cambió en un instante, volviéndose seria y firme. Todos volvieron la vista hacia ella, sabiendo que sus palabras siempre llevaban la razón.
—Eso no cambia una cosa —dijo con claridad—. Anna deberá recibir un castigo.
El Emperador asintió lentamente, reconociendo la verdad en sus palabras.
—La ley sigue siendo la ley —afirmó con gravedad—. Aunque ahora las circunstancias sean completamente distintas, y la balanza se haya inclinado del lado de la justicia, no podemos dejar que un acto de violencia pase sin ninguna consecuencia.
Fue entonces cuando una carcajada fuerte, profunda y resonante rompió la tensión del ambiente.
—¡JAJAJAJA!
Todos giraron la cabeza al mismo tiempo. Allí, apoyado con comodidad contra una de las grandes columnas de la sala, con una copa de vino en la mano y una sonrisa amplia, estaba Ragnar, el Rey Bestia. Nadie había notado que aún seguía presente, entre la confusión y el peso de los acontecimientos.
Con pasos lentos y seguros, avanzó hacia el centro de la sala, imponente y relajado al mismo tiempo.
—Si ese es el problema —dijo, cruzándose de brazos con una expresión de seguridad absoluta—, déjenmelo a mí.
El silencio volvió a caer de inmediato. Lissandra frunció el ceño, intrigada.
—¿A qué se refiere, Majestad?
Ragnar sonrió aún más, con ese aire astuto y sencillo que lo caracterizaba.
—Durante la celebración escuché algo muy curioso —explicó, mirando directamente al Emperador a los ojos—. Parece que esa muchacha… detesta profundamente el papeleo, los informes y cualquier cosa que implique sentarse horas y horas a escribir.
Varias personas intercambiaron miradas confundidas, sin entender hacia dónde quería llegar con aquello.
—Pues perfecto —continuó el Rey Bestia, golpeando suavemente el puño de su mano contra la palma de la otra—. Quiero que ella se encargue personalmente de redactar, revisar y organizar toda la documentación necesaria para establecer las relaciones diplomáticas y comerciales entre mi Reino y este Imperio.
La sala quedó en un silencio absoluto. El Emperador abrió ligeramente los ojos, sorprendido por la propuesta.
—Después de todo lo que acaba de ocurrir… ¿aún desea firmar una alianza con nosotros?
Ragnar soltó una risa breve y sincera, pero en cuanto respondió, su expresión se volvió mucho más seria y profunda.
—Al contrario —dijo con firmeza—. Ahora estoy mucho más convencido que antes de hacerlo.
Aquellas palabras sorprendieron a todos los presentes. El Rey Bestia recorrió con la mirada a cada uno de los rostros de la sala, antes de continuar:
—Vi cómo esa joven perdió el control y golpeó a un hombre con rabia. Pero también vi perfectamente por qué lo hizo. Y lo más importante: en cuanto recuperó la razón, no intentó huir, no buscó excusas ni pidió favores. Simplemente aceptó ser arrestada y se entregó sin oponer resistencia.
Negó lentamente con la cabeza, como si estuviera evaluando un juicio ya resuelto.
—Eso ya me dijo bastante sobre su carácter. Pero hubo algo más que me terminó de convencer —añadió, y su voz resonó con fuerza por todo el recinto—. La representante de este Imperio fue capaz de levantarse y golpear a un bastardo sin escrúpulos… por el simple hecho de descubrir que había convertido a un ser humano en un objeto de su propiedad.
Un silencio profundo y respetuoso llenó nuevamente el Senado. Ragnar se llevó una mano al pecho, en un gesto de sinceridad absoluta.
—Si esa es la clase de personas que defienden los ideales de este Imperio —concluyó con una sonrisa amplia y honesta—, entonces creo firmemente que mi pueblo puede confiar en las palabras de sus gobernantes.
Nadie respondió. Aquella afirmación valía mucho más que cualquier tratado escrito o promesa sellada con tinta.
Ragnar volvió a relajarse, soltando una risa ligera y volviendo a su tono más desenfadado.
—Además —añadió encogiéndose de hombros—, un poco de papeleo, cartas, informes y revisiones interminables seguramente le hará pensar dos veces antes de volver a romperle la cara a alguien en el futuro.
Lissandra no pudo contener una pequeña risa, comprendiendo perfectamente la intención. Adrian desvió la mirada para ocultar su sonrisa, incluso el serio canciller Cassius terminó soltando una leve carcajada. Hasta el Emperador dejó escapar una sonrisa cansada pero aliviada.
Seleneia negó con la cabeza, divertida, y comentó con tono seguro:
—Estoy segura de que Anna preferiría enfrentarse a un ejército entero ella sola antes que pasar semanas o meses encerrada en una oficina llenando documentos.
—Entonces será un castigo perfecto —respondió Ragnar entre risas—. Cumplirá con la ley, tendrá que trabajar duro y, sobre todo, aprenderá a controlar sus impulsos de otra forma.
Y así, por primera vez desde que comenzó toda aquella crisis, las sonrisas volvieron a aparecer lentamente en el Senado. No porque los problemas hubieran desaparecido por completo, ni porque la verdad sobre Elara estuviera totalmente aclarada todavía… sino porque todos comprendieron que, incluso después de la peor tormenta, cuando hay confianza y buena voluntad, siempre es posible recomponer el camino y empezar a construir un futuro mejor.
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PermalinkGaroum abriéndole el puño a Daeron sin decir nada me contó más de esos dos que el discurso entero.
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Capítulo 5: La Herencia Rota
La mañana llegó con una luz suave que se filtraba entre las cortinas de la habitación.
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Capítulo 73: lo hare por ella
El gran salón del Palacio Imperial había quedado sumido en un silencio tan profundo que parecía haber quedado suspendido en el tiempo tras la suspensión de la celebración. Pero esa calma aparente no…
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Capítulo 50: el pasado no se borra, pero si se puede cambiar
El silencio que cayó sobre la sala no fue solo ausencia de sonido; fue algo pesado, frío, que pareció bajar la temperatura del aire varios grados. Era un silencio sepulcral, de esos que solo existen…
La sala del Senado Imperial estaba abarrotada hasta el último rincón. Senadores de todas las provincias, consejeros de la Corona, ministros, altos mandos militares y representantes de la nobleza se…