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Capítulo 7 ~ Segunda Revelación   Sensible

AKenk

Contenido de la publicación

Sebastián entró al consultorio. La licenciada estaba allí y al verlo gesticuló algo incómoda.

—Me dijiste que pensara y pensé —dijo él acercándose al sofá—. Creo que ya sé desde cuando no duermo.

La profesional se levantó de su asiento y caminó hacia el sillón que estaba cerca del sofá. 

—Desde cuando no duermes “solo”. 

Corrigió ella.

—Ni solo ni sobrio —agregó él—. ¿Recuerdas que te mencioné que tuve mi primera vez a los doce años?

—Sí. Bastante precoz, por cierto. Con tu niñera, si no me equivoco.

—Sí. Ella tenía veinte —comenzó Sebastián—. Es confuso para mí. Recuerdo que siempre hablaba con mis amigos sobre ella, era realmente hermosa. A todos nos gustaba. Y a veces solíamos alardear respecto de las cosas que le haríamos. Yo también lo hacía. Pero esa noche, ella entró en mi cuarto, se desnudó frente a mí, y yo me quedé paralizado. Se acercó a mi. 

Sebastián se movió incómodo en su silla

—Comenzó a tocarme, yo no quería que lo hiciera, quería irme. Recuerdo que en mi mente caminé hacia la puerta muchas veces, incluso corría… pero mi cuerpo no se movía. Su toque se sentía agradable.

—¿Le dijiste algo? Tus miedos, cómo te sentías, lo que querías o no querías.

—Nunca dije nada. Nunca le hablé. Ella hablaba, me preguntaba si me gustaba lo que hacía,  yo solo decía que sí. 

Guardó silencio, luego alzó su vista hacia la profesional.

—Yo sé que puede sonar extraño, pero de alguna manera había una parte de mi que no quería nada de eso y a la vez, algo que me impedía negarme.

La psicóloga permanecía en silencio. Observando a Sebastián, notó su dificultad para reconocer el abuso que había sufrido. 

—Cuando terminamos, ella se quedó en mi cama, dormida. Yo no pude dormir en toda la noche. Estaba como en alerta esperando, o rogando, que no despertara. Que no volviera a tocarme. Luego de esa vez, cada noche regresaba. Yo me acostaba y quería cerrar la puerta con llave, pero mi padre me la había quitado, así que solo me quedaba horas mirando la puerta. Temiendo que se abriera. No quería que ella entrara, no quería que me tocara, porque si lo hacía, yo no podía resistirme.

—¿Cuánto tiempo duró todo eso? —preguntó con seriedad la licenciada.

—Dos años. Comencé a tener problemas en la escuela, me dormía en clases, y cuando mi padre supo porqué, la echó. Según escuché, él le había pagado a ella para que me “desvirgara” y no para que fuera mi “amante”. Lo cierto es que cuando la echaron, yo sentí un profundo alivio.

—Es natural. Sebastián, eso que viviste fue un abuso. Esa mujer abusó de ti.

Sebastián se rio con ironía. 

—Las mujeres no abusan de los hombres, son los hombres que abusan de las mujeres…  y de otros hombres. 

—Estás equivocado. Las mujeres también pueden abusar, pueden golpear y maltratar a un hombre y a otras mujeres. El abuso, la violencia, el maltrato, incluso la violación, no es una cuestión de género. Es algo inherente a ciertas personas, independientemente del género que sean.

Sebastián se quedó pensativo.

—Es evidente que ese suceso, esos dos años de abuso que sufriste, han determinado, no solo tu trastorno de sueño, sino tu forma de vincularte con los demás, principalmente con las mujeres.

—Pero me gustan las mujeres.

—Sí, eso está claro. Pero es posible que esa situación que viviste siendo un niño, en la que pasivamente y en contra de tu voluntad, fuiste seducido y cautivado por una mujer, derive en esa necesidad tuya de tomar el control de la situación. 

—¿Es decir que si me toca una mujer pierdo la voluntad?

—Lo que digo es que, cuando tu cuerpo se manifiesta ante alguien más, tú te sientes perdido. Por eso recurres a distintas sustancias que te permitan ser tú mismo quien haga reaccionar a tu cuerpo, convirtiendo a la otra persona en un simple medio de satisfacción. De alguna manera, reviertes la situación que viviste a los doce años.

Sebastián estaba en silencio. Intentaba entender las palabras de la profesional. Intentaba entenderse.

—Lo que dices suena a que mi vida sexual ha sido siempre una mera venganza contra mi niñera, y para serte sincero, nunca pensé en aquello como un abuso. 

—Este tipo de mecanismos no son conscientes. Son mecanismos de defensa que adoptamos para evitar lo que percibimos traumático.

Sebastián se quedó callado. Ella continuó.

—Cuando entraste al consultorio la primera vez, estabas en crisis, porque tu cuerpo se había manifestado ante el avance de alguien más. Perdiste el control, y eso te hizo entrar en pánico —. Sebastián miró a la joven.

—Eso no es así. Ese día, lo que en verdad me asustó… y me asusta… es que es con él.

—¿Por qué te asusta? Ya no eres un niño. De hecho, a él sí le dijiste que no siguiera adelante y él se detuvo. Pudiste controlarlo a él. Lo que no pudiste controlar fue tu cuerpo.

Sebastián permaneció en silencio. Pensativo.

—Dejemos a Benicio de lado ¿Has dicho que “no” a una mujer alguna vez?

Sebastián reflexionó. En ese último tiempo, había dicho que no muchas veces a sus amigas. 

—Sí. Dije que “no”. Pero las chicas no están acostumbradas al “no”. Por lo general no son muy respetuosas como nos obligan a serlo a nosotros. Creo que el “no” de un hombre, para la mujer es un “esfuérzate un poco más”. A veces tengo que ser desagradable. 

—Bueno, está claro que hay una gran diferencia entre lo que has experimentado con las mujeres y lo que has experimentado con Benicio.

Sebastián asintió pensativo. Ciertamente, nunca había sentido por una mujer las cosas que sentía con y por Benicio.

—Deberías considerar la posibilidad de que eso es precisamente lo que te atrae de él. 

—Y eso es precisamente lo que me asusta. Yo a Beni no le dije que “no”  porque no quería que siguiera adelante, le dije que “no” porque no quería que lo hiciera de esa manera. 

—¿Y qué crees que pasaría si él lo hiciera de la manera en que tú quieres que él lo haga? —los ojos de Sebastián se humedecieron.

—No quiero ser gay.

—No lo eres. Te gustan las mujeres. Tal vez deberías intentar conocer a una joven que responda más a tus necesidades. 

La profesional observó el gesto de desagrado que hizo Sebastián inconscientemente.

—O bien, ser claro con Benicio, decirle lo que quieres y cómo lo quieres y vivir esa experiencia.

—Eso es ser gay.

—A mí no me agradan las etiquetas. En todo caso, yo diría que eres Sebastián Carrasco, algo que sí te define identitariamente, y que estás interesado afectivamente en Benicio Torres. 

Sebastián se estremeció. Las palabras de la joven se repitieron una y otra vez “interesado afectivamente”. Las sensaciones que Benicio había despertado en él se manifestaron en su rostro con una sonrisa muy sutil. El deseo de tocarlo, de besarlo. De ser tocado… Todo se arremolinó de pronto en su mente y en su cuerpo, enrojeciendo su rostro.

La mujer se levantó y caminó hacia la puerta.

—Creo que debes pensar en esto Sebastián, y una vez que tengas en claro lo que sientes, y lo que quieres, tienes que decidir qué hacer con ello.

—¿Pensar? ¿Otra vez? ¿Pero por qué no me dices lo que tengo que hacer? Estoy cansado de pensar. Necesito dormir. Quiero salir de toda esta mierda.

—Recuerda que ya no eres un niño Sebastián. Nadie puede abrir tu puerta ahora, sin tu consentimiento. Tú tienes la llave. Nadie va a entrar si tú no lo permites. No deberías tener problemas para dormir. 

Sebastián miró a la joven. Se levantó y caminó hacia ella. La joven abrió la puerta y Sebastián salió pensativo. Aún no cambiaba la cerradura de su departamento. ¿Qué demonios lo estaba deteniendo? 

Se dirigió a la oficina y decidió no pensar en ello durante un tiempo. Luego se encargaría de poner en orden las ideas. 

Ahora era tiempo de trabajar.

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—Es curioso —dijo Víctor.

Estaba indignado, y no lo ocultaba. Tomaba su café sentado junto a Benicio en el cantero del estacionamiento. Benicio se veía molesto.

—Pareciera que de pronto pierdes toda la madurez y solo te comportas como un adolescente caprichoso.

—Lo curioso es que yo siga hablando contigo… —Benicio se levantó y Víctor lo detuvo.

—No me digas que no puedes ver el error que cometiste. 

Víctor habló con seriedad. Benicio lo miró en silencio

—Alejaste a Sebastián de ti, sin decirle nada de lo que sientes, sin explicarle las razones. Ese chico está a la deriva sin ti. 

El hombre se puso de pie.

—¿Lo has visto? —preguntó Víctor preocupado.

Benicio negó con la cabeza

—Deberías. Deberías verlo. La semana pasada me comentaron que está durmiendo en un sofá en el galpón. 

Benicio sonrió incrédulo. Víctor se acercó a él y habló en voz baja

—Beni, ¿has pensado en lo que te dije? 

Benicio tenía una expresión dura en su rostro. Había pensado tantas cosas. No respondió.

—Tú eres la única persona que alguna vez le mostró algo de cariño a ese muchacho.

—¿Y qué se supone que debo hacer? Él quiere acercarse demasiado. Su padre quiere que me aleje. Y yo estoy en el medio de los dos, sintiéndome como la mierda porque con ninguno hice las cosas bien.

—Ese es tu error: pensar que estás en medio. Tu relación es diferente con uno y con otro.

—Yo le di mi palabra a Alfredo de no acercarme a Sebastián.

Benicio estaba agitado. Víctor sonrió.

—Pues… como yo lo veo, no eres tú quien se ha acercado. Sino él.

—Pero Alfredo no lo ve así. Él dice que yo me estoy aprovechando de su hijo, de su vulnerabilidad. 

Benicio sonaba cada vez más afectado.

—¿Y qué sientes tú? —Benicio bajó su rostro. No quería ni pensar en eso.

—Que tiene razón, principalmente cuando lo veo mirándome confundido.

—¿Sabes qué? Tú y él, ambos, son dos imbéciles —dijo Víctor.

Benicio giró y Víctor lo tomó del brazo con firmeza. Benicio volteó hacia él. Víctor estaba molesto, su rostro lo dejaba muy claro. Habló con seriedad.

—Ve a verlo.

Benicio se soltó del agarre con un tirón y entró en la cafetería. Tomó una botella de agua y subió a su oficina. Cerró la puerta de su oficina con un golpe suave y se dejó caer en su silla. 

El peso de las palabras de Víctor resonaba en su mente. Se quedó mirando al techo, buscando una respuesta en las sombras. Cerró sus ojos. La mirada de Sebastián estaba grabada en sus retinas. Ese “No lo hagas” lleno de pánico y rechazo se hundía muy lentamente en su pecho, cortándole la respiración. 

Había llegado muy lejos ese día. Había cruzado todos los límites acercándose a Sebastián de esa manera. “¿Qué hubiera pasado si no me detenía?”, pensó una y otra vez. Jamás se aprovecharía de Sebastián, nunca le haría daño. Sin embargo, la sola idea de besarlo, en ese momento lo había enceguecido. 

Suspiró recorriendo lentamente con su mirada los paneles del cielorraso. Su corazón latía tan rápido. Lo que él sentía por Sebastián era amor, amor puro, él no podría lastimarlo. Pero la insistencia de ese muchacho en invalidar sus sentimientos una y otra vez, lo hería profundamente. 

La voz de Sebastián retumbó, burlonamente, en sus oídos “hacer el amor, solo contigo, por el resto de mi vida”. ”¡Pura mierda!”. Tal vez Víctor estaba en lo cierto y él era “la única persona que alguna vez le mostró algo de cariño”. Ese chico nunca había recibido muestras de afecto, ni de su padre ni de nadie más. Cuando alguna joven se mostraba enamorada de más, él siempre la alejaba.

No podía esperar que alguien que conoce tan poco del amor y de los sentimientos, comprendiera lo importante que era para él compartir la intimidad. De hecho, nunca esperó que lo hiciera. Desde un primer momento supo que el heredero Carrasco era todo lo opuesto a lo que esperaba encontrar en su compañero de vida. Por eso nunca dudó cuando Alfredo le puso como condición no acercarse a Sebastián.

Sin embargo, en algún momento, algo había cambiado. La voz de Sebastián, la forma en que lo acariciaba cuando estaba internado. Su mirada. Esa sonrisa. Sus acercamientos provocadores… “¿Cómo pude caer en ese juego tan fácilmente?” estaba enojado consigo mismo.

Abrió su computadora y, por inercia, revisó su correo, pero no podía concentrarse. Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro. Si hablaba con él sobre sus sentimientos, probablemente se volvería un hazmerreír para el joven. Si no le decía nada y simplemente se iba, con el tiempo ambos harían a un lado todo eso, y seguirían con sus vidas como si nada hubiera pasado. Sin embargo, si Víctor tenía razón, al conocer sus sentimientos,  Sebastián por fin sabría lo que es el amor verdadero.

Su corazón se sacudió. Callar dolía. ¿A quién quería engañar? Benicio se asomó por la ventana. Sebastian estaba con un grupo de trabajadores preparando uno de los camiones que saldría al reparto. Nunca podría hacer a un lado lo que sentía por ese hombre. Su amor era para siempre. Pasara lo que pasara… Benicio tenía muy claro que el amor de su vida siempre sería Sebastián. 

Entonces una idea cruzó de repente por su mente ¿Y si accedía? ¿Y si aceptaba tener intimidad con él? Sólo sería una vez, luego se iría. Alfredo se encargaría de que no volvieran a verse, de eso estaba seguro. “¿En qué cambiaría las cosas hacer el amor?”, se preguntó. Si de todas maneras amaría a ese joven toda su vida, hacerlo o no, antes de irse no cambiaría nada. Y por otro lado, para Sebastián sería satisfacer su curiosidad, confirmar su sexualidad, y hasta podría liberarse de esa especie de obsesión que parecía tener.

Benicio sentía que su cabeza iba a estallar. Vio a Sebastián entrar en el galpón de nuevo. Quizás lo mejor para ambos era que la verdad estuviera sobre la mesa. Con las cosas claras, ambos podrían decidir qué hacer. 

Alfredo le había notificado que el lunes próximo salía de viaje. Ese parecía ser el momento indicado para aclarar las cosas. Miró la hora, pasaban de las cinco de la tarde, pensó que quizás podrían salir juntos, tomar algo y conversar. 

Recogió sus cosas y tomó su teléfono. Se detuvo antes de escribir. Había sido muy duro con Sebastián y lo había echado sin explicaciones. No podía solo escribirle, o llamarlo. Respiró profundo y se dirigió al galpón. 

En el camino ensayó decenas de veces qué decir. Pero poco antes de llegar se detuvo en seco. Lo vió salir tomado de la mano de su prometida. Sus pies ya no se movieron. Su corazón en su pecho tampoco se movió. 

Se detuvo.

Se detuvo el tiempo, el aliento…

Todo. 

Ella iba adelante, como acarreándolo. Sebastián se veía muy desmejorado, más delgado y ojeroso. Benicio sintió una punzada de culpa al verlo así. miró a Haydée. Esa mujer se estaba llevando consigo no sólo su mirada, también se llevaba a su amor, su corazón, su vida… 

—¿Qué estás haciendo? —dijo Víctor tomándolo de los hombros. 

Benicio volteó hacia él con sus ojos enrojecidos. 

—Tú me dijiste que lo viera —balbuceó Benicio con su voz quebrada. 

—Ven, vámonos de aquí.

Víctor se llevó a Benicio. 

Sebastián no lo había visto. Quizás así era mejor. Benicio quedó pensativo en su departamento. Sentado en su sofá. La imagen se repetía en su mente. Una y otra y otra vez… como una tortura.

Tenía muy claro que entre ellos no había nada más que un acuerdo. Sin embargo, la imagen no dejaba de ser dolorosa. En especial porque él jamás podría aspirar a algo tan simple como sostener la mano de Sebastián de esa manera. 

Un poco más calmado, recordó que tenían la presentación de un libro en el Ateneo. Sabía que Sebastián se aburría en esos eventos por lo que seguramente se iría pronto a su casa. 

Su departamento no era lo mismo sin Sebastián. Nada era lo mismo sin él. Pero esa incertidumbre lo estaba asfixiando. Tenía que decirle todo a Sebastián. Ser claro, y sincero. Poner sus sentimientos sobre la mesa, aún si eran objeto de burla. Pero los “y sí…” lo estaban enloqueciendo.

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Sebastián estaba en su departamento. Haydée comprendió que ese evento no era muy entretenido y que con el malestar que él traía encima, se le hacía complicado mostrarse risueño como siempre. Por lo que regresaron temprano. 

Estaba tirado en la cama, con su brazo sobre sus ojos. No se había quitado ni siquiera los zapatos. Una voz familiar sonó en su oído. Jéssica, una de sus amigas, se acostó a su lado en la cama. Comenzó a acariciarlo. Él tomó con fuerza su mano, alejándola de su piel. 

Ni siquiera la había escuchado entrar. Podría ir al galpón, pero necesitaba un poco de silencio. Tenía que ordenar sus ideas. La joven, que intentaba provocarlo, murmuraba algo que Sebastián no escuchó. Él solo podía pensar en las palabras de su psicóloga sobre hablar con Benicio para solucionar las cosas con él y poder dormir.

Esquivó varias veces los coqueteos de la joven, y sacó de debajo de su ropa esas manos que comenzaban a resultar insoportables.

Si hablaba con Benicio, ¿qué debería decirle? Si le decía que aceptaba sus condiciones, estaba aceptando una relación para toda la vida con él. La sola idea era tan difícil de pensar… No podía decirle lo que sentía porque ni él sabía qué era lo que sentía. 

Mientras tanto, a tan solo unos metros, en el pasillo, Benicio estaba de pie frente a la puerta ensayando una vez más lo que diría, mientras esperaba que alguien abriera. Había golpeado ya dos veces, pero la ansiedad lo estaba carcomiendo por dentro. Había visto a Sebastián muy mal en la tarde. Estaba preocupado. Metió la mano en el bolsillo y tomó el llavero. Buscó la llave y abrió. 

Sebastián estaba discutiendo con Jéssica, que insistente, se había quitado casi toda su ropa. Él sostenía una de las manos de la chica con fuerza mientras le reiteraba una vez más que no quería que lo toque. Ella sonrió con picardía mientras la otra mano se coló bajo el pantalón del muchacho. 

—¡Seba! 

—¡Ya basta!

Gritaron los dos en voz alta al unísono. Sebastián se sentó de pronto en la cama. ¿Había escuchado bien? Reconocía esa voz, salió del cuarto y chocó de frente con Benicio. La emoción le ganó. Verlo en su casa lo hizo sentir tan feliz que casi no podía contener las ganas de abrazarlo.

Sonrió.

—¡Beni! —exclamó Sebastián emocionado. 

Benicio lo miró nervioso, pero su vista se nubló cuando vio a la joven salir del cuarto, detrás de Sebastián. No se lo esperaba. Dio un paso hacia atrás. Una mezcla de emociones se apoderó de él al ver a Jéssica, semidesnuda, abrazando a Sebastián por detrás. 

Su corazón se sintió aplastado, pisoteado de la manera más cruel. Cada detalle de la escena, desde la sonrisa picara de esa mujer hasta la alegría que mostraba el rostro y la mirada de Sebastián, le pareció una tortura. La desesperanza se asentaba en su pecho mientras la desilusión lo dejó sin aliento.

—¡Ey! Sensei… hacía tiempo que no te veía. ¿Te nos unes? —dijo la joven.

Sebastián se movió intentando alejarse de la chica, pero ella no lo permitió. Benicio estaba impresionado. ¿Acaso era una señal? ¿Una prueba divina? Sentía su corazón romperse lentamente. Sebastián estaba de pie frente a él con la camisa y el pantalón abiertos. Tenía que salir de ahí, cuanto antes.

—¿Pasó algo? —Preguntó Sebastián— ¿Estás bien? —Benicio no escuchó.

—Lo siento —, balbuceó casi en un susurro. 

Miró a Sebastián a los ojos y se alejó. Sebastián se estremeció. Algo en su pecho parecía romperse, como si a través de esa mirada Benicio le hubiera hecho sentir lo que estaba viviendo en ese instante.

—Suéltame —dijo Sebastián intentando liberarse del agarre de la joven.

—Beni… espera. —Sebastián intentó seguirlo.

La joven no lo soltó y Sebastián tironeó y, con un empujón, la arrojó hacia atrás maldiciéndola. La chica cayó dentro del cuarto, su cuerpo empujó la cama y ella terminó sentada en el suelo. Benicio se volvió ante el ruido y al observar la escena miró a Sebastián con profundo desconcierto.

Caminó hacia el cuarto.

—¿Qué demonios sucede contigo? —le dijo en voz baja con seriedad,  haciéndolo a un lado. 

—Le dije mil veces que me deje en paz, pero no entiende.

Se excusó Sebastián mientras lo veía caminar hacia la joven. 

Las manos de Benicio temblaban. Había tanto dentro suyo que apenas podía contener todo lo que estaba sintiendo. Tomó de encima de la cama la blusa de la joven, la ayudó a levantar con delicadeza y la cubrió con la ropa.

—Lamento todo esto. Yo no debí entrar de esa forma. Te sugiero que te retires —dijo mirando a Sebastián—. Él no está en condiciones.

La joven miraba a Benicio sin ocultar lo mucho que le agradaba. Sebastián los observaba, sintiendo cómo, poco a poco, se llenaba de una ira que amenazaba estallar en cualquier momento.

Benicio salió del cuarto y en silencio se dirigió a la puerta. Al pasar junto a Sebastián se detuvo y lo miró a los ojos. Esa mirada, una vez más, le dolió a Sebastián en lo más profundo.

—En verdad lo lamento —dijo y salió.

—Beni ¿qué dices? Espera… 

Benicio no se detuvo. Cuando ya había cerrado la puerta, Sebastián regresó al cuarto por su celular y sus llaves. La joven volvió a tomarlo de la mano, intentando detenerlo.

—¿A dónde vas? —preguntó. 

Sebastián le dirigió una mirada que hizo que la muchacha diera un paso atrás.

—Jessi… No quiero ser violento contigo, pero me lo pones muy difícil…

Se soltó del agarre de la chica y caminó hacia la puerta mientras abotonaba su camisa.

—No sé qué te pasa. No te entiendo. Has cambiado mucho, Seba —dijo ella en voz alta, antes que Sebastián saliera.

—Solo no me vuelvas a poner una mano encima. Deja tus llaves antes de irte y diles a los demás que no regresen por aquí. Que dejen sus llaves en el buzón. 

Sebastián salió y corrió detrás de Benicio. Con la mente en blanco. Sin saber qué decir, sin pensar en qué hacer, solo buscaba alcanzarlo. Pero Benicio desapareció. Casi involuntariamente, Sebastián condujo hacia la casa. Detuvo el auto y vio que el portero del edificio regaba el jardín. Se acercó corriendo y le preguntó si lo había visto entrar.

—Si —dijo el hombre—. Entró hace un rato. 

Sebastián se dirigió hacia adentro

—¿Qué hiciste ahora? —preguntó el portero.

—Lo mismo de siempre —respondió el joven corriendo escaleras arriba.

Benicio estaba sentado en el sofá. Su mirada perdida en la nada misma. En su pecho había un dolor profundo. Su mente era asediada constantemente por esas imágenes que desearía poder olvidar. De pronto, todo era más y más intenso: su amor, su dolor, su miedo, sus dudas, su frustración, su enojo… todo.

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La voz de Sebastián sonó al otro lado de la puerta pidiéndole que abriera. El corazón de Benicio se aceleró. Su cuerpo parecía querer ir y abrir, pero no se sentía capaz de enfrentarlo. No respondió. Sebastián insistía.

—No me iré hasta que hablemos —dijo en voz alta, golpeando la puerta con la palma de su mano, sin cesar. 

Benicio suspiró y caminó hacia la puerta. Nada de lo que había ensayado aparecía en su mente. No era algo nuevo el estar molesto por alguna estupidez de Sebastián, pero cuando abrió la puerta, cuando ese muchacho entró en la casa, lo que sintió no se parecía a nada que hubieran vivido y compartido anteriormente. 

Cerró la puerta y se tomó unos segundos antes de volverse hacia Sebastián. Podía sentir su mirada sobre él. “¿Qué le iba decir?” Si algo había aprendido en su tiempo en el templo, era que si no se sabía qué decir, lo mejor era no decir nada. 

Volteó lentamente. Sebastián estaba inquieto. Lo miraba con desconcierto. Su camisa estaba mal abotonada y su pantalón seguía abierto.

—¿Vas a decirme qué es lo que te pasa? —exclamó Sebastián.

“¿Qué me pasa?” pensó Benicio y sonrió con tristeza “¿Cómo te explico que te amo como nunca he amado antes, pero que no eres lo que quiero para mi?” Intentó aclarar su mente.

—No pasa nada —. Respondió bajando su mirada antes de delatarse.

—Es decir que fuiste a mi casa por nada… ¿Esperas que crea eso?

—No espero nada. 

Benicio regresó al sofá y se quedó en silencio. Sebastián comenzaba a desesperarse.

—Maldita sea, Beni. Este no es un buen momento para que te quedes callado.

—¡Ya me disculpé por invadir tu casa! ¿Qué más quieres que te diga? Bastante para la mierda me siento ya como para que vengas a reprocharme mis silencios —. Benicio respondió en voz alta. 

—No quiero tus disculpas —dijo Sebastián con firmeza

—¿Qué es lo que quieres, entonces?

—Quiero saber por qué fuiste a mi casa.

Benicio pensó unos segundos. No podía hablarle de sus sentimientos, esa era la razón principal por la que había ido. Para aclarar las cosas con él desde la verdad. Pero ¿qué caso tenía ahora? Esa oportunidad se había escurrido entre los pechos desnudos de Jéssica frotándose contra la espalda de Sebastián. Una imagen grotesca que le provocaba náuseas. No obstante, tampoco podía mentir. Se hizo hacia atrás y exhaló con resignación.

—Eso ya no importa. 

—A mi me importa —insistió Sebastián acercándose.

—Estaba preocupado. 

—¿Por mí? —Benicio lo miró molesto.

—¿Por quién más lo estaría? ¿Por tu amiga?

—Beni, no pasó nada con Jessy —dijo Sebastián nervioso.

Benicio suspiró 

—Si, lo sé… me autoflagelaré más tarde, por haber sido tan inoportuno.

—¡Qué cínico eres! —dijo Sebastián. 

Benicio se puso de pie y lo miró dolido. Molesto, herido. Celoso. Se acercó a él, intimidante.

—¿Cínico? —preguntó mirándolo fijamente.

Sebastián dio un paso atrás. La cercanía de ese hombre lo inquietaba sobremanera. Su corazón latía rápidamente. Algo dentro de él parecía impulsarlo a acercarse más a él. Abrazarlo. Besarlo. Pero optó por retroceder, antes de empeorar las cosas.

—No era yo quien estaba en el cuarto con una mujer desnuda que no es mi prometida.

—Sabes muy bien que mi compromiso es una fachada. Y sí, eres cínico, porque también sabes muy bien que llevo meses sin estar con nadie. 

Benicio pasó junto a Sebastián sonriendo sarcástico. Sebastián lo detuvo.

—Y también sabes por qué. 

—Porque tu prometida te lo pidió. 

—No. No he estado con nadie en todo este tiempo, porque con la única persona que quiero estar es contigo. 

Benicio volvió a sonreír con sarcasmo. 

—Eso me ha quedado muy claro —. Dijo caminando hacia la cocina.

Sebastián exhaló apesadumbrado.

—Te dije que no pasó nada —dijo con su cabeza gacha.

—¿Sabes? Seba, no tienes que darme explicaciones. Haya pasado o no, ¿qué tiene eso que ver conmigo? ¿No es más de lo mismo acaso? ¿No es ella tu pareja de siempre? ¿Qué demonios es lo que intentas explicar?

—Quiero que las cosas estén claras entre nosotros —dijo Sebastián. 

—Siempre lo estuvieron —. Replicó Benicio llenando la pava con agua.

—¿De verdad tú lo tienes claro? —Sebastián, incisivo, desesperado, buscaba respuestas.

Esa pregunta desestructuró todos los argumentos de Benicio. Caló hondo y se instaló en el meollo de todo el problema. Sebastián estaba perdido, confundido… Inmerso en un mar de interrogantes. ¿De qué le valía a Benicio tener las cosas claras, si Sebastián no lograba comprender nada? Benicio permaneció de espaldas a Sebastián. Sin decir nada. ¿Cuál era la diferencia entre aclarar y confundir más?

—Dime qué te pasa. 

La inquietud de Sebastián aumentaba. Benicio se sentía atrapado. Miró en la esquina de la mesada la charola con las llaves.

—¡Por Dios, Beni! ¡Habla conmigo! —insistió Sebastián.

Benicio caminó hacia la charola y tomó la llave de su departamento. Esa que, días atrás, había removido del llavero de Sebastián. Giró hacia Sebastián y lo miró.

—Me llegó un rumor, un comentario de que estabas durmiendo en el galpón. En un sofá. También me comentaron que no te veías muy bien. 

Habló con calma y en un tono muy suave, totalmente contrario al torbellino de emociones que ocultaba en su pecho.

—Así que esta tarde fui a verte. Cuando llegué estabas yéndote con Haydée. 

Benicio bajó su rostro, en un intento fallido por ocultar lo que sentía.

—Y no te veías nada bien. 

Benicio caminó hacia el joven, le tomó la mano y puso en ella la llave. 

—Fui a tu departamento a llevarte la llave y a decirte que a partir del lunes puedes venir a dormir aquí. 

Sebastián miró la llave en su mano. Debería sentirse feliz, pero algo no estaba bien con esa situación.

—¿Por qué no me la diste, entonces?

—Porque pensé que ya no la necesitabas. Estabas acompañado y ya no te ves tan mal como en la tarde.

—Te dije varias veces que no pasó nada. Jéssica llegó sin ser invitada y se quedó sin mi permiso. Y esto —dijo señalando su rostro— es maquillaje.

Benicio lo miró sorprendido, pero era lógico que lo demacrado de su rostro no podría haber desaparecido mágicamente.

—¿Ella te… maquilló?

—¡Claro que no! Fue Didí. Teníamos que asistir a la presentación del libro de Gervacio Gómez Pardo y dijo que me veía terrible. Me llevó a su casa, sacó un arsenal de cosas y empezó a ponerme en la cara.

Benicio guardó silencio pensativo. La pava estaba caliente y preparó el mate. Naturalmente, creía en Sebastián. Pero creer en él lo llenaba de ilusiones. Ilusiones que él sabía muy bien que solo eran un sinsentido. En ese instante deseaba no creer en nada ni en nadie. 

Sebastián interrogó.

—¿Por qué a partir del lunes? ¿Por qué no puedo quedarme esta noche?

—Porque tu padre tiene a un tipo detrás de ti. Que seguramente está abajo, esperando que salgas y si no lo haces subirá por ti.

—El lunes estará abajo también.

—Pero yo no estaré aquí —. Replicó Benicio con naturalidad 

Un fuerte golpe en el centro del pecho sacudió a Sebastián. Miró a Benicio sin comprender, pero temeroso de preguntar.

—¿Qué significa eso? —balbuceó.

—El lunes temprano viajo al interior. Pedí el traslado —. Sebastián notó que su vista se nublaba. 

—¿Te vas? —murmuró casi sin voz.

—Tu padre no aceptó mi renuncia, y ya no quiero estar aquí.

—Es por mi culpa. ¿Verdad? 

Benicio sintió que se desarmaba al ver las lágrimas recorriendo el rostro de Sebastián. No estaba preparado para eso. No pudo responder. No supo qué decir. Cada lágrima que veía caer de esos ojos azules, aumentaba su desesperación y su sentimiento de culpa. 

Sentía como si su pecho se comprimiera, dificultándole respirar. En ese momento, todos los muros que había construido para protegerse se derrumbaron, dejándolo vulnerable. 

—Responde —increpó secándose el rostro con sus mangas— ¿Es porque te dije que quería hacer el amor contigo? 

Aún cuando todo lo que deseaba era acercarse a él y enjugar sus lágrimas, Benicio dio un paso hacia atrás. Las palabras de Sebastián, el tono, sus gestos. Todo lo que estaba viendo le resultó tan irreal que pensó que estaba soñando. “¿Acaso esto es posible?”, se preguntó casi desesperadadamente. Nunca había visto a Sebastián llorar de esa manera. No quería caer en sus juegos. No quería ser cautivado una vez más por ese muchacho. 

—Te juro, Beni, que no volverás a escuchar de mí algo como eso —dijo con su voz quebrada. Acongojado.

Benicio estaba perdido. Quería acercarse, abrazarlo, y decirle que todo estaría bien, pero sabía que cualquier intento por consolarlo sólo complicaría todo. Estaba impresionado. Profundamente conmovido. La impotencia y el amor se entrelazaban en su interior, estaba casi a punto de dejarse llevar por esa locura que Sebastián despertaba en él y que amenazaba con consumirlo por completo.

—No tienes que irte —exclamó el muchacho a modo de súplica.

—Sí. Tengo que hacerlo. Necesito hacerlo. 

La desesperación se coló entre las palabras de Benicio.

—Dame una sola razón valedera para irte. —Dijo el joven acercándose.

—Tengo muchas, Seba, y tú las conoces todas… Excepto una. Y si no fuera por esta razón, probablemente seguiría haciendo a un lado todas las demás y soportando, como hasta ahora. 

—¿Qué cambió? ¿Cuál es esa razón tan importante que te aleja de aquí?

Benicio dejó el termo con agua caliente y el mate sobre la mesada y se recargó contra la pared. Apoyó su espalda, alzó su rostro hacia arriba y cerró sus ojos. “¿Acaso es el momento?” 

No se permitió dudar. 

No se permitió dilatar más las cosas.

No se permitió tener miedo. 

Miró a los ojos a Sebastián y habló con calma.

—T… Te amo, Seba. 

Sebastián sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. No era la primera vez que alguien le decía esas palabras. Pero por alguna razón, esta vez era diferente. Esas palabras, esa voz, esa mirada… cargaban con una sinceridad que podía sentir con cada fibra de su ser. Su corazón se aceleró y sus emociones se desataron abruptamente en su cuerpo y su mente. 

—No sé cómo diablos pasó, pero me he enamorado de ti. 

Benicio continuó, sin percatarse de nada. Solo se enfocó en dejar salir todo aquello que oprimía su pecho.

Mientras que Sebastián estaba sintiendo que el amor de Benicio lo llenaba y lo envolvía de una manera que nunca había experimentado. Pero al mismo tiempo, ese amor lo aterraba. Lo obligaba a enfrentar sus fantasmas, sus demonios internos y los prejuicios que había sostenido toda su vida. Quería rendirse a ese amor, dejarse llevar y corresponderlo, pero estaba muerto de miedo.

—Me he dado cuenta que estar aquí es para mi una tortura. Situaciones como las de hoy me rompen en pedazos y no es eso lo que quiero para mi.

Sebastián sintió una mezcla de felicidad y terror. En ese instante supo que su vida nunca volvería a ser la misma, porque ese hombre frente a él, con su amor lo construía, lo convertía en persona, y contrario a lo que podría esperarse, lo hacía sentir un hombre.

Definitivamente, la mirada de Benicio le daba valor y su amor lo volvía fuerte.

—Tú me dijiste que cuando uno ama a otra persona quiere estar con esa persona. Y ahora me dices que me amas en el mismo momento en que me dices que te vas. ¿Qué clase de amor es ese? —preguntó Sebastián mirándolo con sus ojos enrojecidos.

—Tu me dijiste —la voz de Benicio sonaba particularmente apagada— que hacer el amor solo conmigo por el resto de tu vida era pura mierda. 

Sebastián abrió sus ojos sorprendido.

—¿Qué clase de amor sobrevive a eso?

Sebastián cubrió su rostro con su mano. Algo que se clavaba dentro de su pecho profundamente. Se dio cuenta que había lastimado a Benicio con esas palabras.

—Las condiciones —murmuró sin poder retener sus lágrimas—. No las pusiste para que yo dejara de insistir. Tú esperabas que yo te aceptara.

Sebastián estaba acongojado y secó su rostro una vez más.

—Y yo no lo hice… —agregó pensativo

—No, Seba. Yo no esperaba nada. 

Benicio habló con cariño, lo miró con ternura y sonrió.

—Yo siempre supe que nada de eso era para ti. Solo lo dije para que puedas comparar y notar la diferencia entre lo que yo siento por ti y lo que tú no sientes por mi.

—¿Cómo sabes que no lo siento? —Sebastián secó su rostro.

—Porque siempre me lo has demostrado. Por lo que me has dicho. Porque cuando amagué besarte, no fuiste capaz de resistirlo.

—Eso no es… —Sebastián estaba ahogado por la congoja.

Benicio ya no podía mantener la distancia se acercó a Sebastián y lo abrazó en silencio. Notó que estaba temblando. 

—¿Qué es lo que te pasa Seba? —dijo luego de unos segundos.

—No puedo dejar de llorar —respondió Sebastián y levantó su rostro. 

Percibió el aroma de la loción de afeitar de Benicio y respiró profundo. Una sensación de paz, de felicidad, de completud, lo envolvió por completo.

—Extrañaba tu olor —murmuró. 

Benicio se paralizó. Sebastián le rozó con su nariz la barbilla. Benicio estaba conmocionado. Las palabras de Sebastián lo dejaron sin habla. Sebastián se alejó un poco y ambos se unieron en una mirada profunda, que Sebastián rompió algo avergonzado.

Benicio carraspeó.

—No tienes que preocuparte, ni incomodarte. No voy a darte problemas. 

Benicio intentó recuperar esa distancia que tanto necesitaba.

—No te rechacé porque no quisiera que me besaras. He querido hacerlo desde que estuviste internado.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Benicio sin comprender.

—La primera vez que dormí aquí. ¿Lo recuerdas? —Benicio asintió.

Claro que recordaba esa noche. Sebastian había llegado de madrugada, intoxicado con quien sabe qué cosas, y no paró de vomitar y llorar. Tenía también sus manos hinchadas. Cuando por fin se calmó un poco se quedó dormido.

—Yo había salido con los chicos y un tipo, amigo de mi padre. Tenía buena onda, aunque era bastante mayor. A mis amigos les agradaba y lo pasábamos bien cuando venía.  Comentábamos cosas y reíamos. Él siempre tenía anécdotas muy graciosas para contar. Esa noche en el bar, por alguna razón los chicos se fueron y nos quedamos charlando él y yo. Yo me sentía cómodo. Pero de pronto, no sé cómo, ni porqué, de un momento a otro, su lengua estaba dentro de mi boca y su mano dentro de mi pantalón.

—Santo Dios. 

Benicio dio un paso hacia Sebastián y le tomó el rostro con ambas manos secándole las lágrimas. Sentía a su corazón latir con fuerza.

—Me quedé inmóvil unos segundos —continuó Sebastián—, y luego lo empujé y me le fui encima y comencé a darle puñetazos en el rostro hasta que su cara desapareció. 

—Nunca me hablaste de esto —dijo Benicio en voz baja.

—¿Cómo iba a decirte? Me moría del asco y la vergüenza… ¿Qué ibas a pensar de mí? Además, no quería pensar más en eso. Quería olvidar.

Benicio se estaba desarmando poco a poco. Colgado de la mirada llorosa de Sebastián, se percibía cada vez más débil.

—Ese día te rechacé porque sentí que tu no querías besarme, querías que sintiera lo mismo que aquella vez  —. Dijo bajando su rostro

—¿Pero qué dices? ¡Mírame! —Sebastián lo miró—. Yo jamás haría algo así. 

Benicio respondió algo molesto. Sebastián bajó su mirada una vez más

—Lo sé. Pero tú no querías besarme, tú querías castigarme. 

Benicio se alejó muy lentamente. 

—Y si te dejaba hacerlo, probablemente terminaría sintiendo lo mismo que aquella vez. Por eso te dije que no lo hicieras, porque no quería que fuera así. 

La voz de Sebastián sonaba diferente, sonaba como cuando estaban en la clínica. Benicio se sintió cautivado. Absolutamente incapaz de discernir qué era correcto. Se acercó a Sebastián de nuevo, sin tocarlo. 

Sebastián podía sentir el calor propio y el de Benicio. 

—Y ¿Cómo quieres que sea?

La voz de Benicio sonó casi en un susurro que lo estremeció de pies a cabeza, y su aliento acariciándole el rostro, aceleraron su respiración. Secó su rostro con sus mangas.

—Yo quiero que tu me beses porque deseas hacerlo —murmuró Sebastián.

Benicio notó la agitación del muchacho y se acercó un poco más. Hasta que ese pecho inquieto estuvo pegado al suyo.

—Seba —murmuró incrédulo—, ¿estás hablando en serio? 

Sebastián afirmó en silencio y Benicio sintió una presión enorme en su pecho, algo que lo presionaba dentro de su propia alma. Amaba a Sebastián pero no quería aprovecharse de su vulnerabilidad. Se acercó al muchacho, e intentó besarlo, pero esta vez Sebastián no lo detuvo. Él mismo lo hizo.

—Dime —susurró acariciándole el rostro con delicadeza— Si te beso ahora, ¿me vas a golpear? 

Las lágrimas de Sebastián corrieron por su mejilla una vez más, mientras movía su cabeza a un lado y al otro, negando en silencio. 

Benicio sonrió al ver su pulgar humedecido.

—¿Será que no podremos hablar sin que llores? —preguntó con ternura mientras barría las lágrimas con su pulgar.

—No te burles.

—Si te beso ahora, ¿correrás al baño a vomitar? 

—No —. Respondió acongojado Sebastián

—¡Qué alivio! Porque en verdad, muero por besarte —susurró Benicio deslizando su pulgar húmedo sobre los labios de Sebastián con delicadeza. 

Sebastián cerró sus ojos. Su cuerpo no dejaba de temblar y sus manos se cerraron con fuerza estrujando la camisa de Benicio.

—¿Puedo besarte? 

Casi no hacía falta preguntar. Sebastián, lo aceptaba de todas las formas posibles. Asintió muy suavemente y Benicio alcanzó sus labios.

Sebastián sintió la suave presión, y en ese momento sus piernas parecieron derretirse. Benicio notó que el muchacho se desplomaba en sus brazos y lo sostuvo.

—Seba. Seba ¿qué tienes? —Benicio lo llevó a la cama y lo acostó. 

No tardó en darse cuenta de que estaba dormido profundamente.

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Benicio miraba a Sebastián.

Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, con sus codos apoyados en sus rodillas y sus manos en la cabeza. Su corazón latía rápidamente. Su mente estaba en blanco. El sonido de la vibración de su celular, sobre la mesa de la sala, llamó su atención. 

Miró a Sebastián, aún dormía. El llanto había lavado el maquillaje, y lo demacrado resurgió. ¿Cuánto de todo eso era su responsabilidad? Tenía la sensación de que había hecho todo mal. Cuando creyó que guiaba a un adolescente descarriado, solo lo estaba volviendo vulnerable, dependiente. Nunca había visto a Sebastián tan quebrado. 

Se puso de pie sin sacarle la vista de encima. Sus ojos se humedecieron. ¿Cuánto daño le había hecho? Y como si eso fuera poco, en medio de tanta conmoción, se aprovechó de su estado emocional y lo besó, confundiéndolo aún más. 

No… No tenía perdón.

Tomó el celular y sin ver la pantalla podía adivinar quién era. Alfredo Carrasco no se quedaría tranquilo sabiendo que Sebastián estaba en la casa. Para su sorpresa, no era Alfredo. 

—¡Mierda! —exclamó golpeando su frente con la palma de su mano mientras sostenía el teléfono con la otra— ¡Loki! ¡La puta madre!

Marcó y cuando lo atendieron se disculpó y coordinó el horario para pasar la mañana siguiente por la guardería canina. Cuando cortó, vio que tenía veinte llamadas perdidas de Alfredo. Y en ese preciso instante entraba una nueva llamada. Suspiró y contestó.

 —Buenas noches Alfredo

—¡Qué buenas noches ni qué mierda! —vociferó el viejo— He estado tratando de comunicarme con mi hijo y contigo desde hace rato y ninguno de los dos atiende. ¿Qué demonios es lo que sucede? ¿Por qué está mi hijo en tu casa? ¿Qué no te dije muy claramente que no lo quería ver allí? ¡Pásame con él!

Benicio estaba agotado. Su cabeza no estaba lo suficientemente lúcida como para gestionar adecuadamente lo que estaba sintiendo.

—Está dormido Alfredo. Será mejor que lo dejemos dormir. 

—¡Despiértalo! 

—Mañana podrá hablarle. En este momento es mejor dejarlo descansar, no se ve nada bien, prefiero dejarlo dormir. 

—Hay alguien abajo. Si Sebastián no sale en 10 minutos, subirán por él. 

—No es necesario Alfredo. Yo estoy saliendo. No se preocupe que “la integridad de su hijo” estará a salvo. 

Benicio cortó y sin voltear hacia el cuarto, tomó sus llaves y salió de la casa. Estaba desesperado. Sabía que no debió haber hecho lo que hizo. Se dirigió a la casa de Víctor. Temía por lo que Alfredo podría hacer si se enteraba de lo que había sucedido con Sebastián. 

Pero a lo que más le temía era al desprecio de Sebastián. No estaba seguro de que Sebastián no hubiera tomado algo. Jamás imaginó que llegaría a verlo en ese estado. Que escucharía de él esas palabras. Y tampoco estaba seguro de que al despertar siguiera pensando y sintiendo lo mismo. ¿Qué tal si se arrepentía de todo? ¿Que tal si de pronto Sebastián sentía que él se había aprovechado de la situación?

Víctor le dio algunos consejos. Pero Benicio poco escuchó. Su cabeza seguía dando vueltas alrededor de las sensaciones que estaba descubriendo.

Al amanecer, Benicio regresó a su casa para alistarse para ir a la oficina. Antes de abrir la puerta suspiró. La sala estaba oscura. Agradeció que Sebastián durmiera aún. Dejó la llave en la charola y se encaminó a la cocina a calentar el agua. 

—¿Dónde estabas? ¿Y dónde está Loki? ¿Qué hiciste con él? —La voz retumbó en penumbra. 

Benicio encendió la luz. Sebastián lo esperaba en la sala. Estaba envuelto en una manta, llorando. Benicio se acercó. Se sentía terrible por haber olvidado al perro.

—Seba, yo… Lo siento. 

—¿Lo regalaste? —interrumpió Sebastián.

—¡No! ¡Claro que no! —respondió Benicio muy sorprendido— ¿Cómo haría algo así? Estos días que tuve que ir a la oficina lo estuve dejando en una guardería canina. Lo llevaba en la mañana y lo pasaba a recoger al regresar. Pero ayer, yo… no estaba bien, y olvidé pasar por él. Pero él está bien cuidado. Anoche hablé con las chicas a cargo y quedé en que hoy paso en la tarde a recogerlo.

—¿Dónde estuviste? Y no me digas que saliste a correr, porque sé que no es así. Desperté hace horas y no estabas. No dormiste aquí.

Benicio puso el agua a calentar. Y luego de unos segundos respondió cabizbajo.

—Fui a casa de Víctor. 

Sebastián no dijo nada más. 

Cuando Benicio levantó la vista ya no estaba en la sala. La sensación que lo embargó fue la de ser la peor persona del mundo. Todo lo que hacía, lo que no hacía, lo que decía y lo que callaba, todo terminaba lastimando a quien más amaba.

Nada tenía sentido. Caminó hacia la habitación. Sebastián estaba sentado en la cama. Lloraba en silencio, aunque para Benicio era ensordecedor. Se acuclilló frente al muchacho. 

—Seba. Yo no podía quedarme aquí. Si lo hacía, el hombre que tu padre puso a seguirte hubiera subido por ti.

—¿Y eso qué? ¿Acaso no tengo voluntad? ¿No puedo decidir?

Lo miró con esos ojos enrojecidos y llorosos, rompiendo en pedazos su corazón. Se levantó y se sentó en la cama junto a él.

—Quería dormir contigo anoche —dijo Sebastián en voz baja.

—Dios, Seba —exclamó Benicio.

Estaba sorprendido por las palabras que acababa de oír. La naturalidad con la que ese muchacho decía aquello que jamás pensó que escucharía, era abrumadora.

—Tienes que descansar. Aún no estás pensando con claridad.

—Tengo claro que quería dormir contigo. Yo… desperté y no estabas. Y pensé en lo que dijiste anoche, lo que pasó… —secó sus ojos.

—Y… ¿cómo te sientes al respecto? —preguntó Benicio tímidamente mientras miraba sus manos.

—Desperté y no estabas —repitió el joven, muy dolido—. ¿Cómo voy a sentirme? Abandonado. 

Benicio volteó hacia él. ¿Acaso era real? 

—Solo. Y lleno de preguntas —agregó Sebastián.

—Me refiero a cómo te sientes con lo que pasó ¿Te sientes arrepentido?

—No —. Respondió con seguridad—. ¿Por qué me arrepentiría?

—No sé —dijo nervioso, poniéndose de pie—. Yo no sé cómo te sientes. No sé cómo seguir… no sé nada Seba.

—Acabo de decirte cómo me siento. 

Benicio lo miró. Sebastián se puso de pie y se acercó a él. 

—Tú sí te arrepientes ¿verdad? —preguntó con su rostro entristecido y mojado. Benicio extendió su mano y le secó las lágrimas.

—Cuando te veo así, me arrepiento hasta de haber nacido —dijo Benicio en voz baja. Conteniendo todo lo que sentía.

Sebastián bajó su rostro y Benicio caminó hacia él y lo abrazó.

—Lo siento. Lo último que quiero es lastimarte. No quiero hacerte daño.

Sebastián lo rodeó con sus brazos

—No te vayas, Beni. 

Sebastián estaba acongojado, y el abrazo de Benicio le ayudó a desahogar todo aquello que lo estaba desbordando. Unos minutos después estaba más tranquilo.

Benicio lo condujo a la cama y ambos se sentaron en el borde.

—Necesito que me escuches —dijo finalmente Benicio. 

Sebastián lo miró atentamente.

—Yo te amo, Seba. No he amado a nadie de esta manera. Y sé que no amaré a nadie más. Lo que siento por ti, es para siempre. Yo te veo y me veo envejeciendo a tu lado. 

Sebastián bajó su rostro

—¿Entiendes lo que digo?

Sebastián asintió. Benicio tomó el rostro, húmedo, del muchacho y lo levantó con suavidad. Hablaba lento, y en voz baja. 

—Yo quiero todo contigo. Todo. Pero no puedo quedarme—. Las lágrimas de Sebastián brotaron nuevamente—. Estoy seguro que este tiempo, en que yo esté lejos, va a ayudarnos a ambos a tener las cosas más claras. Lo que yo siento por ti, no va a cambiar. Tú, podrás aclarar tus sentimientos y una vez que ya sepas qué es lo que quieres, podremos tener una charla y decidir cómo seguir.

Las palabras le dolían a Sebastián. Pero a la vez le daban una sensación de paz.

—Yo sé que quiero dormir contigo. Quiero que esta noche me abraces.

—No quiero ser una prueba para ti.

—¡Es que no lo eres! Tú sabes que nunca he dormido con nadie. Excepto contigo. Yo no había pensado antes en la posibilidad de dormir abrazado a alguien más. No se trata de una prueba. Yo… quiero que me abraces esta noche para dormir. Prométeme que esta noche dormirás abrazándome.

Benicio lo miró. No hallaba confusión en esa mirada. Sus palabras eran contundentes y tiraban por tierra todas sus dudas. Recordó de pronto, cuando, siendo tan solo un niño, dormía abrazado a su hermano mayor en el hogar las noches de tormenta. Pero abrazar a Sebastián… Nunca se le había ocurrido. Quería asentir, pero la sola idea de cerrar sus ojos abrazados era tan difícil de construir. Nunca se había atrevido siquiera a pensarlo. 

Quería ver el rostro de Sebastián brillando como siempre, con esa sonrisa hermosa e irresistible que tenía, y esa mirada llena de picardía. Quería verlo feliz. 

Perdiéndose poco a poco en su mirada, se dejó llevar por esa ilusión de abrazarlo y acostarse a su lado, y dejar que el mundo entero a su alrededor se desvaneciera. Definitivamente dormir abrazados era una imagen hermosa que lo llenaba de sensaciones nuevas.

Asintió, pero no sin sentir la mirada asesina de Alfredo pendiendo sobre él como la espada de Damocles.

—Iré a bañarme. Tengo que ir a la oficina.

—Quédate en casa hoy.

—Tengo que ir Seba. Tú quédate y descansa.

Benicio se fue a bañar y Sebastián preparó el desayuno. Luego regresó para avisar que estaba listo y se asomó al baño. Benicio estaba envuelto en una toalla grande, secando su cabello con otra más pequeña. Sebastián se estremeció. El baño estaba lleno de vapor y la piel de Benicio parecía echar humo. Sebastián sonrió sin darse cuenta. ¿Alguna vez había visto algo similar? Imaginó su mano en el pecho de Benicio. Y tal como si el otro lo hubiera presentido, alzó su mirada hacia él. Sebastián sintió que su rostro se enrojecía.

—Ya está el desayuno —dijo nervioso.

Benicio estaba avergonzado. Podía sentir la mirada de Sebastián recorriéndolo. Si bien era una sensación agradable, sentía cierta timidez que le molestaba un poco. Se acercó al espejo y comenzó a rasurarse. Veía a Sebastián detrás de él observándolo, como fascinado. 

Recordó cuando las manos de Sebastián se movían por su rostro, aquella vez que lo rasuró. Ese contacto entre ellos había sido tan intenso. “¿Será que Sebastián también lo sintió así?” se preguntó.

No podía evitar que las palabras de Alfredo taladraran su cabeza. Tendría que verlo en la oficina y eso lo estaba inquietando. ¿Acaso podría ocultar todo lo que había sucedido? La mirada de Sebastián lo mimaba. Mientras que al imaginar la de Alfredo, sentía que lo despellejaba. La de Sebastián lo estremecía, la de Alfredo lo congelaba.

Secó su rostro y se puso loción. Sebastián estaba en el umbral de la puerta. No se movió. Benicio se acercó a él. Se sentía profundamente movilizado por la mirada de ese muchacho que aún no se despegaba de él. Se detuvo frente a Sebastián, que deslizó su mirada por el pecho de Benicio. Quería tocarlo, pero su cuerpo no se movía, solo temblaba. Estaba agitado y su rostro se sentía muy caliente. 

Benicio estaba embelesado. 

—Deberías acostarte y dormir un poco—. Dijo en voz baja.

Sebastián asintió en silencio

—¿Pasa algo? —preguntó.

Sebastián negó en silencio.

Benicio le tomó el rostro y buscó su mirada. Deslizó su pulgar por los labios de Sebastián. Se inclinó hacia él y luego se detuvo.

—¿Puedo besarte? —Sebastián asintió. 

Benicio alcanzó su boca y la besó suavemente. Podía sentir que Sebastián temblaba. Se apartó lentamente y lo miró. Sebastián abrió sus ojos y mostró una expresión que Benicio desconocía. ¿Timidez? ¿Vergüenza? ¿Picardía? Sea lo que sea le resultó extremadamente irresistible.

—¿Estás bien? —Su voz sonó más profunda. 

Quizás por todo lo que estaba conteniendo dentro de su pecho. Quizás por todo lo que estaba callando.

—Sí —dijo Sebastián sintiendo que se estremecía de pies a cabeza.

—Tengo que vestirme —exclamó Benicio. 

Sebastián asintió en silencio y lo vio caminar hacia el guardarropas. 

Se quitó la toalla de la cintura y la dejó en el perchero cerca de la ventana. En boxer tomó la ropa y comenzó a vestirse. Aún de espaldas, Benicio podía sentir la mirada de Sebastián sobre él. Era extraño, se sentía nervioso, pero no le desagradaba para nada. 

Desayunaron juntos. Sebastián quiso ir por Loki, pero Benicio le insistió en que descanse, que él lo traería al regresar. Y antes de irse le reiteró que durmiera. Sebastián asintió con una sonrisa y cerró la puerta detrás de Benicio.

•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••

Era temprano. A esa hora no solía haber nadie aún en la oficina. El silencio era más que necesario en ese momento para Benicio. Necesitaba pensar con claridad. La humedad de los labios de Sebastian envolviendo los suyos lo estaba volviendo loco desde que salió del departamento. Su mente no lograba enfocarse y su cuerpo no escuchaba órdenes. 

La puerta se abrió y una figura que parecía monstruosa atravesó el umbral acercándose a él, mirándolo con furia. Benicio se puso de pie. Su corazón a punto de explotar en el pecho, sonaba tan fuerte que seguramente el condenado viejo lo estaba escuchando también.

—Alfredo, buenos días.

—Sí que tienes agallas, muchacho —dijo con una voz gélida que lo congeló.

Benicio permaneció en silencio. Alfredo se acercó aún más.

—¿Cómo te atreves a decir algo como lo que dijiste? ¡Y encima a cortarme! ¡¿Pero quién mierda te crees que eres?!

El viejo Carrasco estaba realmente furioso. Benicio seguía en silencio. Su mente estaba perdida entre miles de ideas y sensaciones… Apenas recordaba lo que le había dicho la noche anterior. Todo él estaba lleno y desbordado por Sebastián.

—Te quiero en mi oficina en media hora y no te atrevas a demorarte.

El viejo salió y Benicio se dejó caer en el sillón del escritorio. Peinó su cabello y suspiró. Alfredo estaba en todo su derecho de molestarse. Benicio tenía muy claro que había faltado a su palabra. La noche anterior, ese beso, pudo haber sido un error, un desliz… pero esa mañana. 

Aún podía saborear la boca temblorosa de Sebastián. 

Se levantó apesadumbrado. Inquieto. No podía ir a hablar con Alfredo con esas imágenes en su mente. Intentó calmarse y en cuanto lo consiguió subió a lo que, por un momento, percibió como un cadalso.

Golpeó tímidamente la puerta. La culpa lo estaba aplastando. Luego de escuchar la voz indicándole que entrara, respiró hondo y entró. El escrutinio en la mirada de Alfredo se sumaba a esa sensación que lo estaba consumiendo.

—Siéntate —ordenó el viejo. 

Su voz ya no sonaba tan fría como antes. Benicio se sentó y lo observó en silencio.

—Esta situación no me agrada. 

—Alfredo, yo…

—No quiero que hables. Quiero que escuches. Voy hablarte como hombre y como padre. Y si bien no espero que me entiendas, porque no eres ni lo uno ni lo otro, espero que por lo menos, puedas reconocer la gravedad de tus actos.

Las palabras de Alfredo cayeron sobre Benicio como una montaña de rocas que lo aplastaba aún más. A la certeza de haber hecho todo mal, de haber traicionado la palabra empeñada, y la vergüenza que eso le provocaba; ahora se sumaba el miedo que se instaló en su pecho, temiendo las consecuencias de sus actos para Sebastián y el juicio implacable de Alfredo. 

Pero más allá del miedo y el remordimiento, había una resignación amarga. Sabía que no podía cambiar lo que había hecho, y esa locura que lo inducía a volver por más, lo estaba atormentando. Miró a Alfredo con ojos cansados, intentando mantener la compostura mientras su mente seguía atrapada en la maraña de emociones que Sebastián había desatado en él.

Alfredo continuó.

—Me siento defraudado. Sabes muy bien que mi confianza en ti fue tal que llegué a pensar en dejarte a cargo de todo, por encima de mi propia sangre. Pero me has defraudado y hoy estoy seriamente preocupado por Sebastián. He de reconocer que todo este tiempo has hecho tu trabajo de manera impecable. Sin embargo, últimamente has incurrido en un error tras otro. Lo que has hecho con mi hijo, —el viejo se inclinó sobre el escritorio— es imperdonable. Ya no siento que tu lealtad esté conmigo, y eso es inaceptable.

Benicio sentía una angustia profunda que lo estaba asfixiando. El viejo se puso de pie y comenzó a caminar en silencio, de espaldas a Benicio.

—Llevo tiempo pidiéndote que pongas distancia. Que lo alejes, que lo saques de tu casa. 

Se volvió hacia él y lo miró con desprecio

—Que lo saques de tu cama —dijo apretando los dientes—. Y tú no hiciste nada.

Las palabras de Alfredo no eran mentira, sin embargo sonaban muy diferente a lo que en realidad ocurría. 

—Poco a poco has enredado a mi hijo en tu porquería. Lo has vuelto un perro faldero que no puede estar lejos de su amo… Y no conforme con eso, te aprovechas de su vulnerabilidad. 

Alfredo miró por su ventana el galpón

—Ahora que ese idiota no sirve para nada más que para seguirte, me pides un traslado. Vas a irte de aquí, a sabiendas de que él irás detrás de ti. 

Benicio estaba espantado. “¿De qué está hablando?”, se preguntó. “¿perro faldero?”, “¿amo?” dolía la forma en que ese hombre se refería a su hijo. “¿Idiota que no sirve para nada más que para seguirme?”

—Naturalmente no voy a permitir que continúes cerca de mi hijo, pero no te vas a ir así nada más. Antes, tienes que solucionar esto.

—No comprendo.

El viejo se volvió furioso. Caminó hacia Benicio. Benicio se estremeció. Si las miradas pudieran matar, esa mirada lo hubiera aniquilado.

—¿Acaso vas a decirme que ese hombre patético que está en tu casa en este momento, es el mismo Sebastián que yo puse en tus manos? 

Benicio quedó mudo. Las lágrimas de Sebastián cayeron una a una sobre él. 

No. 

Sebastián no era el mismo. 

Él había notado el cambio en Sebastián, pero no estaba seguro de que fuera tan patético como Alfredo lo percibía. De pronto se preguntó si se hubiera enamorado de esa manera de no haber habido un cambio en él. La duda lo embargó por completo. Decenas de interrogantes invadieron su mente, pero lo que más fuerte resonaba era ¿qué responsabilidad tenía él en el cambio de Sebastián? 

Su pecho comenzó a moverse más rápidamente. La angustia que lo oprimía se le hacía casi insoportable. Pero no podía flaquear ante ese hombre. Alfredo no tendría compasión. Intentó calmarse.

—El mes entrante se llevará a cabo la reunión de Directorio del Holding. Lo van a hacer trizas —gritó Alfredo—. ¡Maldita sea! Quiero recuperar a mi hijo. Y para eso tú tendrás que hacer tu parte. 

Alfredo volvió a su sillón, tomó de uno de los cajones una caja y la puso sobre el escritorio. 

—Este es un teléfono nuevo. Vas a dejarme el tuyo. Vas a usar sólo este. 

—Mi teléfono no es de la oficina, Alfredo. Es mío.

—Eso no me importa. Este celular tiene un número nuevo y sólo mi número está agendado. Tienes prohibido decirle a Sebastián tu nuevo número o adónde irás, no puedes volver a contactarte con él. Y por supuesto, esta conversación no puede ser del conocimiento de mi hijo.

Benicio no decía nada. Su mente se llenaba de preguntas, de imágenes y de sensaciones. Alfredo no dejaba de hablar. Dormir abrazados para luego desaparecer… Para hacerlo sentir abandonado una vez más… Cada palabra de ese hombre calaba más hondo en el alma ya bastante lastimada de Benicio.

—Esta noche habrá una cena en casa. Los Montenegro y nosotros nos reuniremos para fijar la fecha de la boda. Como comprenderás, dadas las circunstancias, la unión debe efectuarse antes de la reunión del Holding. Por lo tanto esta noche pondremos fecha para dentro unos días.

Benicio sintió que sus tripas se retorcían. Sabía que entre Haydée y Sebastián no había nada, pero no podía dejar sentir una profunda tristeza.

—Tú, vas a estar ahí y le vas a decir que lo mejor que puede hacer es aceptar. Y le dirás que no ves la hora de que se case para poder irte de una vez y hacer tu vida —. Benicio miró al viejo casi con desesperación

—Alfredo, eso…

—Vas a romper tu vínculo con él de la manera más cruda —sentenció Alfredo—. Lo vas dejar muy claro: tú solo estabas cumpliendo con mis órdenes. Y vas a desaparecer de su vida. Para que él pueda retomar su camino.

—No quiero lastimar a Sebastián. 

—Lo que quieras o no me tiene sin cuidado. Necesito recuperar a mi hijo. Lo quiero al frente del Holding. Y para eso tú tienes que salir de su vida. Una vez que te vayas, él volverá a ser el que era. 

El viejo se inclinó sobre el escritorio. 

—Pero si falla en la reunión de Directorio, o si rompe su compromiso, me voy a ver obligado a tomar cartas en el asunto.

—¿Por eso no ha aceptado mi renuncia?

—Siempre he admirado tu perspicacia —dijo burlón—. Lamento que no la hayas utilizado correctamente. Entrégame tu celular. 

Benicio no dijo nada. Lo miró pensativo.

—No me obligues a repetir las cosas, sabes que no me agrada.

Benicio se puso de pie. Mientras lo hacía, sentía que todas sus emociones se amontonaban dentro de él armándolo con un valor que desconocía. Sacó su celular del bolsillo y lo dejó en silencio sobre el escritorio. Alfredo miraba el aparato con una sonrisa socarrona en sus labios. Benicio sintió una indignación que lo estaba asfixiando. 

—Usted tiene razón en algo, mi lealtad no está con usted.

La sonrisa de Alfredo desapareció de su rostro. Su mirada gélida y cargada de odio cayó abruptamente sobre Benicio.

—Mi lealtad está conmigo. Soy leal a mi mismo —continuó el hombre.

—¿Qué quieres decir? —Alfredo estaba furioso.

—Coincido en que es mejor que me vaya. Y de hecho, es lo que haré. Pero de ninguna manera, voy a lastimar a Sebastián.

Alfredo entrecerró los ojos. 

—Hablaré con él y dejaré muy claras las cosas. No le diré dónde estaré, e interrumpiré el contacto. Pero no voy a traicionarlo. No le diré que lo mejor es que adelante la boda, ni que todo lo que hice fue solo cumplir sus órdenes… no voy a mentir, Alfredo. 

Alfredo golpeó el escritorio y se puso de pie

—¿Qué demonios estás diciendo? —gritó—. Siempre has cumplido mis órdenes.  

Benicio no se inmutó. Permaneció tranquilo, calmado y miró a su jefe a los ojos. Alfredo estaba furioso, y la tranquilidad de Benicio lo irritaba aún más.

—Yo solo he seguido sus indicaciones, cuando consideré que eran lo mejor para Sebastián. Como le dije anteriormente, mi lealtad está primero conmigo, siempre. Y si en algún momento le he sido leal a usted, fue porque sus intereses y los míos estaban alineados. 

—Estás yendo demasiado lejos, muchacho —sentenció el viejo Carrasco.

Luego de unos segundos de silencio, Benicio continuó.

—Es evidente que usted no puede ver realmente a Sebastián. Y eso, lejos de preocuparme, me entristece. Porque él ha hecho todo lo que usted ha querido. Y aún así, usted no es capaz de ver el potencial de su hijo. Tan solo escúchese, lo ha llamado “perro faldero”, ha dicho que es un ”Idiota que no sirve para nada más que para seguirme”. Usted no tiene ni idea del hijo que tiene. Yo hablaré con él para que haga lo que debe hacer en la reunión de Directorio. Respecto de la boda, yo fui quien le aconsejó hablar con la señorita Haydée y establecer los tiempos entre ellos dos. No voy a ir en contra de mis propias palabras ahora. 

Benicio respiró profundamente y se acercó al escritorio. Estaba muy convencido de lo que diría. Pero no podía dejar de pensar en las represalias que implicarían.

—En cuanto a lastimar a Sebastián, no voy a participar en eso. No haré nada que lo orille a caer en el vicio de nuevo. Lleva meses limpio. Con conductas poco menos que intachables. Conductas que, por supuesto, serán de peso a la hora de enfrentar a los Apóstoles.

Alfredo estaba atónito. Conocía muy bien a Benicio. Su mirada, su forma de analizar las situaciones, lo habían convertido en una especie de as bajo la manga. Jamás imaginó que todo ese poder se volvería en su contra. Siempre pensó que lo tendría controlado. Y en ese momento realmente titubeó.

—Me cuesta creer que prefiera verlo caer en la droga o en el alcohol, perderse con las mujeres, poniendo en riesgo todo lo que ha logrado hasta ahora, solo porque considera que eso es “ser un hombre”. Usted me dijo hace unos minutos que me hablaría como padre y como hombre. Déjeme decirle que sus acciones el día de la fiesta de cumpleaños de Sebastián, fueron muy elocuentes: como padre, deja mucho que desear. Como hombre, es realmente patético. 

Alfredo estaba sin palabras. Benicio giró en silencio y se dirigió a la puerta.

—Hay una clínica —dijo Alfredo—. En la que se realizan tratamientos de reprogramación mental, son algo violentos, e invasivos. Pero responden a las necesidades de quienes quieren sacarse de encima tendencias nocivas para su salud. 

—Su hijo no necesita eso. Alfredo, él está limpio. —insistió Benicio.

—Tal vez de los vicios… pero no de ti. 

Benicio lo miró sin comprender a qué se refería.

—Vuélvete a acercar a él y te juro por mi vida que no voy a dudar en meterlo ahí hasta que le quiten de su cabeza esas ideas asquerosas que tiene contigo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Benicio. Sus manos comenzaron a temblar y sin decir nada salió de la oficina. Avanzó sin darse cuenta, de memoria, sin pensar. Atrapado por las palabras de Alfredo, llegó a su oficina. No podía imaginar siquiera a Sebastián pasando por algo así.

La jornada se le hizo interminable. Le costaba mucho concentrarse, por lo que pidió no ser interrumpido ya que necesitaba dejar las cosas administrativas en orden antes de irse.

Su secretaria notó que no estaba del todo bien y le acercó un té. También le entregó unos mensajes de Sebastián y otros llamados que tuvo. Benicio llevó su mano a la frente y suspiró. Tomó el teléfono y llamó a Sebastián. El muchacho se oía algo ansioso. Benicio apretó su entrecejo. Le dijo que estaba atareado alistando las cosas previo al viaje. Sebastián, más tranquilo, comprendió. 

—Estoy ansioso esperando que salgas, que llegues a casa, que llegue Loki y que llegue la noche… 

Benicio respiró profundo, se despidió de Sebastián con calma. 

La hora no pasaba más. Benicio recogió las cosas y preparó todo para irse. Casi dos horas antes de su horario habitual de salida, pero sentía que ya no podía estar allí. Salió de la oficina con su maletín y se acercó al escritorio de Blanca.

—Hoy saldré un poco antes. Ya no estaré aquí el lunes, por lo que nos comunicaremos telefónicamente, preferentemente a la oficina. Usted tiene el número de la sucursal de Mendoza.

La mujer asintió. 

Benicio salió de la empresa y se dirigió a la guardería canina para recoger a Loki. Estaba consternado. Se esforzaba por dejar a un lado las palabras de Alfredo, pero su mente no dejaba de atormentarlo.

Antes de abrir la puerta respiró profundamente. Necesitaba valor para afrontar lo que venía. Y fortaleza para no quebrarse a mitad de camino. Acercarse a Sebastián era imposible, solo lograría que su padre interviniera y no sería bueno para ninguno de los dos. 

Sebastián quería que durmieran juntos, abrazados. Alfredo no lo permitiría. Y él no estaba dispuesto a provocar que Sebastián fuera recluido en una institución como la que Alfredo había mencionado. Sin dudas lo mejor era irse antes que Sebastián regrese. El pasaje estaba en su bolsillo. Lo único que aún no conseguía reunir era el valor de decirle a Sebastián.

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Benicio entró en la casa en silencio. El aroma a comida casera lo envolvió por completo borrando todas las ideas de su mente. Sintió una calidez familiar que casi había olvidado. Loki correteó por la sala y Benicio enmudecido observó a Sebastián que preparaba la cena. 

Su corazón dio un vuelco. Estaba inmóvil admirando la escena. El olor a especias y carne asada, el sonido de los utensillos. Todo eso componía una imagen que lo hizo sentirse en casa, como si por fin hubiera encontrado su refugio, su lugar en el mundo. 

Cuando Sebastián volteó hacia él con esa sonrisa, la misma que Benicio ya no podía resistir, su pecho se llenó de una mezcla de dicha y desesperación. Nunca antes, había sentido tanto, pero ahí estaba Sebastián, desatando esa locura dentro de él, con sus ojos brillantes y una expresión que parecía decir "todo estará bien". Acallando cualquier miedo o titubeo. 

—Llegaste… —dijo Sebastián, claramente emocionado mirando a su amigo.

El cachorro, al oír su voz corrió hacia él.

—¡Ey! ¡Loki! —rió Sebastián, mientras el perro saltaba sobre él, saludándolo con entusiasmo.

La risa de Sebastián llenó la habitación y resonó en el pecho de Benicio. Ver a Sebastián abrazar al animal, tan feliz y despreocupado, lo llenó de satisfacción. No lo dejaría solo después de todo. Se permitió una sonrisa, como si el peso de las palabras de Alfredo se aligerara un poco. Al menos por un instante.

Sebastián miró a su amigo y le habló con sinceridad.

—Gracias por cuidarlo estos días.

Benicio no podía articular palabras. Tenía que decirle que viajaría esa noche y no conseguía reunir ni el coraje ni las palabras adecuadas. Sebastián se acercó para saludarlo, y Benicio dio un paso atrás. El joven lo miró sorprendido.

—¿Qué haces? —preguntó Benicio con seriedad mirando al muchacho.

Por más que se esforzaba por evitarlo, las palabras del viejo lo seguían atormentando “Vuélvete a acercar a él y te juro por mi vida que no voy a dudar en meterlo ahí hasta que le quiten de su cabeza esas ideas asquerosas que tiene contigo.”

—Voy a saludarte —respondió Sebastián desconcertado.

—¿Después del perro? 

Su mente rápida le dio una respuesta que sacaba de escena lo que no tenía cabida en esa casa. 

Sebastián sonrió

—¿Qué? —preguntó incrédulo ante el reclamo.

—¿Pretendes saludarme después de tocar y besar al perro? ¡Es asqueroso!

Benicio estaba de pie en su lugar, claramente molesto. Sebastián se le acercó con su mirada llena de picardía y una media sonrisa que Benicio conocía muy bien. 

—La próxima vez, corre hacia mí moviendo la cola, y te tocaré y te besaré primero —le dijo y guiñó un ojo.

Habló en voz baja y su aliento se estrelló contra la piel y la cordura de Benicio. Un sinfín de emociones, impulsos y temores se arremolinaban en su pecho. Su rostro se enrojeció de pronto.

—Qué descarado eres.

Sebastián lanzó una carcajada.

—Iré a lavarme.

Benicio lo vio dirigirse al baño y el corazón en su pecho comenzó a latir de una manera casi dolorosa. Si esa era la última noche que pasarían juntos, hasta su regreso, no dejaría que Alfredo Carrasco la arruinara. Un par de minutos después, Sebastián regresó sonriendo y se acercó a él. 

—¿Ahora si? —preguntó risueño—. Todo el día he esperado que regreses a casa.

Benicio dejó, finalmente, su maletín  en el sofá y se acercó a Sebastián. Llevó la mano derecha a su rostro y lo acarició. Ya no se veían tan oscuros sus ojos.

—Debiste descansar un poco más—dijo Benicio en un tono muy suave.

—Lo hice, entre llamado y llamado de mi padre. Es que ese hombre nunca desiste. Cuando me cansé de que me llamara apagué el celu, y el tipo ese que está abajo me dijo que atendiera el teléfono.

—¿Subió?

—No, tocó el timbre y cuando respondí me dijo eso. Así que atendí.

Benicio se acercó un poco más y pasó su pulgar por encima de los labios de Sebastián, muy suavemente. 

—¿Puedo besarte? —Sebastián asintió sonriendo.

Claro que podía. Llevaba todo el día ansiando que regrese. Quería abrazarlo, besarlo y sentirlo. Pero por alguna razón cuando ese hombre lo miraba de esa manera, lo tocaba de esa manera y lo besaba de esa manera comenzaba a temblar. Benicio se separó muy lentamente de esa boca y apoyó su frente en la de Sebastián. Ambos cerraron los ojos.

—Yo también quería llegar a casa —susurró Benicio.

—Preparé la cena —susurró Sebastián.

—Huele deliciosa. 

El aliento de uno en el rostro del otro los estremecía a ambos por igual.

—Pero tú tienes una cena en casa de tu padre —dijo Benicio.

Sebastián se apartó de él lentamente. 

—¿Te lo dijo? —preguntó molesto. 

Benicio asintió. Sebastián se alejó refunfuñando

—No paró de llamarme en todo el día. Este tipo es insufrible. Ahora resulta que tengo que ir a una cena y no puedo no ir porque estará Didí y no quiero desairarla.

Sebastián no ocultaba su enfado ni su impotencia. Benicio bajó su rostro. Sabía cuál era el objetivo de esa cena y no podía dejar de sentir un profundo dolor en su alma. Sebastián al verlo se acercó a él y le tomó el rostro con ambas manos. Buscó su mirada y le habló con seguridad.

—¿Qué es esa cara? Sabes que Didí solo es una buena amiga. ¿verdad?

Benicio movió su cabeza afirmando, en silencio y sonrió. Una sonrisa llena de una tristeza que Sebastián no logró descubrir.

—Muero de hambre —dijo unos segundos después Benicio.

Intentó cambiar el tema y aligerar un poco las cosas porque todo se estaba volviendo insoportable.

—Bien, la cena está lista, ve a cambiarte, mientras voy sirviendo.

Sebastián cenó con Benicio. Poco le importaba tener que asistir a la cena de su padre, él quiso que esa noche fuera especial. Y finalmente lo fue. Cenaron en armonía y conversaron de diversas cosas. 

Entre ellas, Benicio aprovechó para darle indicaciones para la reunión de Directorio. Sebastián no estaba interesado en nada de eso, pero escuchó atentamente, porque vio que para Benicio era muy importante.  También le sugirió una vez más, que no confrontara a su padre, algo que a Sebastián solía molestarle mucho, porque sentía que le estaba pidiendo que cediera ante él.

Sebastián por su parte, le habló a Benicio de cómo se había sentido, de lo bien que le había hecho dormir allí, y cómo había seguido atentamente las indicaciones del tutorial, para cocinar. También le dijo con una frescura inusitada, que no podía esperar para dormir abrazados. Benicio podía ver la emoción en sus ojos, y en su sonrisa cuando Sebastián hablaba de dormir abrazados. 

Eso le dio la amarga certeza de que esa noche le rompería el corazón. No solo porque se iría sin cumplir la promesa que había hecho en la mañana, sino porque no estaba seguro de poder cumplir alguna vez con su palabra.

Acabada la cena, mientras Sebastián se alistaba para ir a casa de su padre, Benicio limpió la cocina. Buscaba en su mente las palabras adecuadas. Pero no fue capaz de encontrar la manera de decir lo que necesitaba que Sebastián supiera. 

No podía decirle que su padre adelantaría la boda, o que amenazó con internarlo, y mucho menos que le quitó su propio celular. No quería generar asperezas entre padre e hijo, por el contrario, aspiraba, quizás demasiado ingenuamente, a que encuentren el equilibrio entre ellos, y en lo personal solo quería la aceptación de Alfredo.

Sebastián salió del cuarto y caminó hacia la puerta.

—Bueno, me voy. Quiero sacarme esto de encima de una vez por todas.

—Seba, escucha. 

Benicio secó sus manos y se acercó lentamente. 

—Recuerda lo que hablamos. 

—Sí. Sí, ya sé. No confrontaré con él. Haré lo que tú me dijiste. 

Sebastián apoyó su mano en el pecho de Benicio y le sonrió

—Pero solo para que tú te quedes tranquilo.

—No menciones que sabes dónde iré. Tu padre me pidió que no te dijera y le dije que no lo haría. —Sebastián asintió—. Y recuerda todo lo que hemos hablado. 

—No te preocupes. No haré nada que evite que esta noche sea especial. 

Benicio asintió en silencio y se acercó a Sebastián. Sentía una presión en su garganta que le impedía hablar. Tomó el rostro de Sebastián y susurró muy cerca

—¿Puedo besarte?

—Si, puedes.

Benicio lo beso con ternura, y no pudo ocultar el temblor en sus labios.

—¿Pasa algo? —preguntó Sebastián en voz muy baja. 

—No —respondió Benicio casi sin aliento—. Y ya vete que llegarás tarde. 

—Volveré temprano —dijo el muchacho y se acercó a Benicio.

Le dio un pico y salió del departamento. 

La puerta se cerró detrás y Sebastián se dio cuenta de lo que había hecho. Llevó sus manos a su boca y tocó sus labios. No había pedido permiso. Fue un impulso. Su cuerpo se movió sin que él pensara antes. Sonrió. Su corazón latía rápidamente. 

Corrió escaleras abajo. Iba a la casa de su padre, y no podía recordar una vez en la que se hubiera sentido tan feliz yendo a casa de sus padres. Sólo podía pensar en regresar y que Benicio lo abrace para dormir 

Sin embargo, en el departamento, el mundo parecía derrumbarse a pedazos. Con sus manos empuñadas en su frente, Benicio estaba intentando controlar la angustia que lo estaba asfixiando. 

No se permitió llorar. 

No tenía ese derecho. 

Alzó su rostro y se dirigió al cuarto, terminó de empacar lo último que quedaba y salió rumbo al aeropuerto.

•• <<────≪•◦⚜◦•≫────>> ••

Sebastián respiró hondo ante el portón. La enorme casa de su padre, con su fachada imponente y sus jardines perfectamente cuidados, siempre le había parecido intimidante. Quizás porque nunca logró sentirse en su casa. Esa noche no fue diferente. El portón se abrió y al entrar el guardia de seguridad lo saludó. Condujo lentamente por el camino hacia la mansión. 

Miró su reloj. Calculó que no estaría allí más de una hora. A medida que se acercaba su ánimo iba decayendo. Se repitió una y otra vez en su mente “Sólo una hora”. Y con esa idea a modo de mantra, estacionó y caminó hacia el portal. 

La sala estaba iluminada por una luz cálida. Sonrió con cierto dejo de alivio al ver a Arturo y su familia sentados. Se acercó y los saludó con amabilidad. 

Saludó a su madre y a su padre y se sentó a conversar con sus tíos y primos. El hijo más chico de Arturo, cuatro años menos que Sebastián, acababa de venir del extranjero y si bien no se habían llevado bien desde hacía años dado que tenía inclinaciones algo homosexuales, esa vez lo saludó y habló con él cordialmente.

Poco después llegaron los Montenegro. Alfredo se puso de pie y recibió a los invitados. Hizo servir un pequeño refrigerio. Sebastián observó a Didí. No la conocía mucho, pero no pudo evitar notar que algo no estaba bien. La joven se acercó y lo saludó con una sonrisa que no se veía nada genuina. No le habló, ni lo miró a los ojos. Él notó que, mientras conversaban y degustaban los bocadillos y la bebida, la joven se mostró callada y con su mirada perdida en el suelo.

Cuando avisaron que la cena estaba lista, Alfredo los invitó a pasar al comedor. Sebastián se puso de pie y cuando Haydée pasó por su lado la detuvo reteniéndola a su lado. Los demás pasaron y él la miró fijamente.

—Didí… ¿todo está bien?

Ella asintió con una mueca que quizás simulaba una sonrisa. Caminó detrás de sus padres y se sentó junto a ellos. Sebastián no estaba conforme. Esa joven no era la Haydée que él conocía. Algo pasaba con ella.

Cuando Sebastián entró en el comedor todos estaban acomodándose y la silla a la derecha de su padre estaba destinada para él. 

Suspiró.

El ambiente era tenso, pero ambos intentaban mantener las apariencias. La conversación inicial fue superficial, hablando del clima y de eventos recientes. Sin embargo, Alfredo no tardó en dirigir la charla hacia un terreno más personal e incómodo.

—Entonces, Sebastián, ¿cómo van las cosas con Haydée? —preguntó Alfredo con una mirada inquisitiva. 

Sebastián sintió que un nudo se formaba en su garganta, pero mantuvo la calma. 

—Todo va muy bien, papá. Agradezco tu preocupación. 

Sebastián continuó con naturalidad atendiendo a su plato y a la charla sobre la estadía de su primo en el exterior. Pero Alfredo no estaba conforme.

—Lo cierto es que últimamente hemos estado viendo en las columnas de sociales de revistas y televisión que han hecho varias notas sobre ustedes. Por eso con Rogelio pensamos que ya es hora de avanzar con la boda.

La cena continuaba, pero la tensión era palpable. 

—De eso se trata papá —respondió Sebastián.

—Pues, como en unas semanas se realizará la reunión de Directorio, creo que lo mejor es que llegues a ella casado, incluso luego de tu luna de miel. Pensamos que podríamos hacer la boda la semana entrante, y estamos aquí para ultimar los detalles. 

Sebastián se rio burlón.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó incrédulo. 

Haydée estaba callada, no se atrevía ni a levantar la mirada. 

—Por supuesto que sí —, replicó Alfredo con firmeza. 

Sebastián estaba claramente perturbado. Las miradas de la mesa cayeron sobre el muchacho. Mantuvo la calma y recordó el no confrontar con su padre. 

—Me parece —dijo Sebastián luego de limpiar su boca y dejar la servilleta en la mesa—, que ninguno de los dos está teniendo en cuenta una cosa muy importante… la fecha en que nos casaremos la decidiremos nosotros, no ustedes.

—Bueno, llevan unos meses comprometidos y aún no han mencionado el tema —intervino Rogelio Montenegro.

—¿Y eso no les sugiere que aún no es el momento? —preguntó Sebastián.

—Temo que para ti nunca sea el momento —dijo Alfredo, con sarcasmo.

Sebastián miró a su padre seriamente. Arturo estaba sorprendido.

—¿Tú no lo entiendes verdad? Aunque francamente me sorprende que ustedes dos —dijo mirando a los padres de Haydée— estén de acuerdo con esta locura.

—Ilumínanos… —dijo Alfredo con su sonrisa socarrona.

—En primer lugar —Sebastián se expresaba pausado y con calma—, un matrimonio a las apuradas, siempre deja muy mal parada a la mujer. Si nos casamos la semana próxima, lo más probable es que se susciten comentarios suspicaces respecto de la virtud de Haydée.

La madre de Haydée abrió sus ojos espantada y comentó algo al oído de su esposo. Alfredo estaba furioso. No sólo por la inusitada elocuencia de su hijo, sino porque no podía rebatir ese argumento ya que sabía muy bien que era verdad. Haydée miró a Sebastián. Fue una fracción de segundo en que sus miradas se cruzaron, pero a él le bastó para darse cuenta que ella estaba de acuerdo y aprobaba lo que estaba diciendo. Por primera vez en la noche, vio en esa joven un destello de lo que solía ser.

—Por otro lado, —dijo mirando el iracundo rostro de su padre—, tú y yo sabemos que esta unión, al único que beneficia es a mi. Tener a Didí a mi lado no solo me eleva socialmente, sino que también me eleva moralmente, puesto que ella en sí misma implica una clara mejora de mi reputación.

—Eso es una falacia —espetó Alfredo.

—¿No es esa la razón por la que quieres que llegue casado a la reunión de Directorio?

Alfredo miró en silencio a su hijo. Con sus ojos entrecerrados “¿En qué momento perdí el control de la conversación?”, se preguntó. Era absolutamente inaceptable. 

—Para ella no es igual —continuó Sebastián—. Casarse conmigo, después de mis deslices públicos, solo es una mancha. A menos que yo pueda demostrar que estoy a la altura. Para lo cual necesitaría un poco más de tiempo, hasta que todo aquello esté fuera de la memoria social.

Arturo sonreía maravillado. Alfredo estaba a punto de estallar. Podía reconocer a Benicio en las formas en las que su hijo se expresaba, en la selección de palabras, y hasta en la mirada. Sentía asco y contuvo el impulso de golpearlo de revés, no porque no creyera que fuera apropiado, sino porque estaban los Montenegro en la mesa.

Sebastián bebió de su copa y luego miró a su padre.

—No es apropiado que intervengas en mi vida, papá. 

—Si no intervengo, probablemente intentarías casarte con Benicio.

En un primer momento, Sebastián sintió que su mundo se derrumbaba ante las ácidas palabras de su padre.. Lo miró intentando comprender a dónde quería llegar. ¿Humillarlo? ¿Ridiculizarlo frente a su prometida y su familia? ¿Hacerle sentir vergüenza por querer estar cerca de Benicio? 

Luego pensó en el día anterior. En la forma en que le dijo que lo amaba. Recordó las palabras suaves, los besos que habían compartido. Y, fundamentalmente, las recomendaciones.

Sonrió. 

—Fijate, papá, que si él me hubiera aceptado cuando se lo propuse, no estaríamos teniendo esta conversación.

Alfredo abrió sus ojos y respiró profundo. Su rostro no dejaba claro si su pecho se hinchaba de aire o de ira. De ambas seguramente.

—¿Quién es Benicio? —la voz dulce y apocada de la madre de Haydée pareció cortar un poco el ambiente.

—Benicio es el hombre de confianza de mi tío —, intervino Elías, el hijo menor de Arturo—. Ha sido el tutor de Seba y mío, desde hace años. 

Sebastián volteó hacia su primo “¿Desde cuándo Benicio fue tutor de ese mocoso?” se preguntó molesto. Elías sonreía mientras le informaba a la Sra. Montenegro quién era Benicio, su formación y sus cargos en el Holding y la distribuidora.

—Conozco a ese hombre desde hace tiempo pero nunca creí que tuviera la relevancia que tiene —acotó Rogelio— ¡Hasta parece que es un buen partido! —bromeó

Alfredo sonrió, por compromiso. 

Sebastián sonrió y miró a Didí, que también sonrió tímidamente, un poco más distendida y le dio una mirada comprensiva. Sabía que a pesar de todo, no estaba solo en esto.

—De ninguna manera —dijo Alfredo—. Es solo un huérfano que estudió un poco más que otros. 

Sebastián volteó hacia su padre y lo miró seriamente. Elías quiso intervenir pero Arturo lo detuvo.

—¿Y cómo es eso de que le pediste que se case contigo? Era broma, ¿cierto?

Rogelio le preguntó a Sebastián y Alfredo, temiendo que su hijo lo hiciera quedar en vergüenza diciéndole lo que le había dicho a él, se anticipó.

—Claro que lo es.

—Pues no, no lo es. Rogelio, usted no tiene idea de lo insistente que puede llegar a ser mi padre. Llegó el día en que le dije a Benicio que si él se casaba conmigo, mi padre ya no me molestaría con ese tema.

Los Montenegro sonrieron y Elías también. Alfredo hervía de rabia.

—Si no te casas la semana entrante, tendrás que afrontar las consecuencias, hijo. Sabes que cuando no haces lo correcto, las cosas no salen bien.

La voz del viejo Carrasco sonó suave y calmada, pero Sebastián sintió un escalofrío. Era una amenaza. Y conociendo a su padre, sabía que atacaría donde más le dolía.

—Lamento en verdad que hayas convocado una cena para esto. Si me lo hubieras dicho por teléfono una de las decenas de veces que me llamaste hoy, te hubieras ahorrado este momento incómodo. Y respecto a tu amenaza, afrontaré lo que tenga que afrontar con la certeza de haber hecho lo correcto. 

Volteó hacia Haydée

—Didí, en verdad lamento todo esto.

Ella asintió sonriendo cándidamente. Sebastián se levantó de la mesa, con el corazón latiéndole furiosamente. Sabía que esta cena marcaría un antes y un después en su vida. 

—Buenas noches a todos. 

A pesar de todo lo que estaba sintiendo dentro de él, caminó hacia la puerta con la cabeza en alto, dejando atrás la opresiva sombra de su padre. 

Sintió cierta satisfacción, por un lado porque no dejó que su padre se saliera con la suya, y por otro, porque pudo hacerlo sin confrontación ni violencia. Pero al llegar al estacionamiento supo que no había terminado. 

El hombre de seguridad le informó que su padre había dado órdenes de no entregarle las llaves del auto. Sebastián respiró hondo y caminó hacia el portón. Mientras Alfredo sonreía seguro de que a pesar de todo había ganado la partida. 

Luego del postre, Carmen condujo a todos a la sala. Allí estaban tomando café, cuando Sebastián volvió ya muy molesto a la casa. La mucama le indicó que su padre estaba en su despacho, esperándolo. Y Sebastián, que ya no tenía ganas de ver la cara de nadie, caminó del recibidor al pasillo y se dirigió al despacho.

—¿Pretendes encerrarme de nuevo? —preguntó Sebastián.

Alfredo lo vio mucho más descontrolado que en la mesa.

—Siéntate —dijo con calma.

—No tengo tiempo para tus juegos.

—¡Que te sientes, maldita sea! —gritó Alfredo haciendo estremecer no solo a Sebastián sino a todos los invitados que estaban en el salón.

Sebastián se sentó y miró a su padre. Podía ver que disfrutaba esa situación. Aún en medio de su enojo, podía percibirse en la mirada y en esa mueca que tenía en el rostro, que lo estaba disfrutando.

—¿Estás contento con el show que montaste? ¡Te luciste! Benicio te preparó bien, ¿verdad?

—No sé a qué te refieres. 

—Te dijo qué decir… ¿No es así?

—¿Cómo iba a saber él las estupideces que ibas a decir tú?

—Porque yo se lo anticipé. Él sabía para qué era la cena. 

Sebastián sintió temor. Recordó esos minutos antes de salir de casa, la voz entrecortada, el temblor de sus labios… Claro, ahora entendía. Benicio lo sabía. Sintió que tenía que salir de ese lugar urgentemente.

—Dile a los de seguridad que me dejen salir.

—Esta noche dormirás aquí. No vas a salir. Y mañana antes de que te vayas, volveremos a hablar. 

—No tengo nada que hablar contigo.

—¡Oh, sí! —Alfredo se rio—. Si no te casas la próxima semana, volveré a bloquear tus cuentas y tarjetas. Bueno, técnicamente son “mis cuentas y tarjetas”. Pero a lo que voy es a que tu único disponible será tu salario de la Distribuidora. 

Sebastián asintió en silencio. Por primera vez en su vida sintió paz. No tenía nada en su mente más que llegar a casa. Nada era más importante que eso. Alfredo no vio en su hijo la expresión que esperaba ver, era frustrante. 

—Tu tío, tus primos y Benicio tienen prohibido transferirte dinero o darte efectivo. Tu vida va a cambiar rotundamente. 

Sebastián se puso de pie.

—Que así sea —dijo en voz baja y caminó hacia la puerta

—¡Con un demonio! —gritó Alfredo golpeando fuertemente el escritorio y poniéndose de pie—. ¡Ni creas que vas a salirte con la tuya!

Sebastián se detuvo y sonrió. Miró a su padre que estaba evidentemente muy enojado.

—Tú tampoco vas a salirte con la tuya. Ya no.

—Piensa bien las cosas. Mañana volveremos a hablar —gritó Alfredo mientras veía a su hijo salir del despacho. En el pasillo Sebastián se encontró con Arturo y Elías. Se miraron en silencio, mientras escuchaban que Alfredo seguía gritando maldiciones.

Sebastián se detuvo unos segundos sin decir nada. Y luego siguió su camino. Arturo lo detuvo.

—Seba…

—Pídele que hable con los de seguridad para que me dejen salir. Es lo único que quiero —dijo y siguió su camino. 

Elías fue tras Sebastián. Arturo entró en el despacho a intentar calmar a su hermano. 

—Te sacaré de aquí  —dijo el chico—, pero antes necesito saber algo.

Sebastián lo miró en silencio. Estaba sorprendido por la actitud de su primo, y no dejaba de dar vueltas en su mente eso de que Benicio había sido su tutor.

—Papá me dijo que tú ya estás enterado de todo. Cuando le pediste a Benicio que se case contigo, ¿fue antes o después de saberlo?

—¿Qué? —Sebastián tenía su mente abarrotada de pensamientos que se le amontonaban unos contra otros. Lo miró desconcertado— ¿De qué hablas?

—¿De verdad quieres casarte con Beni?

—¿Qué te importa? —exhausto como estaba solo quería salir de esa prisión. Elías lo detuvo.

—Seba, yo quiero mucho a Beni, y quiero lo mejor para él. 

Sebastián apenas lograba procesar lo que escuchaba “yo quiero mucho a Beni” ¿cómo podía decir eso tan fácilmente? 

—Yo noté algo diferente en él, cuando estuvo internado. 

Sebastián sentía que su cabeza estaba a punto de estallar “¿vino a ver a Benicio cuando estuvo internado?” se preguntó “¿en qué momento?” su cabeza no le daba tregua. “¿Qué relación tiene Elías con Benicio y desde cuándo?” “¿y por qué nunca me enteré?”

—Sé que Benicio te ama. No me lo dijo. Pero lo sospeché solo con ver sus cambios hacia ti. Él en verdad te ama, pero si tú no lo amas a él, lo vas a lastimar, y no te lo voy a permitir.

Sebastián lo empujó hacia atrás. Estaba tan molesto, lleno de celos, de bronca. Sentía que se estaba asfixiando y lo atormentaba la duda respecto de la relación que Elías tenía con Benicio.

—¿Tú no me vas a permitir qué? 

Elías se acercó nuevamente y miró a Sebastián a los ojos. Su mirada, su impronta, se sentía amenazante. Nunca imaginó que su primo “el afeminado” “el mariconcito” se comportaría de esa manera.

—Puede ser que sea un huérfano, como dijo tu padre, pero no está solo. Antes de que tú te acerques a él para lastimarlo, me lo llevo conmigo. Beni es muy importante para mí, y como te dije, quiero lo mejor para él. No voy a meterme, solo quiero saber si tu vas en serio o estás jugando con él.

Sebastián bajó su mirada y depuso sus armas. Estaba en verdad agotado. Pero aún así, no lograba encontrar la respuesta adecuada.

—Yo no sé… Aún no lo tengo claro. Pero no estoy jugando —balbuceó.

Elías sonrió y palmeó el hombro de su primo.

—Eso basta para mi —dijo y lo tomó de la muñeca y lo llevó a su auto. 

Lo metió en el baúl y lo sacó de la casa.

Unas calles más adelante se detuvo para que Sebastián bajara y lo llevó a casa de Benicio. En el camino ambos hablaron calmadamente. Elías le contó cómo se había acercado a Benicio. Recordaba con una sonrisa ese verano, el primero en que salió solo de vacaciones con su hermano mayor, y con Sebastián y sus amigos. Habían viajado a la costa y pocos días después de llegar comenzaron las fricciones. Lo que había iniciado como bromas en el viaje, ya se había tornado agresivo.

Elías tenía en esa época unos catorce años y se había mostrado atraído por uno de los guardavidas de la playa. Los chicos comenzaron a hacerlo a un lado, y finalmente regresó solo, mucho antes y sumamente afectado. Arturo estaba en medio de un congreso, al que había asistido acompañado por su esposa, y le pidió a Benicio si podía ir por él al aeropuerto. Benicio, por su parte, tenía pensado un viaje a Córdoba, y le propuso a Arturo llevar a Elías con él. Arturo aceptó. 

Sebastián se mostraba incómodo. Recordaba ese tiempo y lo duro que habían sido todos con él. 

—Tú y Gastón siempre han sido mis ídolos. Estaba tan emocionado de ir con ustedes. Nunca pensé que me sentiría tan mal. Pero después de todo, cuando bajé en el aeropuerto y me recogió Benicio, me di cuenta de que ambos eran unos imbéciles. 

Sebastián estaba en silencio. 

—Beni se va.

—Sí lo sé, llegué hoy, para despedirme de él

—Yo no entiendo aún por qué se va. Me dijo que me ama —. Sebastián miraba sus manos.

—Vaya, te lo dijo… —dijo Elías sonriendo.

Detuvo el auto frente al edificio de Benicio.

—Escúchame. Tú tienes un pasado que no es fácil de olvidar. Solo tienes que mostrar que las cosas ya no son como antes. Seba, cuando él tenga la certeza de que tú le correspondes, no habrá forma de que alguien lo aleje de ti. Sé que te dije que no iba a meterme, y lo que te voy a decir va un poco en contra de eso, pero… no te cases. Si te casas con Heidi, romperás el corazón de Beni.

Sebastián asintió. Agradeció y bajó del vehículo. Entró en la casa y Loki lo recibió sumamente contento. No obstante, el silencio y la oscuridad del departamento le helaron la sangre. Podía sentir un vacío enorme que parecía devorarlo. Las lágrimas comenzaron a caer de su rostro mientras caminaba hacia el cuarto.

Se sentó en la cama y miró su celular. Decenas de mensajes sin ver, y llamadas que no fueron respondidas. Loki estaba en el suelo a su lado. Se dejó caer de espaldas y luego se acomodó hecho bolita de lado, y cerró sus ojos sin dejar de llorar mientras imaginaba a Benicio abrazándolo. 

Finalmente se quedó dormido.


Thoughts

  • mcastro71

    Vaia cena. Alfredo junta a los Montenegro para fijar una boda y acaba con el hijo saliendo a pie por el portón y luego metido en el baúl del primo. En las familias la pelea de la mesa casi nunca es por lo que se dice en la mesa, y aquí la fecha era la excusa para medir quién manda todavía. Ganó Seba sin levantar la voz, y se le notaba a Arturo en la cara. Lo que más me cuadra es Didí, callada toda la noche hasta que Seba habla de su reputación. ¿Va a tener Didí un capítulo suyo?

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  • Ovid

    Elías sacando a Seba de la casa del padre metido en el baúl del auto me hizo pensar en que los primos de las familias así casi siempre saben más de lo que cuentan en la mesa. El chico al que todos dejaron solo en aquella playa termina siendo el que le abre el portón. Apuesto a que Elías va a pesar más en esta historia de lo que Alfredo cree.

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  • Rosangela

    Benicio con el pasaje en el bolsillo mientras Seba le sirve la cena. Yo también me he ido así, antes de que me tocara quedarme a ver qué pasaba.

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