La enfermería de la academia era mucho más tranquila que el comedor.
O, al menos, debería haberlo sido.
Porque apenas la familia Kuzonoha entró en una de las salas privadas, Amane pareció haber olvidado por completo que acababa de recuperar a su hermano tras seis meses de angustia. No porque no estuviera feliz. Todo lo contrario: estaba demasiado feliz.
—¡No puedo creerlo! —exclamó por enésima vez, dando vueltas alrededor de él.
Yuji permanecía sentado frente a sus padres, sosteniendo con calma una taza de té que había conseguido en algún momento del camino.
—Amane…
—¡Tengo una hermana pequeña!
Yuji parpadeó.
—Soy tu hermano.
—¡Eso es técnicamente correcto! —respondió ella sin inmutarse.
Sacó rápidamente un cuaderno de su bolso y lo abrió sobre la mesa.
—¡Pero mira tu apariencia! ¡Cabello blanco! ¡Plumas entrelazadas! ¡Ese rostro! ¡Y los ojos siempre cerrados! ¡Pareces literalmente el protagonista de una historia de fantasía!
Yuji observó el cuaderno.
—Eso no explica por qué estás dibujando.
—¡Porque necesito saber qué tipo de personaje eres! —afirmó ella, y el lápiz empezó a deslizarse sobre el papel—. Primero necesitamos determinar tu estilo.
—No necesitamos determinar nada.
—¿Caballero sagrado?
—No.
—¿Princesa elfa?
—Tampoco.
—¿Diosa de un bosque misterioso?
La mano de Yuji se detuvo sobre la taza. Fue apenas un instante. Tan breve que casi nadie lo notó. Amane, absorta en su boceto, no lo vio.
—… No.
—¿Doncella de batalla?
—No.
—¿Bruja?
—Definitivamente no.
—¡Entonces una sacerdotisa!
—Amane.
—¡Una protagonista que perdió sus recuerdos y regresó con poderes misteriosos!
Yuji soltó un suspiro.
—Eso suena demasiado específico.
—Porque probablemente sea cierto.
—No lo es.
—Todavía —corrigió ella, levantando una ceja.
Takeshi se llevó una mano al rostro, conteniendo una sonrisa. Hanae, a su lado, simplemente observaba a su hija con una mezcla de resignación y cariño infinito.
Yuji giró levemente la cabeza hacia ellos.
—Por favor, cálmenla.
Su padre soltó una pequeña risa.
—Lo siento, hijo.
—¿Papá?
—Cuando tu hermana se pone así… no podemos hacer mucho.
Hanae asintió con suavidad.
—Desde pequeña es imposible detenerla cuando encuentra algo que le fascina.
Amane levantó la cabeza de golpe.
—¡Esto es diferente!
—¿En qué sentido? —preguntó Takeshi, divertido.
—¡Ahora tengo un hermano que parece salido directamente de un anime!
Yuji dejó caer los hombros.
—Ese argumento no me tranquiliza en absoluto.
Amane volvió a su dibujo.
—Además… quiero hacer cosplay contigo.
Yuji la miró fijamente.
—¿Cosplay?
—Sí.
—No.
—¡Pero aún no te he dicho de qué!
—No importa.
—¡Pero sería divertidísimo!
—No.
—¡Podemos ir de hermanos!
—No.
—¡O los dos de protagonistas!
—No.
—¡O tú de protagonista y yo de hermana mayor que te protege!
Yuji guardó silencio. Amane detuvo el lápiz y levantó lentamente la mirada.
—¿Eso sí?
—Eso ya se parece demasiado a nuestra vida normal.
Ella sonrió, triunfante.
—¡Entonces aceptas!
—No dije eso.
—¡Perfecto!
Yuji suspiró y negó con la cabeza. Takeshi soltó una carcajada.
—Definitivamente eres nuestro hijo.
—¿Por qué? —preguntó Yuji, confundido.
—Porque eres el único capaz de discutir con Amane durante cinco minutos y terminar perdiendo sin darte cuenta.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene —confirmó Hanae con una sonrisa tierna.
Poco a poco, el ambiente cambió. Amane siguió dibujando, pero ahora el silencio tenía otro peso. La alegría seguía allí, sí… pero detrás de ella había preguntas. Muchas.
Takeshi se inclinó levemente hacia adelante.
—Yuji.
—Dime, papá.
—La pregunta más obvia… y la que más nos ha atormentado en estos meses es… —hizo una pausa, buscando las palabras—. ¿Dónde estuviste durante todo este tiempo?
El lápiz de Amane siguió moviéndose. Pero incluso ella se había quedado inmóvil, escuchando.
Yuji permaneció unos segundos en silencio. Sus dedos acariciaron suavemente el borde de la taza.
—Hay cosas que todavía no puedo contarles.
Hanae frunció levemente el ceño, con el corazón en la garganta.
—¿Porque no quieres?
—No exactamente. —Yuji bajó la mirada hacia el vapor que se elevaba del té—. Porque ni siquiera yo las entiendo completamente.
Takeshi y Hanae intercambiaron una mirada tensa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó su padre.
Yuji respiró lentamente.
—Que recuerdo algunas cosas. O al menos fragmentos. Imágenes, sensaciones… —pasó una mano suavemente por uno de sus mechones blancos—. Pero hay partes que no puedo explicar. No sé cómo llegué a donde estuve. No sé exactamente qué ocurrió durante todo ese tiempo. Y tampoco entiendo esto… —se llevó la mano al pecho—. Mi cuerpo.
Hanae lo miró con los ojos llenos de preocupación.
—¿No sabes qué te pasó, hijo?
Yuji negó suavemente.
—No.
La respuesta fue tan sencilla que resultó aún más aterradora.
—Entiendo que estén confundidos —continuó él con suavidad—. Yo también lo estoy. Solo que… aprendí a convivir con las preguntas antes de encontrar las respuestas.
Takeshi lo miró fijamente, serio.
—¿Y no tienes miedo?
Yuji sonrió débilmente.
—A veces.
Aquella sinceridad los golpeó con más fuerza que cualquier otra cosa.
—Pero si hay algo que aprendí durante estos meses —añadió él—, es que algunas respuestas llegan… cuando uno está preparado para recibirlas.
Hanae extendió la mano sobre la mesa y tomó la suya entre las suyas.
—No tienes que contarnos todo hoy. No tienes que explicarnos nada si no puedes. —Apretó suavemente sus dedos—. Solo queremos saber que estás bien.
Yuji apretó su mano en respuesta.
—Lo sé. Gracias.
—Entonces iremos poco a poco —dijo Takeshi—. Sin prisas. Sin presiones.
Yuji asintió, agradecido.
Durante unos segundos volvió a reinar la calma. Hasta que Amane levantó la cabeza de golpe.
—Entonces…
Yuji ya parecía saber lo que venía. Cerró los ojos un instante y suspiró.
—¿Qué ahora?
—Tus ojos. —Amane señaló directamente hacia ellos—. ¿Estás ciego?
Yuji negó con calma.
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
—¿Entonces por qué los mantienes cerrados todo el tiempo?
Yuji se quedó callado un instante.
—Por otras cosas.
Amane entrecerró los ojos, inquieta.
—¿Otra vez con eso de «cosas que no se pueden explicar»?
—Lo siento —respondió él con una pequeña sonrisa que no llegó a los ojos.
Amane dejó el lápiz sobre la mesa de golpe. Se levantó de un salto, caminó hasta él y, sin previo aviso, le tomó ambas mejillas entre las manos.
—¡Desde cuándo mi hermano pequeño me esconde secretos!
—¡Amane, suéltame! —exclamó él, intentando apartarle las manos.
Pero ella no lo soltó. Comenzó a estirarle suavemente las mejillas mientras hablaba cada vez más rápido:
—¡Seis meses desaparecido!
—¡Ay!
—¡Regresas con otro cuerpo!
—¡Eso no es mi culpa!
—¡Con cabello blanco!
—¡Amane!
—¡Con plumas misteriosas en el pelo!
—¡No tires tanto!
—¡Y encima mantienes los ojos cerrados y me dices que son «otras cosas»!
Yuji intentó zafarse, pero ella era implacable. Miró a sus padres buscando ayuda.
—¿No van a hacer nada? ¿A ayudarme?
Takeshi negó tranquilamente.
—No.
—Es mejor dejar que termine sola —añadió Hanae, sonriendo entretenida.
—¡Traidores los dos! —se quejó Yuji.
Amane finalmente lo soltó, aunque se quedó de pie frente a él con las manos en la cintura y expresión muy seria.
—Me enteraré. De una forma u otra… descubriré qué te ocurrió.
Yuji se acomodó el rostro, que sentía aún un poco estirado, y sonrió. Una sonrisa pequeña, cálida y sincera.
—Sigues siendo exactamente igual. Tan terca como siempre.
Amane se sentó de nuevo, tomó el lápiz y le devolvió la sonrisa.
—Y tú… tú sigues siendo tú. Eso es lo único que importa.
Yuji asintió. Pero en el fondo de su corazón, mientras veía a su hermana volver a dibujar feliz y a sus padres observarla con ternura, sabía algo que ninguno de ellos podía imaginar todavía.
Había cosas que no podía contarles. No porque quisiera ocultárselas. Sino porque algunas respuestas… aún no estaban listas para ser dichas.
Estaban dentro de él. Creciendo. Esperando el momento justo para salir.
Y cuando ese momento llegara… nada volvería a ser igual.
La campana que anunciaba el final del descanso estaba a punto de sonar.
Yuji acompañó a su familia hasta la entrada principal de la academia. El ambiente allí era más tranquilo que dentro del comedor, aunque algunos estudiantes que pasaban no podían evitar mirar discretamente hacia ellos.
Amane caminaba a su lado, con el cuaderno bajo el brazo y una expresión de quien ya ha tomado una decisión irrevocable.
—Entonces queda decidido.
Yuji suspiró.
—No hemos decidido absolutamente nada.
—Sí lo hicimos.
—No.
—Te voy a hacer un traje.
—Amane…
—Uno de guerrera. Con capa. Y bordados plateados.
Yuji se detuvo en seco.
—Con espada.
Amane sonrió triunfante.
—Sabía que terminarías aceptando.
—No acepté.
—Lo harás. Ya verás.
Takeshi y Hanae intercambiaron una mirada divertida. Pero al llegar a la entrada, los tres adultos se detuvieron. Había llegado el momento de separarse.
Yuji miró hacia los edificios del campus.
—Tengo que volver a clases.
Hanae frunció levemente el ceño.
—¿Después de todo lo que ha pasado realmente tienes que volver ahora mismo?
—Sí.
—Pero acabamos de encontrarte. Apenas hace unas horas…
—Lo sé. —Yuji sonrió con suavidad—. Y ya perdí una clase por hablar con ustedes.
Takeshi soltó una pequeña risa.
—Después de seis meses desaparecido, creo sinceramente que una clase no debería importar tanto.
—Para mí sí.
Su padre lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
Yuji se encogió ligeramente de hombros.
—Porque quiero terminar lo que empecé. Mis estudios. Todo.
Hanae sonrió con ternura y le acomodó un mechón de cabello.
—Sigues siendo el mismo. Tan responsable.
—Alguien tiene que serlo —respondió él.
Amane levantó una ceja.
—Eso no me lo creo.
—¿Por qué?
—Porque eras capaz de quedarte despierto hasta las tres de la mañana leyendo cosas que decías que eran «lectura académica».
Yuji la miró con seriedad fingida.
—Era investigación académica.
—Claro. Y yo soy la directora de la academia.
Takeshi volvió a reír. El ambiente se volvió ligero, cálido, casi como antes. Pero ninguno de los tres quería marcharse. Después de medio año buscando, llorando, esperando… por fin tenían a Yuji delante. No importaba que su cuerpo hubiera cambiado. No importaba que cientos de preguntas siguieran sin respuesta. Estaba allí. Y eso era suficiente.
Yuji lo notó.
—Después de clases iré directamente a casa.
Los tres levantaron la mirada al mismo tiempo.
—¿De verdad? —preguntó Hanae, con voz quebradiza.
—Sí.
—¿No saldrás con Miyu y Ren?
—Otro día. —Yuji sonrió—. Hoy quiero estar con ustedes.
Hanae se llevó una mano al pecho, con los ojos brillantes. Amane inmediatamente abrió los brazos.
—Ven aquí.
Yuji apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de verse rodeado por el abrazo de su hermana.
—Amane…
—Te esperaba. Cada día. Cada hora. Te esperaba. —Lo apretó con fuerza—. No llegues tarde.
—No llegaré.
—Y no te escapes sin decir nada.
—No pienso hacerlo.
Amane se separó lentamente, pero mantuvo las manos sobre sus hombros.
—De verdad… me alegra que hayas vuelto.
Yuji sonrió suavemente.
—Ya estoy aquí.
Ella lo abrazó de nuevo, esta vez en silencio. Después fue Hanae quien se acercó y lo rodeó entre sus brazos, temblando apenas. Y finalmente Takeshi. El abrazo de su padre fue más breve, pero igual de cálido. No hicieron falta palabras.
Cuando se separaron, Yuji los observó alejarse. Amane se giró una última vez antes de cruzar la puerta.
—¡Y piensa en el traje! ¡Guerrera con espada!
Yuji levantó una mano.
—¡No!
—¡Eso significa que sí!
Yuji negó con la cabeza mientras sonreía. Sus padres se despidieron también con un gesto. Y finalmente los tres desaparecieron por la entrada.
Yuji permaneció allí unos segundos. Una pequeña sonrisa seguía en su rostro. Se llevó una mano al pecho. Estaban juntos. Eso era lo importante.
Entonces se giró para regresar al edificio.
No llegó a dar ni dos pasos.
—¿Ya se fueron?
Yuji se detuvo. Reconoció aquella voz al instante. Giró levemente la cabeza.
Allí estaba ella. Elena Valtierra, presidenta del Consejo Estudiantil, a unos metros de distancia, observándolo con una expresión serena.
Yuji asintió.
—Sí.
—Parecían felices.
—Lo están.
—Me alegra verlo. —Elena dio un paso adelante—. Después de todo lo ocurrido… me alegra que estén juntos de nuevo.
Yuji soltó una pequeña risa.
—Aunque creo que cuando llegue a casa tendré problemas.
Elena arqueó una ceja.
—¿Problemas?
—Mi hermana está convencida de que mi nueva apariencia exige que me convierta en una guerrera mágica.
Elena tardó un segundo en procesarlo. Luego soltó una risa baja y genuina.
—No parece algo tan terrible.
—No conoces a Amane.
Ambos guardaron silencio unos instantes. Hasta que la sonrisa de Elena se desvaneció. Su expresión cambió por completo. Se volvió seria. Directa.
—Yuji.
—Dime.
—Quiero preguntarte algo. Y quiero que respondas con la verdad.
Yuji dejó de sonreír.
—Adelante.
Elena lo miró fijamente, aunque él mantenía los ojos cerrados.
—¿Regresaste para vengarte?
El viento sopló suavemente. Moviendo su cabello blanco.
Yuji permaneció inmóvil. Sin abrir los ojos. Sin cambiar su expresión.
—¿Por todo lo que te hicieron aquí? —añadió ella.
Yuji comenzó a caminar lentamente hacia ella. Su voz seguía siendo tranquila. Demasiado tranquila.
—Si hubiera querido vengarme… habría podido hacerlo sin poner un solo pie dentro de esta academia.
Elena se quedó inmóvil. Él pasó a su lado, sin detenerse.
—Habría sido mucho más sencillo. —Su voz llegó suavemente a sus oídos—. Podría haber dejado al descubierto cada secreto. Cada injusticia. Cada abuso. —Una pausa—. Los alumnos. —Otra pausa—. Los profesores. —Una pausa más, pesada como plomo—. Incluso quienes creen que están protegidos por sus apellidos y su dinero.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Todo habría salido a la luz. En un solo día. En una sola noche. —Yuji siguió caminando—. Nadie habría podido ocultarlo. Nadie habría podido detenerme.
Elena dio un paso hacia él.
—Entonces… ¿por qué no lo hiciste? ¿Por qué regresaste?
Yuji se detuvo. Tres pasos más adelante. Sin girarse. Su rostro seguía orientado hacia adelante.
—¿Por qué regresé? —repitió en voz baja.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Una sonrisa tierna y aterradora al mismo tiempo.
—Por la misma razón por la que una madre cuida de sus hijos cuando ve que están siendo lastimados. —Su voz se volvió suave, pero cargada de una convicción absoluta—. Para protegerlos.
Elena frunció el ceño, confundida.
—Puedes llamarme como quieras. —Yuji continuó sin girarse—. Yuji. Ella. O cualquier otra cosa. No importa. —La sonrisa desapareció—. Pero voy a hacer exactamente lo que haría una madre por sus pequeños.
Elena sintió que algo en esas palabras no era una simple metáfora. Había algo más. Algo profundo y antiguo.
Yuji giró apenas el rostro hacia ella. Sus ojos permanecían cerrados.
—Voy a proteger a mis pequeños.
El silencio se instaló entre ambos.
—Y voy a destruir a cualquiera que se atreva a meterse con ellos.
Elena no se movió. No pudo.
Yuji comenzó a caminar de nuevo. Pero antes de alejarse demasiado, añadió con absoluta calma, como si estuviera comentando el clima.
—Incluso si esa persona fueras tú, Elena. —Una pausa breve—. O incluso la directora.
Elena finalmente se giró. Yuji ya se alejaba por el pasillo. Su cabello blanco se movía suavemente con cada paso. No había rabia en su voz. No había amenaza vacía. Solo una certeza absoluta. Inquebrantable.
Elena se quedó allí, inmóvil, observándolo alejarse. Y por primera vez comprendió algo que la hizo sentir pequeña.
Yuji no había regresado para ajustar cuentas con el pasado.
Había regresado porque había encontrado algo mucho más importante. Algo que valía la pena proteger a cualquier precio.
Y si la academia… si las familias poderosas… si todo lo que ella representaba… se interponía entre él y aquello que quería proteger…
Entonces la academia misma podría convertirse en su enemiga.