La marcha se detuvo solo cuando el bosque recuperó su calma, y la Reina Zerineth alzó una mano con un gesto sereno pero inconfundible. Los dracónidos fueron parando poco a poco: muchos cayeron de rodillas por el agotamiento; otros abrazaron a sus seres queridos, incapaces de creer que seguían con vida. Un soldado, con la armadura rota y heridas frescas, se acercó con una leve sonrisa:
—Majestad… el recuento está hecho. No hemos perdido a nadie. Ni niños, ni ancianos, ni heridos. Todos lograron escapar. De no haber sido por Zeriska… y por aquella joven…
La Reina cerró los ojos un instante, y por primera vez alivio y gratitud cruzaron su rostro.
—Me alegra escuchar eso. Pero no podemos detenernos aquí. La tormenta se acerca. Ordenen buscar refugio: cueva, risco, cualquier sitio seguro. Los niños primero, luego los ancianos y heridos. Nosotros cubriremos la retaguardia.
Los grupos se dispersaron rápido, hasta que un centinela alzó la voz desde lo alto:
—¡Movimiento! ¡Al bosque!
Todos formaron línea defensiva al instante… hasta que la voz de la Reina cortó el aire:
—¡Bajen las armas!
Entre la espesura avanzaba el Árbol Viviente, con cada paso haciendo temblar levemente la tierra. Y sobre sus raíces, las figuras que todos esperaban ver: Zeriska saltó al suelo y corrió hacia su soberana, abrazándola con toda la fuerza de su alegría.
—¡Majestad! ¡Me alegra tanto verla con vida!
—Y yo de verte regresar —respondió ella con una ternura que pocos conocían.
Luego alzó la mirada hacia las dos acompañantes. Aoi y Kyouka descendieron despacio, y al levantar la vista se quedaron por un instante sin palabras:
La Reina Zerineth superaba los dos metros y medio de altura, imponente pero dotada de una elegancia que parecía fluir con el viento. Sus escamas eran de un tono oscuro, con reflejos azulados profundos como el mar de noche; dos grandes cuernos curvados y adornados con filigranas doradas formaban una corona natural sobre su cabeza. Su cabellera plateada caía larga y suelta, brillando como la luz de la luna, y sus ojos turquesa irradiaban una sabiduría y una fuerza que helaban el aire pero también inspiraban confianza. Vestía un traje ceremonial de tonos blanco y azul marino, recubierto de ornamentos dorados que seguían la forma de sus escamas, con una capa amplia y pesada que ondeaba como alas al moverse. En su mano sostenía “Garra del Cielo”, una lanza de casi tres metros de largo, con una punta afilada y detalles dorados que parecían atrapar la luz. Su larga cola, recorrida por escamas oscuras y brillantes, descansaba con calma a su espalda.
Kyouka tragó saliva en voz baja:
—Con razón… es la Reina.
Aoi asintió lentamente. Ni una sola palabra había salido de sus labios aún, pero su sola presencia llenaba todo el claro de una autoridad antigua, serena y firme. Zerineth las observó en silencio, con esa mirada capaz de ver más allá de las apariencias: aquellas dos jóvenes, junto a su hija y a bestias que nadie jamás habría imaginado aliadas, habían conseguido detener a una criatura que ni siquiera pertenecía a este mundo.
El viento comenzó a soplar con más fuerza, y las primeras gotas de lluvia empezaron a caer sobre el claro. Pero por primera vez en mucho tiempo, el miedo ya no reinaba allí.
La tensión que había pesado sobre la colonia durante días empezó a disiparse poco a poco. Los guerreros mantenían la guardia, los heridos eran atendidos con esmero y, por primera vez en mucho tiempo, las familias podían sentarse sin que el eco de un rugido aterrorizante les helara la sangre.
Sin embargo, no todos estaban tranquilos. Varias miradas se clavaban en el enorme Gusano de Pantano, cuyo cuerpo colosal permanecía parcialmente enrollado alrededor del claro. A pesar de estar inmóvil, su sola presencia bastaba para mantener nerviosos a más de uno:
—¿De verdad es seguro?
—Sigue siendo un Gusano de Pantano… podría tragarnos de un bocado.
Pero los niños no conocían el miedo que los adultos habían aprendido. El más pequeño de todos se acercó despacio, extendió una mano y tocó con cautela su piel rugosa. El monstruo apenas entreabrió un ojo, lo observó unos segundos y volvió a cerrarlo.
—¡Es blandito! —exclamó el pequeño con una sonrisa.
Fue la señal que todos esperaban. Uno tras otro, los niños se acercaron, treparon sobre su espalda ancha como una colina y empezaron a correr y resbalar entre sus anillos, llenando el aire de risas. El Gusano soltó un murmullo grave y resignado: Grrrmmm…
Aoi soltó una pequeña risa y acarició suavemente su costado:
—Déjalos. Ya se cansarán solos.
La criatura la miró de reojo y soltó otro suspiro profundo, aceptando su suerte con paciencia infinita. Los soldados no daban crédito: jamás habían visto a semejante bestia comportarse con tanta docilidad. Incluso la Reina Zerineth esbozó una leve sonrisa, ante una imagen que jamás habría imaginado presenciar.
Mientras tanto, Kyouka había desplegado el mapa sobre una roca plana. Todos se reunieron alrededor, y su expresión se volvió seria al instante:
—Tenemos un problema insalvable —señaló la figura de la Esfinge—. Su nivel está muy por encima del nuestro. Aunque ataquemos todos a la vez, en un combate directo no podemos vencerla. Tiene demasiada resistencia, demasiada fuerza… y nosotros no podemos permitirnos una batalla larga. Si esto se prolonga, las pérdidas serán devastadoras.
Mientras ella hablaba, Aoi caminaba entre los heridos repartiendo pociones de curación. Los dracónidos las recibían con sorpresa, viendo cómo sus heridas se cerraban poco a poco. Al terminar, regresó al grupo y dijo con calma:
—Estoy completamente de acuerdo. Por eso no voy a luchar donde ella quiera.
Kyouka arqueó una ceja.
—La Esfinge no pertenece aquí —explicó Aoi señalando el bosque—. Está acostumbrada al décimo piso: desiertos, espacios abiertos, terrenos sin sorpresas. Aquí… ella es la extraña. Y además —una leve sonrisa apareció en sus labios— es demasiado orgullosa. Hoy la hicimos retroceder, le quitamos su presa. Eso hirió su orgullo mucho más que nuestros ataques.
Zeriska preguntó con esperanza:
—¿Y podemos usar eso a nuestro favor?
—Exacto —asintió Aoi trazando una línea sobre el mapa—. Si logramos que nos persiga, nosotros decidimos dónde pelear.
La Reina Zerineth la miró con atención:
—¿Qué lugar buscas?
—¿Hay un acantilado grande cerca? —preguntó Aoi.
—Sí —respondió la Reina al instante—. Al oeste, un antiguo risco donde la montaña se parte en dos.
—Perfecto —sonrió Aoi.
Kyouka frunció el ceño:
—¿Qué tienes en mente?
—Confía tanto en su fuerza que cree que nada puede detenerla —dijo Aoi colocando una piedra sobre el borde del mapa—. Si la llevamos hasta el acantilado… y hacemos caer la pared de roca… el peso de la montaña hará el resto.
La Reina comprendió al instante:
—Quieres sepultarla.
—No creo que baste para matarla —aclaró Aoi con sinceridad—, pero sí para causarle un daño brutal y reducir su resistencia antes del combate real. No la venceremos con fuerza bruta… la venceremos usando su propio orgullo en su contra.
Kyouka siguió mirando el mapa unos segundos más, hasta que negó con la cabeza:
—Entiendo la estrategia. Pero hay un fallo crítico.
Señaló la figura de la Esfinge:
—Es enorme, sí… pero también es increíblemente rápida. Aunque logremos atraerla hasta el borde, alguien tendrá que mantenerla allí el tiempo suficiente para que el derrumbe se produzca. Y si se da cuenta de lo que pasa aunque sea un segundo antes… se apartará. Y todo habrá terminado.
Hizo una pausa pesada antes de decir lo que todos temían:
—Quien se quede allí… tiene un noventa por ciento de probabilidades de quedar sepultado junto a ella.
El silencio cayó como una losa. Era un sacrificio casi seguro.
Uno tras otro, los guerreros dieron un paso al frente:
—Yo iré.
—También yo.
—Si con eso salvamos a nuestro pueblo, bien vale la pena.
Zeriska también avanzó, apretando con fuerza su lanza:
—Majestad, soy la más fuerte. Debo ser yo.
Pero Kyouka negó con la cabeza:
—No puedo aceptar enviar a nadie a una muerte segura.
Entonces la voz tranquila de Aoi rompió el silencio:
—Yo lo haré.
Todos giraron hacia ella de golpe. La Reina dio un paso inmediato:
—No. No puedo permitirlo. Tú eres la única capaz de dirigir el combate después del derrumbe. Si te pierdes al principio… nadie podrá terminar lo que empecemos.
Aoi levantó suavemente una mano, y la Reina guardó silencio:
—No pienso morir. Solo digo que soy quien tiene más posibilidades de salir viva.
Kyouka la miró con escepticismo:
—¿Y cómo piensas escapar de toneladas de roca cayendo encima?
Aoi sonrió levemente y señaló detrás de ella. El enorme Gusano de Pantano comenzó a incorporarse lentamente.
—Con su ayuda.
Antes de que nadie pudiera preguntar, la criatura abrió sus inmensas mandíbulas. Varios soldados retrocedieron instintivamente, pero Aoi caminó con total calma hacia él y entró directamente en su boca.
—¡¡¡Se la tragó!!! —gritaron varios a la vez.
Pero un instante después, el Gusano volvió a abrir la boca despacio. Allí estaba Aoi, sentada tranquilamente sobre su lengua, saludando con una mano:
—¿Ven?
Bajó de un salto y acarició su costado:
—Su interior no tiene jugos digestivos. A quienes reconoce como aliados… no los come. Los protege. Es un refugio viviente.
Volvió a señalar el mapa:
—Cuando la montaña empiece a caer, todos los que estemos cerca entraremos en su boca. Él cavará hacia abajo en cuestión de segundos. Las rocas pasarán por encima de nosotros. Solo la Esfinge quedará atrapada.
Kyouka abrió los ojos poco a poco. No era un plan suicida: era una jugada maestra que solo Aoi podía llevar a cabo gracias al vínculo que había creado.
La Reina observó al Gusano y luego a la joven, con una sonrisa llena de respeto.
Aoi terminó de explicar cada detalle del plan mientras el enorme Gusano de Pantano cerraba despacio sus mandíbulas. Todo parecía volver a la calma… hasta que Kyouka frunció la nariz y entrecerró los ojos. Zeriska se quedó inmóvil a su lado, y ambas la observaron fijamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aoi inclinando la cabeza.
Kyouka señaló con cautela:
—Estás… completamente cubierta de baba.
Aoi bajó la vista despacio. Su ropa, su cabello plateado, sus manos… todo brillaba bajo una capa espesa y transparente, y algunas gotas seguían cayendo al suelo.
—…
Zeriska retrocedió por instinto. Kyouka hizo exactamente lo mismo.
—No te acerques —dijeron al unísono.
Aoi las miró unos segundos, y luego una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios. Kyouka gimió por lo bajo:
—Oh, no…
—Chicas… —dijo Aoi con voz inocente mientras abría los brazos despacio— solo quiero darles un abrazo.
—¡¡NO!! —gritaron ambas al mismo tiempo.
Incluso Fern dio dos pasos atrás y soltó un gruñido como si no quisiera saber nada; Lyn alzó el vuelo al instante, Regulus desplegó las alas y se alejó, y hasta Puddle rebotó lejos de ella. Aoi los miró con fingida indignación:
—¿Ustedes también?
El lobo desvió la mirada como si no hubiera escuchado nada.
—Muy bien… —sonrió más ampliamente— pues iré yo.
Y salió corriendo hacia ellas.
—¡¡KYOUKA, NO TE ESCAPAS!!
—¡¡ALÉJATE, PEGAJOSA!! —gritó Kyouka mientras huía alrededor del campamento.
—¡¡ZERISKA, ESPÉRAME!!
—¡N-no! ¡Por favor! —la dracónida corrió entre risas contenidas.
Aoi la alcanzó en pocos pasos y la abrazó con todas sus fuerzas:
—¡Te atrapé! ¡Ahora tú también tienes baba!
—¡¡Nooo!! —Zeriska intentaba zafarse sin poder evitar reír— ¡Majestad, ayúdeme!
Pero la Reina solo observaba con una suave sonrisa. Kyouka aprovechó el momento para seguir escapando:
—¡No pienso ser la siguiente!
—¡Pues ya te estás acercando! —respondió Aoi saliendo tras ella de nuevo.
Todo el campamento quedó en silencio un instante… hasta que los niños estallaron en risas. Luego los soldados, los ancianos y hasta los heridos soltaron una carcajada al ver la escena.
Uno de los guerreros más veteranos miró a la Reina y preguntó en voz baja:
—¿De verdad podemos confiar en ellas?
La Reina observó cómo Zeriska, aunque fingía quejarse, reía con una alegría que nadie le veía desde hacía meses.
—Sí —respondió con calma.
—¿Por qué está tan segura?
—Porque confío en el juicio de Zeriska —dijo mirando a su guerrera—. Si ella decidió darles su confianza, yo también lo hago. Además… —añadió mirando a Aoi persiguiendo a Kyouka— podrían haberse marchado después de salvarnos. Nadie se lo habría reprochado. Pero siguen aquí: curando a los nuestros, arriesgándose por nosotros, pensando en cómo proteger a quienes no conocen. Quien da tanto sin pedir nada… ya ha demostrado de qué lado está.
En ese momento resonó otro grito:
—¡¡KYOUKA, NO PUEDES CORRER ETERNAMENTE!!
—¡¡¡POR FAVOR, ALGUIEN ME SALVE!!!
Todo el campamento estalló en carcajadas. Y por primera vez en mucho tiempo, entre ellos no solo había esperanza de sobrevivir… también había alegría.
La noche cayó envolviendo el bosque con un manto oscuro y silencioso. No era el silencio de la paz, sino el de quienes saben que al día siguiente se juegan el todo por el todo. Todos guardaban reposo, conscientes de que esperar más tiempo solo daría ventaja a la Esfinge, y perderían la única oportunidad que habían conseguido.
Lejos del refugio, Kyouka trabajaba junto al Árbol Viviente. Con la linterna iluminando sus manos, revisaba con extrema precisión cada carga explosiva:
—Un poco más profundo… justo ahí.
Las raíces gruesas y fuertes se abrieron paso entre la roca y la tierra, colocando los explosivos en los puntos exactos calculados. Kyouka asintió satisfecha:
—Perfecto. No necesitamos derrumbar la montaña entera. Solo el trozo justo que caiga sobre ella. Si recibe ese impacto, perderá ventaja… y todos tendremos una oportunidad real.
El Árbol soltó un leve crujido, como si asintiera comprendiendo la gravedad del momento.
Mientras tanto, junto a una pequeña fogata en el campamento, Zeriska se sentaba al lado de la Reina Zerineth. Había recuperado su aspecto impecable tras bañarse en el río, pero su mente seguía llena de pensamientos. El crepitar de la leña fue su única compañía durante unos minutos, hasta que ella habló con voz suave:
—Majestad… quiero pedirle perdón.
La Reina giró despacio la cabeza:
—¿Perdón por qué?
—Por no haber sido suficiente —susurró Zeriska apretando los puños—. Soy la guerrera más fuerte de la colonia… y sin embargo no pude hacerle frente. Si Aoi no hubiera aparecido, ahora estaría muerta. Y todos nosotros también.
Zerineth observó las llamas unos instantes antes de responder:
—Escúchame bien, Zeriska. Ser fuerte no significa poder vencer a cualquiera. Significa saber hasta dónde puedes llegar, y tener la sabiduría de pedir ayuda cuando la necesitas. Eso no es debilidad. Es madurez.
Puso una mano sobre el hombro de su guerrera:
—Aoi no está aquí por obligación. No le debemos nada por haber venido… al contrario, el hecho de que lo hiciera sin dudar es algo que vale más que cualquier tesoro. Y es mucho más raro de lo que crees.
Zeriska bajó la mirada:
—Si mañana ganamos… nunca podremos devolverle lo que hace por nosotros. Ni siquiera viviendo mil vidas.
—Quizá no tengas que devolvérselo —respondió la Reina con calma—. Basta con que nunca lo olvides. Y que, cuando puedas, hagas lo mismo por quien lo necesite.
Hubo un silencio breve, y Zerineth preguntó con curiosidad:
—Dime… ¿qué te parece ella?
Zeriska soltó una pequeña risa sincera:
—Es muy extraña. Trata a monstruos terribles como si fueran amigos de toda la vida. Se mete en la boca de un Gusano de Pantano sin dudar. Y luego corre detrás de todos para abrazarlos llena de baba… —su sonrisa se volvió más dulce—. Pero cuando llega el momento de actuar… se vuelve increíblemente serena. No presume de nada, no intenta parecer superior. Solo piensa en proteger a los demás. Es extraña… pero es el tipo de persona que hace que uno quiera estar a su lado.
La Reina sonrió al ver ese cambio en ella. En muy poco tiempo, Aoi había dejado de ser una desconocida para convertirse en alguien a quien seguir, en alguien que había devuelto a Zeriska no solo las ganas de luchar, sino también la capacidad de confiar y de reír.
El amanecer no trajo luz clara, sino un cielo plomizo que cubría todo el bosque como una pesada manta. Ni una brisa, ni el canto de un solo pájaro: el silencio era tan denso que casi se podía palpar. Parecía que todo el tercer piso contenía el aliento, sabiendo que ese día se decidiría si seguiría siendo un lugar de terror o si por fin recuperaría la calma.
Desde antes de que el primer rastro de luz asomara, los dracónidos ya estaban en movimiento. Se repartieron las últimas provisiones, revisaron cada filo de lanza y cada pieza de armadura con una minuciosidad que hablaba de lo mucho que se jugaban. Los heridos que aún no podían empuñar un arma, junto a los niños y los ancianos, formaron la columna de la retirada. La Reina Zerineth los observaba partir, con los dedos apretados con fuerza alrededor del asta de su lanza, sintiendo el peso de cada mirada que se posaba en ella.
Cuando dio un paso al frente para unirse al grupo de combate, Aoi y Kyouka respondieron al unísono:
—No.
La Reina frunció el ceño:
—No puedo permitir que arriesguen todo por nosotros mientras yo me quedo al margen.
Pero uno de sus capitanes se adelantó, golpeándose el pecho con el puño cerrado:
—Majestad… con todo el respeto que se merece, tampoco podemos permitir que vaya. Si usted cae, nuestra colonia se desmorona. Nosotros podemos ser reemplazados. Usted no.
Varias voces secundaron sus palabras. Zerineth guardó silencio, consciente de la verdad que llevaban en sus palabras. Aoi habló entonces con suavidad pero firmeza:
—Nosotros nos encargaremos de detenerla. Su lugar ahora es proteger a quienes aún dependen de usted.
Tras unos segundos de lucha interna, la Reina asintió lentamente.
—Regresen con vida.
—Ese es el plan —respondió Aoi con una sonrisa serena.
Poco después el grupo se dividió. La Reina acompañaría al grueso de su pueblo hasta los límites del bosque, lejos del lugar donde el destino se decidiría. Mientras tanto, hacia el inmenso acantilado se dirigía solo una pequeña fuerza: Aoi, Kyouka, Zeriska, diez de los guerreros más experimentados, Fern, Lyn, Regulus, Puddle, el Gusano de Pantano y el Árbol Viviente. Todo lo que tenían contra una bestia que no pertenecía a ese mundo.
Cuando el risco apareció ante ellos, se alzaba como una muralla de piedra gris y antigua, cuyas cimas se perdían entre las nubes bajas. Kyouka lo miró con satisfacción profesional:
—Exactamente como lo calculamos. —Se giró hacia el Árbol Viviente—. Es hora.
Las raíces comenzaron a moverse con una precisión lenta y poderosa, hundiéndose en la roca siguiendo el camino trazado durante la noche, buscando una a una las cavidades donde habían colocado las cargas explosivas. Kyouka revisó cada detonador, comprobó cada conexión y luego miró a los guerreros:
—Nadie atacará hasta que yo dé la señal. Esperen el derrumbe. Solo entonces golpearemos.
Todos asintieron y tomaron sus posiciones, ocultos entre las rocas y la vegetación, con el corazón latiendo al mismo ritmo que el suelo bajo sus pies.
Mientras tanto, varios kilómetros al este, Aoi cabalgaba sobre el lomo de Fern. El enorme Fenrir macho avanzaba en completo silencio, moviéndose como una sombra plateada entre los troncos. A su lado corría Zeriska, con la lanza en la mano y la mirada fija en la espesura. Por encima, Lyn y Regulus trazaban círculos amplios, vigilando cada rincón. Y bajo la tierra, el Gusano de Pantano se deslizaba, guiándose solo por el pulso del terreno.
De pronto, una vibración profunda recorrió el suelo y el Gusano soltó su grave aviso: Grrrmmm…
Aoi cerró los ojos un instante, dejando que esa sensación la invadiera: pasos pesados, rítmicos, que hacían vibrar hasta las hojas más altas. Al abrirlos, dijo simplemente:
—Ya está aquí.
Zeriska sintió cómo se le helaba la sangre:
—¿Tan cerca?
—Cada vez más —confirmó Aoi.
Fern soltó un gruñido bajo y profundo, mostrando los dientes. Todos sabían que el tiempo de preparativos había terminado.
—Zeriska —llamó Aoi con voz tranquila.
—¿Sí?
—¿Tienes miedo?
La dracónida no mintió:
—Sí. Siempre que pienso en ella, siento miedo.
Aoi acarició suavemente el cuello del lobo:
—Eso es bueno. El miedo no es cobardía. Es lo que nos hace estar atentos, lo que nos mantiene vivos. Quien deja de sentir miedo empieza a cometer errores… y contra ella, un solo error es suficiente para no volver.
Zeriska respiró hondo. El miedo no desapareció, pero dejó de ser una carga y se convirtió en una advertencia. Asintió con firmeza y siguió avanzando.
A lo lejos, el bosque volvió a temblar con mayor fuerza. Los árboles crujieron, las piedras rodaron por el suelo. La Esfinge ya no estaba escondida. Estaba allí, buscándolos, furiosa y hambrienta. Y el combate que decidiría el destino de todos estaba a punto de estallar.