El suelo pareció inclinarse bajo los pies de Mateo mientras acortaba la distancia entre la barra y la mesa junto a la ventana. Con cada paso, el ruido del café —el choque de las tazas de porcelana, el murmullo de los clientes y la música suave de fondo— se disipó por completo.
Al llegar, deslizó la silla de madera y se sentó frente a ella.
—Hola, Ana —dijo él. Su voz era un susurro grave, cargado de una emoción contenida durante meses.
Ana exhaló un suspiro lento, dejando la servilleta sobre la mesa. La rigidez inicial de su rostro dio paso a una ternura vulnerable que Mateo reconoció al instante, la misma de aquella noche helada sobre el mar Tirreno.
—Hola, Mateo —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Pensé que no te volvería a ver.
La pequeña Lucía, que reconocía vagamente el rostro de Mateo o simplemente percibía la calma repentina de su madre, lo miró con sus grandes ojos oscuros antes de volver a concentrarse en su helado. Mateo le dedicó una sonrisa breve a la niña, sintiendo un nudo amargo en la garganta al recordar a Leo y a Sofía.
—He pensado en esa tarde todos los días —confesó Mateo, apoyando los antebrazos en la mesa, acercándose un poco más a ella—. En la lluvia, en la puerta cerrada... en lo que nos dijimos por teléfono. Intente seguir adelante, te lo juro, pero mi vida parece un escenario donde solo actúo.
Ana entrelazó sus dedos sobre el regazo. La sinceridad de Mateo la golpeó con la fuerza de una ola.
—Yo tampoco he vuelto a ser la misma, Mateo —admitió, con la voz quebrada por la honestidad—. Aquella tarde no cerré la puerta porque no te quisiera ver. La cerré porque me daba pavor darme cuenta de que, si subía a tu auto, jamás querría bajarme. Stefano está intentando cambiar, pero... el abismo entre nosotros ya es demasiado grande. Solo sigo allí por Lucía.
—Yo sigo por mis hijos —asintió Mateo, bajando la mirada un segundo antes de volver a cruzarla con la de ella—. Pero estar aquí contigo, aunque sea por diez minutos, me hace sentir que vuelvo a respirar.