Anna pidiendo que la den por muerta para no firmar más, y Garoum abanicándola con las hojas ya revisadas jajaja. ¡Ese señor merece un aumento!
Capítulo 66: El peso de las almas
Pensamiento
Anna pidiendo que la den por muerta para no firmar más, y Garoum abanicándola con las hojas ya revisadas jajaja. ¡Ese señor merece un aumento!
Contenido de la publicación
Las calles de la capital imperial bullían de actividad desde primera hora de la mañana. El sol bañaba con luz dorada los edificios de piedra blanca, las fachadas con adornos de hierro forjado y los puestos de mercado que llenaban cada rincón. El sonido de las voces, el regateo de los comerciantes y el tintineo de las monedas creaban un murmullo constante y alegre que envolvía toda la plaza principal.
Mientras Maelys y Clarisse se habían apartado para descansar cerca de una de las fuentes de mármol, donde el agua fresca caía en cascada y refrescaba el ambiente, el resto del grupo no estaba precisamente en calma. Al contrario, parecían haber encontrado un nuevo pasatiempo favorito.
—Lucien…
La voz de Lyra sonó dulcemente, pero con una entonación demasiado inocente, demasiado cuidada, como si estuviera a punto de desatar una broma que ya tenía planeada.
El joven noble apenas levantó la vista. Estaba detenido frente a un pequeño puesto de artesanías, entre cientos de cadenas, anillos y colgantes. Entre sus dedos sostenía con delicadeza una pieza muy fina: un colgante de plata pulida, trabajado con formas de hojas entrelazadas, y en su centro engarzaba una gema azul pálida que brillaba con la luz como si guardara un trozo de cielo.
—¿Sí? —respondió con total naturalidad, aunque su pulgar acariciaba la gema sin darse cuenta.
En ese instante, Eliana apareció a su lado como si hubiera estado esperando el momento justo. Se inclinó un poco para ver mejor lo que tenía en la mano, con una sonrisa que ya delataba su curiosidad.
—¿Y qué es lo que estás mirando con tanta atención? ¿Algo en especial?
Lucien mantuvo la compostura, aunque sus mejillas comenzaron a adquirir un leve tono rosado.
—Nada importante. Solo observaba el trabajo del artesano.
—¿Ah, sí? —repitió Lyra, acercándose también y apoyando una mano en el mostrador. Se inclinó un poco para ver el colgante, y al instante una sonrisa traviesa y enorme se extendió por su rostro—. Vaya… es realmente bonito. Muy delicado.
—Y el color combina perfecto con ciertos ojos que hemos visto últimamente —añadió Eliana, asintiendo con la cabeza con aire de aprobación.
Lucien simplemente asintió, sin saber muy bien qué decir.
—Sí… es un buen trabajo.
Hubo unos segundos de silencio, pero fue un silencio cargado de complicidad. Ambas mujeres se miraron de reojo, intercambiando una mirada idéntica, y luego volvieron a fijar los ojos en él.
—¿Será…
—empezó Lyra, arrastrando las palabras con intención.
—…para cierta personita que suele reírse con facilidad y le gustan las cosas sencillas? —terminó Eliana sin dejarle tiempo a respirar.
Lucien se quedó completamente inmóvil, como si le hubieran congelado en el sitio.
—No sé de qué hablan —respondió con voz firme, aunque un poco más aguda de lo habitual.
—Claro que sí sabes —replicó Lyra con una carcajada contenida—. Hace menos de una semana decías que esas joyas son adornos innecesarios y que no te fijas en ellas. Y ahora aquí estás, mirando una con tanta dedicación.
—Y una bastante elegante, además —agregó Eliana, sin dejar de sonreír—. Parece que de pronto cambiaste de opinión.
Un poco más lejos, Sylwen observaba toda la escena con los brazos cruzados sobre el pecho. Intentaba mantener la expresión seria y distante que la caracterizaba, pero ver al joven noble tan acorralado era demasiado incluso para ella. Una pequeña sonrisa terminó escapándose de sus labios, que trató de ocultar bajando la mirada.
Lucien sintió cómo todas las miradas se concentraban sobre él, y notó que la temperatura de su rostro subía todavía más.
—Solo… —se aclaró la garganta con fuerza, intentando recuperar la compostura— solo me pareció un trabajo bien hecho. Nada más. El artesano tiene habilidad.
—¿Y casualmente, al verlo, pensaste en Clarisse? —preguntó Lyra directamente, sin dejarle escapatoria.
El silencio que siguió fue suficiente respuesta. Lucien no dijo nada, pero sus dedos se cerraron un poco más sobre el colgante.
Eliana ya no pudo contenerse más y soltó una risa suave y alegre.
—Míralo, hasta se ha puesto nervioso. No hace falta que diga nada, ya lo dice toda su cara.
—No estoy nervioso —replicó él de inmediato, aunque evitaba mirarlas a los ojos—. Solo están diciendo tonterías que no tienen ningún sentido.
—Tonterías… —repitió Sylwen con suavidad, acercándose un paso—. Pero si son tonterías, ¿por qué todavía no has soltado el colgante?
Lucien bajó lentamente la vista hacia su propia mano. En efecto, seguía sosteniéndolo entre los dedos, como si se hubiera olvidado de dejarlo sobre el mostrador. Abrió la boca para responder, pero no encontró ninguna excusa que no sonara ridícula.
El silencio se convirtió en risas suaves que llenaron el pequeño espacio frente al puesto. Por suerte para él, las dos personas que aparecían en la conversación estaban demasiado lejos, junto a la fuente, para escuchar nada de lo que decían.
A pocos metros de distancia, rodeadas por el sonido constante y relajante del agua, Clarisse y Maelys permanecían sentadas en el borde de piedra. Clarisse observaba cómo el agua caía en finos hilos, brillando bajo el sol, mientras que Maelys sostenía en su regazo las pequeñas bolsas con los objetos que había comprado hacía unos minutos.
La joven demonio tenía la mirada fija en el agua, con una expresión tranquila pero pensativa. Clarisse la miró de reojo, notando que no estaba tan relajada como fingía.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó con suavidad.
Maelys tardó unos segundos en responder, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—Sí… —dijo al final, con un tono suave—. Solo… todavía no me acostumbro a esto.
Clarisse asintió en silencio, comprendiendo de inmediato a qué se refería. Basta con mirar a su alrededor para notarlo: algunas personas las observaban de reojo, otros susurraban frases que no alcanzaban a escuchar, y había comerciantes que fingían no verlas o se apartaban levemente cuando pasaban cerca. No era hostilidad abierta, pero sí desconfianza, distancia y prejuicio.
Maelys siguió hablando, con la mirada perdida en el reflejo del agua.
—Desde hace siglos, nuestra raza carga con una reputación pesada —explicó con voz tranquila, aunque con un deje de tristeza—. En todos los libros, en todas las historias y en las enseñanzas de la Iglesia, se nos describe como criaturas de las sombras, enemigas de la luz y contrarias a la voluntad de la diosa.
Suspiró suavemente, moviendo los dedos sobre la piedra fría.
—Pero todo eso ocurrió hace más de trescientos años. La guerra antigua, los conflictos que marcaron aquella época… ya no existen. La mayoría de los demonios que vivimos hoy no hemos hecho daño a nadie. Solo queremos trabajar, tener un hogar y vivir en paz.
Guardó silencio un instante, y sus ojos se oscurecieron un poco.
—Y aun así… el pasado sigue persiguiéndonos. Nos miran con miedo o rechazo antes de siquiera saber quiénes somos.
Clarisse la escuchaba con atención, sin interrumpirla, dejando que sacara todo aquello que llevaba guardado.
—Por eso —continuó Maelys, y entonces la miró a los ojos con una sonrisa tímida y sincera—, cuando supe que veníamos a la capital, pensé que aquí sería igual. Que tendría que pasar los días sintiendo esas miradas sobre mí. Pero ustedes, y especialmente Lady Anna, nos recibieron sin preguntarnos por nuestra raza, solo por quiénes éramos.
Clarisse sonrió con calidez.
—Entonces… ¿por qué decidiste venir? —le preguntó con curiosidad—. Nadie te obligó a entrar en la Academia ni a acompañarnos en este viaje. Podrías haberte quedado en las tierras de la Rosa Blanca, donde nadie te mira con desconfianza.
Maelys volvió la vista hacia el otro extremo de la plaza, donde veía a Lucien rodeado de las demás, y no pudo evitar soltar una pequeña risa al ver la expresión de confusión y vergüenza que tenía en ese momento.
—La verdad es que casi rechazo la invitación —admitió con franqueza—. Tenía miedo de salir de aquel refugio.
Clarisse la observó con mayor interés.
—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?
Maelys se quedó en silencio unos segundos, ordenando sus pensamientos. Cuando habló de nuevo, su voz se volvió más suave y profunda, cargada de respeto.
—Lady Anna —respondió con seguridad—. Siempre que la veo, siempre que hablo con ella, me doy cuenta de algo muy importante.
Su expresión se volvió más serena, casi solemne.
—Ella carga con un pasado muchísimo más pesado que el mío. Cometió errores que todos conocen, que no se han olvidado y que muchos siguen recordando para juzgarla. Muchos creen que simplemente dio la espalda a lo que hizo y siguió adelante sin mirar atrás. Pero no es así.
Llevó una mano suavemente sobre su propio pecho, sobre el corazón.
—Nosotros, los demonios, tenemos una capacidad que pocos conocen: podemos ver más allá de la apariencia, podemos percibir el alma de las personas tal como es. Y el alma de Lady Anna… —su voz se redujo hasta convertirse en un susurro— es una que jamás ha dejado de cargar con su pasado. Lo lleva consigo todos los días, como una piedra que no se quita del camino. No lo olvida, no lo esconde y no intenta justificarlo. Solo sigue caminando, paso a paso, a pesar de todo.
Levantó lentamente la mirada, y en sus ojos brillaba una luz de admiración.
—Entonces pensé… si una humana, que apenas vivirá una fracción del tiempo que nos corresponde a nosotros, puede soportar un peso tan grande y seguir intentando ser mejor cada día… ¿por qué yo no podría hacerlo? Si ella puede enfrentarse a las miradas y a los juicios, ¿por qué yo tendría que esconderme?
Clarisse se quedó en silencio, impresionada. Jamás había escuchado a nadie describir a Anna de esa forma: no como una heroína de leyenda, ni como la antigua tirana que todos temían, sino simplemente como alguien que caminaba cada día hombro con hombro con sus propios errores, decidida a no volver a cometerlos.
Mientras tanto, en el interior del majestuoso castillo imperial, la realidad era muy distinta y mucho menos solemne.
Anna estaba sentada en una amplia silla de respaldo alto, en una sala llena de estanterías y mesas de trabajo. Tenía la espalda recostada por completo, los ojos entrecerrados y la boca ligeramente abierta, con una expresión que parecía decir que ya no quedaba nada de ella en su cuerpo. Parecía que su alma había abandonado su envoltura física y se había ido a descansar a algún lugar lejano.
Frente a ella, sobre la mesa, se alzaba una montaña infinita de documentos, informes, solicitudes, permisos y formularios que parecían multiplicarse por sí solos.
A un lado, Garoum permanecía de pie con la espalda recta, cumpliendo con su deber, pero moviendo lentamente un abanico improvisado hecho con varias hojas de papel unidas, para darle aire a su señora.
Anna habló sin mover ni un solo músculo de su rostro, con una voz que parecía venir de muy lejos.
—Garoum…
—A sus órdenes, Lady Anna —respondió él con la misma seriedad de siempre.
—Dile… dile a quien corresponda… que ya estoy muerta. Que me fui a otro mundo y que no puedo firmar nada más.
Garoum miró de reojo la pila de papeles, luego volvió a mirarla con una media sonrisa contenida.
—Lo siento mucho, mi señora. Pero no puedo mentir ante el Emperador. Si le digo eso, él mismo vendrá a comprobarlo y le traerá el doble de trabajo para “despertarla”.
Anna dejó escapar un gemido débil y desesperado.
—Odio… —murmuró con desánimo— odio los trámites, odio los papeles, odio las firmas, y sobre todo… odio a quien inventó los formularios y las reglas burocráticas. Deberían haberlo puesto a firmar todos los documentos del Imperio él mismo.
Garoum soltó una pequeña risa grave y cálida.
—Ánimo. Todavía le quedan solo tres carpetas más. Una vez firmadas, podrá descansar.
Anna levantó una mano con esfuerzo, señalando la montaña de hojas.
—Garoum… creo que mi alma acaba de terminar de irse definitivamente. Ya no queda nada aquí. Solo el cuerpo.
El guerrero siguió moviendo el abanico con paciencia, mientras ella miraba los papeles como si fueran su mayor enemigo en todo el continente.
Anna continuaba completamente recostada sobre el respaldo de la amplia silla de roble, con los brazos caídos a los lados y la mirada perdida en los altos relieves del techo decorado con pinturas doradas. Frente a ella, sobre el enorme escritorio de caoba, seguían alzándose tres voluminosas carpetas de cuero, llenas hasta el borde de informes, solicitudes y decretos que parecían multiplicarse por sí solas.
A su lado, Garoum permanecía de pie, inmóvil como una estatua, abanicándola con total calma usando un improvisado abanico hecho con hojas de documentos ya revisados.
—Lady Anna —volvió a llamar con suavidad, intentando sacarla de su estado de letargo.
—...
—Lady Anna —insistió con un tono un poco más firme.
Anna apenas movió los labios, sin cambiar de postura ni desviar la vista del techo.
—Dígale a quien venga a buscarme… que ya no me encuentro en este mundo. Que mi alma ha partido hacia otros reinos y que mi cuerpo ya no responde a ninguna orden terrenal.
Garoum soltó un pequeño suspiro divertido, pero no tuvo tiempo de responder. En ese instante, tres golpes suaves pero firmes resonaron en la puerta de madera maciza.
—Adelante —respondió el guerrero en voz alta.
La puerta se abrió lentamente, dejando entrar una tenue luz del pasillo y, con ella, la presencia de dos personas que imponían respeto sin necesidad de gestos: el Emperador Aurelian Valtheris I y la Emperatriz Seleneia Valtheris. Ambos avanzaron con paso tranquilo, y en sus rostros se dibujaba una pequeña sonrisa, como si hubieran venido con la intención de alegrar la jornada.
Aurelian recorrió con la mirada la escena: la pila de papeles, la expresión de agotamiento de Anna y a Garoum moviendo el abanico con paciencia.
—Veo que llegamos en un mal momento —comentó con tono sereno, aunque con un deje de humor.
Anna levantó apenas la cabeza, con los ojos entrecerrados.
—Majestad… si viene a traerme más documentos, más firmas o más informes que revisar, le suplico de rodillas que tenga misericordia. Ya no me quedan fuerzas.
Seleneia no pudo contenerse y soltó una risa suave y cálida, mientras cerraba la puerta tras de sí.
—Tranquila, Anna. Esta vez no venimos a traerle más trabajo. Al contrario: traemos buenas noticias.
Esas palabras bastaron para que, como por arte de magia, una parte de la energía pareciera regresar al cuerpo de Anna. Parpadeó con más claridad y se incorporó lentamente sobre la silla, enderezando la espalda.
—¿Buenas noticias? —repitió con curiosidad renovada.
Aurelian caminó hasta el escritorio y dejó sobre él una carpeta mucho más delgada y ligera que las demás, con un sello oficial en la esquina.
—La primera —anunció con calma.
Anna la tomó con ambas manos y la abrió con cuidado. En la primera hoja aparecía una lista ordenada de nombres, acompañados de fichas breves con sus orígenes y antecedentes. Contó rápidamente: eran diez expedientes en total.
Frunció ligeramente el ceño, sin entender del todo.
—¿Qué es esto?
—Los primeros estudiantes confirmados de razas distintas a la humana que ingresarán este año a la Academia Imperial —respondió Seleneia, acercándose para observar junto a ella.
Anna abrió un poco más los ojos y comenzó a revisar cada ficha con atención.
—Una elfa especializada en botánica… un hombre bestia con gran habilidad para la herrería… dos enanos expertos en ingeniería… una lamia con conocimientos de medicina antigua… un orco interesado en estrategia militar… —fue leyendo en voz baja, hasta que al llegar al último rostro y nombre, sonrió de inmediato—. Y una joven demonio… Maelys.
—Ella fue la última en firmar, pero ya confirmó oficialmente su ingreso —añadió Seleneia con una sonrisa—. Dijo que quería aprender todo lo que pudiera y demostrar que podía valer por sí misma más allá de su origen.
Anna cerró lentamente la carpeta, sintiendo una satisfacción que no esperaba.
—Son diez… no es una cifra muy grande.
—Puede parecer pequeña —intervino Aurelian, cruzando los brazos y apoyándose en el borde del escritorio—, pero es mucho más de lo que esperábamos conseguir en el primer año. Muchas familias dudaron, muchas se quedaron esperando a ver qué pasaba, y otras simplemente se negaron. Que estos diez hayan dado el paso es ya un gran logro.
—Es un comienzo excelente —afirmó Anna con convicción.
El emperador asintió, complacido.
—Nos alegra mucho que pienses igual. Y ahora… —añadió, tomando un segundo documento que llevaba consigo, este mucho más grueso y cubierto de varios sellos de cera de distintos colores y formas—, tenemos la segunda noticia, y es la que más te interesará.
Anna tomó el pergamino con cuidado y comenzó a leerlo despacio. A medida que avanzaba, sus ojos se fueron abriendo poco a poco, hasta que al final levantó la vista con una expresión de total sorpresa.
—¿No puede ser cierto…? —murmuró, y volvió a leer las líneas finales para asegurarse de que no había entendido mal.
—¿Ya fue aprobada oficialmente? —preguntó con voz un poco más alta.
—Esta misma mañana —respondió Aurelian con firmeza—. El Consejo Imperial emitió el decreto hace unas horas.
Anna todavía parecía no creérselo del todo.
—Pero… pensé que tardarían semanas, incluso meses, en revisar todos los informes y dar el visto bueno. Sabía que habría discusiones interminables.
Seleneia sonrió con complicidad y tomó asiento en una silla frente a ella, con la mirada seria pero tranquila.
—Y así lo creíamos también nosotros. Pero hubo factores que aceleraron el proceso. Antes de explicártelo, dime: ¿has oído hablar alguna vez del Reino del Oeste?
Anna negó con la cabeza, intentando ordenar sus ideas.
—No, nunca he escuchado ese nombre.
—Es un reino relativamente joven —comenzó a explicar Aurelian, acercándose hasta el gran mapa mural que cubría una de las paredes de la sala, con dibujos detallados de todas las tierras del continente—. Hace unas cuantas décadas, grupos de distintas razas que no encontraban lugar en los imperios o reinos establecidos decidieron asentarse en una región montañosa y de difícil acceso. Durante mucho tiempo, todos los grandes poderes ignoraron esa zona: la consideraban tierra estéril, alejada de las rutas comerciales y sin ningún valor estratégico.
Señaló con el dedo una extensa zona al occidente, marcada en tonos más oscuros que el resto.
—Mientras todos pensaban que allí no había nada, ellos comenzaron a construir. Levantaron ciudades entre las montañas, abrieron caminos seguros, organizaron sus propias leyes y desarrollaron un comercio que hoy en día llega a lugares insospechados. Ahora mismo, son una nación estable, con sus propias costumbres y una economía que no deja de crecer.
Anna observó el mapa con mayor atención, entendiendo poco a poco hacia dónde iba la explicación.
—¿Y quién los gobierna?
—Un rey hombre bestia, llamado Kaelen —respondió Seleneia—. Goberna con el consejo de representantes de todas las razas que viven allí. Y hace unos meses, enviaron una delegación oficial solicitando ser reconocidos como nación legítima por el resto del continente.
Anna asintió lentamente, comprendiendo al instante el significado de aquello.
—Y muchos imperios y reinos se oponen a aceptarlos.
—Exactamente —confirmó Aurelian—. Dicen que no pueden permitir que un territorio gobernado por razas “no tradicionales” tenga los mismos derechos que las naciones antiguas. Creen que es un peligro para el orden establecido. Pero nosotros no compartimos esa visión. Ni tampoco algunos de nuestros aliados más cercanos. Queremos establecer relaciones diplomáticas y comerciales con ellos, porque sabemos que puede beneficiar a todos.
Anna volvió la vista hacia el documento que tenía en las manos, y en ese momento todo encajó.
—Por eso aprobaron tan rápido mi ciudad… —dijo en voz baja.
Aurelian sonrió, asintiendo con la cabeza.
—Así es. El proyecto de la Rosa Blanca demuestra con hechos, no con palabras, que distintas razas pueden convivir bajo las mismas leyes, trabajar juntas y construir algo próspero sin que se produzca el caos que muchos vaticinan. Para nosotros, tu ciudad es un precedente: la prueba de que lo que queremos hacer con el Reino del Oeste no es una locura, sino algo posible.
Hizo una breve pausa, y su expresión se tornó un poco más seria.
—Por eso el proceso se aceleró. Pero también debes saber que no todos estuvieron de acuerdo.
Anna ya imaginaba la respuesta antes de que terminara de hablar.
—La Iglesia…
Seleneia asintió lentamente, con una mirada reflexiva.
—Y todos los senadores y nobles que siguen al pie de la letra sus enseñanzas. Ellos consideran que reconocer una ciudad como la tuya, y mucho más un reino gobernado por razas distintas, es un error que alterará el orden divino y natural. Dicen que estás abriendo una puerta que no debería abrirse.
El despacho quedó en silencio por unos instantes. Anna volvió a mirar el mapa, donde ahora veía mucho más que dibujos de tierras y fronteras. Por primera vez comprendió que lo que estaba construyendo ya no era solo un asunto de su territorio o de las personas que vivían allí. Su pequeña ciudad, aquella que había nacido con la intención de reparar errores y ofrecer un refugio, se había convertido en el primer paso de un cambio mucho más grande que afectaría a todo el continente.
Y precisamente por eso, supo con claridad que a partir de ese momento tendría cada vez más personas interesadas en verla fracasar, en demostrar que su idea era un error y en hacer que todo volviera a ser como antes.
Apretó suavemente el documento entre sus manos, y en su rostro apareció una expresión decidida.
—Entonces —dijo con voz firme—, tenemos que asegurarnos de que todo salga bien. Porque si fallamos, no solo perderemos lo que hemos construido… también cerraremos la puerta a cualquier cambio durante mucho tiempo.
Aurelian la miró con respeto, sabiendo que había entendido perfectamente la magnitud de su responsabilidad.
—Exacto —respondió el emperador—. Y por eso, aunque el camino sea difícil, confiamos en que tú y quienes te acompañan serán capaces de seguir adelante.
De regreso al territorio de los D’Valrienne, en el amplio patio de la entrada principal, el ambiente era solemne pero cargado de una tensión muy particular. Allí, Demian D’Valrienne esperaba de pie, con la espalda recta, los hombros bien erguidos y una expresión que intentaba mostrar la mayor compostura y autoridad posible. Pero cualquiera que lo conociera bien —y especialmente su hermana Selene, que permanecía a su lado observando con una media sonrisa— podía notar que estaba más nervioso de lo habitual.
Sus dedos se entrelazaban y soltaban a su espalda con movimientos imperceptibles, tragaba saliva con más frecuencia de lo normal y sus ojos recorrían el camino de entrada una y otra vez, como si esperara algo que al mismo tiempo le daba miedo.
—Te ves muy serio, hermano —le dijo Selene en voz baja, con un tono que ya delataba que sabía exactamente lo que pasaba por su cabeza—. Pero por dentro parece que te tiemblan hasta las rodillas.
Demian la miró de reojo, frunciendo el ceño y tratando de mantener la calma.
—Deja de decir estupideces —respondió con voz firme, aunque un poco más aguda de lo que quería—. Solo estoy cumpliendo con mi deber. Es la representante elegida por todas las razas que viven en las tierras de Anna, alguien importante. Es normal que quiera hacerlo bien. Y seguro que ni siquiera me recuerda de cuando éramos más jóvenes, así que no hay motivo para ponerse así.
Selene no respondió, solo sonrió con más ganas y se cruzó de brazos, esperando.
En ese momento, el sonido de ruedas sobre la grava y el paso de caballos anunció la llegada. Un carruaje sencillo pero elegante, decorado con el emblema de la Rosa Blanca, entró en el patio acompañado de una pequeña escolta. Cuando se detuvo, uno de los guardias abrió la puerta y bajó la escalerilla.
Y entonces...
Bajó ella.
Lythariel Aelthir.
Una elfa de porte esbelto y elegante, con cabello largo y plateado que brillaba bajo la luz del sol, ojos del color de los bosques profundos y una expresión serena y tranquila que parecía traer consigo la calma de los antiguos bosques. Vestía ropas de tonos verdes y marrones con bordados de hojas, y llevaba consigo solo un pequeño bastón de madera que parecía más un símbolo de su cargo que un arma.
Fue suficiente con verla aparecer para que Demian se quedara completamente petrificado.
Se le borró cualquier expresión de autoridad, se le quedó la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, como si hubiera visto un fantasma o algo que no esperaba encontrar en absoluto. Todo el esfuerzo por mantener la compostura se desvaneció en un instante.
Lythariel avanzó con pasos suaves y elegantes hasta quedar frente a él, y se detuvo con una leve inclinación de cabeza esperando que él la saludara. Pero Demian no respondió. No se movió, no habló, ni siquiera parpadeó.
Selene, que veía todo con una mezcla de diversión y resignación, no pudo aguantar más. Le dio un codazo seco pero firme en las costillas, justo con la fuerza suficiente para sacarlo de su trance.
—¡Demian! —le susurró entre dientes— ¡Reacciona de una vez!
El golpe lo hizo saltar en su sitio. Parpadeó varias veces, se aclaró la garganta con un ruido excesivo y trató de recuperar la postura, aunque ya era demasiado tarde: había perdido toda la compostura que había intentado mostrar.
—¡Ah! ¡Sí! —balbuceó, con la voz temblando un poco— Disculpe... bienvenida a nuestras tierras, Lady Lythariel. Soy Demian D’Valrienne, encargado de recibirla en nombre de mi hermana Anna.
Lythariel lo miró con curiosidad, sin entender muy bien por qué el joven noble parecía tan alterado. Para ella, aquello era algo normal: muchos humanos se ponían nerviosos ante la presencia de un elfo, especialmente si no estaban acostumbrados a tratar con ellos.
—Gracias por recibirnos —respondió con voz suave y melodiosa—. No se preocupe, no hay necesidad de tanta formalidad.
Mientras tanto, Selene ya se estaba masajeando la frente con una mano, conteniendo la risa y pensando: “Ni siquiera se da cuenta de que no es por ser elfa, tonto... y ella tampoco entiende por qué está así. Van a necesitar años para darse cuenta”.
Detrás de ellos, los soldados que formaban la guardia del territorio se miraban entre sí y movían la cabeza lentamente de lado a lado, con una sonrisa discreta en los labios. Todos habían visto esa misma mirada antes, y sabían perfectamente lo que significaba. Incluso los guardias que acompañaban a Lythariel, más acostumbrados a leer las intenciones de los demás, intercambiaron una mirada cómplice y asintieron levemente, entendiendo la situación mucho mejor que los dos protagonistas.
—Espero que el viaje haya sido tranquilo —continuó Demian, intentando ordenar sus ideas pero sin lograr que su voz sonara firme del todo.
Lythariel sonrió con naturalidad, y sus ojos se iluminaron con un destello de reconocimiento que lo tomó por sorpresa.
—Ha sido un viaje agradable —respondió ella—. Y veo que usted no ha cambiado nada en todos estos años, Demian. Sigue siendo el mismo joven que se perdía en los bosques del norte y se asustaba de sus propios pasos cuando caía la noche.
Demian se quedó paralizado por segunda vez. Esa frase, dicha con tanta naturalidad, le quitó el aire de golpe. Había venido pensando que ella no tendría ningún recuerdo de esos encuentros lejanos, que para ella no sería más que un nombre entre tantos... pero lo había recordado. Y no solo eso, sino que hablaba de ello como si fuera algo que había guardado con claridad.
Se quedó sin palabras, con las mejillas encendiéndose de un rojo intenso, mientras Selene ya no podía contenerse más y soltaba una pequeña risa que trataba de disimular tosiendo.
“No ha cambiado nada... y se acuerda”, pensó Demian, sintiendo que su corazón latía con más fuerza que nunca. Y por primera vez en mucho tiempo, no supo muy bien qué decir ni cómo actuar.
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