Que nadie desenvainara nada y aun así se notara la presión me gustó mucho. Después del final del 64, ver a Lysandra pedir otra charla con calma me dejó con ganas de esa conversación, posta.
Capítulo 65: Dos caminos, un mismo destino
Pensamiento
Que nadie desenvainara nada y aun así se notara la presión me gustó mucho. Después del final del 64, ver a Lysandra pedir otra charla con calma me dejó con ganas de esa conversación, posta.
Contenido de la publicación
El viento recorría lentamente el camino, haciendo ondear los estandartes de ambas caravanas.
Durante unos segundos, nadie habló. No había armas desenvainadas, ni hechizos preparados, ni una sola gota de maná flotaba en el ambiente. Y aun así, todos los presentes sentían una presión difícil de explicar.
Garoum mantenía una mano sobre la lanza. No porque creyera que la Heroína fuera a atacar; simplemente, su instinto le decía que estaba frente a alguien extraordinario. A unos pasos de él, Lyra experimentaba exactamente la misma sensación.
Era como si dos fuerzas completamente distintas estuvieran frente a frente. No luchaban, ni siquiera discutían; solo existían, y eso bastaba para que el ambiente pareciera mucho más pesado.
Incluso los soldados imperiales intercambiaban discretamente algunas miradas. Los caballeros de la Iglesia tampoco hablaban. Nadie comprendía exactamente qué estaba ocurriendo, pero todos sentían lo mismo: como si dos mundos completamente diferentes acabaran de encontrarse.
Lysandra fue la primera en romper el silencio. Su sonrisa permanecía tranquila.
—Me quedaré algunos días en la capital imperial.
Anna levantó ligeramente la vista.
—¿Así es?
La Heroína asintió.
—La Iglesia tiene varios asuntos que tratar con el Imperio. Si el tiempo lo permite, me gustaría conversar con usted nuevamente. Esta vez, con un poco más de tranquilidad.
Anna sonrió con naturalidad.
—Será un placer —luego dejó escapar un pequeño suspiro—. Aunque me temo que durante los próximos días estaré bastante ocupada.
Lysandra inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Algún asunto importante?
Anna asintió.
—Debo reunirme con Su Majestad. Estamos preparando una nueva reforma relacionada con los territorios donde conviven distintas razas. —Miró un instante el estandarte de la Rosa Blanca—. Acepté convertirme en la representante de este proyecto, así que probablemente tendré bastante trabajo.
Los ojos dorados de Lysandra permanecieron unos segundos fijos en ella. No dijo nada; simplemente asintió.
—Entonces no la entretendré más.
Dio un pequeño paso hacia atrás y realizó una elegante inclinación.
—Ha sido un verdadero gusto conocerla, Lady Anna.
Anna respondió de la misma manera.
—El gusto ha sido mío, Lady Lysandra.
La Heroína giró lentamente y regresó junto a los caballeros de la Iglesia. Tomó las riendas de su caballo, pero antes de montar volvió la cabeza por última vez.
—Espero volver a verla pronto.
Anna sonrió.
—Igualmente.
Lysandra montó de un solo movimiento, y los caballeros comenzaron a avanzar tras ella. Poco a poco, la caravana de la Iglesia desapareció por el camino.
El silencio permaneció unos segundos más, hasta que Garoum habló.
—¿Qué le pareció?
Anna seguía observando el camino por donde se habían marchado.
—Es... extraña.
Garoum levantó una ceja.
—¿Extraña?
Anna soltó una pequeña risa.
—Sí. No sabría explicarlo, pero no me cayó mal. De hecho, creo que es una buena persona.
Garoum no respondió, solo volvió a montar. La caravana retomó lentamente su marcha hacia la capital.
Mientras tanto, al otro lado del camino, uno de los caballeros de la Iglesia acercó su montura a la de Lysandra.
—Lady Lysandra.
Ella giró ligeramente la cabeza.
—¿Sí?
El caballero dudó unos instantes antes de preguntar:
—¿Qué opinión tiene de Lady Anna?
Lysandra permaneció en silencio, todavía recordando aquella breve conversación: la tranquilidad con la que hablaba, la forma en que trataba a quienes la rodeaban, Nada coincidía con la imagen que había leído en los antiguos informes.
Finalmente respondió:
—Es... extraña.
El caballero parpadeó, confundido.
—¿Extraña?
Lysandra dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Muy diferente a lo que esperaba. Los rumores cuentan demasiadas historias distintas sobre ella, y por ahora no sé cuál de todas ellas es la verdadera.
Volvió la vista al frente, decidida.
—Supongo que tendré que descubrirlo por mí misma.
Los caballos continuaron avanzando por la ruta polvorienta. Sin que ninguna de las dos jóvenes pudiera imaginarlo, aquel encuentro aparentemente casual sería el primero de muchos. Y algún día, sus ideales terminarían enfrentándose en un conflicto capaz de cambiar el destino de todo el continente.
Las enormes murallas de la capital imperial finalmente aparecieron en el horizonte.
Después de tres largos días de viaje… habían llegado.
Los soldados que custodiaban las puertas reconocieron de inmediato el carruaje con el emblema de la Rosa Blanca y, tras una breve revisión protocolaria, permitieron el ingreso de la caravana.
El bullicio característico de la capital volvió a envolverlos: mercaderes ofreciendo sus productos a gritos, carruajes cruzando las amplias avenidas, caballeros patrullando las calles y cientos de ciudadanos caminando de un lado a otro sin detenerse.
Garoum dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—Al fin…
Lyra estiró los brazos con fuerza mientras descendía de su caballo.
—Tres días seguidos montando… necesitaba volver a sentir el suelo firme bajo mis pies.
Incluso Anna sonrió, compartiendo ese mismo sentimiento.
—Creo que todos pensamos lo mismo.
Los soldados imperiales que los habían escoltado durante todo el trayecto comenzaron a formar filas ordenadamente. Su capitán desmontó y caminó hasta quedar frente a Anna, realizando un respetuoso saludo militar.
—Lady Anna, nuestra misión termina aquí.
Anna respondió con una ligera inclinación de cabeza.
—Les agradezco el esfuerzo y la dedicación.
El capitán sonrió con amabilidad.
—Ha sido un honor escoltarla.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Y recuerde… si en algún momento vuelve a necesitar protección durante alguno de sus viajes, solo debe informar a Su Majestad. Los Guardias Imperiales acudirán de inmediato.
Anna sonrió con sinceridad.
—Espero no darles demasiado trabajo.
Varios soldados soltaron una pequeña risa, relajando la tensión de la despedida.
—Le deseamos un buen regreso a la Academia, Lady Anna.
—Gracias.
Los soldados emprendieron el camino de regreso hacia el palacio imperial.
Durante unos segundos, el grupo simplemente permaneció allí, disfrutando del alivio de haber llegado por fin.
Fue entonces cuando Maelys comenzó a mirar en todas direcciones, con los ojos muy abiertos y brillando de emoción.
—¡Es enorme!
Sylwen tampoco podía ocultar su curiosidad, observando cada rincón con atención. Jamás había recorrido una ciudad humana de semejante tamaño.
Sin embargo, esa curiosidad era mutua. No pasó demasiado tiempo antes de que varias personas a su alrededor comenzaran a observarlas discretamente: una elfa de largas orejas puntiagudas y una joven de rasgos que delataban su ascendencia demoníaca, caminando con total libertad por el centro de la capital. No era una imagen común para los habitantes de la ciudad.
Maelys bajó ligeramente las orejas, sintiéndose un poco incómoda.
—Nos están mirando…
Sylwen esbozó una sonrisa con algo de incomodidad.
—Supongo que es inevitable.
Anna también lo había notado, pero lejos de mostrar preocupación, simplemente sonrió con calma.
—La curiosidad no puede evitarse. Con el tiempo, se acostumbrarán a verlas.
Luego miró hacia Lyra y Eliana.
—¿Podrían acompañarlas un rato? Yo quiero ir con Garoum a informar personalmente al Emperador de que hemos regresado. Mientras tanto, sería bueno que ellas conocieran un poco la capital sin prisas.
Lyra asintió de inmediato, sonriendo.
—Será un gusto.
Eliana también estuvo de acuerdo, y añadió mirando de reojo a Maelys:
—Además, así evitaremos que alguien termine siguiéndolas por simple curiosidad.
Maelys sonrió feliz, agradecida.
—¡Gracias!
En ese momento, una pequeña mano se alzó desde el interior del carruaje, moviéndose en el aire.
—¡Yo también quiero ir!
Todos giraron la cabeza. Lira acababa de despertarse, todavía con el cabello completamente despeinado y los ojos entrecerrados por el sueño, mientras bostezaba con fuerza y levantaba ambos brazos pidiendo que la tomaran.
Anna soltó una pequeña risa divertida.
—¿Estás segura? La ciudad es muy grande y caminaremos bastante.
La niña asintió con tanta energía que casi se cae del asiento.
—¡Quiero recorrer la ciudad con la hermana Lyra!
Lyra se acercó para ayudarla a bajar, con una sonrisa llena de ternura.
—Entonces será una expedición mucho más divertida.
Eliana negó con la cabeza, fingiendo una expresión seria.
—Solo prométeme una cosa.
Lira inclinó la cabeza, confundida.
—¿Qué cosa?
—Nada de robar pastelillos en los puestos del mercado.
La pequeña infló las mejillas de inmediato, indignada.
—¡Fue solo una vez!
—Fueron tres —respondieron Anna y Eliana al mismo tiempo, provocando que todos soltaran una carcajada.
Anna observó al grupo con tranquilidad, satisfecha.
—Nos reuniremos al anochecer en la residencia que la Academia tiene en la ciudad. Allí nos espera una cena y descanso.
Todos asintieron con entusiasmo.
Así, por primera vez desde que habían salido del territorio de la familia D’Valrienne, el grupo tomó caminos diferentes.
Sin imaginar que aquella sencilla decisión los llevaría a vivir experiencias muy distintas, y descubrir nuevos secretos, antes de que terminara el día.
La capital imperial era tan inmensa que parecía no tener fin. Sus calles se extendían en todas direcciones, bordeadas por edificios de piedra pulida y madera oscura que se alzaban hasta tocar el cielo. Las avenidas principales estaban siempre repletas de actividad: carruajes de todas las clases, caballeros con sus armaduras brillantes, viajeros llegados de los rincones más lejanos del Imperio y mercaderes que gritaban sus ofertas con entusiasmo.
El gran mercado ocupaba varias manzanas enteras, y su bullicio se escuchaba desde lejos. El aire estaba cargado de olores que se mezclaban: el pan recién horneado que salía de los hornos, el aroma intenso de las especias importadas, la dulzura de las frutas maduras y el humo de la carne asada en las parrillas. Todo invitaba a detenerse, a mirar, a probar.
—¡Fruta fresca y jugosa, directa de los valles del sur! —gritaba un vendedor.
—¡Las telas más finas, dignas de cualquier noble! —anunciaba otro.
—¡Hierbas curativas y ungüentos para cualquier mal!
Para alguien que no conocía la ciudad, parecía un lugar abierto, acogedor y lleno de vida. Pero esa apariencia cambiaba según quién fuera quien caminara por sus calles.
Los ojos de Maelys brillaban con una curiosidad infinita, igual que los de una niña pequeña ante algo nuevo.
—¡Es enorme! Nunca imaginé que hubiera tantas cosas en un solo sitio.
Sin esperar indicaciones, corrió alegremente hacia el primer puesto que llamó su atención: una mesa llena de dulces de miel, frutos secos y pasteles de colores.
—¡Miren cuántos hay!
Eliana soltó un suspiro leve, aunque no con enojo, sino con precaución.
—No te alejes demasiado, mantente a la vista.
—¡No lo haré, lo prometo! —respondió Maelys, ya sacando de su bolsillo las monedas que había guardado durante su estancia en la finca, llena de ilusión.
Lyra caminaba detrás de ella y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Lady Anna hizo bien en darnos este rato libre. Se nota que necesitaba ver algo más allá de los bosques.
Mientras tanto, Sylwen avanzaba unos pasos más atrás, observando todo con mayor atención. Era la primera vez que recorría la capital imperial con calma, sin prisas ni escoltas, sin tener que fingir ser otra persona ni ocultar sus rasgos. Y muy pronto comprendió por qué en tantas historias y relatos se hablaba de la ciudad como un lugar de puertas cerradas para quienes no eran humanos.
No tardó en notar las miradas.
A su paso, varios grupos de personas interrumpían sus conversaciones de golpe, volviendo la cabeza hacia ella con expresiones que iban desde la sorpresa hasta la desconfianza. Los niños, menos discretos, señalaban con el dedo sus largas orejas puntiagudas antes de que sus madres les dieran un tirón suave de la ropa y les susurraran que no debían hacerlo, aunque sin dejar de mirar ellas mismas. Los comerciantes, al verla acercarse, desviaban la vista o se ponían a acomodar sus productos con excesivo interés, como si de repente no tuvieran tiempo para nada más.
Maelys también comenzó a sentirlo. Su cola, que antes se movía alegremente de un lado a otro, fue perdiendo ritmo y acabó colgando inmóvil detrás de ella. Las risas de los que pasaban se apagaban en cuanto ella se acercaba; algunos incluso daban un pequeño rodeo por la acera para no cruzarse demasiado cerca, como si temieran que su sola presencia pudiera ensuciarlos o traer mala suerte.
Llegaron hasta un puesto de pan y quesos que olía maravillosamente. El dueño, un hombre de mediana edad con delantal manchado de harina, acababa de atender a un cliente humano y le sonreía con amabilidad.
Maelys dio un paso adelante, con una sonrisa educada y la mano con las monedas extendida.
—Disculpe, ¿cuánto cuesta ese pan de centeno?
El hombre levantó la vista. Pero en cuanto sus ojos se posaron en los pequeños cuernos que asomaban entre el cabello de la joven, y en la punta de su cola que asomaba por detrás, su expresión cambió por completo. La amabilidad desapareció, sustituida por frialdad y desdén.
—No vendo para los de tu clase —respondió con voz seca y cortante, sin siquiera tomarse la molestia de mirarla a los ojos.
Acto seguido, dio media vuelta y giró el cartel de madera que tenía colgado, mostrando la palabra CERRADO en letras grandes. Sin embargo, apenas unos segundos después, cuando un nuevo cliente humano se detuvo a su lado, el hombre volvió a girar el cartel, esbozó una sonrisa y le preguntó con naturalidad:
—¿En qué le puedo servir, señor?
Maelys bajó lentamente la mirada, guardando las monedas en silencio.
—Ya veo… —murmuró, sin insistir, dándose un paso hacia atrás.
Sylwen sintió un nudo apretarse en el pecho. Aquello era exactamente lo que esperaba encontrar antes de conocer el territorio de Anna: un mundo donde tu valor se decidía por la sangre que corría por tus venas.
Continuaron caminando, y la escena se repitió una y otra vez, con pequeñas variaciones. En el puesto de telas, la dependienta les dijo que no tenía nada que les sirviera, aunque sus estantes estaban llenos. En la fuente pública, un grupo de jóvenes se apartó de golpe y empezó a murmurar palabras que no alcanzaban a oír, pero cuyo tono dejaba claro que no eran amables. Nadie las empujaba, nadie las insultaba a gritos, nadie las atacaba. Pero esa indiferencia fría, esa exclusión silenciosa, era suficiente para hacerlas sentir extrañas, intrusas en un lugar que se suponía pertenecía a todos.
Maelys intentó mantener la sonrisa, pero ya no tenía la misma luz que antes. Caminaba con la espalda un poco más encorvada, como si quisiera hacerse más pequeña para no llamar la atención.
Sylwen no sabía qué palabras usar para consolarla, porque sabía que ninguna mentira podría borrar lo que acababan de ver.
Entonces, sintió una mano pequeña y cálida que se deslizó entre sus dedos, sujetándola con firmeza.
Bajó la vista y se encontró con los ojos claros de Lira. La niña sonreía con total naturalidad, como si nada de lo que ocurría a su alrededor fuera importante. Con la otra mano, había tomado también la de Maelys, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Vamos —dijo con voz tranquila y alegre—. Así caminamos todas juntas, es más divertido.
Maelys abrió los ojos con sorpresa, sintiendo cómo una pequeña chispa de calor volvía a su pecho.
—L-Lira…
La niña no dijo nada más. Simplemente siguió avanzando, colocándose justo en medio de ambas, como si fuera la guardiana de su camino.
Lyra, que había observado todo en silencio, esbozó una sonrisa llena de comprensión. Sin mediar palabra, se acercó a Sylwen y le dio un pequeño empujón amistoso con el hombro, para que volviera a erguirse.
Sylwen la miró, confundida al principio.
—No pienses demasiado en lo que dicen o en lo que piensan —le dijo Lyra en voz baja—. Sus miradas no valen nada comparado con lo que tú eres.
Eliana hizo exactamente lo mismo con Maelys, colocándose a su otro lado y apoyando su mano en el hombro de la joven demonio.
—Mientras nosotras estemos aquí, no están solas. Si alguien no quiere verlas, es su problema, no el de ustedes.
Maelys sintió cómo la pesadez de su pecho desaparecía poco a poco. Sylwen también terminó por sonreír, recuperando su postura digna y tranquila. Las miradas hostiles o desconfiadas seguían ahí, no habían desaparecido, pero de repente ya no les parecían tan pesadas, ni tan dolorosas. Porque ahora caminaban rodeadas de personas que jamás las verían como diferentes, ni como inferiores, sino simplemente como compañeras.
Mientras recorrían las calles más animadas del mercado, Sylwen no podía evitar comparar lo que veía con lo que había vivido en la finca de la familia D’Valrienne. Allí, en esas tierras alejadas de la capital, nadie desviaba la mirada, nadie cambiaba de acera, nadie fingía cerrar su negocio. Un elfo, un enano, un demonio o un humano eran tratados con el mismo respeto si actuaban con honradez. Era algo tan natural que, durante un tiempo, había olvidado que en el resto del continente las cosas funcionaban de otra manera.
Miró de reojo a Maelys, que volvía a sonreír, animada por las ocurrencias de Lira. Y entonces comprendió con total claridad: el territorio de Anna no era especial porque tuviera más riquezas, murallas más altas o ejércitos más grandes. Era especial porque era uno de los pocos lugares donde nadie necesitaba preguntar de qué raza era la persona que caminaba a su lado antes de decidir cómo tratarla.
Y esa simple diferencia, ese pequeño acto de ver a los demás como iguales, valía mucho más que cualquier tesoro acumulado en los cofres del Imperio.
El bullicio del mercado continuaba envolviendo al grupo mientras recorrían las calles de la capital. Los puestos seguían ofreciendo sus productos y el aroma de la comida flotaba en el aire, pero esta vez caminaban con más tranquilidad, unidos y sin dejarse afectar por las miradas ajenas.
Maelys ya llevaba varias bolsas colgadas de los brazos, abultadas y llenas de lo que había ido comprando.
—Creo que compré demasiadas cosas... —murmuró avergonzada, mirando de reojo a las demás.
Eliana soltó una pequeña risa.
—Eso lo dices ahora. Cuando lleguemos y empieces a probar todo, te aseguro que dirás que te faltó comprar más.
De repente, Lira señaló con el dedo hacia una tienda que quedaba un poco más adelante, con los ojos brillando de ilusión.
—¡Mira! ¡Más dulces y pasteles recién hechos!
—No —respondieron Lyra y Eliana al mismo tiempo, sin dejar espacio a discusiones.
La pequeña infló las mejillas, pero no insistió demasiado; ya estaba acostumbrada a que le pusieran límites.
Fue entonces cuando dos jóvenes vestidos con el uniforme azul y dorado de la Academia Imperial doblaron la esquina.
El primero era Lucien Ardent: alto, de complexión atlética y bien desarrollada por años de entrenamiento constante. Tenía el cabello de un rojo intenso, ligeramente desordenado en las puntas, y unos ojos de color ámbar brillante que transmitían firmeza y determinación. Su rostro tenía rasgos marcados y una expresión habitualmente seria, casi impasible, aunque su postura era recta y decidida, sin rastro de arrogancia a pesar de pertenecer a una de las casas nobles más respetadas.
A su lado venía Clarisse Vaelmont: de figura delgada, esbelta y movimientos elegantes y suaves. Su cabello era de un tono plateado pálido, que caía en ondas sueltas hasta sus hombros, y tenía unos ojos grandes de un azul celeste profundo, en los que se reflejaba una mirada tranquila, sensible y amable. Su porte era refinado, pero nunca buscaba llamar la atención ni imponerse sobre los demás.
Ambos acababan de salir del recinto académico, charlando con calma, hasta que se detuvieron al ver el grupo.
Lucien fue el primero en levantar la vista y fruncir ligeramente el ceño.
—¿Eh?
Clarisse siguió su mirada, y en cuanto reconoció a quienes estaban allí, una sonrisa alegre apareció en su rostro.
—¡Eliana! ¡Lyra!
Eliana levantó la vista, parpadeó un par de veces para asegurarse de que no se equivocaba y, al reconocerlos, respondió con sorpresa y alegría.
—¿Clarisse?... ¿Lucien?
Ambos se acercaron con paso tranquilo. En cuanto Lira vio a la joven, se adelantó corriendo.
—¡Clarisse!
Clarisse se agachó de inmediato para quedar a su altura y le revolvió suavemente el cabello con afecto.
—Hola, pequeña. Veo que sigues llena de energía, igual que siempre.
—¡Muchísima! —respondió Lira con entusiasmo.
Lucien, por su parte, saludó con un movimiento breve de cabeza.
—Lyra. Eliana. Lira.
Su tono de voz seguía siendo igual de serio y directo que la última vez que lo habían visto.
Lyra sonrió con picardía.
—Veo que sigues hablando demasiado, como de costumbre.
Clarisse soltó una pequeña risa.
—No le hagas caso. Es así con todo el mundo; nunca cambia, por más que lo intente.
Luego, sus ojos se desviaron hacia las dos jóvenes que permanecían unos pasos más atrás, observando la escena con cierta cautela: una elfa de rasgos elegantes y una chica con pequeños cuernos que asomaban entre su cabello y una larga cola que se movía despacio detrás de ella.
Clarisse inclinó ligeramente la cabeza con educación.
—¿Ellas son...?
Eliana dio un paso al frente para hacer las presentaciones.
—Permítanme que se las presente. —Señaló primero a Sylwen—. Ella es Sylwen, acaba de llegar hace poco y es la nueva guardia personal de Lady Anna.
Sylwen respondió con un gesto de respeto, inclinando el torso con elegancia.
—Es un placer.
Después, Eliana señaló a Maelys.
—Y ella es Maelys. A partir de este semestre, será una nueva estudiante de la Academia.
Clarisse abrió ligeramente los ojos, sorprendida.
—¿Entonces los rumores que corrían hace unos días eran ciertos?
Lucien asintió con calma.
—Se ha anunciado que este año se abrirá el ingreso a alumnos de otras razas. Aunque debo reconocer que no esperaba encontrarme con uno antes de que empezaran las clases.
Al escuchar sus palabras, Maelys bajó la mirada con timidez. Al ver que ambos vestían el uniforme de la institución más prestigiosa del Imperio y tenían el porte de la alta nobleza, sintió que un pequeño nudo se le formaba en el estómago.
“Seguro que ahora su actitud cambia…”, pensó con desconfianza, recordando lo que había vivido hacía solo unos minutos en el mercado.
Pero lo que ocurrió a continuación fue muy distinto a lo que esperaba.
Clarisse caminó directamente hacia ella, con una sonrisa cálida y sincera, sin mostrar ni un ápice de desdén ni sorpresa. Extendió la mano hacia ella.
—Mucho gusto. Mi nombre es Clarisse. Espero que podamos llevarnos bien.
Maelys permaneció inmóvil unos segundos, sin saber muy bien cómo reaccionar. Con cierta timidez y sin dejar de observarla con precaución, alargó su mano y correspondió al saludo.
—Y-yo también… mucho gusto.
Clarisse sonrió aún más, con naturalidad.
—Bienvenida a la Academia Imperial, Maelys.
La joven demonio abrió ligeramente los ojos, sin esperar escuchar esas palabras de bienvenida.
Lucien también dio un paso al frente y realizó una breve inclinación de cabeza.
—Lucien. Espero que tengas una buena estancia y que te sea fácil adaptarte.
Su voz seguía siendo completamente seria, sin ninguna variación en el tono. Tan seria y rígida que Maelys, por reflejo, dio un pequeño paso hacia atrás, como si temiera haber hecho algo mal.
Clarisse suspiró con resignación y le dio un suave codazo en las costillas.
—¿Ves? Así es como te reciben.
Lucien la miró con expresión confundida.
—¿Qué pasa? Solo me he presentado y le he deseado lo mejor.
—Precisamente —respondió Clarisse, llevándose una mano a la frente como si estuviera cansada de explicarlo—. Podrías intentar sonreír alguna vez para que no parezca que estás a punto de dar una orden militar.
Lucien mantuvo su rostro totalmente inalterable.
—Estoy sonriendo.
Todos guardaron silencio por un instante. Lyra desvió la mirada para no reírse, Eliana tuvo que morderse el labio para contener la risa, e incluso Sylwen parecía dudar de que aquello fuera verdad.
Clarisse negó lentamente con la cabeza.
—No, definitivamente no lo estás haciendo.
Y entonces, por primera vez desde que habían entrado a la capital, Maelys soltó una pequeña risa. Una risa suave, sincera y sin reservas, que brotó de su pecho con facilidad. Mientras observaba a aquellos dos jóvenes nobles discutir por algo tan absurdo y sin importancia, comprendió que no todos los habitantes de la ciudad, ni todos los nobles, eran iguales.
Y por primera vez en todo el día, sintió una pequeña chispa de esperanza. Quizá, solo quizá, la Academia Imperial también podría convertirse en un lugar donde nadie le preguntara por su raza antes de decidir cómo tratarla, y donde pudiera encontrar personas dispuestas a aceptarla tal y como era.
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PermalinkQue nadie desenvainara nada y aun así se notara la presión me gustó mucho. Después del final del 64, ver a Lysandra pedir otra charla con calma me dejó con ganas de esa conversación, posta.
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PermalinkEl panadero que gira el cartel para Maelys y lo vuelve a girar para el siguiente cliente. Esa la he visto en versión Lima, causa, sin cartel pero con la misma cara.
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