Che leí que en esa zona mucha gente joven entraba a la guerrilla porque era lo que había en la vereda donde nacían, no por elegir, y me quedé en ella, estudiando en la ciudad y volviendo a lavar uniformes con una misión encima, capaz lo entendí mal, y la mamá, ¿siguió en la casa de las papas después de ese domingo?
Capitulo 6 Un amor que surgió en la guerra
Después de haber pasado un tiempo en la base, se realizó un relevo de unidades. Antes de iniciar una nueva operación, comenzamos el descenso desde la base hacia un pueblo cercano, ubicado en el…
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Che leí que en esa zona mucha gente joven entraba a la guerrilla porque era lo que había en la vereda donde nacían, no por elegir, y me quedé en ella, estudiando en la ciudad y volviendo a lavar uniformes con una misión encima, capaz lo entendí mal, y la
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Después de haber pasado un tiempo en la base, se realizó un relevo de unidades. Antes de iniciar una nueva operación, comenzamos el descenso desde la base hacia un pueblo cercano, ubicado en el departamento de Cundinamarca.
Al llegar, recibimos la orden de permanecer allí durante un tiempo y hacer presencia en el sector mientras esperábamos los vehículos que debían recogernos.
La misión apenas comenzaba.
Después de realizar presencia en el pueblo, iniciaríamos nuestro desplazamiento por tierra hacia San Juan de Sumapaz, donde continuaríamos con las operaciones.
Mientras esperábamos los vehículos, aprovechamos para reorganizar el personal y el equipo. Todos sabíamos que aquel desplazamiento sería el comienzo de una nueva misión y, una vez más, nos preparábamos física y mentalmente para salir hacia lo desconocido.
La orden estaba dada.
Los vehículos llegarían pronto.
Y nuestro siguiente destino era San Juan de Sumapaz.
Llegamos al pueblo y nos ubicamos en la parte alta, desde donde teníamos una buena visión de la población y, al mismo tiempo, podíamos mantener vigilancia sobre la vía que conducía hacia el páramo.
Era un punto estratégico. Hacía poco tiempo, la guerrilla descendía por esa ruta para atacar la estación de Policía del pueblo. Por esa razón, a nuestro comandante le habían dado la orden de permanecer en el sector durante un tiempo determinado.
Nuestra misión consistía en mantener el control militar del área, realizar registros, establecer emboscadas y mantener una presencia constante en la zona.
El pelotón estaba conformado por tres comandantes y treinta y cinco soldados. Decidimos dividirnos en dos grupos. Uno permaneció en el punto donde inicialmente nos habíamos ubicado y yo, junto con otro cabo y diecisiete soldados, nos desplazamos hacia otro punto considerado igualmente importante.
Nuestro nuevo lugar estaba cerca de una casa rodeada por cultivos de papa y cebolla.
Al llegar, tomé contacto con la señora que vivía allí. Fue muy amable y nos autorizó a permanecer en las afueras de sus cultivos, siempre y cuando respetáramos algunas indicaciones que nos dio.
Nos contó que vivía sola. Su esposo había fallecido y tenía una hija que estudiaba en una universidad de una ciudad cercana, aproximadamente a una hora del pueblo.
El lugar nos pareció adecuado.
Los días comenzaron a transcurrir con normalidad. Realizábamos registros, patrullajes y las diferentes actividades de control del área. Nos movíamos constantemente por el sector, pero después de cada jornada regresábamos nuevamente a nuestro punto.
Pasaron los días.
Luego las semanas.
Ya habían transcurrido aproximadamente veinte días sin que se presentara ninguna novedad.
Con el tiempo, incluso comenzamos a tener una relación cordial con la señora de la casa. Nosotros teníamos algunos alimentos que nos sobraban de las raciones y que para ella podían ser útiles. Ella, por su parte, tenía productos de su cultivo que para nosotros eran de gran ayuda.
Así nació una costumbre sencilla.
Nosotros le cambiábamos arroz, leche y atún por papas y cebollas.
Era un intercambio que beneficiaba a todos.
Para nosotros eran alimentos que teníamos disponibles; para ella podían ser necesarios. Y para nosotros, después de varios días de raciones de campaña, unas papas y cebollas recién cosechadas representaban un cambio agradable en nuestra alimentación.
Durante aquellos días, todo parecía tranquilo.
Pero en nuestra vida militar habíamos aprendido una lección:
la tranquilidad en una zona de conflicto nunca significaba que el peligro hubiera desaparecido.
Aquel día, como era habitual, llegué acompañado por dos soldados para realizar el intercambio de víveres con la señora de la casa.
Sin embargo, esta vez no fue ella quien nos recibió.
Una mujer joven salió a atendernos y se presentó como María Cristina. Nos explicó que era la hija de la señora.
Poco después salió su madre. Recibió los víveres que llevábamos y nos entregó, como de costumbre, las papas y las cebollas.
María Cristina era una joven de piel blanca, cabello negro y ojos claros. Era muy bonita y, casi de inmediato, los soldados comenzaron a comentar entre ellos que había una muchacha muy hermosa en aquella casa.
Pero para nosotros existía una regla muy clara.
En las áreas de operaciones, los soldados no podían establecer relaciones sentimentales con personas de la población y mucho menos hacerlo a escondidas. Aquella norma tenía una razón. En diferentes regiones del país se habían presentado casos en los que miembros de grupos armados utilizaban a mujeres para atraer a los soldados, alejarlos de sus unidades y después atacarlos o robarles el armamento.
Los soldados conocían la orden y la entendieron.
Sin embargo, por la cercanía de nuestro puesto a la casa, yo debía permanecer atento.
A partir de aquel día, María Cristina comenzó a recibirnos con frecuencia. Cuando teníamos víveres disponibles realizábamos el intercambio y, cuando no, comprábamos directamente las papas y las cebollas.
Eran personas humildes.
Con el tiempo, María Cristina también se ofreció a lavar nuestros uniformes a cambio de un pago. Antes de aceptar, consulté con mi comandante de pelotón y él no encontró inconveniente.
Cada dos o tres días le entregaba algunos uniformes. Ella los lavaba y, después de un tiempo, me los devolvía limpios.
Yo procuraba mantener siempre una relación respetuosa y distante.
No quería que existiera ninguna confusión.
Sin embargo, ella comenzó a tener pequeños gestos conmigo. A veces me ofrecía dulces y, con el paso de los días, comenzó a enviarme cartas.
Yo le agradecía, pero trataba de ser frío y cortante.
Había sido claro con mis soldados: mientras estuviéramos uniformados y en el área de operaciones, no debíamos involucrarnos sentimentalmente con personas de la población.
Yo tenía que dar ejemplo.
Y estaba convencido de que tampoco debía hacerlo.
Pero María Cristina comenzó a llamar mi atención.
Unos días después recibí la orden de llevar una documentación a la ciudad cercana y entregarla al enlace del batallón.
Me cambié de ropa y estaba a punto de salir cuando me encontré con María Cristina.
—¿Para dónde va? —me preguntó.
—Voy para la ciudad.
Ella me respondió:
—Yo también voy. Si quiere, vamos juntos.
Acepté.
La esperé y emprendimos el viaje.
Durante el día hablamos, almorzamos juntos y compartimos más tiempo del que hasta entonces habíamos tenido. Entregué la documentación y mi intención era regresar ese mismo día al puesto.
Sin embargo, debía esperar unos documentos: una carta del terreno y unas baterías para los radios.
No podía regresar todavía.
Esa tarde volvimos a encontrarnos cerca de la parada de los buses que viajaban hacia nuestro sector.
Le expliqué que tendría que pasar la noche en la ciudad y que al día siguiente regresaría al pueblo.
Entonces ella me dijo que también podía quedarse. Tenía un lugar donde normalmente se hospedaba cuando estudiaba en la ciudad.
—Si quiere, podemos quedarnos allí —me dijo.
Por un momento dudé.
Pensé en mi responsabilidad como comandante. Pensé en las órdenes que yo mismo exigía a mis soldados. Pensé en que no debía involucrarme con alguien del mismo pueblo donde desarrollábamos nuestras operaciones.
Debía dar ejemplo.
Pero después de pensarlo durante un largo momento, acepté.
Esa noche comimos, tomamos unas cervezas y hablamos.
Y ocurrió algo que, con el paso de los años, volvería muchas veces a mi memoria.
Estuvimos juntos.
Después comprendí que, para mí, había sido un error.
Se lo dije con sinceridad. Le expliqué que era comandante, que estaba en un área de operaciones y que no debía haber cruzado esa línea.
Ella trató de tranquilizarme.
—Tranquilo, allá no voy a decir nada.
Al día siguiente recogimos nuestras cosas y regresamos.
Pero no quisimos llegar juntos.
Ella tomó su camino y yo tomé el mío.
No quería que nadie nos viera llegar juntos al pueblo.
En ese momento pensé que aquello simplemente quedaría como una decisión equivocada, como algo que no volvería a repetirse.
No sabía que aquella noche, aparentemente silenciosa y sin consecuencias inmediatas, sería el comienzo de una historia que durante muchos años volvería a atormentarme.
UNA DESPEDIDA SIN REGRESO
Regresé y entregué la documentación que había ido a buscar. Después me dirigí nuevamente al lugar donde se encontraban mis soldados.
Al día siguiente ocurrió exactamente como María Cristina me había dicho.
Cuando nos vimos, apenas hubo un saludo frío y nada más.
Todo parecía haber quedado atrás.
Pero tres días después, cuando fui nuevamente al pueblo a comprar algunas cosas, ella se acercó a mí.
Me habló con sinceridad.
Me dijo que estaba enamorada de mí y que, aunque tuviera que ser a escondidas, quería continuar viéndome.
Yo le dije que no podía.
Sabía que estaba mal. Era comandante y tenía una responsabilidad con mis hombres. No podía exigirles disciplina y al mismo tiempo hacer lo contrario de lo que les ordenaba.
Pero ella insistió.
Y yo volví a fallar como comandante.
Cedí.
Durante aproximadamente un mes continuamos viéndonos en secreto, procurando que los soldados no se dieran cuenta. Fueron días de cartas escondidas, pequeños mensajes y dulces que aparecían sin que nadie supiera de dónde habían salido.
Era algo bonito. empecer a sentir algo por ella.
Y quizás por eso era todavía más difícil detenerlo.
En medio de una vida llena de operaciones, responsabilidades, incertidumbre y recuerdos de guerra, aquellos pequeños momentos me daban una alegría diferente. A veces, incluso en los lugares más difíciles, una muestra de cariño puede hacer que por un instante uno olvide todo lo que ha vivido.
Pero yo sabía que aquello no podía continuar.
Un día tomé la decisión.
La busqué y le dije:
—No podemos seguir así.
Le expliqué que aquel mes había sido bonito, lo que sentía por ella, que había disfrutado cada conversación, las cartas, los mensajes y los pequeños momentos que habíamos compartido.
Pero también le dije la verdad.
Era algo prohibido.
Y yo sabía que estaba haciendo algo que no debía hacer.
Ella se puso triste.
Por un momento ninguno de los dos dijo nada.
Finalmente aceptó.
Nos dimos un ultimo beso y se fue.
Esa fue la última vez que la vi.
Aquella misma tarde recibimos una nueva orden.
Debíamos movernos todos, completamente equipados, hacia un sector más interno. Allí participaríamos en el cierre de una operación que estaba a punto de comenzar.
Nuestra misión era clara: si los integrantes del grupo armado intentaban salir por nuestra zona, debíamos detenerlos y capturarlos. Y, si se presentaba un combate, actuar de acuerdo con la situación operacional.
Salimos de madrugada.
La misión comenzó.
Y aquel día, sin saberlo, dejé atrás el pueblo y también a María Cristina.
Nunca volví a verla.
Después de aproximadamente un mes de operaciones, el batallón obtuvo resultados importantes, entre ellos capturas e incautación de armamento.
Cuando la operación terminó, recibimos una nueva orden.
No regresaríamos al pueblo.
Debíamos dirigirnos hacia otro punto para recibir víveres y reorganizarnos.
Después continuaríamos nuestro desplazamiento.
Nuestro destino volvía a ser el mismo.
San Juan de Sumapaz.
Y mientras la tropa se preparaba para continuar la misión, yo también dejaba atrás una historia que, aunque había sido breve, había significado mucho más de lo que imaginé.
En la vida militar uno aprende a despedirse de muchas cosas.
De los lugares.
De los compañeros.
De los momentos.
Y, algunas veces, también de personas que aparecen inesperadamente en medio de la guerra… y que uno nunca vuelve a ver. pero no estaba preparado para lo que venia
EL DÍA MÁS OSCURO
Veníamos descendiendo después de varios días de operación. Caminamos durante la noche hasta llegar a un punto despejado.
Antes de detenernos, observamos una construcción en la parte alta. Parecía una casa abandonada. No tenía techo y, desde nuestra posición, apenas se podían distinguir algunas paredes.
Antes de avanzar, nos detuvimos a observar.
No se escuchaba nada.
No se veía ningún movimiento.
Mi comandante realizó el programa radial 05 30 am y, posteriormente, me dio una orden:
—Asegure la parte alta con la ametralladora.
Ya comenzaba a amanecer.
El lugar no era una montaña demasiado alta, pero debíamos subir con precaución. Iniciamos el ascenso.
Entonces comenzaron los disparos.
El fuego provenía precisamente del sector donde se encontraba la casa.
Inmediatamente comenzó la maniobra.
No continuamos subiendo directamente. Otra escuadra se desplazó por el otro flanco mientras nosotros comenzamos a responder al fuego.
Ellos disparaban.
Nosotros respondíamos.
Durante varios minutos se produjo el combate alrededor de aquella construcción.
Hasta que, poco a poco, los disparos comenzaron a disminuir.
Finalmente, ya no escuchamos más fuego.
Avanzamos hacia la casa.
Al ingresar encontramos el primer cuerpo, tendido junto a un arma. Estaba muerto.
Continuamos el registro.
Más adelante encontramos otros dos cuerpos. Uno estaba cerca de la salida y otro dentro de una de las habitaciones.
Me acerqué al cuerpo que estaba dentro.
Era una mujer.
Eso fue lo primero que alcancé a distinguir.
Mientras los soldados continuaban registrando el exterior y otras partes de la casa, ocurrió algo que jamás esperé.
Escuché que alguien pronunciaba mi nombre.
Me detuve.
Fue extraño.
En el Ejército, los soldados normalmente nos llamábamos por el grado. Por eso, escuchar mi nombre en medio de aquel lugar y después de un combate llamó inmediatamente mi atención.
Me acerqué.
La mujer todavía estaba con vida.
La volteé.
Y lo que vi me dejó completamente paralizado.
Era María Cristina.
Por un instante me quedé congelado.
Sentí una mezcla imposible de describir: rabia, tristeza, dolor, confusión.
Mi mente comenzó a llenarse de preguntas.
¿Por qué estaba allí?
¿Por qué nunca supe quién era realmente?
¿Qué había significado todo lo que había ocurrido entre nosotros?
Ella me miró.
Y con las pocas fuerzas que le quedaban me cogió mi mano con su mano derecha y dijo:
—Perdóname… te amo.
Después dio su último suspiro.
Y murió frente a mí.
No sé cuánto tiempo permanecí allí.
Sentía que todo se había detenido.
Le acomodé el cabello y cubrí su rostro.
Después salí de aquella habitación, los soldados nunca supieron que esa mujer era ella.
Pero por dentro ya no era el mismo.
Mientras caminaba, mi cabeza no dejaba de buscar respuestas.
Ella había sido parte del enemigo.
Había estado conmigo.
Habíamos compartido conversaciones, cartas, mensajes y momentos que yo había creído sinceros.
Y ahora estaba muerta en medio de una operación militar.
Una y otra vez regresaban a mi mente sus últimas palabras.
“Perdóname… te amo.”
¿Por qué me pidió perdón?
¿De qué tenía que perdonarla?
¿Realmente me amaba?
¿Había sido todo una mentira?
¿Era yo parte de alguna misión?
¿Había tenido la intención de hacerme daño?
Nunca tuve respuestas para muchas de esas preguntas.
Respiré profundamente y traté de recuperar la calma.
Continuamos con el procedimiento. Más tarde llegaron las autoridades encargadas de realizar el levantamiento y los cuerpos fueron evacuados.
Para la unidad había sido una jornada de resultados.
Habíamos cumplido la misión.
Habíamos neutralizado al grupo que se encontraba en aquella casa.
Para muchos podía ser un día de satisfacción por los resultados obtenidos.
Pero para mí no lo fue.
Mientras otros podían ver aquel día como una operación exitosa, para mí todo se había vuelto oscuro.
Porque entre los cuerpos que habíamos encontrado estaba una persona a la que, hasta poco tiempo antes, había conocido de una manera completamente diferente.
Ese día comprendí que la guerra no siempre termina cuando dejan de escucharse los disparos.
A veces, el combate termina en el terreno.
Pero continúa durante años dentro de la memoria.
Y hasta el día de hoy, hay una pregunta que todavía regresa a mi mente:
¿Por qué me dijo “perdóname”… y por qué sus últimas palabras fueron “te amo”?
Pasaron muchos meses antes de que supiera dónde había sido enterrada María Cristina.
Durante uno de mis permisos decidí ir al cementerio del pueblo para visitarla.
Era domingo.
Cuando llegué, me encontré con su madre. Estaba allí, dejando unas flores sobre la tumba de su hija.
Ella me reconoció inmediatamente.
Al verme, comenzó a llorar y se acercó para abrazarme.
Yo no sabía qué hacer.
Me quedé quieto, sin encontrar palabras. Después de tantos meses, volver a verla y encontrarla precisamente frente a la tumba de María Cristina hizo que regresaran de golpe todos aquellos recuerdos.
Permanecimos abrazados durante varios minutos.
Finalmente, reuní valor y le pregunté:
—¿Por qué nunca me dijo que ella era guerrillera?
La señora no respondió directamente.
Se quedó en silencio y, después de unos momentos, me dijo algo que, aunque no respondió todas mis preguntas, sí aclaró una de las más importantes, me dijo ella si lo vez algún día dile lo siguiente:
—Dile a Óscar que me enamoré de él y que, por ese amor, no pude hacer lo que me habían ordenado.
Me quedé mirándola.
Entonces continuó explicándome que la misión que le habían encomendado a María Cristina era matarme y quitarme el armamento por ser el comandante mas cerca donde yo vivía.
Aquellas palabras me golpearon.
De repente, muchas cosas comenzaron a tener sentido.
Los acercamientos.
Las cartas.
Los mensajes.
Las veces que buscaba estar cerca de mí.
Todo aquello había comenzado como una misión.
Pero, según lo que me contó su madre, algo había cambiado.
María Cristina se había enamorado de mí.
Y por ese sentimiento no había podido cumplir la misión que le habían ordenado.
Su madre me dijo que yo había sido alguien especial para ella.
No supe qué responder.
Después de tantos años de preguntarme por qué me había dicho aquellas palabras antes de morir, finalmente tenía una respuesta.
Tal vez aquel “perdóname” significaba que nunca pudo contarme la verdad.
Tal vez aquel “te amo” fue la única manera que encontró para decirme, en sus últimos segundos, que lo que había sentido por mí terminó siendo más fuerte que la misión que le habían impuesto.
Le agradecí a su madre por haberme contado la verdad.
Después me acerqué a la tumba.
Me quedé unos segundos en silencio.
No había mucho más que decir.
Miré su nombre y, por primera vez, pude decirle algo que no había alcanzado a decirle antes de su ultimo suspiro.
—Descansa amor . Yo te perdono.
Lo dije porque durante mucho tiempo había cargado con aquellas preguntas y con aquel dolor.
Y porque, aunque lo ocurrido nunca podría cambiarse, necesitaba perdonarla para poder seguir adelante.
Me quedé un momento más frente a su tumba.
Después me fui.
Nunca volví a aquel cementerio.
Han pasado muchos años y todavía recuerdo aquel domingo.
La guerra me dejó muchas heridas, pero algunas no fueron causadas por las balas.
Algunas quedaron en la memoria.
Y aquella historia, la de una mujer que llegó a mi vida como parte de una misión y terminó muriendo sin cumplirla, permanece conmigo hasta el día de hoy.
María Cristina murió siendo parte del enemigo, pero en sus últimos momentos, según las palabras de su madre, murió también como la mujer que se había enamorado de mí.
Thoughts
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PermalinkChe leí que en esa zona mucha gente joven entraba a la guerrilla porque era lo que había en la vereda donde nacían, no por elegir, y me quedé en ella, estudiando en la ciudad y volviendo a lavar uniformes con una misión encima, capaz lo entendí mal, y la mamá, ¿siguió en la casa de las papas después de ese domingo?
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PermalinkMe copié la del final, esa de que la guerra no termina cuando dejan de sonar los disparos y sigue años adentro de la memoria. La anoté en un semáforo de Oroño con el auto parado, porque sabía que si esperaba al próximo viaje se me iba. Abajo le puse otra que me dijo una vez un pasajero mayor, que perdonar a alguien que ya no está es lo único que uno puede hacer por uno mismo. Se juntaron solas.
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PermalinkLos dos tenían órdenes.
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