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El pueblo de las calles de tierra

JoaMarAl
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Capítulo 6: El Dos de Mayo de los años setenta y ochenta no era el municipio pujante de hoy, sino un puñado de picadas de tierra roja donde los colonos llegaban en carros tirados por bueyes y la…

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Me tomó 16 minutos, a la hora de la comida. Treinta y tres años fuera y regresar al mismo pueblo, esa cuenta sí no me cabe en la cabeza.

Me tomó 16 minutos, a la hora de la comida. Treinta y tres años fuera y regresar al mismo pueblo, esa cuenta sí no me cabe en la cabeza.

Contenido de la publicación

Capítulo 6: El Dos de Mayo de los años setenta y ochenta no era el municipio pujante de hoy, sino un puñado de picadas de tierra roja donde los colonos llegaban en carros tirados por bueyes y la solidaridad entre vecinos era la única garantía de subsistencia. En este capítulo reconstruyo la vida cotidiana de aquel pueblo que se grabó en mi sangre, con sus almacenes de ramos generales, sus lluvias interminables y su gente noble de trabajo.

CAPÍTULO 6

El pueblo de las calles de tierra

Cuando intento explicar qué significó Dos de Mayo durante mi infancia, no alcanza con decir que era el lugar donde vivíamos.

Dos de Mayo fue el escenario en el que aprendí a reconocer el mundo.

Allí estaban las calles de tierra, los caminos que llevaban hacia las picadas, los comercios del centro, la escuela, el hospital, las casas separadas por terrenos todavía cubiertos de monte y una comunidad que tenía una manera muy particular de vivir.

Hoy, cuando regreso y observo la localidad, encuentro muchas cosas diferentes. Hay calles asfaltadas, edificios nuevos, barrios que antes no existían y una ciudad que fue creciendo con los años. Pero debajo de esa transformación permanece el pueblo que recuerdo.

El de mi infancia.

El que todavía aparece en mi memoria cuando camino por determinados lugares.

Dos de Mayo nació y creció en una región que fue incorporando familias, colonos y nuevas instituciones a medida que avanzaba su desarrollo. La historia oficial de la localidad ubica sus primeros pasos hacia la década de 1940, cuando comenzaron a llegar pioneros a estas tierras y se fueron formando las primeras instituciones.

Yo conocí otra parte de esa historia: la que no aparece necesariamente en los documentos.

La de quienes vivíamos allí.

La de las familias que salían temprano.

La de los chicos que iban a la escuela.

La de quienes llegaban desde las picadas.

La de los comerciantes que conocían a sus clientes por el nombre.

La de las calles que se convertían en barro después de una lluvia y en polvo durante los días secos.

Ese era mi pueblo.

Un pueblo que todavía tenía mucho de colonia

Durante mi infancia, Dos de Mayo tenía una relación muy cercana con las zonas rurales.

Las picadas formaban parte de la vida cotidiana.

Personas de lugares como Picada Indumar, Saltito Uno y Saltito Dos tenían que trasladarse hasta el pueblo para realizar trámites, comprar lo necesario, llevar a un familiar al hospital o resolver alguna cuestión que solamente podía atenderse en el centro.

Muchos recorrían largas distancias.

Algunos llegaban a caballo.

Otros caminaban.

La distancia que hoy puede parecer corta en un vehículo era completamente diferente cuando había que hacerla a pie.

Eso también explicaba la importancia que tenía el pueblo para quienes vivían en las colonias.

Dos de Mayo era el lugar donde podían encontrarse servicios, comercios, escuela, atención médica y distintas actividades que no estaban disponibles en las zonas rurales.

El movimiento de personas era constante.

Para mí, aquello formaba parte de la normalidad.

No tenía la perspectiva que tengo ahora.

Era simplemente la vida que conocía.

Las calles

Las calles de tierra eran parte de nuestra geografía cotidiana.

Caminar por ellas era algo natural.

No existía la comodidad que hoy ofrecen muchas calles asfaltadas. El clima tenía una influencia directa sobre la circulación.

Después de una lluvia, el barro cambiaba completamente las condiciones.

En los días secos, el polvo se levantaba con el paso de los vehículos.

Las casas tenían otra relación con la calle.

Había más contacto entre vecinos.

Los chicos podían pasar gran parte del día afuera.

La vida transcurría mucho más hacia el espacio público.

Uno aprendía a reconocer los sonidos del pueblo: los vehículos que pasaban, las personas conversando, los animales, las herramientas de trabajo y el movimiento alrededor de los comercios.

No hacía falta tener grandes entretenimientos.

El propio pueblo ofrecía suficientes cosas para observar y descubrir.

En aquella época, además, la tecnología no ocupaba el lugar que tiene actualmente.

La infancia transcurría de otra manera.

Había más tiempo en la calle y menos pantallas.

Eso no significa que todo fuera mejor o peor. Era simplemente otra época.

Y esa época fue la que me formó.

El centro

El centro de Dos de Mayo era uno de los lugares que concentraba buena parte del movimiento.

Allí estaban los comercios, las instituciones y las personas que uno terminaba conociendo de tanto cruzarlas.

En un pueblo, las distancias no se miden solamente en metros.

También se miden en relaciones.

Uno sabía quién era el comerciante, quién trabajaba en determinado lugar, quién tenía una familia numerosa, quién venía de una picada y quién había llegado hacía poco.

Las personas podían reconocerse por sus familias.

Decir un apellido muchas veces era suficiente para ubicar a alguien.

Ese tipo de conocimiento comunitario fue parte de mi infancia.

También aprendí allí algo que después volvería a encontrar muchas veces en mi vida: la importancia de las relaciones humanas.

Mucho antes de trabajar en radio o periodismo, ya estaba rodeado de historias.

Personas que tenían algo para contar.

Familias que atravesaban dificultades.

Trabajadores que salían temprano.

Vecinos que ayudaban a otros.

Gente que llegaba desde lejos buscando atención médica.

La comunicación, aunque yo todavía no sabía que iba a convertirse en mi oficio, ya estaba alrededor mío.

El hospital

El hospital ocupaba un lugar importante en la vida del pueblo.

Para mí tenía además un significado particular porque nuestra primera vivienda en Dos de Mayo estaba detrás de ese lugar.

Por eso el hospital no era simplemente una institución que conocíamos de afuera.

Formaba parte del paisaje de mi infancia.

La gente llegaba desde zonas rurales cuando necesitaba atención.

Algunos habían recorrido muchos kilómetros.

Ese movimiento hacía visible una realidad que hoy puedo comprender mejor: para muchas familias, llegar al pueblo no era una salida cotidiana.

Era un esfuerzo.

Mi madre lo sabía.

Por eso muchas veces tenía preparada agua, mate y algo de comida para quienes llegaban cansados.

Ya conté esa parte de nuestra historia porque merece su propio lugar. Pero cuando recuerdo el pueblo de aquellos años, entiendo mejor el contexto en el que esos gestos ocurrían.

No era una escena aislada.

Formaba parte de una comunidad donde las necesidades de unos terminaban siendo conocidas por otros.

Los chicos

Nosotros también teníamos nuestra propia manera de vivir el pueblo.

La escuela era un punto de encuentro, pero la infancia no terminaba cuando sonaba el último timbre.

Después venían las calles, los juegos, las visitas a las casas de otros chicos y todo aquello que podíamos inventar con los pocos elementos que teníamos.

No necesitábamos demasiado.

Una pelota podía convertirse en el centro de una tarde.

Una bicicleta podía llevarnos de un lugar a otro.

Un espacio libre servía para correr.

La imaginación hacía el resto.

Cuando miro hacia atrás, entiendo que aquella sencillez tuvo una importancia enorme.

Aprendimos a compartir.

Aprendimos a esperar.

Aprendimos a arreglarnos con lo que había.

Y aprendimos también a valorar aquello que costaba conseguir.

Ese aprendizaje no vino de una clase.

Lo enseñaba la propia vida.

La escuela como parte del pueblo

La Escuela Nº 270 ocupó una parte importante de esos años. Actualmente figura oficialmente como Escuela Nº 270 “Primeros Colonos”, ubicada en el área céntrica de Dos de Mayo.

Para mí, mucho antes de cualquier registro oficial, era simplemente mi escuela.

Allí estaban los maestros, los compañeros, los bancos, los recreos y las responsabilidades que correspondían a cada edad.

También estaban las diferencias sociales que un niño puede percibir sin comprenderlas completamente.

Algunos tenían más.

Otros tenían menos.

Yo sabía perfectamente de qué lado estaba mi familia.

Pero eso no impedía que quisiera aprender.

Tampoco impedía que tuviera sueños.

La pobreza puede limitar algunas posibilidades materiales, pero no necesariamente determina lo que una persona llegará a ser.

Esa es una conclusión que solamente pude comprender muchos años después.

En aquel momento, simplemente iba a la escuela.

Y quería avanzar.

El pueblo también enseñaba

Hay aprendizajes que no están escritos en ningún cuaderno.

Dos de Mayo me enseñó observando a la gente.

Vi trabajadores que se levantaban temprano.

Vi familias que vivían con poco.

Vi personas que ayudaban sin hacer publicidad de lo que hacían.

Vi también dificultades, discusiones, necesidades y situaciones que un niño quizá no comprende completamente en ese momento, pero que quedan registradas en algún lugar de la memoria.

Todo eso terminó formando mi manera de mirar.

Muchos años después, cuando comencé a trabajar en comunicación, descubrí que tenía una inclinación natural a escuchar historias.

Quizás venía de mucho antes.

Quizás había empezado allí, en aquellas calles.

En los relatos de los vecinos.

En las personas que llegaban desde las picadas.

En las conversaciones familiares.

En la gente que pasaba por el hospital.

En las historias que circulaban de casa en casa.

La comunicación no apareció de repente cuando tuve un micrófono.

El micrófono llegó después.

La capacidad de observar y escuchar se había formado mucho antes.

Un pueblo que cambió

Cuando regresé a Dos de Mayo después de treinta y tres años viviendo en Buenos Aires, encontré un lugar diferente.

Era el mismo pueblo y, al mismo tiempo, ya no lo era.

Eso sucede con todos los lugares que uno abandona durante muchos años.

Uno cambia.

El lugar también.

La localidad creció, se transformó y adquirió nuevas instituciones, nuevas construcciones y nuevas formas de vida.

La Escuela 270, por ejemplo, continúa siendo parte de la comunidad educativa local y en 2026 fue incluida entre las instituciones beneficiadas directamente por un nuevo espacio Silicon Maker destinado a la innovación educativa.

Cuando veo esas transformaciones, no pienso que el pueblo que conocí haya desaparecido.

Está debajo.

Forma parte de lo que existe hoy.

El niño que caminaba por las calles de tierra también forma parte del hombre que ahora recorre esas mismas calles con una cámara, un teléfono, una computadora o un micrófono.

La diferencia es que hoy puedo mirar con otra perspectiva.

Volver con otra mirada

Regresar después de tantos años me permitió comprender cosas que de chico no podía comprender.

La importancia de mi madre.

El esfuerzo de tantas familias.

La realidad de quienes vivían en las colonias.

El valor de una escuela.

La necesidad de un hospital.

La importancia de que una comunidad tenga instituciones y personas dispuestas a servir.

También comprendí algo sobre mí.

Durante treinta y tres años viví lejos de Misiones.

Trabajé, formé una familia, atravesé pérdidas, cometí errores, conocí otras ciudades y adopté parte de las costumbres del lugar donde viví.

Mi manera de hablar cambió.

Mi vocabulario cambió.

Mi vida cambió.

Pero hay cosas que permanecieron.

Una de ellas es la pertenencia.

Dos de Mayo sigue siendo parte de mí.

El nombre de un pueblo dentro de una vida

Hoy trabajo para contar lo que ocurre en este lugar.

Eso tiene una particularidad que no puedo separar de mi historia personal.

Cuando hago periodismo en Dos de Mayo, muchas veces estoy contando historias de personas que podrían haber conocido a mi madre, a mis hermanos o incluso a aquel niño que alguna vez caminó por estas mismas calles.

Por eso trato de hacerlo con respeto.

Una noticia no es solamente un título.

Detrás hay personas.

Hay familias.

Hay esfuerzos.

Hay preocupaciones.

Hay alegrías.

Hay historias que merecen ser tratadas con dignidad.

Quizás esa manera de entender la comunicación tenga mucho que ver con el pueblo en el que crecí.

Un lugar donde las distancias eran largas y las comunidades pequeñas.

Donde una persona podía caminar kilómetros para llegar al hospital.

Donde una madre podía poner agua a calentar para recibir a alguien que llegaba desde una picada.

Donde una escuela podía convertirse en uno de los centros principales de la vida comunitaria.

Ese fue el Dos de Mayo que conocí.

Mi pueblo

No puedo separar mi infancia de este lugar.

Aquí aprendí a caminar por caminos de tierra.

Aquí fui a la escuela.

Aquí recibí mi primera alpargata.

Aquí aprendí las primeras notas de guitarra.

Aquí conocí la fe.

Aquí comenzaron amistades que dejaron marcas.

Aquí nació una parte de la persona que después se iría a Buenos Aires.

Y muchos años después, aquí regresaría.

Por eso, cuando alguien me pregunta de dónde soy, la respuesta no necesita demasiadas explicaciones.

Nací en Campo Viera.

Pero crecí en Dos de Mayo.

Y crecer en un lugar significa mucho más que haber vivido allí.

Significa llevarlo incorporado.

Sus calles.

Su gente.

Sus costumbres.

Sus dificultades.

Sus enseñanzas.

Su manera de mirar la vida.

Hoy Dos de Mayo es una localidad que continúa creciendo y transformándose. La historia oficial recuerda sus primeros colonos y el proceso que llevó a la consolidación de la comunidad.

Mi historia es una parte pequeña de esa historia colectiva.

Pero es la parte que me tocó vivir.

Y cuando vuelvo a mirar aquellas calles de tierra, no veo solamente un pueblo antiguo.

Veo el lugar donde comenzó a formarse mi mirada sobre el mundo.

Mucho antes de la radio.

Mucho antes de la televisión.

Mucho antes del periodismo.

Antes de los micrófonos y de las cámaras, estaba yo.

Un chico de una familia humilde, caminando por las calles de tierra de Dos de Mayo.

Y, sin saberlo, llevaba conmigo muchas de las experiencias que algún día terminarían convirtiéndose en palabras.

Thoughts

  • rellenoPuro

    Me tomó 16 minutos, a la hora de la comida. Treinta y tres años fuera y regresar al mismo pueblo, esa cuenta sí no me cabe en la cabeza.

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  • poetadelmetro

    Picada Indumar, Saltito Uno, Saltito Dos. Con esos tres sitios ya veo a la gente llegando a pie, mucho más que con toda la historia oficial de los años cuarenta. Ojalá salieran más así.

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  • no_pica_nada

    Agua, mate y algo de comer para el que llegaba reventado desde la picada. Así era mi abuela, de su puerta nadie se iba sin probar algo 🫶

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  • Ovid

    Una madre con agua y mate listos para la gente que llegaba cansada de las picadas, y un hijo que años después cuenta las historias de esas mismas familias. Apuesto a que mucha de esa forma de escuchar empezó en esa puerta, bastante antes que cualquier radio. A mí me encantó leerte, gracias por seguir compartiendo tu historia!

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  • JoaMarAl

    Quiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!

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  • JoaMarAl

    El Dos de Mayo de los años setenta y ochenta no era el municipio pujante de hoy, sino un puñado de picadas de tierra roja donde los colonos llegaban en carros tirados por bueyes y la solidaridad entre vecinos era la única garantía de subsistencia. En este capítulo reconstruyo la vida cotidiana de aquel pueblo que se grabó en mi sangre, con sus almacenes de ramos generales, sus lluvias interminables y su gente noble de trabajo.

    CAPÍTULO 6

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