Sobre la azotea de un imponente edificio que dominaba el horizonte de la ciudad, la imponente y amenazante figura del monstruo —el mismo que había aparecido previamente— aguardaba en silencio. Su típico cuerpo robusto de color negro, adornado con espadas cruzadas en la espalda, cuernos imponentes y una complexión colosal, denotaba una presencia intimidante. De pronto, el ser se giró con brusquedad al notar la presencia de un recién llegado.
Emergiendo de las sombras de la estructura apareció un hombre de aspecto distinguido. Sus ojos brillaban con un tono amarillo mezclado con un rojo intenso, y vestía un elegante traje de profesor de color marrón acompañado de unos pantalones negros. Su cabello negro estaba perfectamente peinado de forma elegante. El profesor se acomodó la solapa del traje con una suave sonrisa en los labios y rompió el silencio:
—¿Qué crees que hará tu padre Angor cuando sea liberado? —preguntó con un tono calmado y calculador.
El gigantesco monstruo lo miró fijamente antes de responder con convicción:
—Muy probablemente me agradecerá, me dará las palabras de hijo, me amará como yo debo ser.
El hombre de ojos amarillo-rojizos mantuvo su suave sonrisa y continuó interrogándolo:
—¿Encontraste la ballesta?
A lo que el monstruo, con un leve dejo de frustración en su voz cavernosa, replicó:
—No la encontré, al parecer alguien la tomó.