¡Uf, Lyra a tiempo!
Capitulo 53: viejas heridas, perdón imposible
Pensamiento
¡Uf, Lyra a tiempo!
Contenido de la publicación
Pasaron varios días, días que Anna decidió aprovechar al máximo. Sabía que pronto tendría que volver a la capital, retomar sus obligaciones en la Academia y enfrentarse a todo lo que el Imperio le pedía, pero hasta que llegara ese momento, su tiempo era suyo. Y lo quería dedicar a conocer, de verdad, lo que había nacido bajo su nombre.
Cada mañana salía de la mansión antes de que el sol estuviera alto, y caminaba por las calles de ese pueblo que crecía a pasos agigantados. Recorría las nuevas zonas de construcción, observaba cómo levantaban muros más altos, cómo trazaban caminos de piedra que conectaban las distintas áreas, cómo se abrían talleres, mercados y almacenes. Se detenía en cada lugar, escuchaba a los artesanos, a los campesinos, a los constructores.
Conoció a muchas personas que habían llegado después de que ella partiera hacia la capital, gente que había oído hablar de ella, que sabía quién era, pero a la que nunca había visto cara a cara. Les preguntaba por sus vidas, de dónde venían, qué habían dejado atrás, qué esperaban encontrar aquí. Escuchaba sus historias con atención, sin prisas, y se sorprendía una y otra vez al darse cuenta de que, para ellos, este lugar no era solo un refugio: era un hogar.
También pasaba horas enteras entre los niños. Se sentaba en el suelo con ellos, les ayudaba a construir juguetes con madera o barro, corría a su lado por los caminos de tierra, escuchaba sus risas y sus gritos, y se daba cuenta de que, para esas pequeñas criaturas, nacidas muchas de ellas aquí mismo, en estas tierras, la diferencia entre razas no significaba nada. Para ellos, un amigo era un amigo, sin importar si tenía orejas puntiagudas, cola, piel de distinto color o altura descomunal. Verlos así le llenaba el corazón de una esperanza que no sabía que tenía.
Mientras ella recorría el pueblo, el trabajo no se detenía en la mansión ni en la defensa.
Garum, con esa seriedad y sentido del deber que siempre lo caracterizaban, había estado revisando personalmente las filas de quienes ahora protegían el lugar. Y lo que había encontrado le había llenado de orgullo y sorpresa. Ya no eran solo los soldados humanos que habían venido con Anna al principio, ni los refugiados que habían tomado las armas por necesidad. Ahora, en las filas de la guardia, había elfos de movimientos ágiles y puntería perfecta, enanos de brazos fuertes y escudos indestructibles, hombres bestias con sentidos aguzados que podían vigilar la noche mejor que nadie, e incluso algunos ogros y demonios que elegían usar su fuerza para proteger, y no para destruir. Todos se habían unido por voluntad propia, porque sentían que este lugar valía la pena ser defendido.
Junto a Lyra, que conocía cada rincón de estas tierras y sabía leer el terreno como nadie, Garum se había dedicado a organizarlos. Habían creado divisiones según sus habilidades y razas, pero mezclándolas también para que aprendieran los unos de los otros. Y lo más importante: habían designado a capitanes de confianza, hombres y mujeres de todas las razas, líderes que se habían ganado el respeto de los suyos y de los demás. Esos capitanes tomarían el mando total de la defensa cuando Garum y Lyra tuvieran que partir de nuevo junto a Anna, asegurando que la protección nunca faltara.
Por su parte, Eliana y Lira no se quedaron atrás. Ellas se habían encargado de organizar todo lo relacionado con la servidumbre, el mantenimiento de la mansión, el suministro de alimentos y la atención a quienes vivían allí. Al igual que con la guardia, también en estas tareas había gente de todos los pueblos trabajando codo con codo, y ellas habían sabido distribuir las responsabilidades según las capacidades de cada uno. Claro que, como siempre decían con una sonrisa, todo funcionaba mucho mejor gracias a que Lady Altheria estaba al frente de todo, vigilando que nada se saliera de control, dándoles consejos y manteniendo el orden con esa autoridad tranquila que hacía que nadie se atreviera a quejarse. “Si la señora Altheria no estuviera aquí, seguro que ya habríamos perdido la mitad de las cosas o se habría armado un lío tremendo”, bromeaba Eliana, y todas estaban de acuerdo.
Fue justo durante una de esas tardes tranquilas, mientras Anna estaba sentada junto a la chimenea en la habitación de la anciana, descansando después de un largo día de caminatas, cuando Lady Altheria le explicó detalladamente cómo funcionaba ahora la administración de todo el territorio.
—Como verás, Anna, esto ya es demasiado grande para que una sola persona, o incluso dos, puedan decidir todo —le dijo la anciana mientras servía té para ambas—. Y como aquí convivimos tantos pueblos distintos, cada uno con sus costumbres, sus necesidades y sus formas de ver las cosas, lo mejor que se nos ocurrió fue crear un consejo pequeño, pero sólido.
Anna escuchaba con atención, inclinándose un poco hacia adelante.
—Un consejo...
—Exacto. Representantes elegidos por ellos mismos, de cada raza que vive aquí. No son nobles, ni tienen títulos. Son personas en las que los suyos confían. Se reúnen una vez a la semana, o cuando hace falta, y ahí se toman las decisiones importantes: cómo se divide la tierra para cultivar o construir, qué rutas de comercio abrimos y cuáles cerramos, cómo se reparten los recursos que llegan, cómo organizamos las zonas de trabajo... todo lo que afecta a todos. Así nadie puede decir que se le da preferencia a unos sobre otros.
La anciana dio un sorbo de té y continuó.
—Y claro, tú sigues siendo la máxima autoridad, la dueña de estas tierras, y yo hablo en tu nombre cuando tú no estás. Pero este consejo es el que hace que todo funcione día a día, que no haya conflictos y que cada uno se sienta representado.
Anna asintió, impresionada. Era un sistema inteligente, justo, y demostraba una madurez y una visión de futuro que ella apenas estaba empezando a comprender.
—¿Y quiénes son estos representantes? —preguntó entonces, recordando el encuentro que había tenido hacía unos días en el pasillo.
Lady Altheria sonrió levemente, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Pues, por ejemplo, entre los humanos hay dos, uno del norte y otro del sur, porque tienen necesidades distintas. Los enanos eligieron a un maestro de las forjas que lleva aquí desde que abrimos las puertas. Los hombres bestias tienen a un anciano que conoce estas tierras mejor que nadie. Y por parte de los elfos...
Hizo una pausa y miró directamente a los ojos de Anna.
—La elegida por todos ellos es Lythariel. La mujer que te presentaste aquella tarde, la madre del joven soldado.
Anna sintió un pequeño escalofrío, esa sensación extraña volvió a su mente al instante.
—Lythariel... —repitió en voz baja.
—Es muy respetada entre los suyos —continuó Altheria, sin perderse el cambio en la expresión de Anna—. Tiene mucha experiencia, sabiduría, lleva mucho tiempo viviendo y ha visto cosas que nosotros ni imaginamos. Por eso la eligieron. Es su voz aquí.
Anna guardó silencio unos segundos, mirando las llamas de la chimenea. Ahora entendía muchas cosas. Entendía por qué Lythariel se comportaba con tanta dignidad y autoridad, más allá de su educación. Entendía por qué estaba tan integrada. Pero también... también entendía que, si ella era la voz de los elfos, entonces lo que su hija sentía, lo que su hija pensaba... quizás no era solo cosa de una joven con mal carácter. Quizás había algo más. Algo que venía de su pueblo, de su historia, de lo que le habían enseñado.
Algo que Anna todavía no alcanzaba a ver, pero que estaba ahí, escondido detrás de esos ojos que se negaban a mirarla.
Pasaron esos días, días en los que Anna recorrió cada rincón, habló con todos, jugó con los niños y se sintió por fin parte de aquel lugar. Sin embargo, durante todo ese tiempo, algo llamó su atención: nunca volvió a cruzarse con Sylwen.
Era extraño. Casi parecía planeado. Sabía que el joven soldado estaba allí, que cumplía con sus deberes, que patrullaba y entrenaba con el resto de la guardia... pero siempre había un muro, un camino distinto, una puerta cerrada o una excusa que hacía que sus caminos nunca se cruzaran. Era como si la elfa hiciera todo lo posible para mantenerse lejos de ella, para evitar respirar el mismo aire, para no tener que verla ni un segundo más de lo estrictamente necesario. Anna no pudo evitar pensar que aquella evasión confirmaba aún más lo que había sentido la primera vez: para Sylwen, su sola presencia era algo insoportable.
Y llegó el día que Lady Altheria había preparado desde hacía tiempo. Faltaban solo unos días para que Anna tuviera que emprender el viaje de regreso hacia la capital y la Academia, y la anciana había decidido que era el momento adecuado para que conociera oficialmente a todos los miembros del consejo. Quería que los viera, que supiera quiénes eran, qué representaban y a quién debía dirigirse en el futuro para cualquier asunto importante.
La sala grande de la mansión, aquella donde hacía unos días habían estado reunidos tratando asuntos urgentes, estaba ahora ordenada, limpia y con una luz cálida que entraba por los ventanales. Allí estaban todos, de pie, formados con respeto y dignidad. Lady Altheria, sentada en su sillón habitual junto a la chimenea, hizo las presentaciones una por una, con la elegancia y la precisión que la caracterizaban.
—Anna, te presento a quienes ahora son la voz de cada pueblo que vive bajo tu protección —empezó la anciana, señalando a cada uno con la mano.
—Esta es Lythariel, a quien ya conoces, representante de los elfos. Sabia, paciente y muy respetada entre los suyos.
La elfa inclinó la cabeza con esa gracia natural que la definía, mirando a Anna con respeto y gratitud en la mirada, exactamente igual que la primera vez.
—A su lado está Gromm, representante de los ogros. —Señaló al hombre de proporciones gigantescas, piel grisácea y facciones duras, pero que en sus manos enormes mostraba una delicadeza sorprendente al mantenerlas juntas frente a su cuerpo—. Fuerte, leal y con un sentido de la justicia que pocos tienen. Para él, una palabra dada vale más que cualquier tesoro.
Gromm asintió solemnemente, y el suelo pareció vibrar ligeramente con el movimiento, pero su sonrisa fue amable y sincera.
—Este es Krundin, de los enanos. —Un hombre de baja estatura, espaldas anchas, barba trenzada con hilos de metal y ojos brillantes y astutos, dio un paso al frente y golpeó su propio pecho con el puño cerrado en un saludo tradicional—. Maestro de las minas y las forjas, conoce el valor de cada piedra y cada metal, y también el valor de la lealtad.
—Y aquí tenemos a Rakhan, jefe y voz de los hombres bestia, de la tribu de los felinos. —Era un hombre alto, ágil, cubierto de un pelaje corto y dorado, con orejas aguzadas y una mirada que parecía verlo todo, incluso lo que estaba detrás de las espaldas—. Conoce estas tierras como la palma de su mano, sabe leer el viento y el tiempo, y su pueblo encuentra en él a un líder sabio y valiente.
—Esta pequeña dama que flota junto a la ventana es Miri, representante de las hadas y de los seres pequeños del bosque. —La señaló con cariño hacia la diminuta figura de cabellos de oro y alas traslúcidas, que revoloteó un instante saludando con una mano minúscula, con una energía vibrante y alegre—. Puede que sea pequeña, pero su voz es escuchada y su magia protege los campos y los árboles. No hay nadie que conozca mejor la naturaleza que ella.
—Zara, por parte de los demonios. —Una mujer de porte elegante, piel oscura y cuernos finos y curvados, vestida con ropas de colores intensos, hizo una reverencia profunda y elegante, con una sonrisa tranquila y segura—. Su pueblo es conocido por su fuerza y su orgullo, pero ella ha demostrado que la diplomacia y la inteligencia son las mejores armas para convivir.
—Y finalmente, Tomas y Elena, que representan a los humanos que llegaron de distintas regiones, del norte y del sur respectivamente. —Un hombre de rostro curtido por el sol y una mujer de mirada firme y amable, ambos de mediana edad, saludaron con una inclinación de cabeza, con la sencillez y la calma de quienes han trabajado duro toda su vida.
Todos estaban allí. Todos saludaron, todos se presentaron con corrección, con respeto, como si nada hubiera pasado, como si la historia de Anna fuera simplemente la de una señora noble que les había dado un hogar.
Anna miró a cada uno de ellos, uno por uno, y sintió una mezcla de gratitud y responsabilidad.
—A todos ustedes —empezó a decir, con voz clara y serena—, quiero darles las gracias. Gracias por haber venido aquí, gracias por confiar en estas tierras, gracias por aceptar vivir bajo mi protección y por trabajar juntos para construir algo nuevo. Sé que no ha sido fácil, sé que venir aquí significaba dejar atrás todo lo que conocían... y les prometo que haré todo lo que esté en mi mano para que este lugar siga siendo seguro, próspero y suyo.
Fue un momento solemne, serio, lleno de significado. Un momento en el que todo parecía estar en paz y armonía.
O al menos, así habría sido... si no fuera por lo que pasó después.
Desde un rincón, cerca de la puerta principal, donde había permanecido en silencio, casi oculta entre las sombras, se escuchó un sonido cortante, seco, que rompió toda la atmósfera.
Una risa.
Una risa burlona, despectiva, cargada de desprecio.
Todos se giraron al mismo tiempo.
Allí estaba ella.
Sylwen.
De pie, con la espalda recta, la mano apoyada en la empuñadura de su espada, vestida con su uniforme de soldado, con esa belleza elfa que engañaba a la vista... pero con una expresión de burla absoluta en su rostro. Ya no tenía los ojos cerrados como la primera vez. Ahora los tenía muy abiertos, clavados directamente en Anna, llenos de desafío, de juicio y de rechazo.
El silencio que siguió fue aterrador. Todos la miraron. Las miradas de los representantes decían todo: ¿Qué haces? ¿Cómo te atreves? No es el momento ni el lugar.
Lythariel se volvió hacia su hija de golpe, y por primera vez Anna vio que la calma de la elfa se rompía. Sus ojos verdes brillaron con dureza y autoridad.
—¡Sylwen! —la reprendió, con voz baja pero firme, cargada de advertencia—. ¡Eso es una falta de respeto imperdonable! ¿Cómo te atreves a interrumpir de esa manera?
Pero la joven no se inmutó. No bajó la mirada, ni se disculpó. Al contrario, dio un paso al frente, desafiante, y habló con una claridad que hizo que todos contuvieran la respiración.
—¿¿Falta de respeto?? —repitió, con un tono cortante—. ¿Y no es falta de respeto fingir todos ser lo que no son? ¿No es hipocresía estar aquí todos tan formales, tan agradecidos, tan sumisos... sabiendo perfectamente quién es realmente ella? Sabiendo lo que hizo, lo que fue, la reputación que tiene en todo el Imperio y más allá de sus fronteras.
—¡Cállate ahora mismo! —ordenó su madre, dando un paso hacia ella, con el rostro pálido por la vergüenza y el miedo—. No sigas, no es necesario que digas nada. No entiendes lo que dices.
Pero era demasiado tarde. Y lo peor era que Anna lo había notado. Lo había visto en los ojos de todos, en cómo se removían inquietos, en cómo bajaban la mirada. La incomodidad estaba ahí. La verdad estaba ahí. Todos sabían. Todos lo conocían.
—¡Al contrario, madre! —replicó Sylwen, levantando la voz, sin dejar de mirar a Anna a los ojos, como si quisiera clavarle cada palabra en el pecho—. Alguien tenía que decirlo. Porque aquí todos actúan como si esta mujer hubiera sido bondadosa y buena toda su vida. Como si siempre hubiera sido la salvadora, la señora generosa...
Hizo una pausa, y su mirada se llenó de desprecio puro.
—Pero nadie cree realmente que su cambio sea total y verdadero. Nadie se olvida de lo que hizo antes. Y aunque haya construido este pueblo, aunque haya salvado vidas hace unos meses... eso no borra ni cambia todo el daño que causó, toda la sangre que derramó, todo el sufrimiento que provocó cuando tenía poder y se sentía dueña de vidas y honras. Dejen de fingir que es una santa. Porque no lo es. Y nunca lo será.
Lythariel no pudo soportarlo más. Se acercó rápidamente a su hija, la agarró del brazo con fuerza y, con voz cortada por la ira y la vergüenza, le ordenó:
—¡Ya basta! ¡Te he dicho que te calles! ¡Sal de esta sala ahora mismo! ¡Largo! Hablaremos de esto más tarde, y te aseguro que te arrepentirás de haber hablado así.
Sylwen se soltó bruscamente de su agarre, lanzó una última mirada de desprecio hacia Anna, una mirada que decía te odio, y sé quién eres de verdad, y dio media vuelta. Salió de la sala con pasos fuertes y ruidosos, golpeando la puerta al salir, dejando atrás un silencio pesado, incómodo y doloroso.
Lythariel se quedó allí de pie, temblando levemente, con la cabeza baja, avergonzada hasta el fondo. Se giró hacia Anna, y en sus ojos había una disculpa infinita, dolorosa.
—Señora Anna... le ruego que me perdone, por favor —dijo con voz quebrada—. No sé qué le pasa, no sé de dónde saca esas ideas, no sé por qué habla así... le pido perdón en nombre de mi hija. Ella no representa lo que sentimos el resto de su pueblo, se lo aseguro... por favor, discúlpela.
El resto de los representantes también bajaron la mirada, incómodos, sin saber dónde meterse, esperando la reacción de Anna, temiendo que se enfadara, que ordenara castigos, que los echara a todos.
Pero Anna no dijo nada de eso.
Se quedó mirando hacia la puerta por donde había salido la joven, escuchando todavía sus palabras resonando en su cabeza. Nadie cree que tu cambio sea real... el daño que hiciste no cambia... no eres buena...
Y luego miró a Lythariel, a esa mujer que la respetaba, que le estaba agradecida, que se sentía culpable por lo que había dicho su hija.
Anna suspiró suavemente, una respiración profunda y tranquila, y una sonrisa triste, muy triste, se dibujó en sus labios.
Puso una mano sobre el brazo de la elfa para calmarla, y le dijo con una voz serena, sin rencor, sin ira, solo con la pura y dura verdad:
—No se preocupe, Lythariel... de verdad, no se preocupe. —La miró a los ojos y añadió, con una sinceridad absoluta—. No es como si lo que ella ha dicho fuera mentira.
La noche había caído por completo, cubriendo todo el valle con un manto oscuro salpicado de estrellas brillantes y una luna casi llena que bañaba el paisaje con una luz plateada y fría.
Anna se había alejado de todo. De la mansión, del pueblo, de las luces, de las voces... necesitaba estar sola. Se había sentado sobre una raíz gruesa y antigua, justo en el límite donde el bosque empezaba a cerrarse, un lugar elevado desde el cual podía verlo todo: las siluetas de los edificios que ella había permitido levantar, las chimeneas que todavía soltaban un último hilo de humo, las luces de las ventanas que brillaban cálidas en la distancia, y más allá, la silueta imponente de la mansión, que antaño fuera su prisión y ahora era el corazón de este hogar.
Ya no dudaba. La conversación con Lady Altheria había sido el empujón definitivo que necesitaba; el miedo, la inseguridad y la sensación de no ser digna se habían desvanecido bajo las palabras de la anciana. Aceptaría la propuesta del Emperador. Iba a ir a la Academia, iba a trabajar para integrar a las razas, iba a intentar arreglar el mundo tal como ahora sabía que debía hacerse.
Pero...
Pero lo que había pasado esa tarde, lo que había dicho Sylwen frente a todos, le había abierto los ojos a una realidad que había intentado ignorar. Había entendido algo muy claro: por mucho que ella hubiera cambiado, por mucho que ahora hiciera el bien, sus actos del pasado tenían consecuencias que no desaparecían con el tiempo. El daño estaba hecho. Y para mucha gente, ella nunca dejaría de ser el monstruo que los había herido.
Estaba perdida en esos pensamientos, en la oscuridad y el silencio, cuando lo escuchó.
Un sonido leve. Casi imperceptible. El roce de una bota contra la hierba seca, el movimiento de una rama pequeña... pasos que intentaban ser silenciosos, pero que para ella, que conocía bien cómo se movían quienes han sido entrenados para matar, fueron inconfundibles.
Anna no se giró de inmediato. Su cuerpo se tensó apenas un segundo, y luego se relajó. Sabía quién era.
Se levantó despacio, alisándose la ropa con calma, y se dio la vuelta lentamente.
Allí estaba.
En medio de la penumbra, recortada contra la luz de la luna que se filtraba entre los árboles, estaba Sylwen. De pie, rígida como una estatua, con la mirada fija en ella. Y en esos ojos, ya no había reserva, ni timidez, ni simplemente rechazo. Había ira. Una furia profunda, antigua, que ardía como fuego contenido, aunque la joven hacía un esfuerzo visible por mantener una calma tensa, casi explosiva.
La observación duró unos segundos, cargados de un silencio pesado. Fue Anna quien habló primero, con voz serena, baja, sin ninguna intención de provocar.
—¿Viniste a hablar? —le preguntó simplemente.
Sylwen apretó con tanta fuerza la empuñadura de su espada que sus nudillos se pusieron blancos bajo la piel pálida. Sus labios se curvaron en una sonrisa amarga y llena de odio.
—Claro que vine a hablar —respondió ella, con un tono cortante y venenoso—. Pero te seré sincera... tenía muchas, muchas más ganas simplemente de caminar hasta ti y cortarte la cabeza de un solo golpe.
Anna no se sobresaltó. No dio un paso atrás. Solo la miró con tristeza y asintió levemente.
—¿Por qué? —preguntó, aunque en el fondo ya lo intuía, ya sabía que la respuesta estaba enterrada en su pasado oscuro—. ¿Por qué tanto odio hacia mí?
—¡No te hagas la tonta conmigo! —estalló Sylwen, perdiendo por un instante el control de su voz, alzándola con furia—. ¡Esa máscara de mujer bondadosa, de señora comprensiva, de salvadora que te pones ahora... a mí no me engaña! ¡A mí no!
Respiró hondo, tragándose la rabia que le subía por la garganta, y sus ojos brillaron con intensidad.
—Tú sabes perfectamente lo que hiciste. Sabes quién fuiste. Sabes el dolor que causaste. ¡No me pidas explicaciones como si no tuvieras ni idea!
Su mano temblaba violentamente ahora, aferrada al arma, luchando contra el impulso incontrolable de desenfundarla allí mismo.
Anna bajó la mirada hacia el suelo, hacia la hierba oscura, y dejó escapar un suspiro largo, pesado, cargado de culpa.
—Está bien... —dijo suavemente—. Entonces quiero escucharlo de ti. Quiero que me lo digas.
Esa frase fue la chispa que faltaba.
Sylwen ya no pudo contenerse más. Con un movimiento rápido y furioso, desenvainó el acero con un sonido metálico y agudo que cortó el aire nocturno, y en un par de pasos largos y ágiles, se acercó lo suficiente para apuntar directamente con la punta afilada de la espada a la garganta de Anna, a apenas unos centímetros de su piel.
—¡Así es como eres tú! —escupió la joven, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¡Ni siquiera te acuerdas de todos los rostros que arruinaste con tu crueldad! ¡Eras tan poderosa, tenías tanta gente bajo tu mando, hacías tanto daño... que para ti todo era insignificante, ¿verdad? ¡Matar, torturar, destruir vidas... todo te daba igual! ¡Claro que no te acuerdas!
Tragó saliva con dificultad, respirando agitadamente, y apretó más la empuñadura.
—Pero está bien. Te lo diré. Te lo diré todo... antes de cobrar mi venganza.
La punta de la espada presionó apenas la piel de Anna, pero ella no se movió, no retrocedió, no hizo nada para defenderse. Solo la miró, esperando.
—Por tu culpa... —empezó a decir Sylwen, y su voz se quebró por primera vez, dejando ver que detrás de la ira había un dolor inmenso— por tu culpa perdí a mi padre. Una persona que era todo para mí. Lo más importante que tenía en el mundo. Y aunque mi madre te habla con respeto, aunque te llama señora y te da las gracias por este refugio... ella también lo sabe. Ella también sabe quién eres. Solo que ella decidió olvidar, o perdonar, o fingir... ¡pero yo no!
Anna sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Comprendía. Comprendía parte, pero necesitaba el resto.
—¿Tu padre...? —susurró.
—Hace tres años —continuó Sylwen, con los dientes apretados, soltando cada palabra como si fuera veneno—. Hace tres años, mi padre y un grupo de elfos más de nuestra tribu, que somos errantes y nunca hemos tenido tierra propia, decidieron venir hacia estas tierras. Oyeron decir que aquí se abrían puertas, que se buscaba gente para trabajar, para vivir... vinieron buscando una oportunidad, buscando un lugar donde asentarnos de una vez por todas. Vinieron a pedir refugio.
Hizo una pausa, y sus ojos se llenaron de un odio helado.
—Pero jamás regresaron. Mi padre no volvió. Ninguno de ellos volvió. Se perdieron en el camino. Y el último lugar donde se les vio, el último paradero conocido de mi padre y su gente... fue la ciudad principal de los dominios de la familia D'Valrienne. Fue donde tú gobernabas.
El silencio regresó, pero ahora era distinto. Ahora estaba lleno de una verdad que caía como una losa sobre Anna.
—Al principio no sabíamos qué pasó —continuó la elfa, con voz más baja, pero igual de dura—. Pensamos que habían sido bandidos, o bestias, o cualquier desgracia... hasta que hace poco, un elfo que había estado desaparecido mucho tiempo, un anciano de otro clan, apareció aquí. Había estado prisionero durante años. Había sobrevivido al infierno. Y cuando lo curaron, cuando pudo hablar... contó todo lo que había visto. Contó lo que le hicieron a él, y lo que le hicieron a todos los que cayeron en tus manos en esos años.
Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de Sylwen, pero no eran lágrimas de debilidad, eran lágrimas de dolor y de furia.
—Contó sobre las torturas. Sobre los experimentos. Sobre cómo tú, la señora de esas tierras, te divertías o sacabas información o simplemente satisfacías tu crueldad en los calabozos de tu mansión. Y entonces lo supe. Supe exactamente qué le pasó a mi padre. Supe que llegó allí, que te pidió ayuda, que te pidió un lugar para vivir... y que tú, en lugar de darle refugio, lo metiste en tus celdas. Que lo hiciste sufrir. Que lo mataste. Supe que tú fuiste la culpable de que yo me quedara sin padre.
Anna permaneció en silencio todo ese tiempo. No se movió, no apartó la mirada, ni intentó defenderse de las acusaciones que caían sobre ella como golpes certeros. Solo escuchaba, con el corazón desgarrado, sintiendo cómo cada palabra de aquella joven era una verdad que ella misma había cargado durante años.
Pero Sylwen no se detuvo. Las lágrimas corrían sin freno por sus mejillas, mezclándose con la expresión de odio más puro que Anna había visto jamás, y apretó la empuñadura con tanta fuerza que sus dedos perdieron el color.
—Y ahora vienes con esa cara de santa, diciendo que cambiaste... —escupió la elfa, con la voz rota por la rabia y el llanto—. ¡Qué estupidez más grande! ¿Cambiar? Un monstruo como tú... alguien que disfrutaba haciendo daño, que tenía la maldad metida hasta en los huesos... ¡jamás cambiaría! ¡Eso es imposible! ¡Nadie cambia de esa forma!
Hizo una pausa, tragando el nudo que le cerraba la garganta, y miró hacia la mansión que brillaba lejos, entre la oscuridad.
—Y aun así... aun sabiendo todo eso, acepté venir aquí con mi madre. Escuchamos rumores, historias que corrían por todos lados: que estas tierras eran distintas, que aquí había comida, seguridad, que era un lugar de prosperidad para cualquiera sin importar quién fuera... Y por un momento, solo por un instante, lo creí. Pensé que quizás, solo quizás, algo bueno había salido de ti. Pero nunca dejé de odiarte. ¡Cómo podría hacerlo!
Volvió a clavar sus ojos verdes en Anna, con un desprecio que dolía más que cualquier herida.
—¿Cómo es posible? —susurró con amargura—. ¿Cómo es posible que un ser tan lleno de oscuridad, tan lleno de malicia, haya podido convertirse en lo que todo el mundo admira? Para mí... eso nunca tuvo sentido. Es mentira. Una farsa. Y aunque fuera verdad... aunque hubieras cambiado mil veces... ¿crees que eso me devuelve a mi padre? ¿Me devuelve a toda esa gente que murió bajo tus órdenes, bajo tus manos, bajo tu crueldad? ¡Nada puede devolverme eso! ¡Nada borra lo que hiciste!
Levantó la espada un poco más, apuntando con más fuerza, casi rozando la piel de Anna.
—Si realmente has cambiado, si realmente te sientes culpable, si realmente crees que eres mala y que hiciste cosas horribles... entonces deja que te mate. Deja que pague por todo lo que hiciste. Deja que mi espada sea la que haga justicia. Si de verdad te arrepientes, acepta tu final tal como se lo impusiste a tantos otros.
Y sin dudar ni un segundo, impulsada por toda la rabia, todo el dolor y toda la pérdida que había acumulado durante tres largos años, Sylwen gritó con fuerza y atacó. La hoja de acero cortó el aire con un silbido agudo, dirigida directamente a la garganta de Anna, decidida a acabar con su vida allí mismo.
Pero la espada no llegó a tocarla.
Justo antes de que el metal rozara su piel, una barrera invisible, brillante y de color azul pálido, se materializó de la nada alrededor de Anna. Era una magia antigua, fuerte, creada por su propia voluntad, una protección que siempre mantenía activa sin siquiera pensarlo. El choque fue violento: el acero golpeó contra la barrera mágica con un sonido seco y potente, y la fuerza del impacto hizo que Sylwen saliera despedida hacia atrás, varios pasos, tambaleándose por el empuje.
La elfa cayó de rodillas en la hierba, pero se levantó casi al instante, y entonces... se echó a reír.
Una risa alta, desquiciada, cargada de burla y de triunfo, mientras lágrimas de rabia seguían cayendo de sus ojos.
—¡Lo sabía! —gritó, señalándola con la espada temblorosa—. ¡Lo sabía! ¡Tenía toda la razón! ¡No has cambiado nada! ¡Esto es la prueba definitiva! —Su voz se rompió de nuevo, llena de desprecio—. ¡Ni siquiera tú misma aceptas que mereces morir! ¡Ni siquiera te dejas matar para pagar tus deudas! ¡Te crees mejor que todos, te crees intocable, te escondes detrás de tu magia y tu poder! ¡Eres la misma egoísta de siempre! ¡Un monstruo que finge ser buena pero que sigue aferrada a su vida como si valiera algo!
Anna seguía allí, de pie, tras la barrera que ya se estaba desvaneciendo lentamente. La mirada que le devolvía no tenía ira, ni orgullo, ni miedo. Tenía un dolor profundo, infinito. Dejó escapar un suspiro largo, que le salió del fondo del pecho, y cuando habló, su voz era suave, quebrada, apenas un hilo de sonido que rompió el silencio de la noche.
—Ojalá pudieras hacerlo, Sylwen... —dijo con una sinceridad absoluta, mirando directamente a la joven—. Te lo juro... yo también desearía que tú, o cualquiera, pudiera tomar venganza por todo lo que hice. Por todo el daño que causé. Por todas las vidas que arruiné. Sé que merezco pagar. Sé que merezco cualquier castigo que me pongan. Y si solo dependiera de mí... te dejaría hacerlo. Te dejaría que cortaras mi cabeza y que te sintieras al fin en paz.
Hizo una pausa, tragando el nudo que sentía en su garganta, y bajó levemente la cabeza.
—Pero... no puedo permitir que lo hagas. No puedo.
—¡¿Ves?! —bramó Sylwen, furiosa, dando un paso al frente de nuevo—. ¡Ahí está! ¡Eres igual que todos los poderosos! ¡Solo te importas tú! ¡Solo te importa tu propia vida! ¡Te crees con derecho a decidir quién vive y quién muere, incluso ahora! ¡Eres una hipócrita!
—¡No tiene nada que ver con eso! —respondió Anna, alzando un poco la voz, llena de tristeza y firmeza—. Si no puedes ver más allá de tu propio dolor, si no eres capaz de entender la razón por la que no puedo dejar que me mates... entonces estás completamente ciega. La ira y la sed de venganza te han tapado los ojos, Sylwen. Y te aseguro que si sigues así, eso terminará consumiéndote a ti misma, mucho antes de que logres nada contra mí.
Esa frase fue la gota que derramó el vaso.
Sylwen ya no escuchaba. Ya no razonaba. Solo sentía odio. Con un grito desgarrador que expresaba todo el sufrimiento de su alma, se lanzó de nuevo hacia adelante, mucho más rápido esta vez, usando toda la velocidad y agilidad que su raza le daba, decidida a atravesar cualquier barrera, a romper cualquier protección, a matarla como fuera.
—¡MUEREEEEE —gritó, blandiendo la espada con todas sus fuerzas.
Pero esta vez, tampoco llegó.
Antes de que pudiera acercarse siquiera un metro más, una sombra oscura y veloz se interpuso entre ambas. Con un sonido metálico claro y potente, otra espada chocó contra la de Sylwen, deteniendo el golpe por completo. Fue un movimiento sencillo, pero perfecto, ejecutado con una fuerza controlada y una habilidad que dejaba claro quién era.
Lyra.
Allí estaba ella, de pie, delante de Anna, con su espada desenfundada y brillando bajo la luz de la luna, el rostro serio y los ojos fijos en la elfa. Había repelido el ataque con facilidad, casi con poca fuerza, demostrando la inmensa diferencia de experiencia y habilidad entre ambas.
—¡Basta! —ordenó Lyra con voz fría y cortante.
Sylwen, desequilibrada por el choque y la furia, intentó reaccionar, intentó golpear de nuevo, pero no pudo. De repente, un peso enorme cayó sobre ella desde atrás, haciéndola perder el equilibrio y derribándola al suelo con fuerza. Unas manos grandes, duras y firmes le sujetaron los brazos y el cuerpo, inmovilizándola por completo contra la tierra y la hierba, sin hacerle daño, pero sin darle ninguna oportunidad de escapar o seguir luchando.
Era Garoum.
El guerrero gigante la tenía sujeta con firmeza, sus rodillas presionaban suavemente su espalda para que no se moviera, y sus manos mantenían sus muñecas atrapadas con una fuerza imposible de vencer.
—¡Suéltame! —gritaba Sylwen, retorciéndose, pataleando, llorando y gritando de rabia, mientras la sujetaban—. ¡Suéltame! ¡Déjame matarla! ¡Es una asesina! ¡Es un monstruo! ¡Le hizo daño a mi padre! ¡Déjame cobrar mi venganza!
Lyra dio un paso atrás, manteniéndose entre la joven atada y Anna, mientras Garoum sujetaba a la elfa que seguía luchando contra la tierra, desesperada, rota, sacando todo el dolor que había guardado durante años en ese momento.
Y detrás de ellos, de pie, en silencio, estaba Anna.
Observando todo.
Sabiendo que, en el fondo... Sylwen tenía razón.
Y odiándose a sí misma por ser la causa de todo ese dolor.
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